jueves, 8 de noviembre de 2012

Mentiras tuyas


No, no vamos a hablar del bolero con ese nombre que puso de moda el guapachoso Rolando Laserie en los sesenta; vamos a comentar acerca de las falsedades, ficciones, farsas, falacias y faramallas —todas con “f”— que son abundantes en Mentira Fresca, el hercúleo líder que va a salvar al planeta, el acertado timonel que lleva a Venezuela hacia el Mar de la Felicidad.

Desde antes de tomar la presidencia, en el ya lejano 1998, practicaba ese vicio de tratar de caerle a cobas a los demás. Si no, ¿qué fue toda la entrevista que dio a CNN es esa ocasión? Todo un embuste, de comienzo a fin: “no expropiaré los medios de producción”, “no habrá persecuciones por razones políticas”, “mantendré las mejores relaciones con los Estados Unidos”, y por ahí seguía. El tiempo se ha encargado de desmentirlo completamente. Pero no fue ese año en el que debutó como experto en fingimientos: él mismo aseveró a través de un contacto telefónico con un programa de VTV —ese  arquetipo de equidad comunicacional— que desde 1975 ya estaba complotando: "Desde la Escuela Militar ya yo andaba conspirando, ya yo andaba por ahí por Catia, estaba fundando la Causa R…” Esa admisión tan paladina de haber faltado al juramento de ingreso en la institución militar, la ley que la regía —ya no más, ahora la hizo a su medida— y la Constitución vigente para la fecha ya lo descalifica para cualquier cargo de responsabilidad. Pero en esa afirmación, para no perder la costumbre, también nos metió una mentira más: ahora resulta que él es uno de los fundadores de ese partido. O sea, ¡Moleiro te fregaste: salió alguien más merecedor que tú!

La más reciente calumnia que se le conozca fue la que trató de sembrar —cuando por fin apareció—, contrariando a todos los testigos presenciales, de que en Amuay, antes de la terrible explosión, no se había sentido olor a gas. Porque, para él, la verdad no es algo que se encuentra patente en el ambiente sino lo que sus fantasiosas elucubraciones decidan qué es la realidad. Y en este caso, él siente la necesidad, una vez más, de escurrir el bulto, de zafarse del brollo.

Porque muy por dentro, él se sabe la causa directa de estas muertes. Cuando, pito en mano, se dio el lujo de despedir a más de 20 mil ejecutivos, técnicos y trabajadores petroleros, estaba condenando a Pdvsa a su derrumbe y quiebra. La fobia a la excelencia, la destrucción de la meritocracia, la condena a lo que él piensa que es elitismo hicieron eclosión ese día.  El desprestigio al que ha sometido a miles de personas que surgieron por su esfuerzo y estudio, el ataque a las formas ordenadas de acceder a los altos cargos en las empresas, la falta de escrúpulos para todo, pero principalmente para acabar con cualquier autoridad que no sea la suya, han sido una constante en estos largos 14 años de desgobierno; pero ese día hicieron clímax. Si eso, y su afán de conseguir una igualdad injusta —cercenando las iniciativas y aplastando a la sociedad para lograrlo— no son una muestra de un intento obsesivo de tiranía, se le parece mucho.

La procacidad frecuente,  el impudor de cada rato, el descomedimiento en las argumentaciones son otras facetas de ese intento de mantener el poder a juro, por vanagloria. Para él no existen los objetivos permanentes de la nación; solo le importa su obsesión inmutable de trascender a como dé lugar. Si para lograrlo tiene que implantar la subcultura del “enemiguismo”, pues la hace surgir al amparo del patrioterismo más vil. Sabe que para eso cuenta con coros de “héroes subvencionados” capaces de hacer cualquier maroma justificadora. Pero, para más facilidad —porque a la mayoría de ellos se le hace difícil cogitar— apelan a: “micomandantepresidente es el dueño de la verdad; nunca se equivoca”. Es que el rastacuerismo y el relativismo son  maravillosos para mantener la conciencia en baño de  maría. Si en vez de atrasados discípulos del bachiller Mujiquita, se rodeara de gente que en verdad supiera gobernar y tuviese como norte el bien de la patria —no el engorde de sus cuentas bancarias, como es lo que sucede— el país no estuviese en situación tan patética. Pero todos, al alimón con Elke Tekonté, están tan deleitados en la construcción del “hombre nuevo” que no ven que sus inacciones lo que llevan es a la barbarie y la destrucción del país. Los muertos por la explosión, por las crecidas de los ríos, por la acción del hampa son para ellos meras pelusas en la solapa del traje socialista que están cosiendo desde hace demasiado tiempo. Menos mal que Aristóteles explicaba que “el castigo del embustero es no ser creído aun cuando diga la verdad”. Y eso se ha de reflejar el 7-O…

Atrocidades cometidas por militares


Una noticia que fue reportada la semana pasada de manera muy destacada por los diarios europeos, especialmente los italianos, tiene que ver con el intento de algunos grupos neofascistas de reivindicar la memoria de un genocida. Sucede que los ediles de Affile, un pueblo al sur de Roma, votaron la erección de un memorial, cuyo costo sobrepasa los 130.000 euros a ser erogado de los fondos municipales —cuando ya habían tenido que hacer recortes drásticos en los presupuestos de los servicios públicos— para honrar al mariscal Rodolfo Graziani, originario de ese pueblo.  El alcalde local declaró que esperaba que el monumento llegase a ser “tan famoso y tan popular como Predappio”, el lugar de nacimiento de Mussolini y donde se encuentra su tumba; lugar que se ha convertido en un lugar de peregrinación para los neofascistas.

El mariscal Graziani se ganó el remoquete de "carnicero de Fezzan" porque en 1928, cuando estuvo a cargo de las fuerzas italianas en Libia, estableció campos de concentración donde mandó a fusilar o dejo morir de enfermedades a miles de libios. Después, en 1935, cuando Italia invadió Etiopía, Graziani, quien era comandante nuevamente, dio la orden de usar gas venenoso contra los adversarios a pesar de que Italia era signataria de los tratados que prohíben su empleo. También ordenó la matanza de los monjes de Debre Libanos y un buen número de peregrinos que estaban en ese monasterio porque estaba convencido de que los monjes querían atentar contra su vida. Pero su desempeño más crucial fue cuando il Duce —luego de ser rescatado de su prisión en el Gran Sasso por Skorzeny y sus paracaidistas alemanes— creó una república títere en Salo, cerca de Milán, y nombró a Graziani  ministro de guerra.  Desde ese cargo, elaboró un decreto que disponía el reclutamiento forzado de los varones italianos y la ejecución de quienes se rehusaran a servir. Muchos fueron asesinados como resultado. Toda esa trayectoria como criminal de guerra le valió la condena de un tribunal militar italiano en 1948.

Pero no solo los mariscales cometen crímenes de guerra; hay que recordar que en 1968, un teniente del Ejército de Estados Unidos, William Calley perpetró una matanza de ancianos, mujeres y niños en My Lai durante la Guerra de Vietnam. La versión oficial hablaba de unos 120 muertos, pero otras fuentes mencionan números entre 300 y 400.   Dicho teniente, fue juzgado en una corte marcial y condenado por esos actos.

Lo malo con las condenas en tribunales nacionales a crímenes de lesa humanidad es que la politiquería y el patrioterismo pueden meter la mano —y lo hacen con harta frecuencia. El mariscal Graziani pagó solo dos años de los 19 a los que fue sentenciado; Calley solo permaneció tres años detenido pues fue indultado por Nixon.

Esas decisiones —y otras parecidas— clamaban justicia y, por eso, desde 1998, además de los tribunales nacionales de cada país, los agraviados cuentan con la Corte Penal Internacional de La Haya. Por ella han pasado los culpables de guerra de los Balcanes, con su insólita y absurda “limpieza étnica” (y religiosa). El expresidente Milosevic y sus generales Karadzic y Mladic —que dirigieron la campaña xenófoba de exaltación nacionalista serbia que convirtió en ciudadanos de segunda y asesinó a eslovenos, croatas, bosnios y kosovares— tuvieron que presentarse ante esa corte. Actualmente hay casos abiertos contra gobernantes y militares africanos que han sembrado la  división y la xenofobia en sus países para, así, eliminar toda forma seria de oposición y de crítica y poder mantenerse en el poder. Hay casos actualmente referidos a crímenes en el Congo, Kenia, Uganda, Costa de Marfil, Libia y Sudán. Este último país merece especial mención porque su presidente, Omar al-Bashir, es uno de los indiciados porque es responsable por la muerte de más de 400 mil sudaneses en la región de Darfur. Por cierto, el presidente saliente y candidato del comunismo en Venezuela se jacta de ser su amigo; uno más en la lista de leprosos internacionales con los que se junta. Al-Bashir fue el primer jefe de Estado en ejercicio acusado ante la Corte Internacional.[. Pero no es el único…

Todas estas explicaciones las escribo hoy porque no está de más alertar a los venezolanos de las posibles acciones que debamos tomar como consecuencia de un fulano “Plan B” que dicen por ahí que tienen previsto los actuales altos mandos militares (con la bendición del “altísimo”) para desconocer el inminente triunfo de Capriles en octubre. Pareciera que en su afán de mantenerse en sus privilegiadas posiciones —donde no los alcanza la parcializada justicia venezolana encabezada por la sesgada Luisa Stella, pero dirigida desde Miraflores— no tendrían empacho en utilizar a la mal nacida milicia para, con sangre y fuego, hacer nugatoria la voluntad política de la mayoría. Que ni lo intenten…

Prosa de guerra y paz

 Últimamente me he puesto a releer libros que he atesorado muchos años. Comento dos de ellos. Uno es “Men at War”, de Ernest Hemingway; es una selección de relatos, reseñas e historias ocurridas en diferentes guerras, desde lo más profundo de la antigüedad hasta 1948, cuando concluye su trabajo. Se deleita uno, por ejemplo, con “La marcha al mar”, de Jenofonte;  “Horacio en el puente”, de Tito Livio; “Una visión personal de Waterloo”, de Stendhal, y “Bola de sebo” de Maupassant. El otro libro es “Lend Me Your Ears”, de William Safire; es una recopilación de los discursos más notables, por su importancia o por su belleza, también desde la antigüedad hasta 1997. Encuentra uno el pronunciado por Pericles para exaltar las glorias de Grecia y el panegírico de Boris Yeltsin por las víctimas del comunismo; pero también el de Benazir Bhutto alegando que la dominación masculina sobre las mujeres ofende al Islam y el de Malcolm X exhortando a los afroamericanos a enfrentar la opresión blanca. También están el de Lenin defendiendo la revolución del proletariado y el de Hitler declarando sus intenciones guerreras. En fin, que tiene muchos de los que han marcado hitos en el desarrollo del mundo actual.

Como un servicio a mis lectores, mientras escribía, me metí en “Amazon” y encontré que allí todavía se puede conseguir ambos. Advierto: como son libros que ya no se encuentran fácilmente, han subido de precios. Pero también los ofrecen usados, más baratos.

De todos los discursos revisados, encuentro especialmente emotivos los de Churchill. Muy buenos. Todos. No en balde con ellos aglutinó al imperio británico y lo condujo a la victoria. Es que sir Winston tenía una prosa que impactaba. En ella aparecían frases que pasaron al acervo mundial. ¿Quién no sabe a qué se refiere alguien cuando habla de “la cortina de hierro”? ¿Cuántas veces no se ha repetido aquello dicho de los pilotos de caza que defendieron a Inglaterra de la Luftwaffe: “Nunca, en el terreno de las luchas humanas, tantos debieron tanto a tan pocos”? ¿Y qué tal algo que citamos de cuando en cuando: “sangre, sudor y lágrimas”. Pero que citamos mal; lo que ofreció Churchill fue: “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor” (blood, toil, tears and sweat), en ese orden y con el “esfuerzo” agregado. Ningún orador puede garantizar que su prosa sobreviva la erosión del tiempo.

Un truco de Churchill es la repetición: “Me preguntan, ¿cuál es nuestro objetivo? Puedo responder con una sola palabra. Victoria. Victoria a toda costa, victoria a pesar de todos los terrores; victoria, sin importar lo largo y duro del camino; porque sin victoria no hay supervivencia alguna. Que se entienda: no habrá supervivencia para el Imperio británico, ni supervivencia para todo lo que ha defendido el Imperio británico, ni supervivencia para la exigencia de que la humanidad avance hacia su meta”. Otro: “Iremos hasta el final, lucharemos en Francia, lucharemos en los mares y océanos, lucharemos con más seguridad cada vez y con más fuerza en el aire, defenderemos nuestra isla, nos cueste lo que nos cueste, lucharemos en las playas, lucharemos en los campos y calles, lucharemos en las colinas, no nos rendiremos jamás”.

Pero basta de discursos de guerra. Leamos parte de un sermón pronunciado por Fulton Sheen, el obispo de Nueva York en 1941. Creo que tiene vigencia para la Venezuela de hoy. “No existe la vida sin una cruz. Somos libres sólo para elegir entre cruces. ¿Será la cruz de Cristo que nos redime de nuestros pecados; o será la doble cruz (la esvástica), o la hoz y el martillo, o las fasces? (…) Hemos querido estar libres de Dios; ahora debemos enfrentar el peligro de ser esclavizados por un ciudadano de un país extranjero. (…) Esta forma de vida indolente e indisciplinada nos ha robado nuestro vigor individual y pone en peligro nuestra forma democrática de gobierno. (…) Vivimos en una época de santos en reversa, en la cual unos apóstoles inspirados por el espíritu maligno sobrepasan en valor a aquellos animados por el Espíritu Santo de Dios. (…) Creo en el poder de regeneración de América. (…) pero creo en él sólo como creo en la Resurrección: después de haber pasado un Viernes Santo…”

Cómo me gustaría que en nuestra patria el próximo presidente pudiera decir, como Lincoln en su segunda toma de posesión: “Con malicia hacia ninguno, con caridad para todos, con firmeza en lo que es correcto como Dios nos da la posibilidad de verlo, nos esforzaremos en terminar el trabajo en el que estaremos, para curar las heridas de la nación; para cuidar a quienes han sufrido la batalla, así como a sus viudas y sus huérfanos; para hacer todo lo que pueda lograrse, y disfrutar de una paz justa y duradera entre nosotros y con todas las naciones”.

domingo, 12 de agosto de 2012

¡Pobre Guardia mía!

Hace tres días, la Guardia Nacional (sin más adjetivos) celebró sus tres cuartos de siglo de existencia. Para homenajearla, tenía previsto reproducir en este artículo algunas de las cosas que escribí para El Carabobeño y El Nacional hace 25 años, cuando fue el cincuentenario de esa institución. Pretendía repetir algunas de las frases que utilicé como subtítulos en esa ocasión; quería reiterar que: “el guardia es el fuerte brazo derecho de la ley”, “el guardia es una muralla contra las fuerzas del mal”, “el guardia es un amigo en horas de necesidad”, “el guardia es un hombre para todas las situaciones”. Sin embargo, me aguanto las ganas y solo señalaré que el verdadero guardia es alguien que a menudo se siente frustrado. Por muchas cosas pero, sobre todo, por los jefes que tienen actualmente. Muchos de los hombres y mujeres que conforman la Guardia de hoy quieren seguir siendo lo que eran sus efectivos desde la creación de la institución —que es lo que los antedichos subtítulos intentaban describir— unos venezolanos honorables que, voluntariamente y por afán de servicio, se sacrifican en una labor denodada por todos los rincones de la patria en la promoción del bien común. Los altos mandos han decidido otra cosa: usarlos (chocante el verbo, pero hay que emplearlo) como peldaño para acceder a su muy personal beneficio. Pero que disfrazan con una supuesta visión política. La cual, para más colmo, contradice lo que manda la Constitución. Abundan los ejemplos. Pero comento solo uno.



Un portal de noticias reseñó recientemente que algunas fotos que forman parte de la Galería de Excomandantes del Comando Regional Nº 5 aparecen tachadas con diagonales de letras blancas y fondo rojo en los cuales se lee la palabra "traidor". Los generales así indebidamente incriminados no han sido sentenciados por ese delito en tribunal alguno; su único “pecado” fue la adopción de una conducta determinada durante los hechos del 11 de abril de 2002. Básicamente, fueron oficiales que se opusieron a la orden miraflorina de usar a la Guardia para masacrar a los marchantes de ese día, y así lo hicieron saber públicamente.



Todo apunta a que el autor de esa imputación felona, alevosa, contra quienes no pueden defenderse —y a quienes no se les ha siquiera iniciado un juicio por ese supuesto delito— es el actual comandante de esa unidad superior. Un tipo que se ganó el ascenso y el cargo por su “gloriosa” actuación —después de una arenga también “memorable” a sus tropas— en la batalla de la Avenida Libertador. En ella, con “arrojo inusitado” golpeó, arrastró, gaseó, disparó y detuvo a un grupo de estudiantes  provistos solo de banderas y reclamos. Pero que tenían unas armas terribles, a juicio del nuevo Himmel: ¡usaban la cabeza para pensar y tenían las palmas de sus manos pintadas de blanco!



El arrastrado —que quiere seguir ascendiendo y llegando a cargos más relevantes— visto el éxito de su “denodada acción guerrera”, ya se alistó para la continuación de la operación y, por lo pronto, echó otra jaladita: mientras comandaba la parada militar durante un acto en el Ministerio de la Defensa, dio parte a su amado líder y le soltó —impúdicamente, delante de toda la oficialidad e invitados, contrariando la letra y el espíritu constitucionales— la consigna indudablemente política: "Rumbo a la consolidación de la Revolución Bolivariana el 7 de octubre de 2012". En su mente se decía: “De aquí pa’l Comando General, como mínimo”. Debe ser que en su aislamiento de ciego selectivo (ve solo lo que le conviene), no se ha enterado de la cambiante realidad nacional.



Pero, también puede ser que sí haya hecho una apreciación correcta de la situación —que su jefecito lindo tiene muchas probabilidades de perder las elecciones— y, siguiendo la línea del MinPoPoDef y otros narcogenerales, piense formar parte de la gavilla que quiere poner en vigencia la “Operación Jalisco”: que cuando pierde, arrebata. Ese tipo de “jefe” no respeta el paradigma constitucional que rige a la FAN; por el contrario, lo desprecia al propiciar el añadido de “Chavista” al nombre de la institución. Para él, lo importante no es defender la integridad y soberanía de la nación sino mantener al caudillo de la robolución en el poder. Solo así podrán seguir aumentando sus arcas con dineros mal habidos. Un presidente de verdad ya los hubiera, por lo menos, dejado sin cargos y a la orden de un Consejo de Investigación.



Así, pues, que no hay mucho que celebrar en estos 75 años. No obstante, hago llegar mi saludo respetuoso y cordial a los guardias nacionales ver-da-de-ros; aquellos que parecieran descritos por el poeta: Qui procul hinc, qui ante diem periit; sed miles, sed pro patria (Quien lejos de aquí, quien antes de su tiempo muere; pero como soldado, por la patria).

miércoles, 1 de agosto de 2012

Atributos gubernamentales

Como alguien me reclamó cordialmente que tenía tiempo sin “jugar con las palabras”, hoy me voy a meter en eso que disfruto tanto. Pero faltan solo diez semanas para el día de las votaciones —cuando vamos a hacer que Venezuela regrese a la normalidad institucional—; y no puedo dejar de lado la circunstancia política. Servirá, además, para ponerle sal a algo que unos encontramos divertido pero que puede poner a dormir a muchos otros. Los ejemplos serán tomados de personeros del régimen, incluyendo al candidato del comunismo.

Empecemos con un adjetivo que es denominador común de casi todo el gabinete y de muchos funcionarios del régimen —incluidos los de medio pelo. Me refiero a “petulante”, al que el mataburros  define como un estado de “vana y exagerada presunción”. Si fuera solo eso, uno pudiera dejarlo pasar. Pero viene acompañado de la insolencia en el discurso y el comportamiento. Y hasta de la vulgaridad, lo cual no deja de ser un contrasentido: se las echan de mucho, pero con sus frecuentes y caprichosas malhumoradas dejan caer el oropel con el que pretenden cubrirse y permiten ver el latón del que están hecho. “Petulante” es una palabra relacionada con el verbo latino peto-petere, que significa “buscar”, “pedir”, “abalanzarse”. Otras que se desprenden de este verbo son “competir”, cosa que ellos no saben hacer sin buscar ventajas por medio de trampas (y con las cuales las rectoras del CNE se hacen las locas); “apetito”, que los caracteriza también (esas ganas desaforadas de seguir mamando directo de la ubre de la res pública); “ímpetu”; que es lo que le sobra al flaquito y que no puede igualar el gordito —hinchado, más bien— y por eso hubo que acondicionarle una carroza en un vehículo militar (lo cual configura un delito).

Tienen un máster en “prevaricación”; delito que comete un funcionario o un juez al “dictar a sabiendas una resolución injusta”. En eso, el diccionario también se queda corto: en ese delito también incurre aquel que incumple las obligaciones específicas de su cargo; que cobra sin trabajar, pues. O quien las dicta para obtener un beneficio indebido. ¡Cómo abundan de esos! Usualmente, cuando cometen este delito, incurren también en “perjurio”, puesto que no solo incumplen con las funciones, sino que, además,  faltan al juramento que debieron prestar al tomar posesiones de sus cargos. “Prevaricar” también viene del latín, y es interesante: deriva de varico-varicare, verbo que se pudiera traducir “caminar con las piernas abiertas”, “andar a horcajadas”. Si se le combina con el prae que nosotros redujimos a “pre”, estamos hablando de “caminar, alguien, no muy rectamente”. Así lo hacen los del Tribunal de la Suprema Injusticia, la fiscala generala (para usar del feminismo al que es tan afecto el régimen) y el pocotón de ministros que sufrimos. 

Un adjetivo que usamos poco es: “perfunctorio”. Pero retrata de cuerpo entero el proceder de la manga de burócratas que nos toca alimentar con nuestros impuestos —y que el régimen ha multiplicado a más del doble. Porque el DRAE explica que es algo “hecho sin cuidado, a la ligera”. Y si algo caracteriza a esos personajes es la rutina, la falta de entusiasmo, el desinterés y la superficialidad  mecánica con la que “cumplen” sus funciones. Había escrito “acometen”, pero ese verbo implica “atacar con ímpetu, con ardor”, acción que no se nota en la mayoría de las oficinas públicas. Pero, claro, el ejemplo lo da el de arriba, que en los últimos doce meses no ha estado en su oficina más de doscientos días. ¡Y todavía quiere que lo reelijan! ¡’na guará! Perfunctorio proviene de perfunctio-perfunctionis, conformado por la combinación del prefijo per y el verbo perfungor-perfungi,  que significa “llevar a cabo”. Dicho verbo es también el origen de otras palabras españolas: “difunto”, que es lo que ya no funciona (como el derecho, que nos asistía y que nos han arrebatado con violencia y malas artes) y “fungible”, lo que se acaba (como este régimen, que tiene fecha de expiración. Cuando se vayan, tendrán que “cantar la palinodia”, una locución verbal para significar “retractarse públicamente, reconocer los yerros propios”.

Caso aparte son los altos mandos. Son como aquel personaje volteriano, “Pococurante” —unión de dos palabras italianas que traducen “se ocupa de poco”. Es que el ginebrino escogía muy bien los nombres de sus protagonistas. A alguien que hablaba mucho y derrochaba optimismo, le puso “Pangloss” (“todo lengua” en griego); “Cándido” no podía ser más inocente. Y los actuales “Pococurantes” son la mata de la indiferencia por los grandes objetivos de la nación; lo de ellos es mantenerse en la buena con quien los ascendió a pesar de que no tienen currículo sino prontuario.

Se acabó el espacio. Me faltaron “vacuo”, “untuoso”, “ucase” y “subterfugio”. Alguien que me los recuerde en el futuro cercano, plis.

El Bolívar de carne y hueso

Hoy cumple años el Libertador. Vaticino que el régimen va a echar el resto para equiparar las hazañas del Padre de la Patria con las que tengan que inventarle al Héroe del Museo Militar, tan falto de ellas. Hoy, el candidato del comunismo —con su habitual desprecio por la norma constitucional— va a convertir en míseros actos de campaña lo que debieran ser ceremonias en honor a nuestro héroe. Continuará halando la brasa para su sardina mientras sigue construyendo una religión en la cual, en palabras de Eduardo Casanova,Bolívar es el único dios y algún aventurero es su profeta”. Hay que echarle un parao a esa intención. El Libertador fue un gran hombre, pero no por eso hay que endiosarlo. Llevando de nigromante a Elke Tekonté, mucho menos. Equipararlo con Bolívar es una osadía.  Pero los rojos necesitan llevar a cabo esa barbaridad para ver si el tipo repunta.

El Libertador fue una persona admirable en muchos sentidos; pero, como humano que era, también incurrió en errores e injusticias. Y hasta bárbaro fue algún tiempo. Creo que, para combatir esos intentos de mitificación, sería conveniente enumerar algunas de las cosas en las cuales pecó el Libertador. Con ello no intento demeritarlo —nada más lejos de mi intención— sino bajarlo del altar en el que lo tienen montado los que dicen ser bolivarianos (pero que no pasan de ser bolivareros). Bolívar merece un pedestal, no un altar.

Dos de los yerros que se le imputan Bolívar tuvieron gran influencia en la caída de la Primera República. El primero, la pérdida de la plaza militar de Puerto Cabello.  Según habladurías de esos días, el castillo cayó en manos de Vinoni porque Bolívar se había descuidado y estaba en un juego de naipes y bebiendo vino. Las cartas llenas de lamentaciones que le manda a Miranda para disculparse parecieran comprobar el hecho. Al saber lo sucedido, el precursor exclamó en francés: “Venezuela est blesée au coeur!” Y en verdad estaba herida en el corazón porque Monteverde pudo apropiarse de un formidable arsenal que inmediatamente empleó contra los republicanos. Este primer error no fue poca cosa.  El segundo, fue el haber estado entre los que arrestaron a Miranda para entregárselo a los realistas. Lo que le significó su reclusión en La Carraca y su muerte posterior. Mucho después, para justificarse, Bolívar alegó que Miranda había traicionado a la república al pactar con Monteverde. No necesariamente: ambos comandantes hacían la guerra con las reglas de Europa. Lo que sí pareciera desprenderse de lo que informó Monteverde es que algún interés tuvo Bolívar cuando entregó a Miranda: “Yo no puedo olvidar los interesantes servicios de Casas, ni de Bolívar y Peña, y en su virtud no se han tocado sus personas, dando solamente al segundo sus pasaportes para países extranjeros…”

Otra verruga fue la orden, en el año 14, de masacrar a más de ochocientos de civiles españoles que estaban presos en La Guaira. Su excusa: no podía dejarlos vivos porque se iban a convertir en una amenaza en la retaguardia de los que emigraban a Oriente. O sea, se criticaba a las barbaridades de Boves, pero se procedía igual. Pero, en el año 17, en Guayana, cuando mandó a pasar por las armas a 22 misioneros catalanes, ¿qué justificación podría dar? Hasta 1820, su accionar fue el de líder bárbaro. Pero después, a veces,  también incurrió en rigores injustificados; como cuando ordenó a Santander, después de Boyacá, que “enviara a San Pedro” los oficiales españoles que eran ya  prisioneros.

Muchos se preguntan por qué la mayoría de los peruanos no quiere a Bolívar. Por muchas razones, pero como el espacio es poco, van en forma sucinta. En principio, llegó como Libertador, pero a los cinco meses ya era dictador y a los tres años movía los hilos para ser presidente vitalicio. Una de las primeras órdenes a los jefes militares fue: “Tomar todas las alhajas de oro y plata de las iglesias para amonedarlas y destinarlas a los gastos de la guerra; todas las piedras preciosas y cuanto tenga valor en las iglesias, sin dejar en ellas, sino lo más indispensable para el culto”. Después de una insubordinación por falta de pagos, ordenó al general La Fuente “Haga Vd. perseguir de muerte a los que se levantaron, y que se fusilen donde se tomen”. Pero, por sobre todo, no lo quieren porque cercenó al Perú para crear a Bolivia…

A Bolívar no se le puede reducir al jinete encaramado en un caballo blanco que nos dibujaba la Historia del Hermano Nectario María en cuarto grado; a alguien impoluto, sin tachas;  a una especie de Sir Galahad moderno. No. Fue un hombre complejo, pero con más logros que desafueros. En todo caso, todo lo contrario de Esteban…

domingo, 22 de julio de 2012

Abusivo, como siempre

El tipo no se anda con tiquismiquis cuando de violar las normas se trata. Pero, claro, es que desde 1999 está practicando con los artículos de la Constitución. Que tiene práctica, pues. Por eso —sin pararle lo más mínimo a esta, ni a ley que mandó a hacer a su medida para ponerse como grado uno idéntico al de su mentor cubano, ni a la que norma las campañas electorales—, se mandó de ancho, durante un acto militar, con esta perla: "Aunque les duela, la Fuerza Armada venezolana es bolivariana, socialista y chavista y cada día lo será más". En otra ocasión reciente nos retaba preguntando que quién le iba a prohibir que hiciera cadenas; era una befa contra los que aún pensamos que esos espacios deben ser usados solo en ocasiones solemnes o en las que se deba alertar a la nación de algo inminente e importante. Y las rectoras —a quienes se les ha ordenado que el CNE no debe pasar de ser una mera oficina para la validación de las arbitrariedades presidenciales— siguen como el “Stayfree” que ya dejaron de usar: “como si nada”.

La intención de ese tipo de mensajes es clara: intimidar al adversario al hacerle sentir que es letra muerta la norma constitucional que tipifica que la Fuerza Armada “constituye una institución esencialmente profesional, sin militancia política” y que en el “cumplimiento de sus funciones, está al servicio exclusivo de la Nación y en ningún caso al de persona o parcialidad política alguna”. Quiere que creamos que el estamento armado tiene propietario: él. Se intenta que pensemos que —conociendo bien su falta de escrúpulos— no vacilará en usarla contra nosotros cuando salga perdidoso, porque saldrá. Y se intenta reforzar ese pensamiento con el aumento del pie de fuerza de la fulana milicia (un exabrupto inconstitucional más) por encima de la Fuerza Armada regular. Y, por si fuera poco el aparato violento del que dispone, se refuerza con las bandas de motorizados que —sobre motos compradas por el gobierno, esgrimiendo armas que debieran estar en manos de policías, y cobrando sueldos por hacer sus tropelías— son mandadas a causar terror entre las personas que quieren manifestar su oposición al estado de cosas. Y si, todavía fuese poco, por aquello de que “parió la abuela”, la Fosforito hace todo lo posible por dejar vacías las cárceles de reos violentos y mandarlos a los sitios donde gobierna la oposición. Es que necesitan más espacio en las mazmorras para seguir metiendo, con la connivencia de fiscales y jueces de los que gritan “¡Uh, ah!”, a adversarios políticos que tildan de “enemigos” por el odio instilado por su caudillo. No en balde exclamó: “¡Al enemigo, ni agua!”



Pero se va a quedar con las ganas a pesar de los dineros malbaratados comprando armamentos y corrompiendo a los altos mandos; a pesar de las bandas violentas que han organizado con gente que, enceguecida por unos cuantos billetes y una media docena de consignas, es enviada a arremeter contra quienes creemos en la democracia, el juego limpio y la alternancia de los mandatos; a pesar de la libertad mal otorgada a malhechores soltados para hostigar a la gente decente. Estamos ante lo que, muy acertadamente, un escritor señalaba hace días: “generales, pranes y tupamaros forman los elementos de la fórmula con la que el hombre de Sabaneta pretende apagar la mecha que Capriles está encendiendo en cada municipio del país”.



Repito, se va a quedar con las ganas porque el día de las elecciones, sin miedo, todos iremos a las urnas a depositar la manifestación de nuestra creencia de que el país puede ser mejor y más eficientemente gobernado, de nuestra afirmación de que ya basta de ese potingue de fascismo con comunismo y gomecismo que hoy mangonea y que no ha servido sino para quebrar al país, entregárselo a potencias extranjeras como nunca antes y hacer surgir, artificialmente, enemistades y odios entre los venezolanos, que tan cordiales éramos.



Otrosí gramatical

Hay quienes incurren en errores prosódicos voluntariamente para hacer un gracejo o darle vivacidad a una conversación. No niego que yo soy uno de ellos. De cuando en cuando digo, “sindudamente”, aun cuando ese adverbio no existe; “me es inverosímil”, en vez de “me es indiferente”; “a Mato Groso”, por “grosso modo” y otras trastadas parecidas. Pero el fin de semana pasado escuché decir a un abogado que estaba siendo entrevistado en una emisora de radio: “inclusamente”. Con su cara muy lavada, en tono serio y dentro de una respuesta que daba a una interrogante del moderador del programa (ahora los llaman “anclas”). Ese adverbio a juro me dejó patidifuso, turulato. Después me dije, para volver a la normalidad mientras manejaba, que debía ser alguien graduado en la misma promoción de aquel rábula que decía “disulidar”.