domingo, 20 de octubre de 2013

Perfidia


Conversando recientemente con un querido amigo, este empleó una palabra que, aunque es bien conocida, poco es empleada en el lenguaje diario.  Pero que creo que viene como anillo al dedo para definir la circunstancia nacional actual: “perfidia”.  Los venezolanos usamos la palabra apenas cuando cantamos el viejo bolero que lleva ese título y cuya letra empieza con: “Nadie comprende lo que sufro yo, canto pues ya no puedo sollozar.  Solo, temblando de ansiedad estoy…”  Se me ocurre que también esos versos suenan a realidad venezolana: nos consolamos de la dura situación resignándonos, evadiendo la verdad, haciendo chistes; ¡canturreando, pues!

El amigo, Federico Fuentes la empleó para calificar a lo que hacen los jerarcas actuales que, sin aprobar satisfactoriamente lo del manejo de la Hacienda Pública en estos largos quince años, sobreviven hipotecando el país a potencias extrajeras, las cuales exigen cada vez más.  También cubrió con el término derivado, “pérfidos” a los áulicos que hacen loas porque el régimen (no la nación) tendrá dinero fresco para seguir malbaratándolo entre sus clientes, sin nada de transparencia y sin poder mostrar avances en el desarrollo del país.  Esos soslayan la realidad: estamos encadenados a los chinos con préstamos sobre préstamos, los cuales hacen que nuestros tataranietos, sin haber nacido, ya estén graduados de deudores.  No está de más recordar que los de los ojos rasgados no son ningunas monjitas de la caridad en lo que a negocios se refiere.  No en balde tienen más de treinta siglos en eso, en prestar y cobrar intereses.

Tampoco está de sobra recordarles a esos que se alegran y tiran cohetes porque Girafales fue nuevamente a mendigar, dejando en prenda más riquezas del subsuelo venezolano, cuál es el significado de la palabra usada por Federico.  Según el mataburros, “perfidia” es: “Deslealtad, traición o quebrantamiento de la fe debida”.  Por lo que “pérfido”, en consecuencia, es aquél que es desleal, traidor, que falta a la fe que debe.  Eso de cometer discursos ante la masa ignara, haciendo ver que el tipo busca rellenar las arcas para poder seguir proporcionándoles “misiones”  (“canonjías” sería mejor término), es una canallada política y una torpeza moral, no importa como la disfracen.  Recurren a más préstamos y a ese tipo de discursos porque se ven perdidos en las venideras elecciones y necesitan correr la arruga hasta el año que viene; nada más.

Pero la perfidia también ocurre en otros campos del proceder gubernamental.  Por ejemplo, cuando se recurre a los manidos argumentos —copiados del difunto— de: “me quieren matar” y “están fraguando un golpe”.  Ante esos “argumentos”, tendemos a contestar con un encogimiento de hombros y un “ahora, cuéntame una de vaqueros”.  Pocos se dan cuenta de la bellaquería de esas afirmaciones; porque, además de emponzoñar a los de mentes más lábiles, para poder justificar sus asertos, tienen que inventar “asesinos” y “golpistas”, pobres venezolanos a quienes ponen presos sin razón ni justicia.  Sumados, todos los intentos de magnicidio reportados —uso la palabra con repugnancia, porque el padre y el hijo nada de magnos tienen— son más que los alegados por Fidel en su más de medio siglo de tiranía.  Alguien, por “Aporrea” dejó claro que ni los rojos les creen: “La afirmación que ustedes hacen es una necedad incomprensible para los que conocemos la historia de nuestro país (…) están haciendo el papel de tontos con esa afirmación tan descabellada tan solo para complacer a los que tienen ese jueguito dentro del gobierno (…) están quedando muy mal parados con su militancia (…) el mismo gobierno se está dando un auto golpe (…) se lo está dando al pueblo cuando va a los expendios (…) y no consigue nada. Y cuando los consigue tienen que hacer larguísimas colas para obtenerlo. (…) Este es el verdadero golpe camaradas y se lo está dando el gobierno al pueblo”.

Perfidia es lo que comete la fosforito al negociar —al borde de una cama, por cierto— con los pranes de las cárceles: con el “Mocho Edwin”, por ejemplo, concierta el hacerse la desentendida por los asesinatos que este cometió.  La muy infame, al afirmar con descaro que lo que sucede en los penales es culpa de “la herencia maldita que nos dejó la Cuarta República”, trata de salirse por la tangente y obvia que ya tienen desmandando el equivalente de tres períodos presidenciales de los de antes…

Perfidia es que el Inmaduro haya visitado oficialmente a Guyana cuando ya era del conocimiento público que ese país había dado concesiones petroleras en las aguas que están en contención con Venezuela por la zona en reclamación.  Y para “más piol” sale a declarar que lo del diferendo no tenía razón de ser porque era solo causado por unos “intrigantes”.  Les dio a los guyaneses, en bandeja de plata, razones para un “estoppel”. 

También es perfidia que algunos de los asesinos que actuaron en la masacre de El Encanto hayan formado parte del régimen actual Y que los restos de algunos de ellos hasta hayan recibido homenaje en el Salón Elíptico.  Lo recuerdo hoy porque esta semana se cumplen 50 años de ese asesinato múltiple.  Para los de mala memoria, les refresco que ocurrió cuando un comando comunista ejecutó a cinco guardias nacionales cuyo único pecado era ir dando protección a las familias que iban de excursión a ese parque.

Si lo todo anterior no es traición a la patria, se le parece bastante…

Lacrimosa

Hace algunos días, el noticiero nos trajo, la imagen, las palabras y los sollozos de una madre que, en la puerta de la morgue, esperaba el cadáver de su hijo, otro asesinado más en la espiral ascendente de violencia que amenaza con acabar con Venezuela.  Narraba —con esa mezcla de impotencia, dolor y rabia que ya es frecuente ver en otros deudos que hacen la misma dolorosa cola delante del tanatorio— que se lo habían matado malamente (como si hubiese otra manera de ser matado) para quitarle el dinero cuando regresaba al cerro luego del trabajo; que era bueno y que no tenía vicios; que deja una hijita recién nacida; que era quien la ayudaba para poder comer y vivir.  Las lágrimas que le corrían abundantemente a la doliente, me hicieron recordar unos versos de “La Dolorosa”, una zarzuela de José Serrano.  Son aquellos en los que, Rafael, el protagonista narra acerca de otra madre, la Virgen María, que va hacia el lugar donde se encuentra su hijo muerto: “Por un sendero solitario, la Virgen Madre sube. Camina, y en su cara morena —flor de azucena que ha perdido el color—, y en su pecho lacerado, se han clavado las espinas del dolor.  Su cuerpo vacilante se dobla al peso de la pena, pero sigue adelante (…) Mujer y madre, de todo el mundo lo más sagrado (…) Y llora su callado tormento por un lamento que no puede vencer.  Es el grito desgarrado, arrancado a su parte de mujer…”

Las imágenes de la televisión y la descripción que hace Rafael de María subiendo hacia el Calvario me pusieron el alma chiquitica porque sufrir la tragedia de perder un hijo —Dios me libre— debe ser el dolor superlativo.  Eso es lo que me han hecho saber, más de una vez, las madres de entre mi familia y mis amistades que han sufrido esa calamidad.  El estado de ánimo en el que estaba me llevó a poner la “Misa de Requiem” de Verdi en el tocadiscos.  Lo que buscaba, aparte de recobrar la calma emocional que se me había alterado, era dedicarle a la llorosa madre una de las partes, la “Lacrimosa”, para que llegue a entender que Dios, como es justo, ha de complacer la plegaria “Huic ergo parce, Deus, pie Jesu Domine, dona eis requiem” (Así que ten piedad, Dios, con él; compasivo Señor Jesús, otórgale el descanso) y ya lo tenga en Su seno. 

Pero también quisiera que para con los asesinos —y especialmente para con quienes han dejado que el estado de cosas relacionadas con la inseguridad haya llegado a esta deplorable situación— el Señor cumpla con lo que sigue más adelante en el “Dies iræ”: Quantus tremor est futurus, quando iudex est venturus, cuncta stricte discussurus!”  (¡Cuánto terror habrá en el futuro cuando el juez venga a juzgar todo estrictamente!)  Porque no pueden irse lisos a gozar en islas paradisíacas de sus fortunas mal habidas —ya que irse para Cuba, a sufrir peores estrecheces que las que sobrellevamos aquí, no está entre sus planes; ¡ni locos que fueran!  Tienen que pagar su insensibilidad ante las lágrimas de miles y miles de madres, sus latrocinios que hicieron que tantos y tantos venezolanos hubiesen tenido que meterse a malandros y asesinos porque nunca fueron instruidos en el trabajo y el civismo; su ineptitud criminal,  que no los dejó implementar no uno solo de los más de veinte “planes de seguridad” que ofrecieron.

Todos le estamos debiendo una muerte a Dios, según explica uno de los personales shakesperianos; pero uno debe pagar cuando le toca, no cuando un malandro —aprovechándose de la incuria oficialista— decida.  Que fue lo que le pasó al humilde muchacho del barrio que yacía entre muchos otros en Bello Monte.  En todo caso, no está de más que recemos —ahora no en provecho de la madre ni del muchacho, sino en el nuestro — otro pedacito del “Réquiem”: “Ingemisco Ingemisco tanquam reus; culpa rubet vultus meus; supplicanti parce, Deus”. (Gimo, gimo como pecador;  la culpabilidad me hace enrojecer la cara; suplicante te ruego, sálvame, Dios).

No solo Verdi compuso una magnífica misa de difuntos;  otros músicos notables —vienen a mi mente Mozart  y Berlioz— también nos regalaron hermosísimas composiciones en ese estilo.  Casi todas tienen en común la letra; porque se apegaron estrictamente a los textos de la liturgia católica para ese tipo de conmemoraciones.  Una excepción fue Brahms; en su “Réquiem Alemán” dejo de lado la tradición ritual y empleó solo contenidos del Nuevo Testamento.  Lo que quería era no tanto expresar duelo, manifestar dolor de haber pecado y hacer solicitudes del perdón  sino llevarle consuelo a los dolientes.  Las frases que a mí me dan más aliento  son las que saca de la Primera Epístola de Pablo a los Corintios: “…cuando este cuerpo mortal haya sido revestido de inmortalidad, se cumplirá la palabra que está escrita: la muerte ha sido devorada por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿do, oh sepulcro, tu triunfo?”

martes, 10 de septiembre de 2013

¿Qué es más noble para el alma…?

El tipo no me convenció.  Y creo que puedo arrogarme la representación de casi todos los que estábamos en la conferencia y decir: no nos convenció.  Me refiero a Rick Rockwell, director de la Escuela de Comunicación de la American University de Washington, quien fuese invitado por “El Carabobeño” (diario en el cual me inicié como escribidor en el ya lejano 1986) para que —como parte de los actos celebratorios de los primeros 80 años de ese rotativo— disertase sobre la libertad de expresión en Latinoamérica.  Todos concordamos con sus tesis de que la principal tarea y el deber esencial de un periodista es buscar la verdad y reportarla sin cortapisas; que los mandatarios tienen una tendencia a querer conculcar la libertad de expresión para poder actuar por la libre, sobre todo cuando los otros poderes públicos se doblegan al Ejecutivo: porque así se obvia de hecho los frenos y contrapesos tipificados en la Constitución; que cuando eso sucede, se crea un desequilibrio en la sociedad que impide que las opiniones que le son molestas sean aireadas.

En sí, la conferencia no estuvo mala.  Y hasta llegó a ser brillante en algunos momentos.  Fue en el período posterior de preguntas cuando falló.  ¡Que se volvió un torero, pues!  Las respuestas eran de cajón.  Y una cosa era lo que uno preguntaba y otra la que él contestaba.  Agravado esto porque a él le antecedió una periodista venezolana, María Engracia Chirinos, quien a nombre de la asociación “Prensa y Sociedad de Venezuela” nos bombardeó con estadísticas que demuestran las muchas obstrucciones que los del régimen ponen al trabajo periodístico: la limitación de la cobertura de asuntos oficiales, la negación de dar informaciones que son del interés público y que, de acuerdo a la Ley, no son de las consideradas como reservadas, las descaradas intimidaciones por parte de funcionarios de inteligencia, cuando no las desfachatadas agresiones realizadas por matones a sueldo.  Es tan grave la cosa, que en los ocho primeros meses de este año, el organismo que ella representa contabilizó 205 violaciones a la libertad de expresión en el país.  Lo que implica una al día en promedio.  Ese guarismo implica un incremento de 78% al compararlo con todo el 2012, que finalizó con 200 casos.  Y eso, sin contabilizar los casos de censura provenientes de decisiones judiciales que contravienen a la Constitución, ni las presiones —vía obstrucción para adquirir papel o negación de pautas publicitarias— para que se cierren los espacios que permiten a los ciudadanos ejercer la denuncia y la crítica.

Ni con eso, el invitado nos dio las respuestas que estábamos esperando todos los que preguntamos.  Seguía persistiendo en que la solución estaba en establecer un diálogo con las autoridades —a pesar de que más de una vez se le explicó que el régimen se niega a dialogar, punto.

Yo era del criterio de que actuaba así para no poner a los anfitriones en un aprieto.  Hasta que alguien más perspicaz que yo me hizo recordar que en las palabras introductorias —cuando daba las gracias a la gente que ayudó para que él pudiera venir y disertar— agradeció al “gobierno de Venezuela”.  Me imagino que la solución de la charada pasó por algo que sucede con alguna frecuencia en Maiquetía: que una autoridad lo "persuadió" para que evitara la polémica en sus presentaciones y no se “extralimitara” en sus afirmaciones; no fuera que, cuando intentase salir, le pusieran inconvenientes para su regreso al hogar.  Pero eso es pura elucubración mía...

La pregunta que le hice estaba referida a la postura de ciertos medios, que se autocensuran para evitarse problemas con el régimen.  Que solo corren la arruga, porque tarde o temprano —si los dejamos— estaremos igualitos a Cuba, con un solo periódico.  Que la gente compra, más que todo por la escasez de papel tualet.  En la argumentación previa a mi consulta, le recordé aquello que recita Hamlet en el soliloquio del acto tercero; el que todo el mundo refiere como: “Ser o no ser, esa es la cuestión”, pero que pocos recuerdan como sigue.  En mi traducción ramplona queda como: “¿Qué es más noble para el alma, sufrir los golpes y las flechas de la injusta fortuna o rebelarse contra un mar de adversidades y, oponiéndose, desaparecer con ellas?”  Ni por esas; míster Rockwell se fue por la tangente.  Fue tan elusivo que (transcribo un reportaje que apareció al día siguiente en el mismo diario: “El ponente evitó referirse a la situación de la libertad de expresión en Venezuela (…) Esta excusa hizo que buena parte de las personalidades asistentes se convirtieran en ponentes del foro y expusieran puntos de vista sobre la preocupante situación que tienen, en estos momentos, los medios de comunicación (…) Rockwell escuchó detenidamente y tomó nota, como el buen periodista que es”...

Mientras, sigo esperando que alguien me proporcione una respuesta al dilema shakesperiano.  Que no es fácil, lo reconozco; tanto, que ni el mismo Hamlet lo dilucidó…

Tres hermanicas eran…

Tengo un disco con canciones en ladino que entonaban los judíos sefardíes por los años en que fueron expulsados de España por los Reyes Católicos.  Una de las cántigas que más me gusta narra la historia de tres hermanas.  Les transcribo parte de la letra manteniendo la ortografía de la época, pero poniendo tildes para facilitar la comprensión: “Tres hermanicas eran, blancas de roz, ¡ay!, ramas de flor. / Tres hermanicas eran, tres hermanicas son.  /Las dos eran cazadas, / la una se desperdió. / Su padre con verguensa, / A Rodes L'anbió. / En medio del camino, / castillo le fraguó, / de piedrica menuda, / de torre y mirador…”  Puesto en lenguaje actual, eran tres hermanas muy bellas, con el cutis blanco como el arroz; dos de ellas consiguieron marido y una “metió la pata” (como decían las señoras de antes).  El padre, avergonzado, la envió al destierro en Rodas, a un castillo fuera de la ciudad.  La canción termina con un desenlace feliz: “Por allí pasó un caballero, tres besicos le dio. / Uno de cada cara, y uno en el corazón. / En el besico de alcabo, la nina se despertó. / ‘Si mi amo lo sabe, matada era yo, / matada con un palo, que dos no quero yo’. / ‘No vos matan, bolisa, que vuestro amor soy yo’".  Vale decir, la joven, que se había quedado dormida con el rumor de una fuente, fue despertada con el último de tres besos — dos en las mejillas y uno en la boca— que le dio un gentilhombre que pasaba por ahí.  Ella le dice que si el castellano se enterase, la iba a matar a palos.  Pero el caballero la tranquiliza anunciándole que ha sido rescatada por el amor.

La versión que tengo, es la cantada por Yehoram Gaon, uno de los más reconocidos cantantes de Israel.  Los interesados en escuchar su versión (aunque no la canta completa) entren en: http://bit.ly/19Z0ZF9.

Pero ya está bueno de introito.  Lo que quería comentar, basado en el comienzo de la cántiga, es cuán diferentes han resultado los logros de los tres países que alguna vez formaron lo que se ha dado en llamar la Gran Colombia.  Revisándolos por donde se busque —por lo social, lo económico, lo educativo; ¡por lo que sea!—, hay dos países que han echado para adelante y uno, el nuestro, que “se desperdió”.

En Ecuador, el presidente —que está chingo de las ganas de heredar el liderazgo que tuvieron Fidel y el comandante eterno que se murió— no es bolsa.  Despotrica contra el imperio, pero mantiene la economía dolarizada; le tuerce el brazo a los medios de comunicación nativos, pero logra mantener el flujo de inversiones extranjeras hacia su país; ofrenda lip service al dizque socialismo del siglo XXI, pero mantiene bien aceitados los engranajes del capitalismo, no ha permitido que se rebaje la calidad de la educación, busca sus ministros de entre gente capaz e instruida, y se asegura de que las instituciones funcionen bajo parámetros de eficiencia.  Porque el tipo no es un mero chofer de autobús glorificado, sino un economista con posgrado en Lovaina.  Y sabe que no puede pegarse un tiro en un pie.  A mí, el tipo no me cae nada bien, pero debo reconocer que la gente lo vota porque tiene obra que mostrar.

Colombia, a pesar de los muertos, los lisiados y las desdichas que ha dejado la guerra que la ha asolado por más de medio siglo; de los palos en las ruedas metidos por algunos políticos egoístas que valoran más su ego que el bien de la nación; de los funcionarios infiltrados por las FARC en las instituciones para que “tiren la burra pa’l monte”;  de los paros que recientemente han surgido —en mucho por las instigaciones del Foro de Sao Paulo, la mano siniestra de los cubanos y los “apoyos” venezolanos que reciben la impía Córdova y sus muchachos—, ese país y esa nación siguen echando para adelante.  Porque tienen siglos de tradición como trabajadores denodados, gozan de instituciones académicas de mucho lustre, mantienen un plantel de funcionarios bien entrenados y adecuados al tamaño del Estado, y respetan las instituciones públicas y la propiedad privada.  Por eso, ya han llegado a ser exportadores de petróleo y se dan el lujo de vendernos gas y electricidad (cuando lo usual era lo contrario);  mantienen relaciones amistosas con los países serios del mundo; tienen de socios comerciales a las surgentes potencias de Hispanoamérica; firman sin empacho tratados comerciales con las naciones más poderosas; y, en fin, miran al futuro con tranquilidad.  Porque han entendido que eso de formar patria no puede ser solo cosa de eslóganes sino de meter el hombro decididamente.

¡Y nosotros, pa’tras!  Nunca fuimos muy trabajadores, siempre nos gustó recostarnos del erario, crónicamente sufrimos de la corrupción y la ineptitud de los mandatarios; pero nunca como ahora.  Desde hace quince años, la oclocracia descrita por Nelson Maica y la ignorantocracia mencionada por Quirós Corradi están matando al país.  ¿Habrá que esperar a que llegue un caballero?



martes, 27 de agosto de 2013

Sufren de halitosis del intelecto

Llego tarde al comentario, lo sé; es que la cloaca se reventó el martes pasado, exactamente el día en que salen mis artículos.  Pero no puedo dejar de glosar lo de la bochornosa sesión de la asamblea nacional (minúsculas ex profeso), lugar en el cual pareciera haber un torneo para probar cuán bajo se puede llegar para defender al régimen.  Desde que el difunto impuso el estilo de matón de barrio en las actuaciones públicas, las intervenciones de los rojos —que no pasan de ser malos imitadores, Nicky incluido— son, mayormente, escatológicas; la coprolalia es lo que abunda.

Que nadie se equivoque, lo que pasó no fue un producto de la emoción en el debate: estaba planificado así.  La prueba es la aparición de “Ojitos Bellos”, días antes, invitando por los medios a no perderse la sesión de marras.  Lo que se buscaba era causar el mayor escándalo posible para servir de mampara que tapase el desastre en el cual ellos han zampado al país.  Que no es solo económico, con anaqueles vacíos y contenedores pudriéndose, sino que trasciende hacia lo social, con sus miles de asesinatos (algunos de ellos ejecutados por uniformados), con sus hospitales colapsados, con la infraestructura vuelta flecos.

Y pensaban que lo podrían lograr si ponían al rey de la descalificación y el denuesto a vomitar infundios tabernarios, viles, en el hemiciclo; lugar que en el pasado escuchó argumentaciones dignas, por más pugnaz que fuese la discusión.  Donde alguna vez se escuchó a Andrés Eloy, Úslar, Jóvito, Calvani y Machado —por poner solo uno de cada tendencia— ahora desbarran y dicen sandeces unos gaznápiros que sufren de “halitosis del intelecto.  Eso, presumiendo que tuviesen cerebro”, para usar las famosas frases de Harold Ickes.  Encomendar a Pedro Carroña esa diligencia era una garantía para ellos de que los niveles de bajeza iban a estar por debajo de los del Mar Muerto.  Es el colmo de la desfachatez y la descortesía poner a la misma persona con pasado dudoso, que negó lo de Montesinos, que afirmó lo de Direct TV como instrumento de voyeurismo, que falseó pruebas en lo de Mardo, a que ahora venga a calumniar a figuras destacadas que se les oponen políticamente.  Y lo hace con su cara muy lavada, con sus zapaticos de Gucci, sus corbatas de Hermes y sus trajes de Armani para añadir oprobio a la injuria.

Poner a Cabello y a Carroña como adalides de la decencia administrativa es por lo menos un oxímoron. Y hasta una antinomia.  Ambos han dado demostraciones más que descaradas de boyancia económica desde su figuración en el régimen.  Y que se relievan aún más si se tiene presente que ambos provienen de humildes hogares provincianos y que sus carreras quedaron truncadas después de las asonadas del año 92, en las que fueron partícipes, con las que intentaban dar traste a la constitucional y que causaron centenares de muertes.  Ambos todavía tienen asuntos pendientes —aunque la fiscala alcahueta tiene archivadas las denuncias.  El uno, lo de sus trapicheos en la Gobernación de Miranda; el otro —famoso por sus derroches y mal gusto cursi—, por lo del negociado con las cédulas “made in Cuba”.  Esas dos causas, como mínimo…

La jugada la ven clarita hasta los más obcecados y simples de mente de los psuvistas —creo que entro en un pleonasmo aquí.  Lo que se intenta es disminuir la paliza que van a recibir el 8-D.  Y la ejecutan a pesar de que está llena de contradicciones.  ¿Cómo es eso que se acusa de corrupción a quienes —por estar precisamente en la oposición— no han manejado fondos públicos en estos infames y largos quince años?  Ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.  Acusan a Caldera por recibir dinero de un particular para una campaña —que parece que no es delito, y que todos los políticos pasados y presentes han recibido— pero nunca dijeron nada de lo que ha sucedido dentro del régimen, empezando por los millones que un banco español le dio —durante la campaña y luego de recibir el cargo— al comandante eterno que falleció , siguiendo con los latrocinios tipo Plan Bolívar 2000 y llegando a las “discrecionalidades” con las que se manejan los fondos chinos, los dineros de Pdvsa, las compras de sistemas de armas y las “triangulaciones” con Cuba.

Para hacer creer que lo del combate a la corrupción va en serio, inventaron su versión moderna del chinito de Recadi y capturaron a unas sardinitas; pero los tiburones todavía andan por la libre.  Y nada les pasará porque los diputados que hacen mayoría —tan ineficientes como bocas-de-cloaca— tienen una mora en la elección de un nuevo contralor que reemplace al Ruffián (más de dos años), los magistrados del TSJ y los rectores del CNE.  ¿Para qué, si los que tienen ahora les complacen en todas sus marramuncias?  Y más: son sus cómplices en sus planes de entronización del despotismo, el envilecimiento social y la negación de las realidades económica y social...

Una Constituyente no solucionaría…


Muchas cosas no me gustan de la Constitución vigente, empezando por el nombre.  Pero, sobre todo, dos aspectos de ella me son especialmente chocantes: el infame español en el que está escrita y las excesivas competencias que se le conceden a la Presidencia de la República.  Me tranquiliza que bastante critiqué ambas cosas en mis escritos desde el momento en que conocí el primer borrador.  Y me mantengo en eso hasta el día de hoy.  Que no soluciona nada, pero que me ayuda a disolver la rabia con “a” que me da.

Lo primero —aunque lo reconozco como meramente adjetivo— lo perpetraron (empleo bien el verbo) los kinotuyentes para intentar ganarse la buena voluntad de unas cuantas feministas —que, son de lo menos femenino que yo haya visto.  Así se llegó a un lenguaje que intentaba ser anti-sexista pero que resultó hermafrodita y hasta con visos marimachistas.  La resultante es un texto fastidioso para estudiar, incómodo para entender y a contramano del buen decir.  Tanto que critican al imperio y hasta en esa zoncería anti-machista lo imitan.  En todas las lenguas romances existe la posibilidad de referirse a colectivos mixtos a través del género gramatical masculino.  Pero eso, que es normal en español, catalán, portugués, francés e italiano (me imagino que en rumano, también), pareciera ofender a algunas que no les gustan “los miembros” y prefieren “las miembras”.

Lo segundo —que es sustantivo y por tanto fundamental—, es lo referido al exceso de competencias que se le autoriza al Ejecutivo Nacional.  Y que desde el mismo primer día de vigencia, Elke Tekonté creyó que eran prerrogativas imperiales que se le concedían.  Quien le sigue —y que es tan estulto que hasta de “millonas” habla— sigue por el mismo cauce.  La única diferencia con su papá barinés —porque parece que tiene otros dos: uno cubano y otro colombiano— es que no está en la posibilidad de dictar leyes a la medida por la vía habilitante.  Pero, ¡para lo que le importa!; sigue teniendo las mismas áulicas (aquí sí hay que hacer énfasis en el género) en los mismos poderes públicos que tenía el de cuius. Las cuales se encargarán de convertir en trajes a la medida lo que no pasa de ser prêt-à-porter.

Vistos los muchos abusos que —pertrechados con esas facultades absolutas que se le concedieron al Ejecutivo— han sido cometidos a lo largo de estos horribles quince años (tres presidencias de las de antes, que no se nos olvide), algunas personas bienintencionadas han llegado a la conclusión de que lo que hay que hacer es arrancar desde cero nuevamente.  Y que, por tanto, hay que convocar a una Asamblea Constituyente.

Les confieso que a eso, yo le tengo mucho miedo; probablemente, eso no sirva sino para "tirar la burra pa'l monte".  Por varias razones que quedarán patentes si nos tomamos la molestia de recordar el pasado reciente y rememorar cómo se configuró la Constituyente del 99.  En esa oportunidad, el régimen que la auspiciaba olvidó, voluntariamente, que una Constitución es un pacto que debe armonizar las diferentes formas de pensar de una comunidad y, por tanto, que facilite su aceptación de buen grado por la mayoría.  Para el logro de sus fines furtivos e imponer una visión sesgada de país, cocinaron un sistema por el cual, con el 52 por ciento de los votos, se apropiaron de casi todos los escaños, dejando solo seis para los que pensaran diferente.  El texto resultante no fue más radical porque entre esos seis había más lucidez en lo que a filosofía del derecho y a derecho constitucional se refiere que en la sumatoria de todas las mentes de los demás asambleístas.  ¿Quién puede dudar que con todo el dinero que tienen los gobierneros —que ya sabemos de sobra que emplean sin escrúpulos para obtener ventajas políticas— y con el hambre y la miseria que han sembrado en las masas, lo que las hace más proclives a ser compradas, no vayan a repetir la jugada del 99?  Pero en esta oportunidad, ampliada y perfeccionada con la asesoría de sus colonizadores cubanos…

Abrir un proceso constituyente, además de erizar más a los dos sectores en que está dividida la nación, serviría para conferirle una cierta estabilidad al tambaleante Mientras-tanto, quien se beneficiaría de la distracción creada pues le permitiría escurrir el bulto en lo que a las incapacidades, ladronismos y escaseces que lo minan y que no sabe resolver.  Y, “más piol”, pudiera darles alas a los rojos más radicales para tirar por la borda el disfraz de demócratas con el que se revisten y llevarnos, de una, al “paraíso cubano”…

A la Constitución hay que hacerle cambios, pero mejor sería si se logra paulatinamente, por medio de reformas progresivas.  Al mismo tiempo —empleo palabras del padre Ugalde en su escrito más reciente— se debe “eliminar el contrabando totalitario que se metió por vía de la Habilitante”. 

En todo caso, y si creen que se debe seguir discutiendo el tema, mejor lo dejamos para después del 8-D…

Caesar non supra grammaticos

Eso fue lo que me vino a la mente después de leer el reciente artículo de Alexis Márquez Rodríguez, quien del idioma sabe mucho, y que tituló: “Lenguaje inmaduro”.  En él, el profesor Márquez critica la forma como hablamos el castellano en Venezuela, sugiere que estamos desolándolo, lo que nos lleva hacia el caló y la jerigonza.  Señala que todos debiésemos tender hacia la corrección idiomática, pero que tal obligación es primordial entre los de la clase política porque “es lenguaje, es palabra. En particular en la más alta expresión política, que es el arte de gobernar”.  Y dice más: “Lo primero que en tal sentido debe saber el gobernante es que en materia de lenguaje una cosa es ser dirigente en la brega por el poder, y otra ser gobernante. El dirigente emplea necesariamente un lenguaje mitinesco, del cual debe olvidarse el gobernante una vez que asume el ejercicio del poder”.

Pero eso sería como pedir peras al “horno”, como dijo varias veces el tipo aquel.  Primero, porque ellos no saben (ni quieren) gobernar y por eso se limitan a mandar.  Y, segundo, porque dentro del régimen pululan los áulicos y que, así como celebraban cualquier sandez que se originara en la verruga del difunto, ahora exaltan y festejan lo que sale de debajo del bigote —casi todo safio y en lenguaje perdonavidas.   

Por palacio —y en la calle, porque este dizque es un gobierno de ídem— está haciendo falta el anciano senador romano que, según Suetonio, recriminó a Tiberio cuando pronunció un discurso de manera “desembarazada”.  Después de la metida de pata, ¡zas! saltaron unos cortesanos a “traducir” lo dicho y a justificar que no podía haber falta porque había sido el emperador quien había hablado —es que la profesión de enmendador de las metidas pata del jefe es muy antigua, no se originó con José Temiente.  Fue cuando el senador salió en defensa de los valores y el respeto tradicionales a la ciudad y el foro: “Tu enim, Caesar, civitatem dare potes hominibus; verba, non potes.”  (Tú César, puedes hasta dar la ciudadanía a un hombre; pero a las palabras no puedes). Por una razón que a lo mejor se les hace difícil de entender a los rojos, pero que no por eso deja de ser verdad: Caesar non supra grammaticos.  Las palabras tienen su significado, y no el que cada mandatario se le ocurra inventar.  De permitir que cada uno de ellos haga lo que se le venga en gana, devendríamos en una moderna Torre de Babel.

Ya en el siglo XVI, Milton, el de Paraíso Perdido, nos explicaba que “cuando el idioma en el uso común en cualquier país se hace irregular y depravado, lo que sigue es la ruina y degradación de éste”. Verdad que sigue vigente.  En nuestro suelo se ha ido perdiendo el buen decir —que no es que haya sido muy bueno nunca—, en mucho, por la imitación de lo que se originaba en “Aló, presidente”: burradas en lo político, lo económico y lo léxico.  Fue el finado quien irrespetó de primero a la Constitución.  Tanto al violarla al apenas nacer como por apodarla “la bicha”.  Aquellos polvos trajeron estos lodos: el ilegítimo actual, que no pasa de ser un mal imitador del otro, no tiene un buen dominio del idioma.  En lo único que se le parece es en lo extenso, lo frecuente y lo mal hilvanado de sus divagaciones.  Y si eso es en el cogollo del régimen, más abajo, los apparátchiki, (bien escasitos de seso la mayoría de ellos) imitan a sus líderes.  Uno no sabe cómo es que los escogen para los cargos, y teme que dentro de poco designen para un ministerio a aquel abogado que dijo varias veces por televisión: “disulidar” en vez de “dilucidar”.   Esos funcionarios —entecos de alma y cortos de luces, pero con grandes “miras utilitarias”— están acabando con Venezuela por su ineptitud y estulticia, por su avidez corrupta y por el deplorable “indioma” que emplean.

En 1934, en el que fue su último artículo, Ortega y Gasset titulaba: “En nombre de la nación, claridad”, y decía: “Nada es más arriesgado que la confusión, el no tomar en serio la estructura de la realidad, el creer que se la puede tomar cada uno a su antojo, sin respeto a lo que las cosas son. Este error se paga siempre con el fracaso, que a veces no se limita al que lo comete, sino que arrastra al conjunto de un país. Si se repasa con alguna agudeza y con rigor (…) se ve hasta qué punto los desastres sobrevenidos (…) han tenido como causa principal y casi única errores intelectuales fácilmente comprobables y que se hubieran podido evitar”.

De eso se trata, todavía, hoy, en Venezuela: de no confundir las cosas.  Lo más grave de esta falta de claridad por parte de los detentores del poder hace que soslayen lo importante porque están muy ocupados en tratar de revivir una ideología ya muerta; en confiar en los consejos de una nomenklatura extranjera que no logró crear prosperidad entre los suyos después de medio siglo de mando absoluto; en privilegiar la “lealtad al líder”, antes que la capacidad, para las designaciones a los cargos; y en creer que ellos tienen el monopolio del patriotismo y que los que se les oponen solo son una cuerda de vende-patrias.