jueves, 8 de noviembre de 2012

La pervivencia de los malandros rojos

Su autor los llama sus “desahogos”, pero en verdad son clases de civismo y motivaciones a la democracia. Me refiero a los escritos que emanan de la clara mente de Luis Betancourt Oteyza —un sobresaliente abogado caraqueño que alguna vez ocupó importantes posiciones dentro del socialcristianismo pero que ahora actúa por la libre. Sus “desahogos” aparecen en www.analitica.com. Recomiendo a mis lectores que entren a ese portal y los revisen. Son tan sensatas sus opiniones que uno tiene que concordar con ellas. Sin embargo, en su más reciente escrito, “FAN sin generales ni almirantes”, afirma algo con lo cual me voy a permitir diferir.

Antes, creo que debo glosar las cosas con las que coincido en ese artículo: él piensa que, luego del triunfo de Capriles “las universidades autónomas podrán bajar la guardia en la defensa de su indispensable autonomía para dedicarse con más ahínco a la investigación y formación del futuro. Los sindicatos sentirán el fin del acoso totalitario para recobrar la libertad de defender los intereses de sus afiliados ante los patronos, públicos y privados. Los empresarios recuperarán el ánimo de asumir riesgos para continuar la construcción de mayor riqueza y empleo para todos. Las iglesias volverán a sentir la seguridad plena de exponer sus doctrinas y consejos morales para guiar a los feligreses por este mundo, sin sufrir el insulto del mandón. Los agricultores recobrarán su derecho al trabajo de sus tierras sin temor a despojos de frutos e implementos. Los estudiantes (…) regresarán a cumplir el sagrado deber con la patria de formarse. Y nuestros militares recobrarán su honor”.

También concuerdo —y lo he sostenido muchas veces en esta columna— con que “Venezuela, por su idiosincrasia e historia, por sus riquezas naturales y posición geoestratégica, no puede prescindir de sus Fuerzas Armadas” y, por tanto, “debe soportar el sacrificio material, presupuestario, de mantener unas fuerzas militares y policiales bien equipadas, entrenadas y nutridas de las mejores voluntades venezolanas”; que nuestras “FAN tienen que volverse a regir por los sagrados presupuestos de la disciplina, obediencia y jerarquía (…) y no por la arbitrariedad caprichosa de turno. Tienen que volver a (…) hacerse respetar como cualquier institución patria”. Pero el doctor Betancourt pone un caveat: para lograr todo esto hay que deslastrar las FAN “de los altos mandos corruptos y cómplices de tanto desafuero que las agobian. De esos generales y almirantes que se han enriquecido al servicio de los mandos cubanos de Fidel Castro (…) que en adulancia, inédita en nuestra historia por sus alcances y descaro, han llegado a disfrazar a oficiales y soldados de rojo para ponerlos a desfilar como ofrenda humillada y humillante al tirano (…) que han apadrinado los suministros, transporte y escondites a los jefes de las FARC en nuestro suelo (…) que han traficado con droga gracias a sus mandos e influencias”…

Casi toda Venezuela pueda hacer propias esas afirmaciones. Porque la inmensa mayoría hemos visto cómo la cúpula militar ha cohonestado su alta misión y la ha desfigurado para que coincida con los antojos del cabecilla y con las ganas de sustraerle unos dinerillos al erario. Los venezolanos también concordamos en que hacer volver a la institución armada a la “normalidad” no será tarea fácil, pero que la inmensa mayoría de los oficiales sabrá sobreponerse a las amenazas de los mandos que quieren convertirlos en coautores de sus sinvergüenzuras. Porque tienen claro que la solidaridad profesional nada tiene que ver con la complicidad.

En lo que difiero del doctor Betancourt es en lo que él afirma, casi al comienzo de su “desahogo”, de que con la llegada del nuevo gobierno se disolverá el PUS porque a “diferencia de los cambios electorales en las democracias, donde el partido de gobierno, si pasa a la oposición no desaparece y puede volver a ser partido de gobierno en el futuro, en las tiranías la pérdida del poder significa la descomposición del proyecto que las animó y la deserción de sus esbirros”. Pone el ejemplo de nazis, fascistas, comunistas y falangistas que, a veces “persisten un tiempo como muestra de decadencia antes que de sobrevivencia”. Creo que la diferencia con los rojos criollos es que: 1) ellos seguirán teniendo mayoría por algún tiempo en el parlamento, el judicial, la fiscalía, la contraloría, y la defensoría, y desde allí se dedicarán a tirotear la labor de normalización del país; 2) han robado tanto, que pueden seguir manteniendo a sus “colectivos” y guerrilleros por mucho tiempo. No creo que esta vez vaya a haber los acostumbrados cien días de “luna de miel”. Desde el mismo momento de su salida de Miraflores, se irán a calentar las calles.

Pero, otra coincidencia con el doctor Betancourt, prevalecerá la decencia porque es “la regla de la historia (que el) hombre siempre busque la libertad, (a la que) está destinado por su propia naturaleza”.
Por qué y por quién votar

En mi caso, no es un secreto: desde el mismo 1992 he manifestado mi rotundo rechazo al actual inquilino de Miraflores, a quien de un tiempo para acá llaman el “presaliente”. A escasos días de su asonada cuartelera, en la cual ocurrieron los primeros homicidios que le pueden ser imputados —y que después no han parado, incluidos los recientes asesinatos en Barinas—, escribi: “Mi posición ante los golpes”. Y de ahí en adelante no he cesado de criticar sus muchas barrabasadas, de denunciar sus continuas mentiras, de rechazar su incesante afán de dividir a los venezolanos, de condenar su irresponsable manejo de los dineros nacionales. Tengo, entonces, veinte años oponiéndome a lo que él es y lo que él representa. Mis más pretéritos lectores pueden dar fe de eso. Mi voto el domingo que viene, ya lo saben tirios y troyanos, es en contra del mangoneador por antonomasia que ya tiene laaargos catorce años desbarrando. Pero no por sabido hay que dejar de batir. Dejo algunas de las razones que me mueven. Y que deben mover a todo votante sensato, que use la cabeza al pararse frente a la máquina. Allá los que votan con la vesícula y depositan el voto bilioso que les exige Elke Tekonté.

Votaré en contra de quien ha buscado destruir la economía del país porque su proyecto necesita que todos seamos pobres, para que tengamos que ir con la mano extendida a buscar las migajas que a él le dé la gana dispensar. Acabó con el empresariado privado, lanzando a una gran cantidad de trabajadores a la calle; y a los que dejó en la nómina oficial, les redujo a cobrar salario mínimo y a tener que aceptar que no los cubran contrataciones colectivas. A punta de “exprópiese”, ahora el Estado venezolano se dedica a fabricar botellas de vidrio, a cambiar sábanas en hoteles, a envasar leche y demás cosas del ámbito privado, pero ha dejado de la mano de Dios a los que necesitan seguridad, salud, transporte y educación. Votaré a favor de quien quiere restablecer el tamaño sensato del aparato estatal y dejar que las iniciativas privadas florezcan. Lo hace China, que es país comunista; pero aquí está prohibido.

Votaré en contra de quien no sabe sino atizar la violencia con sus discursos, que busca dividir a los venezolanos es particiones chocantes: ricos y pobres, blancos y afro-descendientes. En un país en el que todos somos café con leche y en el cual la pigmentación nunca fue óbice para el logro; en una nación donde a las personas se les medía de las cejas para arriba, por lo que tenían en la mollera; en una tierra en la que había —y hay, a pesar de él— una gran movilidad social. Votaré a favor de quien trate de sanar las heridas dejadas por el odio incitado en estos casi tres períodos presidenciales de los de antes. Votaré por quien me ofrezca paz, no guerras civiles.

Votaré en contra de ese neofascismo que viene envuelto —especie de regalo griego a los troyanos— en un “corazón de la patria”, y que no es sino la prueba de la megalomanía que sufre quien se cree así. En contra de quien se atreve a vociferar que no importa que no haya luz, seguridad, agua ni casas porque lo importante es la patria. ¡Claro!, ¿no dizque es su corazón? No le interesa la Patria con mayúscula, sino esa que él cree que debe ser construida a la medida de él. Su ampuloso ego le hace ver que solo él sabe lo que es bueno para el país y sus regiones. Los carabobeños rojos todavía se soban del estacazo que les dio cuando, contrariando el deseo popular, designó un candidato para la gobernación que nadie quería. Ni se imaginaba. Ese mismo ego —tan inflamado como él mismo-— no permite que haya gente sensata, con conocimientos y destrezas gerenciales, en su gabinete. Los necesita bien sigüíes para que les sonrían los chistes malos, reciban regaños en público cuando necesita desmarcarse de algo chambonamente realizado y le digan que sí a cualquier loquetera que se le ocurra. Votaré por alguien que ha de convocar a las mentes más lúcidas, con más capacidad de decisión en cada área y con más nombradía como gente honorable, poco dada a los negociados que hoy tanto abundan.

Votaré en contra de lo que han sido demasiados años de falta de escrúpulos. Que se inauguró cuando llevó a la muerte, engañados, a los soldados que la república le entregó para su formación y cuido. Que siguió cuando se alió con las FARC, cuando alabó al Chacal, cuando dijo que el asesino Gouveia era un caballero. Votaré por alguien que conduzca a Venezuela por caminos de recato y respeto: votaré por Capriles…

La hora de los mercenarios

La irresponsabilidad de Elke Tekonté en las cosas que dice y hace es ya conocida por todos, venezolanos y extranjeros. Por eso, nada nuevo fue cuando amenazó a la nación con una guerra civil si no ganaba el 7-O —cosa que con cada día que pasa veo más difícil. Eso no pasó de ser un vulgar chantaje que busca atemorizar a los opositores y un descarado endoso a la aseveración que hizo un par de veces en el pasado de que solo él —el salvador intergaláctico— puede gobernar a Venezuela. Pero también es una afirmación tácita de que no cree en la democracia: que aunque la mayoría de los votos vaya a su contrincante, él se siente con el derecho de instaurar la violencia para prevalecer a juro, tipo Jalisco, que cuando pierde, arrebata. Quizás fue, entonces, una traición del subconsciente cuando en días pasados, se puso a cantar —desafinadamente, para no variar— aquel corrido que señala que ese estado mexicano tiene una novia, “que es Guadalajara”. 

Nunca ha tenido escrúpulos. No cuando llevó engañados a los soldados —que la república le había entregado solo para su formación y cuido, no para asonadas— a encontrar la muerte mientas él estaba escondido tras los gruesos muros del Museo Militar. Tampoco cuando decide quitarle la comida, la medicina y la seguridad a los venezolanos para regalar hospitales, escuelas y casas a sus amigotes de otras latitudes. Mucho menos ahora, cuando deja ver lo peor de su naturaleza porque siente que no tiene el respaldo de la mayoría y que debe apelar a recursos grotescos, como este de amenazar con el coco de una sangrienta guerra interna.

Pero no se limita a proferir amenazas. Su desfachatez le hace ver que también es conveniente que se les suelte las traíllas a sus violentos “colectivos”, se trate de comprar partidos de maletín y se saque del pipote de la basura a delincuentes como Didalco y De Lima —ansiosos de que aquel le ordene a los jueces que les perdonen las prevaricaciones cometidas— para que amplifiquen las recetas elaboradas en los laboratorios de guerra sucia del régimen. Como si un solo venezolano les fuese a creer a tales títeres.

La violencia que utilizan es, en mucho, tarifada. Ya sea porque quienes la ejecutan están en la nómina de algún ministerio —como los malandros con armas y motos oficiales que cobran por hostigar a las concentraciones de opositores. O porque son personas que cogieron el monte para, mediante estipendios sacados de la partida secreta, “defender la revolución” (este es el único gobierno que tiene una guerrilla propia) al mismo tiempo que imitan a los faracos colombianos y “protegen” cultivos de coca. O, porque les han prometido cosas (que no les han cumplido en catorce años, pero ellos siguen agarrados a ese clavo ardiente que es la esperanza), como la gente ignara de Puerto Cabello que se fue a alterar y a tratar de impedir que Capriles dijera lo que tenía que decirle a los porteños. Lo que no contaban era con iniciativa de los lancheros de la zona, que vieron la oportunidad de ponerse en unos realitos llevando a los viajeros hasta el malecón.  ¡Ah, maldito capitalismo, que no deja formar al hombre nuevo!

Tarifados, también, los apoyos de esa gente que fue acusada de corrupta por el mismo régimen y que hoy va, como borrego al matadero, a buscar una pitanza y una promesa de perdón por las malandrerías cometidas. Y el del individuo sospechoso de palangre desde que escribió su primer libro (si te bajas de la mula, digo que eres un juez incorruptible; si no…) Todos, son gente desvergonzada que hoy se exhibe en las televisoras oficialistas haciendo acusaciones sin respaldo.  Pero como hay que encender el ventilador…

En todo caso, sea que intenten descorazonarnos por la violencia fanática o que quieran sembrarnos dudas sobre lo que ofrece el programa del candidato de la oposición; no lo lograrán. Por el contrario, entendemos que esos ardides y faramallas lo que hacen es convertirse en la mejor encuesta. Porque solo apela a las trampas, a las amenazas, a las mentiras quien está perdiendo. Eso de recurrir a mercenarios —y más que mercenarios, pichones de sicario— da la medida exacta de la circunstancia: el régimen se sabe en su etapa crepuscular, sabe que no tiene el impulso, ni el encanto, ni la capacidad de engaño del pasado. Saben de su extenuación física —porque nunca pudo ser ni intelectual ni moral. Y que la decadencia roja, así como los dineros mal habidos que apañaron, es inocultable.

Por eso, y por muchas cosas más, es que hay que salir de ellos. Depende de nosotros, los ciudadanos, que tenemos que movilizarnos, votar y defender la verdad que saldrá de las bocas de las urnas. ¡Todos por la unidad!

¡Te conozco, mascarita!


Ahora resulta que el tipo volvió a disfrazarse de oveja. La misma táctica de hace algunos años cuando se cambió la camisa roja por una azul y escribió aquellos ripios de “Por amor al árbol, me hice pintor”. Pero, por debajo de la piel prestada, se le ven los hirsutos pelos de lobo sanguinario. Este domingo, por un lado —desde la carroza, porque caminar ¡ni de vainas!—  hizo llamados a la concordia en el país; afirmó que estaba "dispuesto a conversar y trabajar” con los que lo adversan; propuso, una vez más, dinamizar a la empresa privada y fortalecer la economía, cacareó ¡otra vez! El logro de la justicia social, y hasta garantizó “paz y estabilidad”. Como si él supiera cómo hacer esas cosas. No lo ha hecho en estos largos catorce años y no podrá hacerlo porque se le acabó el tiempo. Pero, por el otro, ofreció guerra civil si perdía el 7-O. Y siguió con su sempiterna línea de dividir a la nación al mencionar a los "ricachones", a las “familias ricas que tienen sus buenas casas y vehículos”. Lo hizo con la excusa de pedirles el voto, pero el veneno que llevaba el mensaje se dejaba ver. O sea, una vez más las grises cerdas de predador estepario se asomaban por debajo de la blanca lana. Bien gafo el que le crea…

Mentiras y más mentiras. Hasta la foto oficial de la campaña es una mentira. En ella no aparece el candidato de hoy sino uno de hace como diez años. Y eso, con su ayudadita de Photoshop para difuminarle la verruga y emparejarle y blanquearle los dientes. Tiene días que no sale con su socorrido “¡me quieren matar!” Pero de seguro que antes de finalizar el mes la emplea. Y esta vez será tan bufa la patraña como las anteriores. Desde el imposible atentado con un lanzacohetes tierra-tierra a un avión que va a más  de mil pies de altura y a no menos de 180 nudos de velocidad hasta el terrorista de la CIA con cuadernito de apuntes y que no pasó de ser un malandrito dominicano fugitivo de una cárcel colombiana.

Mentiras por mampuesto son las que manda a decir con apóstatas tarifados y despreciables como Didalco, De Lima y Ojeda. Los dos primeros, reos de peculado, acusados de corruptos en el pasado por el hoy su nuevo amo, y que pretenden con su bajeza lograr el engavetamiento de sus expedientes; el último, saltimbanqui deseoso de publicidad, pensando que así iba a poder ser  candidato luego de perder en las primarias, y quien sabe —al igual que los otros dos tránsfugas— con algún aliciente monetario de ñapa. ¿Habrá alguien que les crea?

La reutilización de las mismas promesas vacías ya cansa hasta a los más voluntariosos entre sus sectarios. Ven que pasan los años y no les son solucionados sus problemas; ni los grandes ni los pequeños. Que los metros de Valencia, Maracaibo y Guarenas siguen parados; que el segundo puente sobre el Lago se quedó en la primera piedra; que los ambulatorios de nombre pomposo están cerrados, y que los pocos que quedan abiertos están en manos de unos cubanos que hacen creer que son médicos pero no pasan de ser unos ampolleteros glorificados.

Por la ineficiencia demostrada en todos los campos, por la corrupción que los caracteriza, por dilapidar los dineros de todos nosotros y por ese hatajo de falsedades y argucias con las que han tratado de obnubilar a los de mentes más sencillas, es que hay que salir de este régimen. ¡Ya basta de reciclar, cambiando de ministerio en ministerio al mismo sartal de incompetentes y ladrones! Ellos son culpables del estado de cosas actual, pero más culpable es quien los ha estado designando sin que sean idóneos. Mucho del drama está en que no tiene caras nuevas que mostrar. Y en que nadie capaz, experimentado, le va a aceptar una designación para un despacho. Pero es que él tampoco se lo va a ofrecer porque la única condición que les pone es que sean yes-men de él; que solo se muevan cuando él lo ordene.

Y hasta por pavosos hay que salir de los actuales detentadores del poder. En menos de un mes se les han caído puentes, se les han alzado las cárceles, se les ha incendiado un par de veces la misma refinería, se ha quedado sin electricidad varias veces medio país.  ¡Hay que salir de esos mabitosos!

Menos mal que hay un camino. El de la unidad. Todos tenemos que aportar tanto el voto como los esfuerzos para que Capriles gane el 7-O Y para que gane por mucho, porque hay que vencer contundentemente. Para logar que su mandato además de legal sea legítimo. Y para poner el garrote más lejos de la lámpara...

Cachicamo diciéndole a morrocoy conchúo…


Ya es de todos sabido que el régimen es una máquina de descalificar a sus oponentes. Porque hay dos maneras de tratar de destacar: o te elevas sobre la punta de los pies, o tratas de bajarle la cabeza a los demás. Y como no puede mostrar una obra realizada en catorce años, como solo unos poquitos de ellos se comportan moralmente y como únicamente demuestran eficiencia en robarse los dineros de la nación, recurren al segundo expediente. Por eso, siguiendo el ejemplo del candidato del comunismo, sus adictos se lo pasan repitiendo lo que sale de la cloaca presidencial: que si “golpistas”, que si “terroristas”, que si “fascistas”. El arsenal rojo está bien provisto de denuestos que, más bien, pueden ser endilgados a ellos. Por ejemplo, los únicos que han dado golpes de Estado en el último medio siglo han sido quienes mangonean desde el solio presidencial, los ministerios, las diputaciones y las embajadas. Y si a la más clásica definición de “terrorismo” vamos, los únicos que han llevado a cabo acciones que dejan un reguero de muertos inocentes para desestabilizar gobiernos, intimidar a la población y tratar de prevalecer por la violencia son ellos.

Pero donde el cinismo se les rebosa es cuando nos intentan vituperar disparándonos el epíteto de “fascistas”, siendo que ellos llenan a plenitud los requisitos y características de esa aberración política. Pasémoslos por el filtro que diseñó Umberto Eco; que de eso debe saber bastante porque es original del país que en forma primigenia adoptó esa deformación como forma de gobierno. Eco dictó una conferencia en la Universidad de Columbia en 1995, cuando se celebraban los cincuenta años  de la aniquilación del fascismo en Italia. En ella, expuso los rasgos más notables y comunes  de este sistema político: 1. No tiene una filosofía rigurosamente estructurada; es un collage de diferentes ideas políticas que apela mucho más a la emoción que a la razón. 2. Se afinca en el culto a la nacionalidad y sus símbolos, en los antepasados, en los prohombres de la historia patria. 3. Concibe al pueblo (más bien, el populacho) como una entidad monolítica que expresa la voluntad de la nación,  y que habla a través de un líder  carismático que es el único intérprete de esa voluntad. 4. Exacerba el estatismo y minimiza lo más que puede al sistema de democracia representativa. 5. Emplea las masas, enardeciéndolas y movilizándolas, para desviar sus frustraciones colectivas hacia unos presuntos responsables (que siempre son algunos de la escena internacional o de los actores nacionales, pero nunca del régimen). 6. Inventa y trata de hacer creer que hay enemigos coligados, interiores y exteriores, que complotan en contra del “proceso”. En ellos agrupa a cualesquiera que no estén a favor de la “revolución”. 7. Muestra una pasión enfermiza por la exaltación del heroísmo y el culto a la muerte que se manifiesta en una supuesta disposición y preparación para morir por la patria, por el “proceso”, por los ideales de la revolución.  8. Una tendencia  muy marcada hacia las armas y el militarismo. 9. El uso de la mentira en forma sistemática. 10. Revertir, en su discurso, la naturaleza real de las cosas, convirtiendo las víctimas en victimarios y acusar al adversario de todas las cosas malas que ellos preconizan y llevan a cabo.

Solo con que algún régimen muestre algunas de esas características, dice Umberto Eco, ya pudiera catalogársele como fascista. Lo grave, lo dramático en nuestra circunstancia   es que a la robolución puede acusársele de todas y cada una de las características ya enumeradas. Menos lo referido al morir, que hay mucho que gozar con los dineros robados. Lo de la “muerte” que había en el lema anterior —y que cambiaron rapidito apenas supieron que el tipo estaba enfermito—no se refería al sacrificio heroico  de sus vidas robolucionarias; no se referían a la de ellos; de la que hablaban era de la de sus oponentes (que ellos, tan militarizados como están, confunden con enemigos). Eso solo era una amenaza para los contrarios. Había que entenderla así: “En la patria que queremos monopolizar, o aceptas el socialismo o te matamos”.

Uno de los que con frecuencia opina acerca de mis escritos me hace saber su opinión acerca de esto (y tengo su permiso para glosarlo): “Las democracias están enfrentando un período si no igual, similar al  preludio de la segunda guerra, con las excepciones del caso (…) (Algunos) piensan en que esto es un simple acto electoral. Creo que debemos ir un poquito más allá y pedirle a la academia, políticos ilustrados y hombres de negocios progresistas que se sumen y orienten ideas para que esto no se convierta en un simple cambio de partidos políticos con su caterva de militantes burócratas y mal acostumbrados”.

Ya lo saben…

Mentiras tuyas


No, no vamos a hablar del bolero con ese nombre que puso de moda el guapachoso Rolando Laserie en los sesenta; vamos a comentar acerca de las falsedades, ficciones, farsas, falacias y faramallas —todas con “f”— que son abundantes en Mentira Fresca, el hercúleo líder que va a salvar al planeta, el acertado timonel que lleva a Venezuela hacia el Mar de la Felicidad.

Desde antes de tomar la presidencia, en el ya lejano 1998, practicaba ese vicio de tratar de caerle a cobas a los demás. Si no, ¿qué fue toda la entrevista que dio a CNN es esa ocasión? Todo un embuste, de comienzo a fin: “no expropiaré los medios de producción”, “no habrá persecuciones por razones políticas”, “mantendré las mejores relaciones con los Estados Unidos”, y por ahí seguía. El tiempo se ha encargado de desmentirlo completamente. Pero no fue ese año en el que debutó como experto en fingimientos: él mismo aseveró a través de un contacto telefónico con un programa de VTV —ese  arquetipo de equidad comunicacional— que desde 1975 ya estaba complotando: "Desde la Escuela Militar ya yo andaba conspirando, ya yo andaba por ahí por Catia, estaba fundando la Causa R…” Esa admisión tan paladina de haber faltado al juramento de ingreso en la institución militar, la ley que la regía —ya no más, ahora la hizo a su medida— y la Constitución vigente para la fecha ya lo descalifica para cualquier cargo de responsabilidad. Pero en esa afirmación, para no perder la costumbre, también nos metió una mentira más: ahora resulta que él es uno de los fundadores de ese partido. O sea, ¡Moleiro te fregaste: salió alguien más merecedor que tú!

La más reciente calumnia que se le conozca fue la que trató de sembrar —cuando por fin apareció—, contrariando a todos los testigos presenciales, de que en Amuay, antes de la terrible explosión, no se había sentido olor a gas. Porque, para él, la verdad no es algo que se encuentra patente en el ambiente sino lo que sus fantasiosas elucubraciones decidan qué es la realidad. Y en este caso, él siente la necesidad, una vez más, de escurrir el bulto, de zafarse del brollo.

Porque muy por dentro, él se sabe la causa directa de estas muertes. Cuando, pito en mano, se dio el lujo de despedir a más de 20 mil ejecutivos, técnicos y trabajadores petroleros, estaba condenando a Pdvsa a su derrumbe y quiebra. La fobia a la excelencia, la destrucción de la meritocracia, la condena a lo que él piensa que es elitismo hicieron eclosión ese día.  El desprestigio al que ha sometido a miles de personas que surgieron por su esfuerzo y estudio, el ataque a las formas ordenadas de acceder a los altos cargos en las empresas, la falta de escrúpulos para todo, pero principalmente para acabar con cualquier autoridad que no sea la suya, han sido una constante en estos largos 14 años de desgobierno; pero ese día hicieron clímax. Si eso, y su afán de conseguir una igualdad injusta —cercenando las iniciativas y aplastando a la sociedad para lograrlo— no son una muestra de un intento obsesivo de tiranía, se le parece mucho.

La procacidad frecuente,  el impudor de cada rato, el descomedimiento en las argumentaciones son otras facetas de ese intento de mantener el poder a juro, por vanagloria. Para él no existen los objetivos permanentes de la nación; solo le importa su obsesión inmutable de trascender a como dé lugar. Si para lograrlo tiene que implantar la subcultura del “enemiguismo”, pues la hace surgir al amparo del patrioterismo más vil. Sabe que para eso cuenta con coros de “héroes subvencionados” capaces de hacer cualquier maroma justificadora. Pero, para más facilidad —porque a la mayoría de ellos se le hace difícil cogitar— apelan a: “micomandantepresidente es el dueño de la verdad; nunca se equivoca”. Es que el rastacuerismo y el relativismo son  maravillosos para mantener la conciencia en baño de  maría. Si en vez de atrasados discípulos del bachiller Mujiquita, se rodeara de gente que en verdad supiera gobernar y tuviese como norte el bien de la patria —no el engorde de sus cuentas bancarias, como es lo que sucede— el país no estuviese en situación tan patética. Pero todos, al alimón con Elke Tekonté, están tan deleitados en la construcción del “hombre nuevo” que no ven que sus inacciones lo que llevan es a la barbarie y la destrucción del país. Los muertos por la explosión, por las crecidas de los ríos, por la acción del hampa son para ellos meras pelusas en la solapa del traje socialista que están cosiendo desde hace demasiado tiempo. Menos mal que Aristóteles explicaba que “el castigo del embustero es no ser creído aun cuando diga la verdad”. Y eso se ha de reflejar el 7-O…

Atrocidades cometidas por militares


Una noticia que fue reportada la semana pasada de manera muy destacada por los diarios europeos, especialmente los italianos, tiene que ver con el intento de algunos grupos neofascistas de reivindicar la memoria de un genocida. Sucede que los ediles de Affile, un pueblo al sur de Roma, votaron la erección de un memorial, cuyo costo sobrepasa los 130.000 euros a ser erogado de los fondos municipales —cuando ya habían tenido que hacer recortes drásticos en los presupuestos de los servicios públicos— para honrar al mariscal Rodolfo Graziani, originario de ese pueblo.  El alcalde local declaró que esperaba que el monumento llegase a ser “tan famoso y tan popular como Predappio”, el lugar de nacimiento de Mussolini y donde se encuentra su tumba; lugar que se ha convertido en un lugar de peregrinación para los neofascistas.

El mariscal Graziani se ganó el remoquete de "carnicero de Fezzan" porque en 1928, cuando estuvo a cargo de las fuerzas italianas en Libia, estableció campos de concentración donde mandó a fusilar o dejo morir de enfermedades a miles de libios. Después, en 1935, cuando Italia invadió Etiopía, Graziani, quien era comandante nuevamente, dio la orden de usar gas venenoso contra los adversarios a pesar de que Italia era signataria de los tratados que prohíben su empleo. También ordenó la matanza de los monjes de Debre Libanos y un buen número de peregrinos que estaban en ese monasterio porque estaba convencido de que los monjes querían atentar contra su vida. Pero su desempeño más crucial fue cuando il Duce —luego de ser rescatado de su prisión en el Gran Sasso por Skorzeny y sus paracaidistas alemanes— creó una república títere en Salo, cerca de Milán, y nombró a Graziani  ministro de guerra.  Desde ese cargo, elaboró un decreto que disponía el reclutamiento forzado de los varones italianos y la ejecución de quienes se rehusaran a servir. Muchos fueron asesinados como resultado. Toda esa trayectoria como criminal de guerra le valió la condena de un tribunal militar italiano en 1948.

Pero no solo los mariscales cometen crímenes de guerra; hay que recordar que en 1968, un teniente del Ejército de Estados Unidos, William Calley perpetró una matanza de ancianos, mujeres y niños en My Lai durante la Guerra de Vietnam. La versión oficial hablaba de unos 120 muertos, pero otras fuentes mencionan números entre 300 y 400.   Dicho teniente, fue juzgado en una corte marcial y condenado por esos actos.

Lo malo con las condenas en tribunales nacionales a crímenes de lesa humanidad es que la politiquería y el patrioterismo pueden meter la mano —y lo hacen con harta frecuencia. El mariscal Graziani pagó solo dos años de los 19 a los que fue sentenciado; Calley solo permaneció tres años detenido pues fue indultado por Nixon.

Esas decisiones —y otras parecidas— clamaban justicia y, por eso, desde 1998, además de los tribunales nacionales de cada país, los agraviados cuentan con la Corte Penal Internacional de La Haya. Por ella han pasado los culpables de guerra de los Balcanes, con su insólita y absurda “limpieza étnica” (y religiosa). El expresidente Milosevic y sus generales Karadzic y Mladic —que dirigieron la campaña xenófoba de exaltación nacionalista serbia que convirtió en ciudadanos de segunda y asesinó a eslovenos, croatas, bosnios y kosovares— tuvieron que presentarse ante esa corte. Actualmente hay casos abiertos contra gobernantes y militares africanos que han sembrado la  división y la xenofobia en sus países para, así, eliminar toda forma seria de oposición y de crítica y poder mantenerse en el poder. Hay casos actualmente referidos a crímenes en el Congo, Kenia, Uganda, Costa de Marfil, Libia y Sudán. Este último país merece especial mención porque su presidente, Omar al-Bashir, es uno de los indiciados porque es responsable por la muerte de más de 400 mil sudaneses en la región de Darfur. Por cierto, el presidente saliente y candidato del comunismo en Venezuela se jacta de ser su amigo; uno más en la lista de leprosos internacionales con los que se junta. Al-Bashir fue el primer jefe de Estado en ejercicio acusado ante la Corte Internacional.[. Pero no es el único…

Todas estas explicaciones las escribo hoy porque no está de más alertar a los venezolanos de las posibles acciones que debamos tomar como consecuencia de un fulano “Plan B” que dicen por ahí que tienen previsto los actuales altos mandos militares (con la bendición del “altísimo”) para desconocer el inminente triunfo de Capriles en octubre. Pareciera que en su afán de mantenerse en sus privilegiadas posiciones —donde no los alcanza la parcializada justicia venezolana encabezada por la sesgada Luisa Stella, pero dirigida desde Miraflores— no tendrían empacho en utilizar a la mal nacida milicia para, con sangre y fuego, hacer nugatoria la voluntad política de la mayoría. Que ni lo intenten…

Prosa de guerra y paz

 Últimamente me he puesto a releer libros que he atesorado muchos años. Comento dos de ellos. Uno es “Men at War”, de Ernest Hemingway; es una selección de relatos, reseñas e historias ocurridas en diferentes guerras, desde lo más profundo de la antigüedad hasta 1948, cuando concluye su trabajo. Se deleita uno, por ejemplo, con “La marcha al mar”, de Jenofonte;  “Horacio en el puente”, de Tito Livio; “Una visión personal de Waterloo”, de Stendhal, y “Bola de sebo” de Maupassant. El otro libro es “Lend Me Your Ears”, de William Safire; es una recopilación de los discursos más notables, por su importancia o por su belleza, también desde la antigüedad hasta 1997. Encuentra uno el pronunciado por Pericles para exaltar las glorias de Grecia y el panegírico de Boris Yeltsin por las víctimas del comunismo; pero también el de Benazir Bhutto alegando que la dominación masculina sobre las mujeres ofende al Islam y el de Malcolm X exhortando a los afroamericanos a enfrentar la opresión blanca. También están el de Lenin defendiendo la revolución del proletariado y el de Hitler declarando sus intenciones guerreras. En fin, que tiene muchos de los que han marcado hitos en el desarrollo del mundo actual.

Como un servicio a mis lectores, mientras escribía, me metí en “Amazon” y encontré que allí todavía se puede conseguir ambos. Advierto: como son libros que ya no se encuentran fácilmente, han subido de precios. Pero también los ofrecen usados, más baratos.

De todos los discursos revisados, encuentro especialmente emotivos los de Churchill. Muy buenos. Todos. No en balde con ellos aglutinó al imperio británico y lo condujo a la victoria. Es que sir Winston tenía una prosa que impactaba. En ella aparecían frases que pasaron al acervo mundial. ¿Quién no sabe a qué se refiere alguien cuando habla de “la cortina de hierro”? ¿Cuántas veces no se ha repetido aquello dicho de los pilotos de caza que defendieron a Inglaterra de la Luftwaffe: “Nunca, en el terreno de las luchas humanas, tantos debieron tanto a tan pocos”? ¿Y qué tal algo que citamos de cuando en cuando: “sangre, sudor y lágrimas”. Pero que citamos mal; lo que ofreció Churchill fue: “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor” (blood, toil, tears and sweat), en ese orden y con el “esfuerzo” agregado. Ningún orador puede garantizar que su prosa sobreviva la erosión del tiempo.

Un truco de Churchill es la repetición: “Me preguntan, ¿cuál es nuestro objetivo? Puedo responder con una sola palabra. Victoria. Victoria a toda costa, victoria a pesar de todos los terrores; victoria, sin importar lo largo y duro del camino; porque sin victoria no hay supervivencia alguna. Que se entienda: no habrá supervivencia para el Imperio británico, ni supervivencia para todo lo que ha defendido el Imperio británico, ni supervivencia para la exigencia de que la humanidad avance hacia su meta”. Otro: “Iremos hasta el final, lucharemos en Francia, lucharemos en los mares y océanos, lucharemos con más seguridad cada vez y con más fuerza en el aire, defenderemos nuestra isla, nos cueste lo que nos cueste, lucharemos en las playas, lucharemos en los campos y calles, lucharemos en las colinas, no nos rendiremos jamás”.

Pero basta de discursos de guerra. Leamos parte de un sermón pronunciado por Fulton Sheen, el obispo de Nueva York en 1941. Creo que tiene vigencia para la Venezuela de hoy. “No existe la vida sin una cruz. Somos libres sólo para elegir entre cruces. ¿Será la cruz de Cristo que nos redime de nuestros pecados; o será la doble cruz (la esvástica), o la hoz y el martillo, o las fasces? (…) Hemos querido estar libres de Dios; ahora debemos enfrentar el peligro de ser esclavizados por un ciudadano de un país extranjero. (…) Esta forma de vida indolente e indisciplinada nos ha robado nuestro vigor individual y pone en peligro nuestra forma democrática de gobierno. (…) Vivimos en una época de santos en reversa, en la cual unos apóstoles inspirados por el espíritu maligno sobrepasan en valor a aquellos animados por el Espíritu Santo de Dios. (…) Creo en el poder de regeneración de América. (…) pero creo en él sólo como creo en la Resurrección: después de haber pasado un Viernes Santo…”

Cómo me gustaría que en nuestra patria el próximo presidente pudiera decir, como Lincoln en su segunda toma de posesión: “Con malicia hacia ninguno, con caridad para todos, con firmeza en lo que es correcto como Dios nos da la posibilidad de verlo, nos esforzaremos en terminar el trabajo en el que estaremos, para curar las heridas de la nación; para cuidar a quienes han sufrido la batalla, así como a sus viudas y sus huérfanos; para hacer todo lo que pueda lograrse, y disfrutar de una paz justa y duradera entre nosotros y con todas las naciones”.