sábado, 27 de julio de 2013

Un paisito serio

La nieta insistía: "Abui, ven a visitarme; quiero verte".  Y uno, que con los años se ha hecho más sensible, arregla maleta y dice: "Costa Rica, allá voy".  Me llevé agradable sorpresa.  Recuento cosas que disfruté y hasta envidié mientras estuve allá con Sabrina, la menor de mis nietos.

Lo primero que resalta al llegar, es la limpieza.  Nunca vi basura regada o una bolsa de desechos mal dispuesta.  Ni en el centro ni en los suburbios.  Es que la necesidad de proteger el ambiente se enseña desde kínder.  Y la clasificación de desechos para su reciclaje se practica en todos los estratos sociales.  Me consta —recorrí ciudades, caseríos, carreteras y parques nacionales— que todo el mundo se empeña en eso.  Lo otro que se percibe, y que va de la mano con lo anterior, es que todo es muy verde.  La feracidad del suelo, la abundancia de lluvias y la laboriosidad de los ticos se complementan en eso.  Y uno disfruta esa conjunción. 

Pero no porque haya mucha pluviosidad se deja así las cosas. En todos los caseríos hay acueductos rurales y el agua de ellos no desmerece de la de la capital; todas ellas muchísimo mejores que la de cualquier ciudad venezolana.  La cobertura de los acueductos llega al 98% de los ticos.  Poder beber agua del chorro es una agradable sorpresa.  Sobre todo para mí, que sobrevivo en Valencia y debo calarme lo que manda Hidrocentro (cuando manda).  Todo el mundo paga el agua que consume. Aunque no es barata. Pero a nadie se le ocurre robársela.  Igual que la energía eléctrica, que llega al 99% de la población.  Hasta en el rancho más apartado hay un medidor, y la gente paga el servicio.  Por eso, a diferencia de la oscurana venezolana, de noche todas las calles están iluminadas. Con el añadido de que allá el gobierno no disfruta de petróleo a más de cien dólares, como nuestro inestable régimen.  Allá hacen buen uso de las caídas de agua y del viento para producir energía.  No exagero si digo que sólo en las cumbres que rodean San José hay más generadores eólicos que en toda Venezuela.

Un venezolano expatriado —como mi hija, pero con más tiempo allá— recomienda que, si un pequeño se enferma, lo lleven al hospital de niños de Seguro Social, no a una clínica.  Este es un modelo en calidad de atención médica e instalaciones.  Pero es que como la cobertura del Seguro es del 93% y el desempleo es de sólo el 8% (allá no hacen lo que Eljuri, que maquilla las estadísticas del INE metiendo a los buhoneros como gente empleada— las arcas de esa institución tienen profundidad.  El salario mínimo es de $427; que es más que lo decretado recientemente por Mientrastanto, aunque se calcule a los enteléquicos 6,30; porque si lo hacemos con el innombrable, la cosa es para tirarse a llorar.

Monté en autobuses urbanos varias veces; puedo certificar que dan un servicio eficiente, son limpios, no son caros, y paran sólo en los lugares señalados.  No tomé taxis, ¿para qué?  Pero puedo informar que todos son de un idéntico color, tienen taxímetros y pasan una inspección obligatoria dos veces al año.  Los conductores de taxis y de colectivos, para poder ejercer, deben aprobar un curso de relaciones humanas.  Entonces, es raro que alguno irrespete a un usuario.  Pero si sucede, la Dirección de Transporte tiene un portal de Internet para recibir denuncias.  Y las procesan.  Y sancionan.

Entre las cosas que me llamaron la atención debo mencionar los cementerios. Todos blanquísimos; muros exteriores y tumbas.  Y sin los chocantes grafiti que profanan los nuestros.  De hecho, son pocos en otros sitios.  Otra cosa que me gustó es que cada escuela tiene un uniforme distinto.  Entiendo las razones por las cuales Luis Herrera decretó el uniforme único, pero ver la policromía de niños al salir de clases es muy agradable.  Por otra parte, eso aumenta en los niños el sentido de pertenencia.  Quizás por eso es que el 76% de los escolares finaliza el bachillerato.  Las escuelas que vi tenían edificaciones e instalaciones funcionales.  Y si las públicas son buenas, las privadas son excelentes.  Unas y otras tienen el inglés como segunda lengua, obligatorio, sin complejos patrioteros.  Porque entienden que deben comunicarse con el mundo para poder seguir progresando.  Es que eso de recibir más de dos mil millones de dólares por turismo al año no se logra con recursos humanos de medio pelo.  Que es lo que están saliendo de las "misiones" nuestras, donde "gradúa" a bachilleres que no saben nada de nada.

El país no desperdicia dinero en militarismo; no existe un ejército.  Pero la policía es eficiente y se encuentra por todos lados. 

En fin, que es un paisito serio; como nos gustaría que fuese el nuestro…

lunes, 22 de abril de 2013

En el día del lenguaje

Todos los hispanohablantes celebramos hoy el Día del Idioma.  La decisión oficial de la Unesco de formalizar el día en el que se conmemora el fallecimiento de dos gigantes de las bellas letras, Cervantes y Shakespeare, me da pie para escribir de cosas que me gustan más (etimología, gramática, buen decir) y para abandonar lo que ha sido usual en esta columna por muchas semanas: la crítica pugnaz a los ineficientes y corruptos que ejercen cargos en el régimen actual.  Sin embargo, puede que algo se cuele por aquello de que “la cabra, al monte tira”.

La lengua no es algo estático.  Porque no la hacen los académicos sino los pueblos.  Eso es así desde los tiempos más remotos.  Y por tanto, mal pudieran los doctos, los  puristas o los docentes tratar de “ponerle rejas al campo”.  De allí, que lleguen extranjerismos y neologismos todos los días.  Sobre todo, cuando perennemente estamos recibiendo novedades en lo tecnológico y lo científico  que tienen influencia sobre nuestras vidas diarias.  ¿Cómo haríamos —después de toda una vida poniéndole trampas en la casa— vivir sin tener un “ratón” en el tope del escritorio?  ¿Cómo hacerle saber a los demás lo que pensamos sino por los 140 caracteres de un “tuit”?.  La dinámica es tal, que ya “tuitear” fue aceptado por la RAE  Y “guglear” o “goglear” ya debe venir en camino. Pero, como diría ese semiólogo tan profundo en su saber que hasta puede hablar con los pajaritos: “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.”  No porque los pueblos son quienes hacen los idiomas, pudiera él —o cualesquiera de sus copartidarios— tratar de violar voluntariamente ciertas reglas que parecieran natural ordenación a fin de que todos podamos comunicarnos.  Que, en fin de cuentas, es lo importante.

Por ejemplo, “diálogo”, que es algo que él prometió el día que Yendry le quitó el micrófono, implica —desde los remotos tiempos del Siglo de Oro Griego—: dos que hablan.  Para ponerlo en las palabras del mataburros: “Plática entre dos o más personas que alternativamente manifiestan sus ideas” y “Discusión o trato que busca avenencias”.  No puede concebirse que uno solo diga y el otro escuche —y que es lo que ha abundado en nuestro país durante los pasados quince años.  Eso no es un “diálogo”, es un “diktat”, para ponerlo en palabras que entienden los de la “nomenklatura”.    Es lo que toca, así no les guste —ni quieran—: tienen que buscar entenderse con el medio país (o más) que no acepta que les uniformen el pensamiento.

Otra palabra que no puede ser cambiada al antojo del mandón de turno es “parlamento”, que viene de “parlar”, un sinónimo de “hablar”.  Es el lugar donde se habla, se razona, se discute, se confronta las ideas.  Es insólito que quien ejerza la presidencia de un órgano corporativo niegue la palabra a uno de sus miembros, o la condicione a que este conteste primero a una conminación.  Sobre todo —esto, desde el punto de vista de la sensatez—, si quien solicita el derecho de palabra es alguien que triplica el caudal de votos con el que fue elegido quien pretende truncar ese derecho.  Resulta, según quien ejerce la presidencia de la Asamblea, que la representación del pueblo que tiene uno de los miembros depende de cómo piense.  Para poner un ejemplo de otro lugar: qué tal que el Presidente del Congreso de los Diputados de España, cuando alguien de Izquierda Unida o de Esquerra Republicana de Cataluña solicitara la palabra, les espetara: "¿Reconoce usted a Su Majestad Juan Carlos como el legítimo rey de España?"  Algunos piensan que la grosería del diputado por Monagas se deba a su pasado cuartelero.  Yo difiero.  Por dos razones: primero, porque él pasó muy poco tiempo en las Fuerzas Armadas antes de dedicarse al golpismo, la política y el enriquecimiento; no tuvo tiempo de interiorizar el verdadero talante de la vida militar.  Lo que nos lleva a lo segundo: si hubiese permanecido más tiempo en ella —y no conspirando, sino sirviendo— se hubiese dado cuenta que la función de los subalternos es ayudar, con razonamientos y opiniones fundamentadas, a que su jefe logre mejor los objetivos.  Lo que se llama: “trabajo de Estado Mayor”.  Dada la importancia de la función, un jefe no puede darse el lujo de actuar por antojos, ni con pachotadas o malacrianzas.  Que fue lo que hizo el señor.

El idioma y la democracia de verdad se parecen en mucho: ambos tienen algo que decir, su funcionamiento debe ser ordenado, tienen que tener sustancia, deben ser practicados desde sus rudimentos y hasta llegar a su perfección.  Los verdaderos demócratas, al igual que quienes debemos hablar o escribir, solo llegan a serlo por la ejercitación constante y ajustándose a las reglas… 

Seguirán… ¡Y seguiremos!

Lo que provoca hoy es repetir, como El Chapulín Colorado: “lo sospeché desde un principio”.  Porque en el aparente triunfo del oficialismo —y enfatizo lo de “aparente”— uno tiene que tomar en cuenta la absoluta falta de escrúpulos del candidato del PUS y su gente en la apelación a los más descarados abusos para intentar prevalecer en el poder.  Partiendo desde la inequidad en los tiempos permitidos en los medios —para ellos: horas de cadenas, cuñas y programas escatológicos como el que conduce el drogo hojillero; para el opositor, escasos minutos—; pasando por apelar a personajes tan despreciables como el Maradroga, traído, atendido y pagado munificentemente con fondos oficiales para cantar loas al candidato oficial —otro de los muchos extranjeros traídos por el régimen para intervenir en política interna—; apelar a bandas violentas (sus integrantes dotados con motos y armas que debieran ser solo para uso oficial) que coaccionaron el voto de los opositores; hasta mantener como MinPoPoDef a un imbécil, a una fichita política sin ningún ascendiente en la Fuerza Armada, para desvirtuar a esta de sus altos fines y convertirla en mecanismo de agitprop que sirviese para intentar aterrorizar a quienes nos atrevemos a pensar distinto, y para “caletear” compulsivamente a las mesas a partidarios remisos.  Todo ello, bajo la mirada complaciente y parcializada de la “banda de las cuatro”, que no lograba encontrar falta en nada de lo que hicieron el contendor oficialista y sus conmilitones; bajo la alcahuetería de una funcionaria que confunde sus funciones y cree que es defensora solo de sus copartidarios; bajo las amenazas de una fiscala que emplea su función y a sus subalternos para el hostigamiento de los opositores; y la bendición de unos “magistrados” que fueron quienes originaron la ilegalidad del interregno.  Total, que el presunto triunfo antenoche estaba cantado.

Lo que le espera a Venezuela en el futuro cercano es negro cacho.  Seguirán los mismos ineptos (para la función pero avivatos para sus enriquecimientos) al frente de los ministerios e industrias básicas.  Y, al igual que en el pasado, cuando metan sus respectivas patas, serán rotados a otros ministerios, nunca destituidos.  Porque para el régimen seguirá siendo más importante el carné que los conocimientos y destrezas, y porque no tienen con quién reemplazarlos.  No son sino un pequeño grupo de encantadores de serpiente —de culebreros de fiestas patronales, para ponerlo en el lenguaje popular— que a punta de regalar lo que no es de ellos se mantienen en la manguangua.  Para esto, seguirán quebrando al país, sin entender (ni importarles) que no somos ricos, que hay que incentivar el trabajo productivo y no los cambures; seguirán apelando a la inseguridad jurídica para imponerse a las empresas privadas y hacerlas quebrar, favoreciendo así la creación de empleo en otros países, no aquí.  Y, como eso no será suficiente para seguir con la regaladera a nuestros compatriotas que necesitan sobrevivir a como dé lugar —así sea vendiéndose por un pollo de Mercal—, seguirán pidiéndole prestado a potencias “amigas”, que les concederán créditos con intereses usureros y condiciones que hacen declinar la poca soberanía que nos queda después que ellos nos regalaron a Cuba.

No tengo dudas de que la solicitud de Capriles para que se digan los verdaderos resultados de los escrutinios caerá en los oídos sordos de la “banda de las cuatro”.  Entonces, Nicolás será presidente sin siquiera haber resultado ganador.  Y él y ellos seguirán con el desconocimiento y las faltas de respeto en contra de la otra media Venezuela. Seguirán sin entender que los resultados del domingo no los autorizan para radicalismos insensatos, sin valorar a la oposición como una fuerza que no puede ser despreciada.  Seguirán, pues, cabeza gacha, con todo lo que la gerontocracia cubana les ordene.  Órdenes que no son para que Venezuela progrese sino para que la isla no termine de morirse de hambre. 

Al tiempo que esto sucede, nosotros seguiremos empobreciéndonos, viendo como otros países de la región avanzan hacia el desarrollo usando las armas de verdaderas democracias; seguiremos mirando cómo el populismo seguirá creciendo, pero de manera más ramplona; seguiremos observando cómo organismos e instituciones se deterioran hasta reducirnos a lo más oscuro del siglo XIX. 

Seguiremos presenciando cómo el bendecido por Tiby habla por los dos lados de la boca.  Antenoche llamó al cese del odio, y pidió a la oposición que “sepan administrar el resultado que han obtenido. Con humildad, sin prepotencia y sin retar a Venezuela, sin llamar a la violencia” —cosa que nosotros le recomendamos a él.  Pero, al mismo tiempo, seguía vomitando infundios en contra de quienes sabemos que él no tiene el equipaje mental, ni el equipo humano, para sacar a Venezuela de la crisis en la que la irresponsabilidad de ellos la han zampado durante estos catorce años.

Por eso, también, seguiremos diciendo nuestras verdades, así vayan a contrapelo con la realidad panglosiana que nos intentan pintar…

miércoles, 10 de abril de 2013

Un voto razonado


Eso es lo que nos exige la república en estos momentos: que usemos más la cabeza que cualquier otra parte del cuerpo cuando estemos en el momento decisorio de cómo iremos a depositar nuestro sufragio el domingo venidero.  Porque la nación se encuentra en momento trascendental.  A ninguna votación debiera irse con preconcepciones tipo escogencia entre ser del Magallanes o del Caracas; pero a esta, mucho menos.  El país y su futuro pueden írsenos por un despeñadero en razón de una decisión tomada de manera visceral. 

Los votantes deberemos interiorizar, meditar y resolver sesudamente quién de los dos candidatos puede sacar a Venezuela del brete en el que se encuentra y que está marcado especialmente por las estrecheces de todo orden que sufren nuestros paisanos, pero que ellos perciben, por encima de todo, como escaseces que notan cuando van a buscar alimentos y medicinas.  Sin embargo, esta no es sino uno de las muchas facetas del problema.  Y, como en todo caso de salud, es importante atacar los síntomas de una enfermedad; pero más aún, lo es atacar el morbo que la causa.  Creo que los apuros económicos y los problemas sociales que sufrimos todos se originan en esa senda del dispendio irreflexivo que ha marcado la actual administración desde hace ya muy largos catorce años.  Esa filosofía de repartir hasta lo que no se tiene es la que nos ha llevado a endeudarnos gravemente con potencias del exterior; muy poco de los dineros recibidos ha sido invertido en obras para el desarrollo del país, mucho se ha ido en gasto corriente para mantener contentas (o, por lo menos, entretenidas) a las mayorías.  Contrariamente a lo que preconizan, no enseñaron a pescar —tampoco proveyeron las redes ni los anzuelos— solo dieron pescados, pero ahora hasta para entregar una mísera camaiguana tienen dificultades.  Pero para seguir manteniendo opulentos a sus amigotes de la escena internacional sí hay dólares, y euros…

Sin razón económica de peso, solo por ese afán de imponer una doctrina ya demostradamente catastrófica y desueta, hicieron que fábricas y comercios cerrasen; lo que trajo la doble desventaja de aumentar el número de personas que no tienen trabajo y de incrementar las importaciones de renglones que antes eran de producción nacional.  Todo, por el afán de igualar por debajo, porque “ser rico es malo”.  Con esa idea, y en la creencia de que el erario podía sostener con “misiones” a toda esa masa desempleada, volvieron cisco el Tesoro Nacional.  En las reservas del país lo que abunda son los papeles emitidos por gobiernos tan poco confiables en lo financiero como Argentina y Cuba.  Y para seguir con el festín de Baltasar, continúan endeudándonos con China.

Solo por el desastre económico que han volcado sobre la nación, ya es hora de salir de los actuales mandatarios.  Pero no es por lo único.  El “equipo” de ministrables no tiene ni banca ni profundidad.  Tanto, que en los más de 180 decretos nombrando ministros en estos últimos diez años, los nombres se repiten: cuando queda patentemente clara la ineptitud para un cargo de, por ejemplo, un Loyo o un Samán, no lo destituyen; lo que hacen es mandarlo para otro ministerio.  Repito: no tienen cómo reemplazarlos.  Porque no buscan a quienes tienen los conocimientos y la capacidad gerencial para determinada materia, sino que prefieren a los más obcecados ideológicamente.  Con el paso de los años, lo que ha habido es un degradé de capacidad en los cargos: de una Maritza Izaguirre, la declinación llega a un Giordani; de un Ignacio Arcaya,  el descenso lo marca una estela de nombres como Carreño y El Aissamí hasta llegar al actual; de un Raúl Salazar se apoca hasta llegar al imbécil del ministro actual; de los siete ministros de relaciones exteriores —el título de “canciller” les queda grande— que ha tenido este régimen, solo uno domina dos idiomas.  ¡Terrible!

Cuando exhorto a que usemos la cabeza a la hora de votar es porque hace mucho tiempo que esas personas debieron ser relevadas por gente más apta.  Y es que cuando uno elige a un presidente, tiene que mantener fija la idea de las atribuciones que le confiere la Constitución.  Porque el presidente no actúa solo, sino por intermedio de ministros y otras altas autoridades.  Aún en un país tan presidencialista como el nuestro, el Art. 238 señala que para que una decisión de este sea válida debe estar refrendada por el vicepresidente y uno al menos de los ministros.  Y para las decisiones más transcendentales, deberá contar con la firma del Consejo de Ministros en pleno. 

La cosa pública, los asuntos oficiales funcionarán mejor —estoy segurísimo— si se releva el equipo que desde hace catorce años ha mangoneado en los altos cargos.  Y Henrique, en eso del poder de convocatoria a los mejores, le lleva una morena a Nicolás.  Están avisados…

Ceguera selectiva


Admiro a Yoani Sánchez, la bloguera cubana, tanto por el valor con el que denuncia las tropelías, escaseces y abusos del régimen cubano en contra de sus connacionales, como por la elegancia sencilla de su estilo literario.  Por eso, trato de leer todo lo que ella publica.  Ahora, valientemente y por conferencias en varios países, ha reiterado sus denuncias sabiendo que, cuando retorne a la isla, los sayones la atormentarán y tratarán de que pague su osadía —los jerarcas cubanos ya decidieron que es afrenta al país— con cárcel o con atentados contra su integridad.  Quiero compartir con mis lectores algo que ella narró el pasado 27 en “El País” de España, y que me estremeciera fuertemente.

En “Cuba: el mito”, Yoani relata que, estando en La Haya, varios activistas por los derechos humanos comentaban acerca de sus respectivas realidades.  Un periodista mexicano explicó el riesgo de ejercer su profesión en un país donde te pueden matar por lo que escribas; un saharaui narró cómo es vivir en ese erial; un norcoreano contó cómo escapó de un campo de prisioneros y huyó de ese país.  Cuando le tocó a ella, habló de “los actos de repudio, las detenciones arbitrarias, los fusilamientos de la reputación y de una nación en balsa que cruza el estrecho de La Florida (…) de las familias divididas, de la intolerancia, de un país donde el poder se hereda por vía sanguínea y nuestros hijos centran sus sueños en escapar”.  Entonces sucedió lo habitual: los ciegos selectivos comenzaron: “pero ustedes no pueden quejarse, tienen la mejor educación del continente” (…) “bueno no tienen libertad, pero salud pública no les falta” y otros estereotipos impresos en la mente de los acríticos por la agitprop comunista.  “… el mito se ha impuesto.  Un mito alimentado por cinco décadas de distorsión de nuestra historia nacional. Un mito que ya no apela a la razón, sino a la creencia ciega; que no acepta críticos, solo adeptos. Un mito que hace imposible que tantos nos entiendan, que se sintonicen con nuestros problemas.  Un mito que ha logrado que a muchos les parezca bien para nuestra nación lo que nunca aceptarían para la suya” (…)  Pierde sentido explicarles mi Isla.  Para qué, si todo el mundo parece saberlo todo de nosotros, incluso sin nunca haber vivido en Cuba.  Me estremezco de nuevo al escuchar la cruda vida de esos activistas, me coloco en su lugar otra vez.  ¿Y quién se pone en el nuestro?  ¿Quién deshace este mito en el que estamos atrapados?”

Querida Yoani: los venezolanos —sin haber todavía llegado a los extremos de vesania forzados allá desde hace más de medio siglo por la hoy gerontocracia cubana— te entendemos.  Porque aquí, hace catorce años, unos malos imitadores de los tiranos de Cuba intentan conculcarnos todo lo que fuimos avanzando en democracia a lo largo del siglo XX.  Ya tenemos gente en prisión por el solo hecho de pensar diferente a como desea el régimen; ya muchos venezolanos tuvieron que imitar a los cubanos que emigraron en búsqueda de sitios donde se pueda vivir, trabajar y hablar libremente; ya los grupos de choque oficialistas causan heridas y lesiones a los que “cometen el pecado” de manifestarse contra las tropelías del régimen; lo que fue una Fuerza Armada respetuosa de la institucionalidad  ahora ha devenido en brazo armado del partido oficialista; sus capitostes —afanosos en búsqueda de riquezas inmorales— no pasan de ser áulicos de quienes tienen las riendas del Ejecutivo; desde el mismo día de su promulgación, los altos funcionarios pisotean la Constitución para hacer lo que les da la gana mientras que de labios para afuera hablan bellezas de ella; ya hasta tenemos remedos de los CDGs cubanos para “sapear” en los barrios a quienes se aparten de los lineamientos oficiales. 

Al igual que ustedes, en el exterior —sin preocuparse de buscar la verdad-verdadera, solo escuchando lo que dicen los socialistas de salón mientras paladean sendos absinthes en un  café parisino— creen que los venezolanos estamos en el mejor de los mundos; negándose a admitir que estamos a las puertas de una tiranía.  Si no dejamos el letargo.  Lo peor es que muchos paisanos al igual que los de la izquierda caviar de otras latitudes no quieren entender que no nos merecemos ser meros vasallos de unos señores que disponen de nuestras vidas y haciendas como les da la gana.

No hemos llegado a los extremos que tú tan poéticamente describiste en las Naciones Unidas cuando por las influencias del embajador cubano tuviste que dar tu rueda de prensa desde un diminuto cubículo: “Aun si estuviésemos haciendo esta reunión en el fondo del pozo de un ascensor, tendríamos más libertad que en Cuba”.  Ni llegaremos: todavía nuestros votos cuentan.  Por eso, en dos semanas estaremos luchando por reconquistar la democracia que perdimos.

martes, 12 de marzo de 2013

De mortuis…


…nihil nisi bene es lo que recomienda el viejo adagio latino: que de los muertos no se diga sino lo bueno.  Todos practicamos diariamente esa recomendación porque la muerte nos hace sentir timoratos ante la inseguridad de nuestra propia existencia.  Tan temible es, que la relegamos a un remoto rincón del cerebro y casi no hablamos de ella ni de los que la han sufrido.  Y, cuando nos toca hacerlo, seguimos lo recetado hace unos veinticinco siglos: de los difuntos solo hablamos bien.  Hoy, me voy a apartar de esa máxima.  Porque se está observando unos descarados intentos de santificación instantánea de alguien que, como todos, tuvo aciertos y errores; la sacralización express de alguien que no fue precisamente un corderito.  Por eso, a fuer de sincero conmigo mismo, y porque es urgente echarle un parao a esos intentos del oficialismo de convertir en santo a quien hoy yace en la Academia Militar debo decir algo.  Se entiende que los apparatchik —sabiéndose muuuy mediocres, y reconociendo que para seguir medrando desde el poder necesitan de una ayudita— se sienten requeridos de la instauración de un mito.  Algo así como lo que sucede con el Che, que de fusilador inmisericorde en La Cabaña, ha devenido —por la obra de unos desfachatados—  en dizque “luchador por los derechos humanos”.

Creo que el pecado más atroz del hoy finado fue eso de insuflar el odio de clases en una nación que hasta ese momento era la más igualitaria de Hispanoamérica.  Su concepción binaria de la sociedad —patriotas y pitiyanquis, ricos y pobres, por mencionar solo un par de sus categorizaciones preferidas— fue el fermento de la polarización que tenemos hoy.  Eso, en la nación más café-con-leche de la región; en el país con más movilidad social de todos los suramericanos; aquí, donde se medía a la gente de las cejas para arriba, por lo que tenía dentro del cráneo.  Por su imprudencia, “meritocracia” es mala palabra en el país.  Tanto, que —a diferencia de las demás migraciones conocidas— esta es la única que está conformada en su mayor parte por personas de la clase media, por graduados universitarios, por gerentes bien formados.  La diáspora venezolana está enriqueciendo a otros países en desmedro del nuestro.  Porque no los dejaron.  Porque los insultos, calumnias y descalificaciones durante cadenas  de TV incitaron tanto fanatismo ideológico y tanto rencor social que temieron por sus vidas y se fueron. A lugares remotos —desde Nueva Zelanda hasta Canadá—donde se les reconociera su valía y no temieran a hordas azuzadas desde el poder.

Pecado también —y no menor, por cierto— fue su claudicación de la soberanía nacional ante otro Estado.  Se vendía como nacionalista y el mayor de los antiimperialistas, pero fue quien ordenó la presencia, casi omnímoda, de los cubanos dentro de los puntos clave del gobierno y como superiores jerárquicos de los funcionarios.  Los cubanos tienen las narices metidas en los registros y notarías, los servicios de identificación, la administración portuaria y hasta en la planificación estratégica militar —que es lo más bochornoso: generales y almirantes criollos que aceptan las órdenes de extranjeros con menor gradación.  Todo, por montarse en la estela que dejaba Fidel.  Por aspirar a ser su heredero.  Y resulta que el carcamal lo sobrevive.  En su enceguecimiento contra los Estados Unidos —a quienes acusaba de ser nuestros colonizadores, lo cual era una falacia más— se lanzó en los brazos de los menos demócratas del mundo.  Saddam, Al Assad, Gadafi, Mugabe, Lukashenko y Ahmadineyad —todos ellos parias internacionales— fueron sus panas.  Pero Fidel, Putin y Deng eran los que le imponían sus dictados.  Cuando mucho, lo que logró fue cambiar de amo.

Esa mezcla de megalo/mitomanía en la que vivió y que lo hacía presumir de ser un líder mundial le exigía tener amigos en los cinco continentes.  Amigos que nos salían costosísimos.  Mientras nosotros sufríamos de apagonitis, él le regalaba plantas a Nicaragua; al tiempo que nuestros hospitales no tenían ni gasa, le obsequiaba un hospital a Uruguay; cuando nuestros carros iban de hueco en hueco, Kingston estrenaba asfalto en todas sus calles; todavía hoy, cuando no se consigue una miserable bombona de gas doméstico, los habitantes del Bronx disipan el frío invernal con combustibles venezolanos.  Todo eso, gratis para ellos y oneroso para nosotros. 

¡Ya estoy llegando a las 800 palabras que me autoriza el diario y me falta tanto por comentar!  No he dicho nada de la corrupción funcionarial aupada desde la cúpula, de la inmensa deuda que nos acogota y que frenará el desarrollo por muchos años; de la destrucción sistemática de la empresa privada, de las expropiaciones abusivas, del acorralamiento de la propiedad privada; de la inmisericordia con los presos políticos que sufren enfermedades tan graves como la suya; de la entronización de la violencia por la vía de los “colectivos”. Pero me toca parar.  Será para otra…

lunes, 4 de marzo de 2013

Cuando la imbecilidad y la ineptitud se juntan

Ahora resulta que nosotros, los ciudadanos, somos los culpables de las escaseces que uno nota en todos los anaqueles, sean de supermercados, farmacias, ferreterías, tiendas o almacenes de repuestos.  Por lo menos, eso es lo que uno colige de las campañas publicitarias del gobierno —por lo que escribir “propaganda” no sería una equivocación— en las que se nos acusa de acaparadores llenos de afanes pecaminosos cuando, ¡por fin!, aparecen algunos productos y tratamos de obtener más de un kilo de azúcar, un paquete de harina de maíz o una botella de aceite.  Eso no puede ser visto —a la luz de una mente equilibrada— sino como una previsión sensata.  Porque ya estamos curados en salud de esa mezcla de imbecilidad e ineptitud que reina en el gobierno y que nos ha traído hasta esta mísera situación en la que nos encontramos: sin medicinas y sin abastecimientos.  Sufrimos la consecuencia de que la “economía roja produce mercado negro”, para ponerlo en las palabras del epígrafe del “Republicano Liberal” del domingo pasado.

Estatizaron las fábricas de cemento dizque “para poner los productos el alcance del pueblo”; ya no se consigue más.  Igual sucedió con las cabillas, la leche y mil cosas más.  La verdad verdadera es que esas medidas las tomaron porque los rojos no conciben que exista la empresa privada, ni que nadie obtenga un retorno por las inversiones que hace.  Los altos objetivos que pregonaban en campañas milmillonarias no fue lo que los movió.  Fue esa aspiración de igualar a todo el mundo por debajo (que es peor) para que seamos idénticos a la Cuba famélica que diseñó Fidel.  Cuesta un mundo conseguir cosas tan elementales como dentífrico, papel higiénico, detergente.  Ya estaríamos a punto de regresar a los tiempos medievales del bicarbonato en las axilas. ¡Pero es que tampoco lo hay!  Sencillamente, porque ni lavan ni prestan la batea.  En mucho, por la majadería convertida en política económica: buscar que solo el Estado (que ellos confunden con la nomenklatura del PUS) pueda tener acceso a las divisas.  La consecuencia es una mezcla insalubre de dogma comunista con corrupción galopante.  En mucho, también, por esa pretensión, casi anhelo, de que un carné partidista valga más que una licenciatura y tres maestrías.  Lo cual no pasa de ser una asnada estólida.

Están tan ocupados averiguando de qué color son las nalgas de los estudiantes que protestan, que no se ocupan de lo suyo: de que los hospitales, las escuelas, los puertos y la economía en general funcionen bien y para todos.  Están tan ocupados en los latrocinios de los últimos días, porque ven que se les acaba la manguangua, que no atinan sino a inventar aquello de que “con la devaluación gana el pueblo”.  Es que creen que hacerle tragar esa farsa a la gente.  Que podrá, alguna de ella, ser de mente sencilla y de escasa ilustración.  Pero no por eso tienen que tragarse esa conseja chapucera.  Y ahora no se les ocurre que —para hacer más amenas las largas colas para comprar un pollito brasilero en Mercal— dotar de megáfonos a una suerte de perifoneadores asalariados, con la estulticia y el fanatismo a millón, para que les hagan creer que viven en el mejor de los mundos, que Esteban está al frente del gobierno, mandando a través de la cánula, y que todas esas medidas fueron ordenadas por él (no por platanote) porque los quiere tanto que está empeñado en que los venezolanos no suframos de obesidad.  Por dentro, mientras rumian su rabia por la humillación y el solazo que están soportando para poder llevar algo para que los hijos coman, dicen: “Ahora cuéntame una de vaqueros”.

¿Hilación o ilación?

Fueron abundantes los tuit y correos que recibí y que decían, más o menos: “Ah, Pittaluga, —tú, que te las echas de gramático— te cogimos en un error: escribiste ‘hilación’ sin hache en tu artículo”.  ¡Pues no!  Dos veces.  Ni me las echo de eso, ni es un error lo que escribí.  Eso sí, procuro redactar de tal manera que el corrector de pruebas del periódico no me vaya a corregir.  Vale decir: como alguien que tiene algo más de lo indispensable en instrucción y que trata de esmerarse ante sus lectores.  Al tema: hay personas que tienen la errónea idea de que como "hilación" viene de "hilo", no existe esa palabra sin una hache inicial. Falso.  Existe y no viene de “hilo”; nos viene del latín illatio-illationis, que traduce como: “inferencia”, “conexión”, “relación”.  El DRAE trae tres acepciones para esa palabra.  Me referiré solo a la tercera, porque fue el contexto en el que la usé la semana pasada: “Enlace o nexo del consiguiente con sus premisas”.  Complacidos aquellos que me pidieron que dijera algo…