sábado, 27 de julio de 2013

Paralelismos

Noticias aparentemente disímiles sobre hechos que acontecieron esta semana dejan ver, sin embargo, un paralelismo asombroso en el accionar del régimen.  Digo que tienen paralelismo porque ambas parten de la visión totalitaria del Estado que a cado rato demuestra la nomenklatura.  El suyo es un enfoque en el que se piensa que el Estado es el dueño de los ciudadanos, siendo que lo correcto, lo debido, es todo lo contrario: que el Estado es un invento de los hombres para que estuviera al servicio de ellos.  Cualquiera otra forma de pensar es nazismo, bolchevismo, fascismo o una mezcla indigesta de esas aberraciones políticas.  Les propongo que analicemos, inicialmente, los casos de la prohibición a la juez Affiuni a expresar su pensamiento públicamente y del intento de regimentación de la lactancia de los infantes.

El colmo del chantaje judicial en el caso de la juez es que, luego de pasar más de tres años y medio como presa del régimen por una orden inicua del “comandante eterno” —pero que se murió—, se le imponga como medida cautelar un impedimento para dar declaraciones y expresar sus opiniones a través de las redes sociales.  Sin especificar nada más.  O sea, que la cuasi-interdicta no pudiera asomarse por Facebook siquiera para decir: “muy buenas las tortas que hace María”, o tuitear: “creo que va a llover hoy”.  Dicho por todo el cañón: esa juez le ha conculcado a la sufrida señora el derecho que le garantiza el Art. 60 constitucional a expresar su pensamiento sin que pueda establecerse censura.  Ya con  Álvarez Paz, Lázaro Forero y otros se había intentado prohibiciones de opinar sobre el curso de los juicios que se les seguía —cosa que tampoco es legal porque si a alguien se le ha vilipendiado por los medios de la “hegemonía comunicacional”, tiene derecho a refutar esos infundios ante la sociedad toda— ¡pero ahora es hasta por las redes sociales!  Repito: el colmo del chantaje; sobre todo, porque se le hace a una colega.

Pero eso no es sino la imitación de lo que se hacía, y se hace, en los regímenes totalitarios.  Ya tan temprano como en 1934, los jueces y fiscales alemanes expresaron: “Hitler es la Ley”, “la Ley y la voluntad del Führer son la misma cosa”.  Los actuales jueces “bolivareros” —que no poseen articulación verbal alguna— se restringen a gritar: “Uh, ah!” y a pasar sentencias contra natura…

De igual trascendencia e idéntica aberración es el intento de controlar el amamantamiento de los infantes.  Solo eso justifica una ofuscación tan descaminada por parte de unas diputadas que saben —porque deben ser madres, excepto la marimacha que golpeó a María Corina— que el amor que vincula a las madres y sus retoños las impulsa a darles la teta.  Ellas son las primeras interesadas.  Porque quieren ver a sus hijos crecer fuertes y sanos; porque el acto de amamantar es placentero para ambos; y porque saben que si no lactan, corren el riesgo de una mastitis por la leche que se les pudre dentro del seno.  ¡Pero, no! Tienen que afincarse en contra de la ley natural porque lo que el régimen quiere dejar ver es que los hijos son no de los padres sino del Estado.  Por esa  senda ya también anduvo el III Reich.  El seis de noviembre del 33, Hitler dijo en un discurso: “Yo digo tranquilamente: sus hijos me pertenecen ya (…) están en un nuevo campo.  En poco tiempo ellos no sabrán más que de esta nueva comunidad”. 

El problema con esos intentos de lograr unas generaciones mejores por la vía de la subrogación estatal es que, al ratico, ya se empieza a pensar en formar súper-razas.  Y más tardecito, para llegar a ellas, se apela a la eliminación de los que nacen mental o físicamente menos favorecidos.  Se llega a la abominación de crear programas como el malhadado “Aktion T4”, por el cual se llevaba a los tarados alemanes a un hospital en Baviera para ser asesinados e incinerados.

Paralelismos como los antes comentados abundan, pero me quedan menos de cien palabras.  O sea, que tengo holgura solo para señalamientos telegráficos; dejo a los lectores el encontrar parecidos: 1. Los bolcheviques acusaban a sus opositores de “espías trotskistas y fascistas”.  2. Los aduladores vuelcan sobre sus caudillos toda clase de tratamientos pomposos: Stalin era “El Más Grande Genio de Todos los Tiempos y Todas las Gentes”;  Mao era “El Gran Timonel”, y los cagatintas cubanos alaban a Fidel como el “Gladiador de la Verdad”.  3. Los golpistas elevan a efemérides sus acciones.  Todos los nueves de noviembre, los nazis celebraban el Putsch de la cervecería; su mayor atrocidad fue el progromo contra los judíos en la Kristallnacht del año 38. 4. Se apela con frecuencia a facciones paramilitares, tipo SS para imponer “el orden”.  ¡Y se acabó el espacio!



País de asimetrías

Los humanos estamos dados a pensar que las cosas simétricas son hermosas.  Porque seguramente nos parecen armoniosas, bien ordenadas, previsibles.  Y en mucho, también porque nosotros mismos somos simétricos. Aunque no del todo; más bien pudiera decirse que somos casi simétricos. Más por fuera que por dentro. La cara bella y graciosa de una dama no llega nunca a perfecta, ¡gracias a Dios!  Probablemente una ceja esté un poquitín más alta que su compañera, un lunar coqueto aparezca en una mejilla; la sonrisa se levante y se alargue más hacia un lado, etc.  Pero eso no hace sino añadir más atractivo a esa cara.  Lo mismo nos pasa cuando observamos los resultados de la arquitectura, desde las pirámides hasta el rascacielos más moderno que construyen en Shanghái; la flora y la fauna nos proveen otros ejemplos: una estrella de mar y una flor de girasol tienen simetrías radiales admirables.  Por el contrario, las cosas asimétricas nos parecen chocantes, las más de las veces, porque parecieran representar la discordia, lo contra-natura.  Rigoletto, amargado, canta: Oh rabbia! Esser difforme! Esser buffone!”  Ese saberse no bien proporcionado es lo que lo conduce a la ciega venganza, y por la cual muere, asesinada, su hija Gilda.

En fin, que estamos construidos para apreciar la armonía.  Por eso, es que tratamos de organizar nuestras sociedades en torno a ella y todas las normas que nos damos en búsqueda de ese objetivo, tratan de eliminar o reducir las chocantes disonancias que afearían el cuerpo social.  No en balde, la “egalité” era uno de los postulados de la Revolución Francesa.  Hasta nuestra Constitución la propugna; ya al mero inicio menciona a la “libertad, igualdad, justicia y paz” como elementos esenciales.  El problema se presenta cuando quienes, por deber y como función, deben buscar que esas virtudes sean el fundamento de la vida en sociedad, son los primeros en burlarlas.

Menciono algunas de esas asimetrías que son, además de una injusticia, un grosero cachiporrazo dado por el régimen al concepto de igualdad.  Y lo hago sin darle prelación a la importancia; las pongo como se me vienen a la cabeza.

Lo del “chip” para poner gasolina en la frontera.  Que hace poco trataron de extender a la compra de alimentos.  Ni el primero, ni el que se le acaba de chispotear al servil de Arias Cárdenas solucionan el problema del contrabando.  Este lo arreglarán cuando metan en cintura a las bandas de gánsteres uniformados que lo manejan.  Y cuando reconozcan que los absurdos diferenciales de precio en ambos rubros deben ser corregidos.  Pero, aunque sí funcionaran los fulanos chips, ¿es que los maracuchos y los gochos son menos venezolanos que los del centro del país?  ¿Qué tienen los cojedeños o los guariqueños de más que ellos para poner gasolina o comprar comida (cuando la encuentran)?  Es una desigualdad chocante e injusta, nada más.

Las ONG venezolanas, por más admirables que estas sean —Caritas y Fe y Alegría, por ejemplo— no pueden recibir donaciones de organismos extranjeros so pena de desaparecer como instituciones y convertirse sus directores en reos.  Pero el régimen se siente en la plena libertad de regalar los dineros públicos —dineros que hacen mucha falta en hospitales y escuelas venezolanas— a cuanto régimen muerto-de-hambre —pero compañero de ruta— aparezca en el horizonte con la promesa de votar a favor de cualquier loquetera que presenten Nicky y asociados en la OEA.  A cuanta fundación de medio pelo que venga con la mano extendida, se les da.  Inclusive hasta a las Madres de Plaza de Mayo —que tienen tanta plata como Kristina Kirchner, que ya es mucho decir— les han “colaborado”

Si Capriles hace una visita pri-va-da al presidente Santos, los ayatolas miraflorinos se rasgan las vestiduras y hasta que casi corren el riesgo del ridículo de volver a mandar a la frontera “diez batallones de tanques” (que no tenemos, y que los que tenemos no tienen operatividad).  Pero, paja en el ojo ajeno, sin ver la viga en el propio, sí reciben o-fi-cial-men-te en palacio, con alfombra roja a sus amiguitos de las FARC.  Y los trasladan a Cuba en aviones oficiales, y los fornecen con armas y municiones, y les proporcionan “campamentos vacacionales” en esta ribera del Arauca vibrador.

En un país donde —por indolencia, incapacidad y dejadez de los mandos de Pdvsa— no hay gas, en un país en el que hay que comprárselo a los para ellos odiosos colombianos; los compradores de carros nacionales tienen que pagar extra por la instalación de un sistema de alimentación a gas que no sirve sino para inhabilitar la mitad del maletero. ¡Ah, pero si es uno de los que mandan sus amiguitos iraníes o chinos, no hace falta! Más asimetría.

Se me acaba el espacio.  Alguien que, por favor, me acuerde de que la próxima semana debería hablar de algunos paralelismos.  Chau…


De la naturaleza de las cosas

Hoy quiero darme el gusto que no pude la semana anterior, cuando me tocó dispararle al MinPoPoDef por admitir paladinamente que hay 1500 espías cubanos actuando dentro de nuestra institución armada.  Voy a comentar acerca del De rerum natura de Lucrecio, un libro que —después de estar perdido por más de diez siglos— ha condicionado fuertemente la mentalidad occidental actual. 
Quien me recomendó leerlo fue el Dr. Édgar Sanabria, nuestro profesor de Filosofía en el último año de carrera —en esos tiempos, la “Superioridad” se preocupaba por dotarnos de una formación lo más completa posible.  En 1858, el “Flaco” Sanabria era miembro de la Junta de Gobierno que se encargó del Poder Ejecutivo luego de la huida del general Pérez Jiménez.  Pero no por eso dejó de dictarnos cátedra.  La única diferencia con las clases que daba antes era que, ahora, había un edecán sentado en el último pupitre.  En su primera después de llegado al poder, llegó con su característica sonrisa y un revólver en la mano, diciendo: “Al que se duerma, lo despierto de un balazo”.  A la hora del receso, iba al comedor de oficiales a tomar café y, frecuentemente, el alférez de guardia lo acompañara para conversar.  Una vez me tocó a mí y yo aproveché para preguntarle por qué, siendo que nuestra alma es eterna, sentíamos tanto temor ante la muerte.  Fue cuando me recomendó el libro.  Que no conseguí en librería alguna.  Tuve que leerlo en la Biblioteca Nacional, por cuotas, durante mis salidas de fin de semana.  Solo lo pude comprar unos doce años después, cuando estaba haciendo un post-grado en Northwestern University.  Me lo encontré revisando los libros de segunda mano que venden muy baratos en las bibliotecas universitarias.  Y lo tuve hasta que lo doné al Seminario de Valencia junto con otros referidos a religión, filosofía y latín.  Pero ya basta de proemio, entro en materia.
El núcleo del libro es una profunda, terapéutica, meditación acerca del miedo a la muerte.  “Nada significa la muerte para nosotros” explicaba el autor.  Y añadía que pasar la vida entera en ansiedad por ese temor haría, sin duda, que la vida se nos escapase incompleta.  Porque no la disfrutaríamos.
Para llegar a esa inferencia, tomó lo que quinientos años antes de él propuso Demócrito: que todo lo que existe está formado por unas partículas indestructibles, pequeñísimas que no pueden ser divididas.  De allí su nombre: “átomos”.  Hoy, además de saber que eso es verdad, los hemos visto y hasta nos atrevemos a dividirlos; pero llegar a esa conclusión hace veinticinco siglos, sin tener posibilidades empíricas de probarlo, habla muy bien de la solidez del razonamiento de esos filósofos.  Lo que añadió Lucrecio a esa teoría fue algo que solo en el siglo XIX sistematizó y popularizó Darwin: que todas las cosas, incluyendo los humanos, han ido evolucionado durante millones de años; que en el caso de los organismos vivos se trata de un principio de selección natural; y que nada, desde un microbio hasta el sol que nos alumbra, durará para siempre.  Que solo los átomos son inmortales.  Que en un universo así no hay razón para pensar que la Tierra y sus habitantes ocupan el lugar central.  Que, por tanto, no hay posibilidad alguna de triunfar sobre la naturaleza y su constante hacer, deshacer y rehacer.  En esas afirmaciones se basa para proponernos cómo deberíamos vivir.  Nos dice que una forma de vencer el temor a la muerte es aceptando que uno, y todo lo que está a nuestro derredor, es transitorio.  Que, por ende, es correcto disfrutar de la belleza y evitar el dolor; que es legítimo cuestionar la autoridad y las doctrinas recibidas; que se puede vivir una vida ética sin necesidad de pensar recompensas y castigos post mortem.
Lo dice porque él es, a su vez, discípulo de Epicuro, un filósofo que ha sido malentendido por siglos, y hasta hoy.  Porque sus enemigos inventaron calumnias acusándolo de libertinaje. En realidad, Epicuro vivió una vida simple y frugal.  En una de sus pocas cartas que perviven, explica: “Cuando decimos que el placer es el objetivo, no nos referimos a los placeres (…) de la sensualidad. El febril intento de satisfacer ciertos apetitos —una sucesión ininterrumpida de beber y de juerga (…) de amor sexual (...) de disfrute de una mesa de lujo— no pueden conducir a la paz mental, que es la clave para el placer duradero”.
Yo tiendo a pensar así; creo que los humanos no tenemos paz porque sufrimos de apetitos indebidos, y que estos nos conducen hacia la envidia y otros pecados capitales.  Al tiempo, descuidamos los que más necesitamos para una existencia placentera: vivir con prudencia y honorabilidad, demostrar justicia, templanza y valentía; hacer amigos y ejercitar la caridad.  Lo cual es fácil de decir, pero…

Los pecados son muchos…

Tan ilusionado que estaba yo en glosar algo sobre De rerum natura, el libro de Lucrecio que —aunque paradójicamente poco conocido hoy— tuvo un gran impacto en la civilización occidental a partir del renacimiento.  ¡Y viene el sectario del MinPoPoDef a tirar la burra pa’l monte!  Nunca por mi mente pasó la idea de que pudiese existir un ministro más nefasto en ese despacho que José Temiente Rangel.  Y apareció este para ratificar que la estulticia es infinita.  Entre otras mentecateces —cuando apareció en el programa del sepulcro blanqueado mencionado antes— al defender su más que apego al estamento miliciano cubano, reconoció que “hay más de 1.500 oficiales de inteligencia en el país”.  Los venezolanos promedio sustituimos mentalmente el eufemismo y nos quedó claro que se refería a “espías cubiches que están aquí entremetiendo sus narices en nuestros asuntos”.  Con el beneplácito de él, que es quien debe asegurarse de que los organismos de inteligencia extranjeros no actúen por la libre.  ¡Tanto que hablan de lo muérganos que son la CIA y el Mossad, y callan en lo que es más palmario: que el G-2 mangonea entre nosotros!  Y que hay funcionarios, ¿será él uno?, que no dan un paso sin consultar a sus comisarios, y esperar las órdenes de estos.  Es el más claro ejemplo del síndrome de la radiografía: “No se mueva, no hable, no respire hasta que yo le diga”.

Pero ese no es su único pecado.  Los ha estado cometiendo desde mucho antes; por ejemplo, desde cuando decía discursos políticos en actos oficiales, primero en la Escuela Naval, después en la Comandancia de la Armada, y desde el primer instante en que, como premio a su continuo embeleco fue premiado con el cargo actual.  Uno, tan apegado a la meritocracia —cosa que desde hace quince años parece ser mala palabra en Venezuela—, tiene que preguntarse ¿cómo es que alguien que se graduó de penúltimo en su promoción pudo llegar a ser quien dictase las normas académicas en un instituto universitario, comandase un componente armado y debiese ser el encargado de implementar las políticas de defensa en pro de los altos objetivos nacionales?  Definitivamente, estamos en el país en que Dios le dio cachos a los burros.

Ahora anda con la añagaza de que se le va a dar cumplimiento a la instrucción que giró Fidel por boca de Nicky: organizar en milicias, entrenar y armar a dos millones de obreros.  Lo cual no pasa de ser una argucia más de los colonizadores en su afán de tratar de recuperar para la robolución las ingentes cantidades de trabajadores  y sindicalistas que se les fueron.  Lo que debiera hacer un funcionario que pusiese a su patria por encima de la seducción política es todo lo contrario: intentar pacificar a la nación, no enguerrillarla más.  Para eso, para acabar con la entronización de la violencia actual, lo primero que debe hacer es meterle el pecho a eso que llaman “los colectivos”.  Pero no, se hace el desentendido con los desmanes cometidos por los tupamaros, La Piedrita y ese oxímoron constituido por un movimiento guerrillero a favor del gobierno.  Y se hace el loco con los faracos, paracos y elenos que tienen bajo su control extensas zonas de este lado de la frontera.  Y dota con fusiles de la FAN a un civil tan inestable mentalmente, tan despreciable y tan poco confiable como el drogo hojillero. Y vaya usted a saber cuántas iniquidades más.

¡Hay que tener tupé para admitir que los militares bolivianos nos están asesorando en materia militar!  ¿Es que hemos llegado tan abajo?  Y pareciera que la respuesta debe ser afirmativa, porque ahora nuestros pichones de pilotos van a aprender a volar allá, a un país que hace poco tuvo que recibir el regalo nuestro de unos helicópteros para que pudiera moverse el cocalero mayor.  Y se los regalamos con tripulaciones y todo…  Me he enterado también de que oficiales nuestros están haciendo el curso de Estado Mayor en Nicaragua.  ¡En Nicaragua, por amor de Dios!  En realidad, nuestro estamento militar ha caído bien bajo.  Por culpa de una cúpula militar que no tiene mérito alguno para estar allí, aparte de ser fichas políticas del PUS, y que en su afán de ponerse en unos dineros han claudicado en el cumplimiento de aquel precepto —tan elemental que nos lo enseñaban en primer año— de: “conoce y cuida a tus hombres”.  Sus acciones están llevando a sus subalternos a la inopia en lo académico, a la miseria en lo profesional, a la estrechez en lo económico y, lo más importante, al desprecio por parte de la opinión pública.

Duele mucho decirlo pero, ahora, sin “caudillo”, sin Estado de derecho, y con una Fuerza Armada dirigida por fanatizados, lo que nos espera son tiempos más violentos aún.  Hay que reaccionar…


Un paisito serio

La nieta insistía: "Abui, ven a visitarme; quiero verte".  Y uno, que con los años se ha hecho más sensible, arregla maleta y dice: "Costa Rica, allá voy".  Me llevé agradable sorpresa.  Recuento cosas que disfruté y hasta envidié mientras estuve allá con Sabrina, la menor de mis nietos.

Lo primero que resalta al llegar, es la limpieza.  Nunca vi basura regada o una bolsa de desechos mal dispuesta.  Ni en el centro ni en los suburbios.  Es que la necesidad de proteger el ambiente se enseña desde kínder.  Y la clasificación de desechos para su reciclaje se practica en todos los estratos sociales.  Me consta —recorrí ciudades, caseríos, carreteras y parques nacionales— que todo el mundo se empeña en eso.  Lo otro que se percibe, y que va de la mano con lo anterior, es que todo es muy verde.  La feracidad del suelo, la abundancia de lluvias y la laboriosidad de los ticos se complementan en eso.  Y uno disfruta esa conjunción. 

Pero no porque haya mucha pluviosidad se deja así las cosas. En todos los caseríos hay acueductos rurales y el agua de ellos no desmerece de la de la capital; todas ellas muchísimo mejores que la de cualquier ciudad venezolana.  La cobertura de los acueductos llega al 98% de los ticos.  Poder beber agua del chorro es una agradable sorpresa.  Sobre todo para mí, que sobrevivo en Valencia y debo calarme lo que manda Hidrocentro (cuando manda).  Todo el mundo paga el agua que consume. Aunque no es barata. Pero a nadie se le ocurre robársela.  Igual que la energía eléctrica, que llega al 99% de la población.  Hasta en el rancho más apartado hay un medidor, y la gente paga el servicio.  Por eso, a diferencia de la oscurana venezolana, de noche todas las calles están iluminadas. Con el añadido de que allá el gobierno no disfruta de petróleo a más de cien dólares, como nuestro inestable régimen.  Allá hacen buen uso de las caídas de agua y del viento para producir energía.  No exagero si digo que sólo en las cumbres que rodean San José hay más generadores eólicos que en toda Venezuela.

Un venezolano expatriado —como mi hija, pero con más tiempo allá— recomienda que, si un pequeño se enferma, lo lleven al hospital de niños de Seguro Social, no a una clínica.  Este es un modelo en calidad de atención médica e instalaciones.  Pero es que como la cobertura del Seguro es del 93% y el desempleo es de sólo el 8% (allá no hacen lo que Eljuri, que maquilla las estadísticas del INE metiendo a los buhoneros como gente empleada— las arcas de esa institución tienen profundidad.  El salario mínimo es de $427; que es más que lo decretado recientemente por Mientrastanto, aunque se calcule a los enteléquicos 6,30; porque si lo hacemos con el innombrable, la cosa es para tirarse a llorar.

Monté en autobuses urbanos varias veces; puedo certificar que dan un servicio eficiente, son limpios, no son caros, y paran sólo en los lugares señalados.  No tomé taxis, ¿para qué?  Pero puedo informar que todos son de un idéntico color, tienen taxímetros y pasan una inspección obligatoria dos veces al año.  Los conductores de taxis y de colectivos, para poder ejercer, deben aprobar un curso de relaciones humanas.  Entonces, es raro que alguno irrespete a un usuario.  Pero si sucede, la Dirección de Transporte tiene un portal de Internet para recibir denuncias.  Y las procesan.  Y sancionan.

Entre las cosas que me llamaron la atención debo mencionar los cementerios. Todos blanquísimos; muros exteriores y tumbas.  Y sin los chocantes grafiti que profanan los nuestros.  De hecho, son pocos en otros sitios.  Otra cosa que me gustó es que cada escuela tiene un uniforme distinto.  Entiendo las razones por las cuales Luis Herrera decretó el uniforme único, pero ver la policromía de niños al salir de clases es muy agradable.  Por otra parte, eso aumenta en los niños el sentido de pertenencia.  Quizás por eso es que el 76% de los escolares finaliza el bachillerato.  Las escuelas que vi tenían edificaciones e instalaciones funcionales.  Y si las públicas son buenas, las privadas son excelentes.  Unas y otras tienen el inglés como segunda lengua, obligatorio, sin complejos patrioteros.  Porque entienden que deben comunicarse con el mundo para poder seguir progresando.  Es que eso de recibir más de dos mil millones de dólares por turismo al año no se logra con recursos humanos de medio pelo.  Que es lo que están saliendo de las "misiones" nuestras, donde "gradúa" a bachilleres que no saben nada de nada.

El país no desperdicia dinero en militarismo; no existe un ejército.  Pero la policía es eficiente y se encuentra por todos lados. 

En fin, que es un paisito serio; como nos gustaría que fuese el nuestro…

lunes, 22 de abril de 2013

En el día del lenguaje

Todos los hispanohablantes celebramos hoy el Día del Idioma.  La decisión oficial de la Unesco de formalizar el día en el que se conmemora el fallecimiento de dos gigantes de las bellas letras, Cervantes y Shakespeare, me da pie para escribir de cosas que me gustan más (etimología, gramática, buen decir) y para abandonar lo que ha sido usual en esta columna por muchas semanas: la crítica pugnaz a los ineficientes y corruptos que ejercen cargos en el régimen actual.  Sin embargo, puede que algo se cuele por aquello de que “la cabra, al monte tira”.

La lengua no es algo estático.  Porque no la hacen los académicos sino los pueblos.  Eso es así desde los tiempos más remotos.  Y por tanto, mal pudieran los doctos, los  puristas o los docentes tratar de “ponerle rejas al campo”.  De allí, que lleguen extranjerismos y neologismos todos los días.  Sobre todo, cuando perennemente estamos recibiendo novedades en lo tecnológico y lo científico  que tienen influencia sobre nuestras vidas diarias.  ¿Cómo haríamos —después de toda una vida poniéndole trampas en la casa— vivir sin tener un “ratón” en el tope del escritorio?  ¿Cómo hacerle saber a los demás lo que pensamos sino por los 140 caracteres de un “tuit”?.  La dinámica es tal, que ya “tuitear” fue aceptado por la RAE  Y “guglear” o “goglear” ya debe venir en camino. Pero, como diría ese semiólogo tan profundo en su saber que hasta puede hablar con los pajaritos: “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.”  No porque los pueblos son quienes hacen los idiomas, pudiera él —o cualesquiera de sus copartidarios— tratar de violar voluntariamente ciertas reglas que parecieran natural ordenación a fin de que todos podamos comunicarnos.  Que, en fin de cuentas, es lo importante.

Por ejemplo, “diálogo”, que es algo que él prometió el día que Yendry le quitó el micrófono, implica —desde los remotos tiempos del Siglo de Oro Griego—: dos que hablan.  Para ponerlo en las palabras del mataburros: “Plática entre dos o más personas que alternativamente manifiestan sus ideas” y “Discusión o trato que busca avenencias”.  No puede concebirse que uno solo diga y el otro escuche —y que es lo que ha abundado en nuestro país durante los pasados quince años.  Eso no es un “diálogo”, es un “diktat”, para ponerlo en palabras que entienden los de la “nomenklatura”.    Es lo que toca, así no les guste —ni quieran—: tienen que buscar entenderse con el medio país (o más) que no acepta que les uniformen el pensamiento.

Otra palabra que no puede ser cambiada al antojo del mandón de turno es “parlamento”, que viene de “parlar”, un sinónimo de “hablar”.  Es el lugar donde se habla, se razona, se discute, se confronta las ideas.  Es insólito que quien ejerza la presidencia de un órgano corporativo niegue la palabra a uno de sus miembros, o la condicione a que este conteste primero a una conminación.  Sobre todo —esto, desde el punto de vista de la sensatez—, si quien solicita el derecho de palabra es alguien que triplica el caudal de votos con el que fue elegido quien pretende truncar ese derecho.  Resulta, según quien ejerce la presidencia de la Asamblea, que la representación del pueblo que tiene uno de los miembros depende de cómo piense.  Para poner un ejemplo de otro lugar: qué tal que el Presidente del Congreso de los Diputados de España, cuando alguien de Izquierda Unida o de Esquerra Republicana de Cataluña solicitara la palabra, les espetara: "¿Reconoce usted a Su Majestad Juan Carlos como el legítimo rey de España?"  Algunos piensan que la grosería del diputado por Monagas se deba a su pasado cuartelero.  Yo difiero.  Por dos razones: primero, porque él pasó muy poco tiempo en las Fuerzas Armadas antes de dedicarse al golpismo, la política y el enriquecimiento; no tuvo tiempo de interiorizar el verdadero talante de la vida militar.  Lo que nos lleva a lo segundo: si hubiese permanecido más tiempo en ella —y no conspirando, sino sirviendo— se hubiese dado cuenta que la función de los subalternos es ayudar, con razonamientos y opiniones fundamentadas, a que su jefe logre mejor los objetivos.  Lo que se llama: “trabajo de Estado Mayor”.  Dada la importancia de la función, un jefe no puede darse el lujo de actuar por antojos, ni con pachotadas o malacrianzas.  Que fue lo que hizo el señor.

El idioma y la democracia de verdad se parecen en mucho: ambos tienen algo que decir, su funcionamiento debe ser ordenado, tienen que tener sustancia, deben ser practicados desde sus rudimentos y hasta llegar a su perfección.  Los verdaderos demócratas, al igual que quienes debemos hablar o escribir, solo llegan a serlo por la ejercitación constante y ajustándose a las reglas… 

Seguirán… ¡Y seguiremos!

Lo que provoca hoy es repetir, como El Chapulín Colorado: “lo sospeché desde un principio”.  Porque en el aparente triunfo del oficialismo —y enfatizo lo de “aparente”— uno tiene que tomar en cuenta la absoluta falta de escrúpulos del candidato del PUS y su gente en la apelación a los más descarados abusos para intentar prevalecer en el poder.  Partiendo desde la inequidad en los tiempos permitidos en los medios —para ellos: horas de cadenas, cuñas y programas escatológicos como el que conduce el drogo hojillero; para el opositor, escasos minutos—; pasando por apelar a personajes tan despreciables como el Maradroga, traído, atendido y pagado munificentemente con fondos oficiales para cantar loas al candidato oficial —otro de los muchos extranjeros traídos por el régimen para intervenir en política interna—; apelar a bandas violentas (sus integrantes dotados con motos y armas que debieran ser solo para uso oficial) que coaccionaron el voto de los opositores; hasta mantener como MinPoPoDef a un imbécil, a una fichita política sin ningún ascendiente en la Fuerza Armada, para desvirtuar a esta de sus altos fines y convertirla en mecanismo de agitprop que sirviese para intentar aterrorizar a quienes nos atrevemos a pensar distinto, y para “caletear” compulsivamente a las mesas a partidarios remisos.  Todo ello, bajo la mirada complaciente y parcializada de la “banda de las cuatro”, que no lograba encontrar falta en nada de lo que hicieron el contendor oficialista y sus conmilitones; bajo la alcahuetería de una funcionaria que confunde sus funciones y cree que es defensora solo de sus copartidarios; bajo las amenazas de una fiscala que emplea su función y a sus subalternos para el hostigamiento de los opositores; y la bendición de unos “magistrados” que fueron quienes originaron la ilegalidad del interregno.  Total, que el presunto triunfo antenoche estaba cantado.

Lo que le espera a Venezuela en el futuro cercano es negro cacho.  Seguirán los mismos ineptos (para la función pero avivatos para sus enriquecimientos) al frente de los ministerios e industrias básicas.  Y, al igual que en el pasado, cuando metan sus respectivas patas, serán rotados a otros ministerios, nunca destituidos.  Porque para el régimen seguirá siendo más importante el carné que los conocimientos y destrezas, y porque no tienen con quién reemplazarlos.  No son sino un pequeño grupo de encantadores de serpiente —de culebreros de fiestas patronales, para ponerlo en el lenguaje popular— que a punta de regalar lo que no es de ellos se mantienen en la manguangua.  Para esto, seguirán quebrando al país, sin entender (ni importarles) que no somos ricos, que hay que incentivar el trabajo productivo y no los cambures; seguirán apelando a la inseguridad jurídica para imponerse a las empresas privadas y hacerlas quebrar, favoreciendo así la creación de empleo en otros países, no aquí.  Y, como eso no será suficiente para seguir con la regaladera a nuestros compatriotas que necesitan sobrevivir a como dé lugar —así sea vendiéndose por un pollo de Mercal—, seguirán pidiéndole prestado a potencias “amigas”, que les concederán créditos con intereses usureros y condiciones que hacen declinar la poca soberanía que nos queda después que ellos nos regalaron a Cuba.

No tengo dudas de que la solicitud de Capriles para que se digan los verdaderos resultados de los escrutinios caerá en los oídos sordos de la “banda de las cuatro”.  Entonces, Nicolás será presidente sin siquiera haber resultado ganador.  Y él y ellos seguirán con el desconocimiento y las faltas de respeto en contra de la otra media Venezuela. Seguirán sin entender que los resultados del domingo no los autorizan para radicalismos insensatos, sin valorar a la oposición como una fuerza que no puede ser despreciada.  Seguirán, pues, cabeza gacha, con todo lo que la gerontocracia cubana les ordene.  Órdenes que no son para que Venezuela progrese sino para que la isla no termine de morirse de hambre. 

Al tiempo que esto sucede, nosotros seguiremos empobreciéndonos, viendo como otros países de la región avanzan hacia el desarrollo usando las armas de verdaderas democracias; seguiremos mirando cómo el populismo seguirá creciendo, pero de manera más ramplona; seguiremos observando cómo organismos e instituciones se deterioran hasta reducirnos a lo más oscuro del siglo XIX. 

Seguiremos presenciando cómo el bendecido por Tiby habla por los dos lados de la boca.  Antenoche llamó al cese del odio, y pidió a la oposición que “sepan administrar el resultado que han obtenido. Con humildad, sin prepotencia y sin retar a Venezuela, sin llamar a la violencia” —cosa que nosotros le recomendamos a él.  Pero, al mismo tiempo, seguía vomitando infundios en contra de quienes sabemos que él no tiene el equipaje mental, ni el equipo humano, para sacar a Venezuela de la crisis en la que la irresponsabilidad de ellos la han zampado durante estos catorce años.

Por eso, también, seguiremos diciendo nuestras verdades, así vayan a contrapelo con la realidad panglosiana que nos intentan pintar…