sábado, 29 de octubre de 2011

Al pan, pan…

Si por algo se caracteriza el régimen es por el empleo de palabras edulcoradas para hacer más digerible la ración diaria de mentiras que intenta hacernos tragar. Es un lenguaje bombástico, pomposo, que trata de cubrir la ineptitud de las ejecutorias (cuando las llevan a cabo) y la ruindad de las maniobras subterráneas que planean para terminar de perjudicar a esta tierra que fue de gracia. Sus voceros intentan ser grandilocuentes, darle altura al discurso, pero lo que logran es que todo el mundo —hasta las mentes más sencillas— descubra la flatulencia verbal y la pedantería que les rebosa. Sólo hay que darle con la uña al goldfilled con el que se cubren para que se les vea el cobre. De eso es de lo que vamos a hablar hoy.

La perversión más notoria la encuentro en el término “nacionalización”, cuando se trata de una mera (y pérfida) estatización. Cuando le “expropian” —otro eufemismo del jetabulario rojo— sin pagar la hacienda a un productor rural, no se está nacionalizando esa tierra; es una mera confiscación lo que se hace. Muchas veces para “solucionarle un problema” a un camarada; la mayoría de ellas, para que se convierta en un erial rápidamente. Cuando se “nacionalizó” las lanchas que transportaban a los obreros petroleros hacia los pozos del lago, ¿se las quitaron a unas empresas extranjeras? No, fue a unos connacionales. A los que todavía no les han pagado. Al “nacionalizar” a la fábrica de aceite, a la torrefactora de café, a la empresa láctea, ¿dejaron a alguna transnacional sin esos bienes? No, fue a empresarios venezolanos. Todo, para aumentar el tamaño de un Estado que ya no se ocupa de los grandes problemas nacionales —educación, salud, seguridad— sino de poner areperas, hacer botellas y de dizque sembrar tomates. Y si fuera con reales de ellos que se hace las “nacionalizaciones”, pase; ¡pero es con los nuestros!

Otra falacia es lo de “bolívar fuerte”. ¡Esa vaina no fue fuerte ni el mismo primer día de su aparición en el mercado! ¿Qué era conveniente quitarle tres ceros al signo monetario usado? Sí, ya se estaba dificultando hacer cuentas (las calculadoras no tienen tantos dígitos. Pero de eso a que el bolívar fuese “fuerte” hay una distancia. Algo que se ha devaluado casi el 150 por ciento desde su aparición no puede ser fuerte en ninguna parte. Hay que hablar de bolívares “nuevos” y viejos”, o de “actuales” y “anteriores”, sin disfraces verbales.

En la misma onda económica, tenemos que hablar de los “aumentos de sueldo” que decreta Mentira Fresca. Eso no ha existido en Venezuela en muchos años. Cuando lo concede es porque ya la inflación nos pasó por encima. Cuando mucho, se llegaría a una equiparación entre lo que se percibe y lo que ha crecido el costo de la vida. Pero ni eso; siempre se queda cortos. Por lo que la estabilidad económica es una meta que corre delante de nosotros. Y de ñapa, nos sacan mas plata del bolsillo con las fulanas “contribuciones” que Corpoelec nos impone ilegalmente, porque no pasan de ser simples multas a quienes queremos vivir con la nevera funcionando (aunque esté casi vacía) y más de un bombillo prendido por las noches. Las imposiciones fiscales son materia de reserva legal; entonces, ni un decreto ejecutivo puede establecerlas. Sólo leyes caben en esa materia. Las tales “contribuciones” son una exacción ilegal.

¿No dizque “negro” es mala palabra, y que quien la utilice referida a una persona debe ser sancionado? Entonces, propongo muy seriamente que se enjuicie a Elías Eljuri por ponerla en el cuestionario del censo. Que es de una entrepitura total en muchas de sus preguntas. Pero hoy quedémonos en lo del color de la tez. En ese mal uso del español que caracteriza a los rojos y a las feministas,  se pregunta si el censado es “negro/negra”, “afrodescendiente”, “moreno/morena”, “blanco/blanca”, u otro. Eso, en un país en el que todos somos café-con-leche (unos con más leche que otros). Falta la clasificación que cubre a más del 80 por ciento de la población: “mestizo”.

Después del desmadre de El Rodeo —donde tan mal quedaron tanto el minpopó que se encapuchaba en Mérida, como el comandante de la Guardia— se ha puesto de moda eso de “privado de libertad”. ¡Tan rico que es nuestro idioma en esa materia! Sin hacer muchos esfuerzos me llegan: “preso”, “encarcelado”, “internado”, “prisionero” y “recluso”. No pongo “penado” porque la inmensa mayoría de los confinados (otro término) no ha sido sentenciada. Es que Luisa Estela y sus compinches están muy ocupados inventando cómo eludir el texto constitucional…

Se acabó el espacio. Se me quedan en el tintero entelequias como “soberanía”, cuando estamos colonizados por Cuba; “pueblo”, con el cual sólo designan a sus enceguecidos; e “independencia de poderes”, donde no la hay…

Alquimia levantisca y demagógica

De cuando en cuando, releo el discurso que en 1998, conmemorando los 40 años del 23 de enero, dijera en el Congreso Nacional de la República de Venezuela Luis Castro Leiva —quien hace mucha falta en la nación por su claridad de pensamiento. Ese discurso mantiene una vigencia manifiesta. Era como una premonición de lo que iba a pasar después.

Cuando vemos el “parlamentarismo de calle” que han inventado los rojos para hacer creer que en verdad se discute las cosas que le interesan al pueblo, cuando en realidad lo que llevan matuteado es el deseo de imponer a este su muy particular manera de concebir el hecho político. Decía Castro Leiva: “Estos pensamientos desdeñosos de la democracia representativa, hechos por la alquimia levantisca y demagógica de caudillejos, nos dicen que es necesario reinventar una democracia directa de las masas. Y nos dicen, además, que hay que hacerlo fuera de este lugar. Este sueño anarquista consiste en que cada quien lleve su silla de congresista —su curul— como quien lleva una loncherita para manducarse la república y formar, en un acto de participación política instantánea, una especie de guarapita cívica, la voluntad general de todos”. Con ese subterfugio de presentar los proyectos más tendenciosos ante unas camionadas de aplaudidores traídos expresamente para hacer barra, nos estuvieron atragantando de leyes que no eran fruto de la conveniencia cívica sino del afán de conculcar todo el poder en un solo par de manos. Menos mal que, con los pocos diputados opositores que nos permitió la “ingeniería electoral” de la Tibisay, ha disminuido el número de tales “aclamaciones populares”, en los que la masa ignara actúa como marrano estrenando lazo: muy orondo, pero lo llevan para el matadero.

Venezuela está como está porque a “la sombra pueril de este anarquismo de carne en vara” (otra frase de Castro Leiva) es que una mayoría, no lo niego, escogió a alguien bajo el oximorónico argumento de que no se requiere de preparación para ser presidente de Venezuela. Explicaba el orador que ese oxímoron revela que: “En todas aquellas circunstancias en que las variables de la inteligencia y la preparación se comparan en función con la aptitud para gobernar, allí se descubre (…) que no es necesario ser inteligente o estar preparado para gobernar, y que ni siquiera se recomienda poder pensar para dirigir los destinos de cualquier nación”.

Esa ficción en la que ya tenemos trece años es la causante de tanta miseria por la cual transita la nación. La sumatoria de una manifiesta ignorancia en todos los órdenes, agravada por una indigestión de concepciones políticas obsoletas y mal digeridas, más una ineptitud garrafal para la escogencia de personas capacitadas para la función pública es lo que mantiene a la sociedad venezolana en el atraso, la pobreza, la inseguridad y la insalubridad. Y en la deuda más colosal de la historia. En unos tiempos en los cuales, por los ingentes ingresos obtenidos, no teníamos por qué adquirir y, más bien, pudieron servir para disminuir la existente con anterioridad. El gobierno, tan ocupado en su agenda de lo imposible, y más ácrata que revolucionario, empeñado en eso de crear un “hombre nuevo” (algo que no han logrado ni las enseñanzas de Jesús), no hace lo que se necesita y espera; no hace las cosas mínimas que con urgencia son requeridas para que medio regrese la normalidad al país.

Es que unas mayorías indoctas (pero ladinas) así se lo han permitido. Porque siguen, como el hijo de la loca Luz Caraballo, en la creencia de que todo puede ser resuelto por una personalidad autoritaria, por el hombre a caballo del poema. No saben que este, para darles de comer los pone de rodillas. Pero es que ni de alimentarlos es capaz: lo más notorio en las noticias de ayer eran la escasez en los anaqueles, la disminución de la producción del campo y las toneladas de comida podrida botada. La muchedumbre creyó que podía trocar la pérdida de su libertad por un estómago lleno y unas cuantas monedas en el bolsillo, y se está quedando sin la una y sin los otros. En las palabras de Castro Leiva: “Extraña paradoja entonces: durante casi dos siglos nos hemos devotamente entrematado para lograr la libertad de que gozamos y, ahora que la tenemos, tan bien o mal como nos luce, pareciera que queremos empeñamos en caerle a patadas a la fuente que nos depara la posibilidad de ser nosotros mismos quienes somos”.

Yo señalo otra paradoja: los mismos individuos que propugnan una “democracia participativa” son los que más desprecio demuestran por las manifestaciones de democracia: desechan el estado de derecho, cultivan la adoración del autoritario, repudian la separación de los poderes, proclaman el paternalismo de Estado. Por esa vía no se halla sino caminos para la perdición nacional…

Un correo me llamó la atención

Pero no en el sentido de “despertar el interés o curiosidad sobre algo” o de “generar una atracción” —que dicho correo también logró, lo admito— sino en el de “reconvenir”, “reprender” y “criticar” Cosa que no fue lograda, aunque eso, por lo menos, fue lo que intentaba el originador del mensaje. Un par de cosas buenas le reconozco a la correspondencia recibida. Primero, que me dio material para el escrito de esta semana —en la que no quería unirme al coro de los que opinan que el traslado de las reservas no resultará sino en más empobrecimiento para Venezuela. Razonamiento con el que estoy de acuerdo porque resultará en aquello de “zamuro cuidando carme”. Y, segundo, porque eso de que uno se entere de que lo leen ¡hasta en el País Vasco! fructifica en algo como un masaje al ego personal. Me explico:

Recientemente, dirigido a la dirección electrónica que pongo al final, recibí un correo firmado por un tal Txeru (me reservo los apellidos) y enviado por hispavista.com. Me puse a seguirle la pista a este señor mediante la dirección IP y me encuentro que don Pedro (que es lo que significa Txeru en euskera) me escribe desde Barakaldo, a las afueras de Bilbao; una localidad que, según una vieja jota, es …Pueblo de grandes orgías /  309 tabernas y una sola librería."

Básicamente, don Pedro se refirió a mi más reciente artículo en este diario; el que titulé "El dizque problema de la Fuerza Armada". Piensa que si yo no utilizara “esa serie de epítetos” para referirme a los más altos detentadores (uso bien el sustantivo) del poder en Venezuela y algunas situaciones y organizaciones, “se presentaría más creíble su planteamiento”. Entre otras expresiones mías que a él no le gustaron y me copia están, entre otras: “Boves II”, “camarilla uniformada”, "robolución" y “Pudreval”. Piensa que “restan credibilidad y seriedad” a mi condición de “general de la república”  y que mi  escrito “se torna ridículo” y lleno de “estupideces”. No me queda sino contestarle…

Señor Txeru, lamento tener que diferir de su manera de pensar. Le dejo claro que yo soy educado a la manera de antes; vale decir: respetuoso en el trato. Y no puede ser de otra manera porque ya pasé de los 73. Pero también estoy muy claro en que el respeto es una calle de dos vías. Si a mí su ídolo me tilda de "canalla", "escuálido", "pitiyanqui" y demás denigraciones, no podrá esperar —ni usted, ni él, ni persona alguna— que yo le ofrende muestras de comedimiento. Porque el primero que le falta el respeto a la dignidad del cargo es él, precisamente. Él prefiere ser barriobajero porque le reditúa mucho entre la gente ignorante. Desde los mismos días después del cuartelazo del 4-F he estado escribiendo sobre el personaje. Pero nunca he usado su nombre para identificarlo. Él fue quien incurrió en la primera falta de consideración para con los venezolanos, tanto por esa asonada como por su lenguaje subsiguiente. ¿Por qué me reclama a mí? La falta que él comete es mucho más grave. Pero, ¿le ha mandado usted un correo, un twit, o lo que sea, al inquilino de Miraflores?

El respeto es algo que se gana. Fui, para bien o para mal, figura pública por muchísimos años. Ahora no soy sino un viejito jubilado. Pero, gracias a Dios, todavía muchísima gente en Valencia me reconoce. Y me saluda. Y me trata de manera respetuosa. Porque en ninguna de mis actuaciones —primero como oficial de la Guardia Nacional y luego como funcionario civil— nadie pudo nunca imputarme tacha alguna. En razón de eso, puedo escribir con entera libertad sobre lo que se me ocurra, y señalar lunares en algunos funcionarios.  Porque nada podrán endosarme que me haga avergonzar.

Para su tranquilidad, le dejo claro que yo siempre me porto como el caballero que soy. Vale decir: soy comedido en mis actuaciones, tengo el recato siempre presente, y digo mis verdades de acuerdo con mi conciencia. Que otros generales —muchos de los que están actualmente en la situación de actividad— no tengan claro que así es como debe portarse un oficial de alto grado cuando está ante una cámara, un micrófono, la ciudadanía o —lo que es peor— sus subalternos, me duele mucho. Pero no es mi problema sólo; es de toda Venezuela.

Le agradezco mucho que haya tenido tiempo de leerme y se haya tomado el trabajo de escribirme. No le agradezco tanto el que haya catalogado como "ridículo" mi artículo y que piense que yo produzco "estupideces". Pero usted está en todo su derecho a tener opiniones. Yo, que no soy menos que usted, también las tengo. Y, es más, las escribo y tengo quien me las lea. Hasta usted, ¡imagínese!

El dizque problema de la Fuerza Armada

En una jugada descaradamente adelantada, Boves II y su camarilla uniformada han estado acusando a las personas que entienden que la “robolución” no pasa de ser un fiasco y algo de lo que sólo ellos son convictos: de propiciar alzamientos cuarteleros. Llegan a más, imputan de “canalla” a cualquiera que no comulgue con el pensamiento único y lo acusan de buscar salidas no democráticas para la sucesión presidencial. Que llegará. Pero con estricto apego a lo que tipifica el texto constitucional. Lo que intentan Don Gato y su pandilla es una parada doble: por un lado, meter miedo a la población para que se abstenga de ir a los comicios y así poder atapuzar —con la complicidad de un CNE partidario— de votos rojos las urnas; y, por el otro, si eso falla, dejar de lado los disfraces democráticos de los cuales se han revestido, dar un autogolpe e instaurar un régimen más absolutista y arbitrario de lo que ya es el actual. Lo cual fue su intención desde el primer momento,  cuando llevaron a cabo la asonada que en mala hora dejó (y sigue dejando) innumerables muertos, presos políticos, odio entre hermanos, pobreza y corrupción.

El endilgarle a la alternativa democrática  la acusación de subversivos no pasa de ser aquello del caco que grita y señala “¡Al ladrón, al ladrón!” para desviar a los que vienen persiguiéndolo. Lo triste es que la cúpula militar se preste para eso. Que no es de extrañar: son cómplices necesarios. Y no por patriotismo sino por todo lo contrario. Uno, porque le prometieron ser gobernador de Nueva Esparta y necesita del portaaviones; otro, porque se sabe reo internacional de narcotráfico y se ve perdido en un escenario legalmente republicano. Ambos, porque en sus mentes están frescos los recuerdos de lo que le pasó a Baduel y el fusilamiento del general cubano Arnaldo Ochoa, que traficaba drogas por orden del papá putativo de Elke Tekonté. Sencillamente, prefieren seguir medrando del erario, y de uno que otro negocito, a terminar en un calabozo en razón de un expediente mandado a fabricar por quien no sabe de escrúpulos y ejecutado por algunos de los fiscales y jueces de los que gritan “¡Uh, ah!”.

En todo caso, esas acusaciones tendenciosas en contra de quienes actúan de la manera más cívica no pasan de ser coces contra el aguijón. Ya los militares saben claramente de dónde vienen las sugerencias de ir contra el 328  y el 330 de la Constitución; de dónde salieron los intentos de modificarlo para que la Fuerza Armada no respondiese a la nación sino a una persona; de dónde parten las insinuaciones y hasta las propuestas descomedidas de intervenir en contra de lo que reza la carta magna. La gran mayoría de los oficiales, a pesar de los desfachatados intentos de adoctrinamiento, mantiene un talante democrático y respetuoso de la norma. ¿No dizque la Fuerza Armada es un fiel reflejo de la nación? Entonces, una gran mayoría no condona los intentos de perpetuación en el poder de una caterva ineficiente para resolver los grandes problemas del país pero muy eficaz en eso de birlar miles de millones.

Que la cúpula esté ocupada por gente que más que currículum tiene prontuario —que ha estado metida en negociados desde el ya remoto “Plan Bolívar 2000” hasta en Pudreval, tráfico de droga, contrabando por los puertos, colocaciones bancarias, etc.— no le quita al hecho de que el gran grueso de la Fuerza Armada está conformado por personas capaces de diferenciar el bien del mal y de escoger el bien permanentemente. Por eso, saben muy bien hacer oídos sordos a las aseveraciones recientes del enfermito, todas ellas cuajadas de una apropiación indebida del estamento militar. Ya no es sólo la amenaza aquella de que “la revolución está armada”; ahora es el abuso del adjetivo posesivo “mi”. Se lo pasa en un “mi Fuerza Armada”, “mi Ejército”, “mis generales”. Ya estos no son más de la república, sino de él. Pero nada ha dicho últimamente de “mi Milicia”. ¿Será el as bajo la manga? ¿O será que se dio, por fin, cuenta de lo poco confiables que pueden ser esos “militares” de fin de semana y con carné del PUS?

Creo que titulé bien al llamar lo que se intenta ahora —sugerido por Fidel— desde las alturas del régimen “el dizque problema de la Fuerza Armada”. Porque no es tal. La institucionalidad vencerá.

Termino con algo que ya dije en el mismo 1992, a escasos días del cuartelazo:
“…tanto por exigencia legal, como por obligación ética, los militares, mientras estén bajo bandera, deben ser respetuosos de la norma que les exige que no hagan pronunciamientos en materias políticas; sólo después de pasar al retiro será cuando legalmente podrán hacerlo.  Son las reglas del juego.  El que no las acepte, con salirse tiene”.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Como cajón de sastre

El título lo advierte; lo que escribiré hoy es un “conjunto de cosas diversas y desordenadas”, que es como define el mataburros a esa locución. Y tiene que ser así. Primero, porque he recibido peticiones bien diversaas; que regrese a mis críticas al mal uso del lenguaje, que diga algo acerca de las últimas declaraciones del Coma Andante; que comente algo de la fosforescente ministra que da órdenes por escrito antes de ser juramentada en el cargo, etc. Y, después, porque la segunda definición de la antedicha locución me retrata: “Persona que tiene (…) gran variedad de ideas desordenadas y confusas”. Pero no porque caí en manos del doctor alemán, sino —empleo las palabras de una amiga que debe saber de eso porque vive en Roma— de uno italiano: Franco De Terioro. En todo caso, empiezo a hurgar entre hilos, retazos, alfileres y demás parafernalia.

Resulta que esta robolución dizque “bolivariana y socialista" —e inepta, militarista y corrupta, parafraseando la frase de Héctor Strédel— está por encima de la voluntad popular. Boves II, en el programa que dejó grabado antes de ir nuevamente a recibir órdenes de su papá putativo, le afirmó a José Temiente: “…no estamos apostando la revolución bolivariana a un proceso electoral, ese proceso electoral es mandato constitucional y va a ocurrir, pero será un evento que no es determinante". Vale decir, que le sabe a fruta lo que piense la mayoría de los venezolanos. Cosa que ya barruntábamos; pero que él nunca nos lo había confesado tan paladinamente. Para él, la continuidad de la robolución o, mejor dicho, su eternización en el mando, se logrará, cuando los votos le fallen, a caballo “en la organización y en la movilización popular, (…) en la ideología” Y, más adelante, sin rubor, reconoce que lo que quiere es seguir siendo el hegemón: lo que hace es "para seguir construyendo la nueva hegemonía”. Y a renglón seguido, no le da pena admitir que “Estos llamados de inclusión y tolerancia son una necesidad política”. Vale decir, que son sólo un expediente calculado y sagaz para embelecar a los bobos que todavía le creen.

Antes, el tetrasoleado que, según Makled, está muy untado en el narcotráfico había declarado que los votos no le importan a los robolucionarios que usan el verde oliva, porque ellos se encargarán de deponer a quien surja como vencedor en los comicios venideros y de encumbrar a Suco Mandante. Más recientemente, el Primer Hermano, el que mangonea en Barinas, había dicho algo parecido, que no hay que limitarse a lo electoral porque siempre les queda el recurso de las armas. Sin embargo, una cosa es que lo digan los payasos, y otra muy distinta es que lo diga el dueño del circo.

Ya antes había pontificado sobre algo que cree que sabe: la economía mundial. No podía ocultar la alegría que siente por los apuros por los cuales pasan hoy los Estados Unidos y muchos países europeos, porque —iluso que es él— cree que eso implica el fin del capitalismo y el triunfo de las leyes económicas que inventó Giordani. Si ninguno de los dos ha logrado poner algo de orden en las finanzas venezolanas, cómo pueden opinar. Lo más sesudo que han hecho es emitir más deuda “soberana”. ¡Que será una soberana deuda que nos tocará pagar después que los saquemos! Grecia, en el peor momento de su crisis, emitió bonos al 4,5%. Y todo el mundo vio en eso la quiebra del país. El más reciente de los nuestros, el que ha de vencer en el 2031, paga el 11,95%. ¡Casi el uno por ciento al mes!

Pero el tipo sigue en su omphaloskepsis, viéndose el ombligo, sin pararle la más mínima bola a los problemas que tiene en casa, y asegurando que hay que “liberarse de la dictadura del dólar”. Pues yo le tengo la solución: para liberarse de ese ominoso yugo, que no cobre más en dólares las exportaciones de petróleo. Que exija que le paguen en pesos cubanos o en riales iraníes. Y que siga incrementando las reservas internacionales con bonos de las deudas públicas de Bolivia, Nicaragua y Cuba (los de Ecuador no porque, aunque Correa es panita, por allá usan los malditos billetes verdes). Así sí que vamos a salir de abajo…

Hablando de bonos, el doctor Martí Carvajal me mandó una perla. Resulta que en la jerga oficial —empleada por unos ignorantes que quieren disimularlo con pomposidades vacuas— los interesados en obtener dichos papeles no son “personas con opción a adquirirlos”, sino “opcionados”. Me imagino que estos deberán llegar al banco al apenas “aperturar” este y llenar “formatos” hasta el momento de “cerradurar” las operaciones a fin de “adsorber” el “crecimiento negativo” del signo monetario nacional y, así, “palear” la crisis.

martes, 26 de julio de 2011

El poder de la invectiva

Era abril de 1960. El general castro León, con la connivencia del comandante de la guarnición, entró en Venezuela y capitaneó desde San Cristóbal una de las muchas asonadas cuarteleras que tuvo que enfrentar la naciente democracia. Al día siguiente, cuando el comandante y los oficiales del Destacamento 12 de la Guardia Nacional llegamos a la conclusión de que el momento táctico iba a ser propicio porque ya se percibía la dispersión de las unidades insurrectas y la pérdida de la iniciativa por parte de Castro León, decidimos pasar a la contraofensiva y luego de alguna “dialéctica de las armas”, para ponerlo en palabras de Raymond Aron, pudimos retomar el cuartel Bolívar —que había servido de puesto de mando de los golpistas. Desarmamos e hicimos prisioneros a los oficiales y soldados que se encontraban dentro, tomamos contacto con las autoridades civiles, los invitamos al cuartel, e informamos al gobierno nacional y a los altos mandos que había cesado la sedición y que la ciudad estaba tranquila.



Esto último fue verdaderamente difícil por un par de razones: el estado primitivo de las comunicaciones (en esos años las unidades se comunicaban sólo por radiotelegrafía) y el ataque de nervios y pataleta sufridos por el suboficial encargado de las transmisiones —una de las personas más cobardes que yo haya visto— quien era el único que sabía utilizar el código Morse. Total, que sólo pasado el mediodía fue que se pudo hablar con Caracas por medio de un radio red en SSB —un tremendo adelanto para esos días— que comunicaba la cárcel de la ciudad con el MRI. Se informó que ya todas las autoridades civiles y militares estaban en el cuartel. Y hasta eclesiásticas: el obispo, Monseñor Fernández Feo, fue el primero en llegar. El último, por cierto, fue el gobernador del Estado, Ceferino Medina, a quien hubo que sacar casi con fuerza física del colegio en Táriba donde se había escondido.



Estando ya todos a “libre plática”, como dicen los marinos, observamos volando muy alto a dos “Canberras” de la Fuerza Aérea. Estos, luego de dar dos vueltas por sobre la ciudad, se clavaron en picada y entraron en lo que se percibía como un claro plan de ataque. Los oficiales reaccionamos, les gritamos a los soldados que estaban prisioneros en el centro del patio y a sus guardianes que se refugiaran bajo techo y todos buscamos protección de los disparos que empezaron a llover. Todos, menos uno, el teniente Nieto Serrano, que se quedó en el medio de la explanada batiendo sus brazos para decirle que no a la escuadrilla atacante. Para mí, Nieto es una de las personas más valientes y decididas que he conocido —independientemente de que algún tiempo después hubo que darlo de baja por algunas “preferencias sexuales” que empezó a mostrar. Resistió las primeras ráfagas de los cuatro cañones de 20 mm de ambos aviones y la segunda del primer atacante. Y no le pasó nada. Mientras que varios soldados refugiados tras los gruesos muros sufrieron heridas. Ninguno murió, gracias a Dios.



Cuando el segundo avión empezaba a realizar su segundo ataque, de repente, levantó la nariz, entró en formación con su compañero y ambos pasaron por encima de nosotros en vuelo recto y nivelado, a mucho menos velocidad, y moviendo las alas como saludando o presentando disculpas. Y se perdieron en el horizonte. Debe ser que segundos antes sus superiores les ordenaron cesar el ataque porque ya se había retomado el cuartel y la ciudad estaba en paz.



Las mentadas de madre que les lanzamos al verlos ir fueron abundantísimas. No creo que ni el obispo se quedó sin proferir (entre labios, como corresponde a un príncipe de la Iglesia) un “toño-el-amable” que le salía de muy adentro. Todavía hoy, yo estoy convencido que fueron esas invectivas las que hicieron que los motores del Canberra se detuvieran y este se precipitase a tierra por los lados de Yaracuy. El comandante de la escuadrilla, el mayor Buenaventura Vivas, falleció por el impacto. O sea, que las invectivas y los denuestos, cuando tienen un origen justificable, pueden causar daños.



¿Qué por qué eché este cuento? Porque desde esa fecha creo que algunos males tienen un origen metafísico. Como sucede con el prisionero de Fidel, el chuleado por Raúl, el que le entregó su país a Cuba. Eso de tener una docena de años llevando intemperancias y recibiendo mentadas de la autora de sus días —y, sobre todo, ya contraída la enfermedad, eso de tener la certeza de que hay más gente deseando que se muera (aun entre quienes le juran lealtad pero que están con él sólo porque les permite robarse el presupuesto) que personas ansiando su salud— tiene que pegar en lo somático. Es más: debe ser devastador. Sobre todo para alguien tan enamorado de sí mismo como Elke Tekonté…

jueves, 21 de julio de 2011

Del destino y de la decencia


Destino
Si Esteban Dolero fuese un hombre culto pudiera quejarse de su sino con los versos que canta el coro al mero comienzo de la “Carmina Burana” de Orff: “O Fortuna, velut luna statu variabilis” (¡Oh, Fortuna, variable como la Luna!) que, de repente, como por mera diversión, “entristece a los débiles sentidos” puesto que “el poder se derrite como el hielo ante tu presencia”. Pudiera imprecar también con aquella parte que comienza con “Sors immanis et inanis,  rota tu volubilis” (Destino monstruoso y frívolo, eres como una rueda que gira) que hace que la salud sea vana, siempre pudiendo ser “disuelta, eclipsada y velada”. Lamentarse de que “Sors salutis et virtutis michi nunc contraria” (el hado de la salud y de la virtud está en contra mía”. Llorar porque “quod sua michi munera subtrahit rebellis” (los regalos que ella me dio, sediciosamente se los lleva). Pero como su cultura no pasó de leer novelitas de Marcial Lafuente Estefanía mientras cuidaba la cantina del cuartel, su desconsuelo debe adoptar formas más cerriles, sin importar que ahora haya descubierto a Nietzsche con unos cuarenta años de retardo en relación con la edad en la que la mayoría de los estudiantes de bachillerato nos empapábamos de pensadores alemanes.

Lo que le queda ahora es acordarse de que lo que sufre es la consecuencia de creer que se puede ir por la vida actuando como que se va a ser eternamente joven, “implicor et vitiis immemor virtutis, immemor virtutis, magis quam salutis, mortuus in anima” (sumergido en la depravación, despreocupado por la virtud, más ávido del placer que de la salud, muerto en espíritu).


Decencia
Tengo el honor de sentir como amigo a Emilio Ferrero, un excelente profesional, con todos los méritos académicos posibles, que es uno más de esa larga lista de venezolanos bien acreditados que han tenido que emigrar para poder tener una remuneración acorde con su valía. Recientemente, me hizo llegar unas reflexiones acerca de algo que se está como esfumando de entre nosotros: los buenos modales. Sus argumentaciones son tan dicientes que transcribo algunos párrafos de su correo.

Me dice que, por tener que vivir la mayor parte del tiempo fuera de Venezuela se ha hecho “más sensible a algunas características nuestras; también me ha puesto más alerta para notar los cambios en nuestras costumbres, que tal vez al estar siempre aquí había asimilado sin darme cuenta. Por otro lado, el ser un seguidor de los temas relacionados con cultura y calidad de servicio, ha afinado mis sentidos”. Hace notar que “en la mayoría de las panaderías, automercados, y otros comercios similares donde su personal no vende, sólo debe ‘servir’, estos ‘servidores’ se han convertido en unos ilustres ahorradores del idioma” Pone algunos ejemplos: “Cuando voy a pagar (…) el cajero no sólo no da los buenos días sino que a veces ni contesta a los que yo le doy. Sus primeras palabras son: ‘¿Personal o jurídica?’; si cancelo en efectivo, ese intercambio marca el final de la conversación. Si pago con tarjeta, continúa con: ‘¿cédula?’, ‘¿corriente o ahorro?’ y luego, ‘pin’; finalmente, al salir el recibo, siguen las palabras: ‘cédula y teléfono’. Añade que “… el cajero (o la cajera) se las ha ingeniado para omitir el uso de verbos, de la gramática y, me atrevo a decir, del lenguaje mismo. Además, y aún peor, no ha habido la menor señal de cortesía, atención al cliente o interés por la satisfacción de ese cliente”. Y remata con un colmo: “En cuanto a los comercios, estos premian el ahorro. La más ahorrativa de las cajeras del automercado (…), quien una vez llegó a molestarse conmigo porque insistí dos veces que me devolviera el saludo, ¡acaba de ser promovida a jefa de turno!”

Todos sufrimos, Emilio, de esa mengua en la decencia en el trato que debiera estar presente en todas las relaciones interpersonales. Pero, como tú bien lo asientas, los maltratos provienen mayormente de personas que en razón de sus oficios debieran ser más serviciales y atentas: empleados y funcionarios. No se les pide que sean afables, ni siquiera amables; sólo que den demostraciones de urbanidad y educación. Tal vez es que los supervisores no les refuerzan aquello de que “el cliente siempre tiene la razón”, o que hay que —como pregonamos mucho en Carabobo— tratar “con respeto al ciudadano”. Porque es de la conveniencia del negocio o institución. Puede que sea, por el contrario, una reacción contra el patrono por los bajos sueldos que reciben; pero uno no tiene por qué aceptar desmanes o intemperancias. Lo que sí es incontrovertible es que eso es producto de la falta de educación en la familia. La contra tiene que estar en nuestro derroche de comedimiento y cortesía hacia quienes nos intentan rebajar a su nivel. Porque uno tiene el deber cristiano de enseñar con el ejemplo…