sábado, 7 de julio de 2012

¡A no desmayar!

Al comentar las maromas verbales y reglamentarias que hace la Tibi para favorecer a su jefe (que lo tiene, aunque ella es la cabeza de un poder que se supone independiente), Marianella, mi queridísima amiga, me escribe: “¡Esto es preocupante! ¿Cómo y qué podemos hacer ante el fraude que nos tienen montado? Para eso sí son expertos. No tienen noción de cómo manejar un país, pero a la hora de una tracalería, son summa cum laude. Tienen en sus manos todo lo necesario para aplastarnos sin misericordia. Catorce años llevamos en esto; en elecciones anteriores de las que dicen “hemos ganado",  a la larga, aun ganando, siempre salimos perdiendo. ¡Nos tienen montados en una olla para volvernos nada!”

Mi contestación, fue sucinta: “Eso es lo que ellos creen. Pero con esfuerzo y voluntad, prevaleceremos”. Cosa que no la convenció y volvió en sus trece: “¿Cómo? Soy una pobre mortal que salgo a votar, hago cola, entrego la documentación que me piden para constatar que existo, voto, meto mi papeleta en una caja y, de ahí en adelante, son dueños de hacer lo que les venga en ganas. Y no pasa nada. Se ha visto, en elecciones pasadas, cajas (con votos, añado yo) en la basura, en depósitos que no son CNE y al día de hoy, jamás las quejas han encontrado asidero, ni con Ezequiel Zamora gritando, ni todos los que han hablado de fraude interminables veces. ¡La ley del agote!”

Entendí que debía ser más específico para tratar de sacarla de esa especie de depresión en la que se había metido. La contesté: “Si la cosa es así como la pintas, no vale el esfuerzo de ir a votar. Pero es que no es solo ese día, ni es solo ese esfuerzo el que hay que hacer. Son los días previos en los que haces algo. A lo mejor no te das cuenta, pero cuando reenvías lo que te manda Ravell, cuando conversas en la cola del súper, cuando le recriminas a algún abusador, estás ayudando. Esa miríada de pequeños gestos hechos por millones de venezolanos es la que contribuirá al éxito final.”

No la convencí del todo porque me contestó: “¡Ajá! Hasta ahora, tengo en eso los mismos años que tiene el (pitico de censura) en el poder. Trabajo de hormiguita que no llega a bachaco. ¡Nada que veo mis logros!” Le volví a contestar con un simple: “Los verás ese día…” Y le prometí que amplificaría las razones que hay para no desmayar. Son las que pongo en lo que queda de espacio. No solo para ella sino para todos los que creen que están ante una agotadora e ingrata tarea.

La labor no es fácil porque Marianella tiene razón: NPI de cómo manejar un país, pero en tracalerías, son summa cum laude. Porque no tienen ni un átomo de escrúpulos cuando de eternizarse en el poder se trata. Si hay que endeudar a la nación y su futuro para comprar votos —que no conciencias, porque quien vende su voto por una pitanza o, las más de las veces, por una promesa hueca, regresa a su casa avergonzado de sí mismo—, ¡pues la endeudan! Si hay que corromper a los altos cargos para mantenerse, ¡pues los corrompen porque para eso los escogieron de entre los bien bribones! Si hay que apelar a la violencia “institucional”, ¡pues para eso designan en los altos mandos a gente que no tiene currículo sino prontuario y están dispuestos a blandir los garrotes ellos mismos!

Aún así, sigo convencido de que se puede prevalecer en los sufragios del 7-O y en los posteriores. Se requiere constancia en la prédica a los indiferentes. No hay que decirles por quién hay que sufragar; solo tratar de convencerlos de ir a votar. Cuando estén frente a la máquina, ellos sabrán qué hacer. Se necesita sembrar dudas entre los que parecen más decididos a defender al régimen. Hay que ponerlos frente a las inconsistencias para que descubran las mentiras de las cuales han sido alimentados. Se precisa denunciar las tropelías, las coimas, las ineficiencias. Y para eso, no hay que tener la fortuna de contar con un espacio, como yo, en un periódico o en una televisora. Radio bemba es un poderoso mecanismo. No quedarse callado es una obligación. Es menester sobreponerse al temor para salir a las calles durante la campaña; acompañar a los líderes; organizar reuniones entre los vecinos y amigos en las que se repudie la abstención, se denuncie el intento de manipulación electoral que tiene montado el oficialismo y se invite a demostrar el civismo del que están revestidos nuestros paisanos yendo a votar. Pero con el ejercicio del voto no termina la ímproba tarea: hay que recordar una cuña muy vieja, “¡Guillo, que hay mucho pillo!, y organizar la defensa de los resultados que surjan de los escrutinios. Así, podremos prevalecer…


viernes, 1 de junio de 2012

¿Se calentará la frontera?


No dejo de reconocer que me cae de la patada la vehemencia —que casi llega a obsesión— con la cual el expresidente Uribe no solo se empeña en criticar acremente la política que lleva a cabo su sucesor, el presidente Santos, sino con la cual se entremete en la política venezolana. Pero soy el primero en admitir que la mayor parte del tiempo lo que afirma es verdad. Desde ya, reconozco que lo que dice está sustentado por un infinito amor a su patria, pero no por eso deja de ser inconveniente. De hecho, la consecuencia más palpable de sus declaraciones a los medios y mensajes por las redes sociales es hacer disminuir el apoyo que tiene el actual gobierno colombiano. Y lograr el efecto contrario al buscado en el lado venezolano. Tanto, que ya Capriles le tuvo que decir, como Cantinflas: “No me ayudes, compadre”.



Pero lo que ha denunciado acerca de la soterrada complicidad de los rojos venezolanos, empezando por Boves II, a las guerrillas colombianas es de conocimiento general. Las alabanzas a los faracos y las denigraciones contra el gobierno colombiano que se escuchan y se leen en los medios oficiales con los cuales el régimen intenta lavarle el cerebro a nuestros connacionales son abundantes. Por eso, hasta el menos despabilado de los que viven en nuestra tierra sospecha que las FARC recibieron en el pasado, y siguen recibiendo, apoyos de todo orden de parte del régimen venezolano: dinero, medicinas, armas, alojamiento, tratamientos médicos, informaciones y pare usted de contar. Es vox populi que los guerrilleros tienen dominio territorial y cobran vacuna y secuestran, en amplios espacios del Zulia, Táchira, Barinas y Apure. Que en esos espacios hasta campamentos tienen, así lo niegue la máquina de decir mentiras que tiene sede en Miraflores. Todo eso, por la táctica omisiva de la Fuerza Armada nacional, que practica el subterfugio de “hacerse los locos”; por órdenes de los altos mandos, muy probablemente.



El presidente Santos no se chupa el dedo. Sospecha, al igual que lo hacemos los venezolanos con cuatro dedos de frente, que a pesar de las reiteraciones de juego limpio que le ha hecho su “nuevo mejor amigo”, la garra tenebrosa  del contubernio castro-chavista sigue maniobrando para darle respiración artificial a un movimiento guerrillero que ya está boqueando por las acciones de unas fuerzas militares leales, aguerridas, que han recibido el apoyo decidido de los dos más recientes gobiernos colombianos —en los cuales, la autoridad de Santos ha sido patente, antes como exitoso Ministro de la Defensa y ahora como presidente. Que se haya hecho el musiú en lo concerniente con las relaciones con Venezuela tiene su explicación: trataba de cobrar las ingentes sumas que le adeudaban y de dinamizar nuevamente el intercambio comercial entre los dos países. Pero ya no pudo más. La descarada utilización por parte de los guerrilleros de territorio venezolano como punto de concentración (y hasta base de operaciones), y de la raya fronteriza como línea de partida para atacar un puesto policial colombiano, con la muerte de doce agentes policiales, no podía ser obviado. Y reclamó. Decentemente, como exigen las reglas de la diplomacia y la urbanidad cachaca. Pero reclamó y puso al régimen en una posición incómoda.



La respuesta del hegemón no pudo ser más equívoca: dijo, más o menos, que no se toleraría la incursión de “ninguna fuerza armada” en territorio venezolano. No dio una seguridad a Colombia de que iba a perseguir y combatir a los irregulares y entregarlos al gobierno neogranadino; apenas ese ambiguo abstruso mensaje. Colombia tiene que interpretar la frase como si se hubiese dicho: “sé que hay guerrilleros en territorio venezolano, pero no le toleraré a las fuerzas militares persecuciones en caliente ni ataques como el que hicieron en Ecuador”. Y manda un contingente a “mostrar la bandera” en La Goajira. Tres mil individuos que no han salido de las zonas pobladas —donde habrían detenido a diez colombianos, los más pendejos, probablemente, para hacer creer que están cumpliendo la misión. Pero no han patrullado el descampado. Porque saben que ahí es donde están los faracos. Y hasta mejor es así. Para no dar pena: nuestros soldaditos no han tenido el más mínimo entrenamiento táctico en operaciones de campaña; solo saben de cargar sacos de yuca y papa para que se lucren unos avivatos rojos. Y si algo de uso de armas han aprendido, es solo de cómo combatir a sus paisanos indemnes que osan pensar distinto a como quieren los rojos; o sea, a quienes en el pomposo lenguaje fascistoide se denomina “el enemigo interno”. 



En todo caso, recemos para que la frontera no se caliente por la incuria del régimen y su complicidad con un grupo que ha tenido que retomar las acciones terroristas porque se sabe derrotado en las enfrentamientos armados.

miércoles, 23 de mayo de 2012

No son los muertos…


El sábado pasado, esa eminencia médica y moral que es el doctor Muci-Mendoza usó un título parecido al mío en su escrito de “El Universal”. Tituló: “No están muertos”. Al iniciar el texto, corrige y arranca con unos versos que no había escuchado en mucho tiempo: “No son los muertos los que en dulce calma / La paz disfrutan de su tumba fría, / Muertos son los que tienen muerta el alma / Y viven todavía.” Son el producto de un poeta payanés de finales del siglo XIX, Antonio Muñoz Feijoo. En esos tiempos, Popayán era con mucha riqueza cultural, y las artes —especialmente las bellas letras— estaban bien desarrolladas. No llegaría a los veinte años cuando el poeta llegó a esa profunda conclusión filosófica: que hay personas que, aunque respiran, tienen muerta la parte más importante del ser.



El poema no consta de esos cuatro versos solamente. Tiene doce. En los tres cuartetos que lo componen hace variaciones sobre el mismo tema pero usando rimas y versificaciones diferentes. Eso era un aprieto para él: no sabía cómo bautizarlo. Por eso, al final intituló: ¨Un pensamiento en tres estrofas¨. El segundo cuarteto dice: “No son los muertos, no, los que reciben / Rayos de luz en sus despojos yertos; / Los que mueren con honra son los vivos / Los que viven sin honra son los muertos.” Y remata con: “La vida no es la vida que vivimos. / La vida es el honor y es el recuerdo. / Por eso hay muertos que en el mundo viven / Y hombres que viven en el mundo muertos.”



¡Verdades como catedrales las del novel poeta payanés! Y que no se quedaron circunscritas a las montañas caucanas y al momento de escribirlas. Mantienen hoy y en todas las latitudes su vigencia. En todo el mundo hay ejemplos de ambas situaciones. Pero sobre todo en nuestra sufrida tierra pareciera que son más notorios los casos de muertos que caminan. Y hasta discursean y dan entrevistas.



Apenas uno abre las páginas de los diarios o enciende el televisor, los ve, muy orondos, justificando las barrabasadas más grandes y las injusticias más palmarias. Encuentra uno a una fiscala que —haciendo caso omiso de lo que se conoce como notitia criminis—trata de explicar que no puede abrir una averiguación porque las dos personas que han denunciado por los medios hechos gravísimos se encuentran en el exterior y deben presentarse en su despacho a corroborar lo dicho. Se topa uno con una magistrada que, además de imponerle a los jueces su voluntad y decirles cómo sentenciar, semanalmente tiene que hacer maromas leguleyas —y hasta cambiar jurisprudencias recientes calzadas con su firma— para complacer el mandato de su amo. Se entera uno de un uniformado (me cuesta decir que es un militar) que contraría el mandato de la Constitución—la cual establece que la Fuerza Armada es una institución sin militancia política y que “está al servicio exclusivo de la Nación y en ningún caso al de persona o parcialidad política alguna”— sale a dar unas declaraciones que son casi una proclama de ser el brazo armado del PUS y su jefe. Lee uno con asombro que el mismo parlamentario que descubrió que Cisneros podía mirar desnudas a las mujeres que usaban DirectTV ahora pida investigar al capítulo venezolano de “Trasparencia Internacional”. Lo que queda es recordar aquello de que: “A confesión de parte…” Corrobora uno lo que ya sospechaba desde hace mucho: que un dizque periodista que se ha lucrado con el palangre toda su vida y que pontifica los domingos por la mañana por una televisora caraqueña no es un ser viviente sino un zombi, uno de esos muertos resucitados del culto vudú. Con un piquete: los zombis originales quedaban convertidos en esclavos del hechicero que los revivía; este hace de todo para revertir los papeles y manejar al otro. En todo caso, sigo creyendo que, además de muerto en vida, es el rey del pobrediablismo nacional.



En cambio, hay personas que por su verticalidad, por haber sido virtuosas, por haber demostrado entereza ante la adversidad, siguen vivos en la memoria colectiva. Por falta de espacio, menciono solo uno, el primero que se me viene a la mente: mi paisano, el cardenal Castillo Lara. Vilipendiado y escarnecido por el nuevo Atila porque, manteniendo su postura humilde, se atrevió a decir verdades y nunca cejó en sus denuncias. Desde el lar nativo adonde volvió para retirarse después de vivir en palacios vaticanos, fue un serio y sólido denunciante de las tropelías del en mala hora jefe del Ejecutivo. ¡Está vivo!



Razón tiene el payanés: “Los que mueren con honra son los vivos / Los que viven sin honra son los muertos”…




miércoles, 16 de mayo de 2012

Con el estómago no se juega…


Si, como se afirma frecuentemente, la Segunda Guerra Mundial hubiese sido peleada para derrotar a unas ideologías nefastas, nadie pudiera dudar de su legitimidad. Hoy, nadie sensato admira por las ideas que propugnaban a Hitler, Mussolini, Togo o Petain —por poner uno de cada nacionalidad de entre los perdedores. Pero, ¿y si la guerra no hubiese sucedido en la búsqueda de tan altas miras, sino por el afán de poseer riquezas materiales? Entonces la cosa no resultaría tan altruista. Esa es la hipótesis que plantea Lizzie Collingham en un libro leído recientemente, “The Taste of War”: que la búsqueda de alimentos fue el motivo fundamental de esa conflagración. Es una teoría que no puede dejarse de lado porque durante esa guerra, no menos de 20 millones de personas murieron de hambre, desnutrición o enfermedades asociadas a ellas. Un número que es mayor al de las muertes ocasionadas por los combates.



La autora argumenta que los planes expansionistas de Alemania y Japón tienen que ser vistos a la luz de una economía mundial en la que el producto fundamental era la comida. Dice que el imperio británico dominaba el comercio global de esos bienes; que por la gran depresión, los gobiernos alemán y japonés no podían obtener internamente los alimentos que necesitaban sus poblaciones y eso les dejaba dos opciones: o aceptaban las humillantes condiciones de los ingleses, o podrían intentar controlar más territorio y, con ellos, la producción alimentaria de esos lugares. En búsqueda del Lebensraum, es que Hitler avanza hacia Ucrania y Polonia, y los nipones invaden China y Corea. Cuando los nazis tuvieron que elegir a quien matar para aumentar el caudal de alimentos disponibles, pensaron racialmente y escogieron a los judíos. En algo, por la deformada concepción de que estos eran la fuente de todos los males sufridos por Alemania; en mucho, porque gente de esa religión representaba un alto porcentaje de la población en los territorios que iban a ser colonizados.



La desesperación por el hambre fue la que motivó los enérgicos, suicidas, ataques japoneses al final de la contienda: necesitaban obtener sus alimentos del enemigo.



Al igual que los países del Eje, la Unión Soviética deseaba ser autosuficiente en alimentos. La solución de Stalin no fue invadir territorios extranjeros, sino colonizar a Rusia desde dentro: la agricultura fue "colectivizada"  y puesta bajo el control del Estado. El resultado: millones de personas muertas por desnutrición. Asesinadas en la "guerra" que declaró Stalin contra los agricultores y que resultó en muchos controles y baja productividad —igualito a lo que se intenta por aquí. La paradoja es que llegó un momento en el que los rusos sobrevivieron por un “capitalismo” sui generis: Stalin permitió que los agricultores trabajaran por una ganancia y que los intermediarios se beneficiaran de las ventas de los alimentos. Sin embargo, al final, fue la comida americana la que le mató el hambre al soldado soviético.



El dominio norteamericano durante y después de la guerra no fue solo por su producción industrial, sino por su abundancia de alimentos. Con la guerra, apareció para la agricultura estadounidense una coyuntura perfecta: mucha demanda en el comercio internacional, buena estabilidad económica interna y muchos recursos para el desarrollo tecnológico. Las mejoras en plaguicidas, abonos y especies híbridas se extendieron desde Estados Unidos al resto del mundo. Por primera vez, en un mundo que había padecido hambre desde el comienzo de la historia, empezó a abundar la comida. Tanto que, después no se conforma con enseñar al mundo cómo producir y distribuir comida sino que, ¡maldita sea!, influye en la dieta y los gustos. Con el fast food incluido…



Pregunto ahora: ¿durará para siempre ese oversupply? Esa abundancia ha hecho que la población aumente más rápidamente. Lo que implica que tendremos que producir cada vez más comida y con más eficiencia. Pero el cambio climático, la escasez de agua, el exceso de químicos en el suelo hacen dudosa la fertilidad del suelo de cara al futuro. ¿Cómo se comportará China dentro de treinta años, cuando sus suelos ya no tengan capa vegetal? ¿Cómo reaccionarán los países de Europa y Suramérica que dependen de la nieve que se derrite en sus montañas cuando ya estas no tengan glaciares? ¿No empezaremos, en el siglo XXI, a observar en los países conductas parecidas a las de la primera mitad del siglo XX? Piénsenlo…



Y aterrizo porque se me acaba el espacio. La taimada mezcla de fascismo y comunismo que ha desplegado durante largos catorce años un régimen que nos ha cobeado con eso de la “soberanía alimentaria” mientras lleva a cabo una estúpida estrategia de acabar con la producción nacional —no solo de comida, sino de todo— y privilegia la importación de los alimentos que antes  generábamos nos va a encontrar con los pantalones abajo cuando llegue la época de las vacas flacas que vaticino en el párrafo anterior...

sábado, 12 de mayo de 2012

Scripta manent


Los altos mandos del régimen tienen muy lejos el humanismo. Por tanto no deben estar familiarizados con el latinajo que pongo como título, pero de que lo entienden, lo entienden. El aforismo completo dice: “Verba volant, scripta manent”. Y explica que las palabras vuelan mientras que lo escrito permanece. Eso lo saben los que mangonean en el Ejecutivo. Por eso, no contentos con ejercer el casi monopolio de los medios radioeléctricos, se la tiene dedicada a los medios impresos. Ya es notoria la discriminación que hacen al repartir la pauta publicitaria: no publican avisos en los diarios más serios —y por eso son los más vendidos— sino en los pasquines que más abyectamente se prosternan ante las mieles del poder. Los dueños de periódicos pasan las de Caín para obtener las bobinas de papel que son el medio de tiraje; todos los inconvenientes les son puestos cuando intentan obtener los permisos de importación. La receta no es nueva, pero en estos tiempos pareciera que ha arreciado el esfuerzo por impedir que quienes informan con independencia digan sus verdades.



Si por acá llueve, por allá no escampa. Los chulos de la Alba imitan lo que les marca Miraflores, y si la Kristina la tiene cogida con “Clarín” y “La Nación”, Correa quiere quebrar a “El Universo”. Ni qué decir de los personajillos más despreciables de la pandilla de vividores, Ortega y Evo. Todos ellos, los de por allá y los de estos lados —pero principalmente los que aquí desgobiernan— no cejan en sus esfuerzos para lograr lo que ya Cuba sufre: la falta importante de medios que publiquen las cosas que están mal, las que la comunidad requiere saber, las que muestran cómo en otras partes del mundo se avanza y se mejora. Es que la nomenklatura, para poder seguir pegada a la ubre oficial, tiene que tratar de taparle los ojos y los oídos a la población. Es verdad que todo el tiraje de “Granma” y “Juventud Rebelde” se vende todos los días. Pero los cubanos los compran, no para leerlos sino porque en ese país escasea el papel higiénico.



Aquí, ya no les basta con poner trabas burocráticas a los periódicos. Ahora se valen del abuso de poder con el cual se imponen en el Legislativo y el Judicial —ayudados por el Ministerio Impúdico y la Defensora del Puesto— para ponérselas difíciles a los diarios. Ahora, un gaznápiro propone, desde el Consejo Legislativo de Carabobo, que se pida a la Fiscalía que se investigue a “Notitarde”. Y el resto de la manada levanta las garras siniestras —es que el sectarismo los lleva a privilegiar la zurda, la mano que los musulmanes suponen despreciable— para secundar la propuesta. Es que ne-ce-si-tan doblegar a este diario porque es el segundo en tiraje de toda Venezuela, porque dice las verdades bien dichas, porque sus titulares les escuecen. Y que no se diga que es un medio sectario; en sus páginas tienen cabida personas de todos los pensamientos, incluyendo a varios de clara tendencia roja-rojita. Es más: hasta dirigentes del partido de gobierno hay entre sus opinadores.



La imputación no puede ser más traída de las greñas: que el diario le publicaba avisos a los Makled. Lo que no afirman, pero que dejan flotando en el aire, es que “Notitarde”, debe estar metida en narcotráfico. Es aquello tan fascista de enfangar, sin el más mínimo escrúpulo, a cualquiera que se les atraviese en el camino hacia el socialismo de pacotilla que preconizan. Ya el diario dejó muy claro que, cuando esos tristemente famosos personajes anunciaron en sus páginas, todavía no había causas criminales contra ellos. Es más: uno de ellos era candidato a la Alcaldía de Valencia con apoyo rojo y el otro era el principal favorecido por la “prodigalidad” oficial al ser el mayor distribuidor de área de la Petroquímica y el concesionario de la mayor superficie de patios de almacenamiento en el área portuaria de Puerto Cabello. Reitero lo que ya todo el mundo sabe: los Makled pagaron avisos en octubre del 2007, y su implicación por drogas es de noviembre del 2008, cuando comienzan Alcalá Cordones y Acosta Carlez a disputarse la primacía en los negocios aquellos…



Los paniaguados del Consejo Legislativo no pasan de ser sicarios comisionados para asesinar la buena reputación que Notitarde ha ido ganándose día a día por el trabajo esforzado y conjunto de directivos, reporteros, empleados y obreros. Lo que quieren es acabar con la buena acogida que el diario tiene entre la población por la variedad de la información que presenta; porque de un diario vespertino de circulación local, ha llegado a ser un matutino de amplia cobertura en el territorio nacional. Por tanto, tienen que tratar de ponerle la mano, o por lo menos, tratar de silenciarlo. Pues, empleando una frase de esas que tanto abusan ellos: ¡No pasarán!

De “gracias a la enfermedad” y otros oxímoros


Me sucede con frecuencia: alguien me intercepta y me reclama que no escribo tanto como antes acerca de las cosas del lenguaje. Son personas que reconocen mi debilidad por todo lo relacionado con la corrección en el lenguaje escrito, con el empleo esmerado del idioma. Mi contestación es siempre la misma: esa manía todavía la tengo, pero ahora no estoy escribiendo mucho acerca de gramática porque la mayoría de mis lectores espera de mí, siempre, fogosos escritos de denuncia en contra de los rojos que están acabando con el país, sus riquezas, sus buenas costumbres y la poca moralidad pública que todavía quedaba. En verdad, disfruto más escribiendo y publicando los primeros porque siento que estoy ayudando en una batalla por el español, que es un bien perceptible que debe estar destinado a perdurar por muchos siglos. Pero no me da pena alguna admitir que cuando escribo de los segundos, al final me siento más liviano, descargado de tensiones. Es mejor, y más barato, que ir a un psiquiatra. Hoy, ensayaré una mezcla de las dos modalidades.



Con frecuencia, uno escucha por radio, o lee en los periódicos, frases como: “éxito terrible”, “sufrir mejoras”, “plagado de virtudes”, etc. Esos casos siempre los califiqué de oxímoros involuntarios debidos a la superficial instrucción de quienes los emiten. Que son usualmente locutores o reporteros de esos que informan acerca de “dos damas se causaron heridas en un prostíbulo al pelear por un cliente”. Aclaremos una vaina: las damas no van a lupanares. Una dama, todos lo sabemos, es una “mujer noble y distinguida”. ¿No era más correcto decir que “dos mujeres salieron cortadas en el rifirrafe que se originó en un mabil por los favores de un parroquiano?



Dejo de lado la digresión y retomo el razonamiento. ¿Cómo puede ser terrible un éxito, que es definido por como: “resultado feliz”? O, ¿cómo se puede sufrir una mejora si ese verbo implica “sentir un daño o dolor” y el sustantivo que le sigue sugiere el goce de un alivio, una recuperación? O, ¿cómo las virtudes, que son “acciones conformes a la ley moral”, pueden estar “plagadas”, o sea: “llenas de cosas nocivas o no convenientes”?



Ahora, la certidumbre que tenía ha comenzado a resquebrajarse. Es que después de ver cuántas cosas pasan en esta sufrida tierra por las acciones y omisiones de tantos imbéciles que actúan de funcionarios —y que disfrutan de “beneficios colaterales no oficiales”, por ponerlo en lenguaje “políticamente correcto” — ya no estoy tan seguro.



Actualmente, se puede decir si incurrir en error que el régimen, al expropiar Agroisleña, se anotó un “éxito terrible”. Se dio el gustazo de aplastar a unos “sucios capitalistas” (a quienes no les ha pagado, como cosa rara) al quitarles el fruto de su trabajo, pero a un costo atroz: rebajaron de un solo caraxazo la superficie sembrada. ¡Terrible el éxito! Sobre todo para los más pobres, que ven cómo escasean los alimentos frescos.



Cuando alguien viaja hacia Caracas por una autopista que acaban de asfaltar y ya está plena de cráteres, o abre el grifo en una casa valenciana y lo que sale es algo ocre y maloliente, o se cala las colas caraqueñas porque el populismo ramplón impidió que funcionase el “pico y placa” que habían implantado los alcaldes mirandinos, puede comprobar que eso de “sufrir mejoras” ya no es más un oxímoron. ¡Es una realidad originada en la desidia, ineptitud  y corrupción de los burócratas del régimen!



Ya no es un error decir: “conseguir malos resultados”. Antes sí. Porque “conseguir” es “alcanzar, lograr lo deseado”. Y normalmente uno no desea tener malos desenlaces. Pero es que no estamos en tiempos normales. Y este régimen es la negación del sentido común. Cuando hostigan a los productores, cuando se apropian de empresas, terrenos, edificaciones y fábricas, es lo que desean obtener: que tales acciones ayuden en la depauperación del país. Porque ellos necesitan que todos seamos pobres. Así habrá más personas que vayan hacia ellos con las manos extendidas, suplicantes.





Antes no se podía decir “gracias a…” y continuar la frase con algo malo o dañino. Porque esa locución preposicional implicaba que algo o alguien producía un bien o evitaba un mal. Ahora no. Ahora, los reparadores de electrodomésticos pueden decir que se están llenando “gracias a los apagones que causa la ineptitud e impericia de Corpoelec”. Los choros dicen lo mismo. Y los pavos que quieren jamonear a la jeva, también…



También, se puede expresar que “gracias a la enfermedad” ha sucedido un montón de cosas: la familia real barinesa goza de hoteles, paseos, compras y comidas que jamás soñaron —o sea, para seguir en la vena oximorónica, que ha “disfrutado del tratamiento médico”—, los valetudinarios hermanitos Castro siguen llenándose, y el futuro de Venezuela se ve más despejado…

El drama de pagar



Como el alcalde de donde vivo —que no es el de Valencia; de él me encargaré más adelante— lo está haciendo mucho mejor de cómo mucha gente esperaba, decidí que había que ayudarlo en su gestión. Para eso, me fui a pagar los impuestos de circulación vehicular y de lo que impropiamente los venezolanos llamamos “el derecho de frente”. El edificio limpio, nada de mugre, manchas o grafiti, con buenos carteles indicadores, y los funcionarios contestaron cortésmente nuestras preguntas. ¡Pero las colas! ¡Inmensas! Tanto, que a pesar de haber salido de casa revestido de buena ciudadanía, me dije: “Alejandro puede esperar un poco más por mis contribuciones al fisco; buscaré una mejor hora para la diligencia”.

Es el drama de toda Venezuela. País rentista como ha sido por casi un siglo, dejó atrofiar —o no desarrolló— las destrezas en la cobranza. Los vigilantes de tránsito son como son, en mucho, porque ya no se les provee de boleteras para imponer citaciones por infracciones; lo que influye de dos maneras, ambas negativas: los conductores irrespetamos mucho más el reglamento, y queda sin entrar dinero al erario pues es desviado a los bolsillos “fiscales”. Cuando uno tiene necesidad de obtener un mapa en la Cartografía, no puede comprarlo porque esta no es perceptora de fondos nacionales; por tanto, regalan los mapas, con pérdida para la nación. La absurda eliminación por el régimen de los cobros de peajes en las autopistas resultó en una infraestructura vial que se desmorona; porque ahora dependen de un burócrata caraqueño que no sabe nada de nada pero que mantiene suavemente tensadas las partes pudendas del jefe. Hasta hace poco, cuando las vías eran responsabilidad regional y se cobraba por su tránsito, no solamente la capa asfáltica estaba en buen estado sino que las adyacencias se veían impolutas, los viajeros estaban cubiertos por seguros de vida y gozaban del auxilio vial si se accidentaban. Como estos, mil ejemplos más.

Siempre, y en todas las latitudes, lo difícil es cobrar. Y es hasta lógico: el ente, el comerciante, o quien sea, si hace esfuerzos por cobrar y procrastina al pagar, mantiene un flujo de caja positivo. Con lo que asegura su éxito. Aquí, no. Aquí son difíciles ambas cosas. Los que tienen que cobrarle al Estado las pasan moradas por la burocracia y, sobre todo, por la “viveza” de unos pagadores que, paradójicamente, cobran.

Pero no es solo el estamento oficial el que dificulta los pagos. Los comercios privados también tienen sus peculiaridades. Por ejemplo, una híper-ferretería a la que el régimen le tiene la vista puesta puso una máquinas para la autoliquidación de las compras; pero en ellas siempre tiene que actuar un empleado porque, con cada intento de pago, este tiene que digitar una contraseña, después tiene que verificar que la tarjeta usada corresponda con la cédula del comprador, y luego tiene que tomar de este una de las copias del comprobante de pago.  Cuando los pitiyanquis compramos en un “Home Depot”, nada de estas cosas interfieren en el chinchineo del dinero entrante. El comprador se defiende solo, y si no sabe, que haga la cola para que lo atienda un dependiente. La tienda no tiene por qué dudar de que el tarjetahabiente sea su legítimo propietario; si sabe el código es porque, muy probablemente, lo sea. Y si no lo es, una grabación de las cámaras de seguridad está a la disposición de las autoridades para facilitar la detención del roba-tarjetas. ¡Y ya!


Tortura especial es la que impone el en mala hora alcalde de Valencia cuando sus policías municipales remolcan vehículos —sin importar si estos están bien o mal estacionados. El propietario debe ir a un estacionamiento que queda en el Tuyuyo Grande. Allí, para ser atendido, hay que esperar más de una hora afuera del recinto, —en descampado, sin donde guarecerse de los elementos y en las cercanías de una ranchería de donde puede brotar unos malandros para robarlo a uno. Después de haber pasado por las horcas caudinas de un funcionario que jura que sabe más de derecho que nadie y haber pagado el costo del remolque y el estacionamiento, hay que ir a las taquillas de la Alcaldía, a unos 5-6 kilómetros de distancia, para coger un número y pagar la multa. Después, con el recibo de la multa, hay que ir a otra dependencia, como a otros 5 kilómetros para que la Policía Municipal borre del sistema la placa del vehículo, no sea que se lo vuelvan a llevar. Solo después de cerrar el circuito, rodando varios kilómetros más hacia el estacionamiento, es que se puede recuperar el vehículo. Eso, en una alcaldía en la que su titular, por la infinita sabiduría de Boves II, asiste a las reuniones de gabinete ministerial. Debe ser que el alca-Parra estaba dormido cuando aquel daba la orden de simplificar los procedimientos administrativos