martes, 26 de julio de 2011

El poder de la invectiva

Era abril de 1960. El general castro León, con la connivencia del comandante de la guarnición, entró en Venezuela y capitaneó desde San Cristóbal una de las muchas asonadas cuarteleras que tuvo que enfrentar la naciente democracia. Al día siguiente, cuando el comandante y los oficiales del Destacamento 12 de la Guardia Nacional llegamos a la conclusión de que el momento táctico iba a ser propicio porque ya se percibía la dispersión de las unidades insurrectas y la pérdida de la iniciativa por parte de Castro León, decidimos pasar a la contraofensiva y luego de alguna “dialéctica de las armas”, para ponerlo en palabras de Raymond Aron, pudimos retomar el cuartel Bolívar —que había servido de puesto de mando de los golpistas. Desarmamos e hicimos prisioneros a los oficiales y soldados que se encontraban dentro, tomamos contacto con las autoridades civiles, los invitamos al cuartel, e informamos al gobierno nacional y a los altos mandos que había cesado la sedición y que la ciudad estaba tranquila.



Esto último fue verdaderamente difícil por un par de razones: el estado primitivo de las comunicaciones (en esos años las unidades se comunicaban sólo por radiotelegrafía) y el ataque de nervios y pataleta sufridos por el suboficial encargado de las transmisiones —una de las personas más cobardes que yo haya visto— quien era el único que sabía utilizar el código Morse. Total, que sólo pasado el mediodía fue que se pudo hablar con Caracas por medio de un radio red en SSB —un tremendo adelanto para esos días— que comunicaba la cárcel de la ciudad con el MRI. Se informó que ya todas las autoridades civiles y militares estaban en el cuartel. Y hasta eclesiásticas: el obispo, Monseñor Fernández Feo, fue el primero en llegar. El último, por cierto, fue el gobernador del Estado, Ceferino Medina, a quien hubo que sacar casi con fuerza física del colegio en Táriba donde se había escondido.



Estando ya todos a “libre plática”, como dicen los marinos, observamos volando muy alto a dos “Canberras” de la Fuerza Aérea. Estos, luego de dar dos vueltas por sobre la ciudad, se clavaron en picada y entraron en lo que se percibía como un claro plan de ataque. Los oficiales reaccionamos, les gritamos a los soldados que estaban prisioneros en el centro del patio y a sus guardianes que se refugiaran bajo techo y todos buscamos protección de los disparos que empezaron a llover. Todos, menos uno, el teniente Nieto Serrano, que se quedó en el medio de la explanada batiendo sus brazos para decirle que no a la escuadrilla atacante. Para mí, Nieto es una de las personas más valientes y decididas que he conocido —independientemente de que algún tiempo después hubo que darlo de baja por algunas “preferencias sexuales” que empezó a mostrar. Resistió las primeras ráfagas de los cuatro cañones de 20 mm de ambos aviones y la segunda del primer atacante. Y no le pasó nada. Mientras que varios soldados refugiados tras los gruesos muros sufrieron heridas. Ninguno murió, gracias a Dios.



Cuando el segundo avión empezaba a realizar su segundo ataque, de repente, levantó la nariz, entró en formación con su compañero y ambos pasaron por encima de nosotros en vuelo recto y nivelado, a mucho menos velocidad, y moviendo las alas como saludando o presentando disculpas. Y se perdieron en el horizonte. Debe ser que segundos antes sus superiores les ordenaron cesar el ataque porque ya se había retomado el cuartel y la ciudad estaba en paz.



Las mentadas de madre que les lanzamos al verlos ir fueron abundantísimas. No creo que ni el obispo se quedó sin proferir (entre labios, como corresponde a un príncipe de la Iglesia) un “toño-el-amable” que le salía de muy adentro. Todavía hoy, yo estoy convencido que fueron esas invectivas las que hicieron que los motores del Canberra se detuvieran y este se precipitase a tierra por los lados de Yaracuy. El comandante de la escuadrilla, el mayor Buenaventura Vivas, falleció por el impacto. O sea, que las invectivas y los denuestos, cuando tienen un origen justificable, pueden causar daños.



¿Qué por qué eché este cuento? Porque desde esa fecha creo que algunos males tienen un origen metafísico. Como sucede con el prisionero de Fidel, el chuleado por Raúl, el que le entregó su país a Cuba. Eso de tener una docena de años llevando intemperancias y recibiendo mentadas de la autora de sus días —y, sobre todo, ya contraída la enfermedad, eso de tener la certeza de que hay más gente deseando que se muera (aun entre quienes le juran lealtad pero que están con él sólo porque les permite robarse el presupuesto) que personas ansiando su salud— tiene que pegar en lo somático. Es más: debe ser devastador. Sobre todo para alguien tan enamorado de sí mismo como Elke Tekonté…

jueves, 21 de julio de 2011

Del destino y de la decencia


Destino
Si Esteban Dolero fuese un hombre culto pudiera quejarse de su sino con los versos que canta el coro al mero comienzo de la “Carmina Burana” de Orff: “O Fortuna, velut luna statu variabilis” (¡Oh, Fortuna, variable como la Luna!) que, de repente, como por mera diversión, “entristece a los débiles sentidos” puesto que “el poder se derrite como el hielo ante tu presencia”. Pudiera imprecar también con aquella parte que comienza con “Sors immanis et inanis,  rota tu volubilis” (Destino monstruoso y frívolo, eres como una rueda que gira) que hace que la salud sea vana, siempre pudiendo ser “disuelta, eclipsada y velada”. Lamentarse de que “Sors salutis et virtutis michi nunc contraria” (el hado de la salud y de la virtud está en contra mía”. Llorar porque “quod sua michi munera subtrahit rebellis” (los regalos que ella me dio, sediciosamente se los lleva). Pero como su cultura no pasó de leer novelitas de Marcial Lafuente Estefanía mientras cuidaba la cantina del cuartel, su desconsuelo debe adoptar formas más cerriles, sin importar que ahora haya descubierto a Nietzsche con unos cuarenta años de retardo en relación con la edad en la que la mayoría de los estudiantes de bachillerato nos empapábamos de pensadores alemanes.

Lo que le queda ahora es acordarse de que lo que sufre es la consecuencia de creer que se puede ir por la vida actuando como que se va a ser eternamente joven, “implicor et vitiis immemor virtutis, immemor virtutis, magis quam salutis, mortuus in anima” (sumergido en la depravación, despreocupado por la virtud, más ávido del placer que de la salud, muerto en espíritu).


Decencia
Tengo el honor de sentir como amigo a Emilio Ferrero, un excelente profesional, con todos los méritos académicos posibles, que es uno más de esa larga lista de venezolanos bien acreditados que han tenido que emigrar para poder tener una remuneración acorde con su valía. Recientemente, me hizo llegar unas reflexiones acerca de algo que se está como esfumando de entre nosotros: los buenos modales. Sus argumentaciones son tan dicientes que transcribo algunos párrafos de su correo.

Me dice que, por tener que vivir la mayor parte del tiempo fuera de Venezuela se ha hecho “más sensible a algunas características nuestras; también me ha puesto más alerta para notar los cambios en nuestras costumbres, que tal vez al estar siempre aquí había asimilado sin darme cuenta. Por otro lado, el ser un seguidor de los temas relacionados con cultura y calidad de servicio, ha afinado mis sentidos”. Hace notar que “en la mayoría de las panaderías, automercados, y otros comercios similares donde su personal no vende, sólo debe ‘servir’, estos ‘servidores’ se han convertido en unos ilustres ahorradores del idioma” Pone algunos ejemplos: “Cuando voy a pagar (…) el cajero no sólo no da los buenos días sino que a veces ni contesta a los que yo le doy. Sus primeras palabras son: ‘¿Personal o jurídica?’; si cancelo en efectivo, ese intercambio marca el final de la conversación. Si pago con tarjeta, continúa con: ‘¿cédula?’, ‘¿corriente o ahorro?’ y luego, ‘pin’; finalmente, al salir el recibo, siguen las palabras: ‘cédula y teléfono’. Añade que “… el cajero (o la cajera) se las ha ingeniado para omitir el uso de verbos, de la gramática y, me atrevo a decir, del lenguaje mismo. Además, y aún peor, no ha habido la menor señal de cortesía, atención al cliente o interés por la satisfacción de ese cliente”. Y remata con un colmo: “En cuanto a los comercios, estos premian el ahorro. La más ahorrativa de las cajeras del automercado (…), quien una vez llegó a molestarse conmigo porque insistí dos veces que me devolviera el saludo, ¡acaba de ser promovida a jefa de turno!”

Todos sufrimos, Emilio, de esa mengua en la decencia en el trato que debiera estar presente en todas las relaciones interpersonales. Pero, como tú bien lo asientas, los maltratos provienen mayormente de personas que en razón de sus oficios debieran ser más serviciales y atentas: empleados y funcionarios. No se les pide que sean afables, ni siquiera amables; sólo que den demostraciones de urbanidad y educación. Tal vez es que los supervisores no les refuerzan aquello de que “el cliente siempre tiene la razón”, o que hay que —como pregonamos mucho en Carabobo— tratar “con respeto al ciudadano”. Porque es de la conveniencia del negocio o institución. Puede que sea, por el contrario, una reacción contra el patrono por los bajos sueldos que reciben; pero uno no tiene por qué aceptar desmanes o intemperancias. Lo que sí es incontrovertible es que eso es producto de la falta de educación en la familia. La contra tiene que estar en nuestro derroche de comedimiento y cortesía hacia quienes nos intentan rebajar a su nivel. Porque uno tiene el deber cristiano de enseñar con el ejemplo…

martes, 12 de julio de 2011

Manipulación

Hemos sufrido por más de doce años un régimen experto en la manipulación: busca ganancia política en el aprovechamiento de las necesidades de los más pobres; trata de chantajear a todo aquel que no le sea afecto o sumiso y que tenga algo —sea en la cabeza, sea en sus haberes—; comunica sus tendenciosas informaciones en una versión nueva del “newspeak” al que ya hizo referencia Orwell en su profética “Mil novecientos ochenta y cuatro”; y miente con total desparpajo. Pero, por sobre todo, emplea el “duckspeak” (para señalarlo con otra palabra orwelliana); o sea, hablar desde la garganta pero sin que la cabeza haya llevado a cabo su misión de razonar. Debe ser que los padres de esos voceros oficiales nunca les explicaron que “antes de poner a funcionar la lengua hay que encender el cerebro”.



En todo caso, este es un régimen que no construye escuelas, ni carreteras, ni hospitales —mucho menos, casas— sino montañas de palabras. Palabras vomitadas para imponer una actitud mental determinada sobre los blancos de esa desinformación. Hoy en día, bajo las órdenes de los gnomos cubanos de la Sala Situacional, los altos funcionarios disparan generalizaciones falaces sin que se les arrugue la cara. Su problema es que, cuando alguien exige que se le clarifiquen puntos, que se bajen a la dura realidad contable, empiezan a patinar. Los puntos de vista tanto lógicos como reales que les contraponen los aturden. Y comienza el “duckspeak”.  El lenguaje se convierte en  víctima de los intereses oficiales. Sucede que —como explicó un ácido periodista catalán, Toni Soler— “Las palabras son inalterables (…) pero responden a conceptos distintos según quién y cómo las utilice”.



Porque escuchar la palabra “democracia”  dicha por Elke Tekonté, no significa “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, para ponerlo en lincolniano, sino “la concentración en mi par de manazas de todo el poder posible, para luego darle migajas de él a quien a mi me provoque”. O que uno escuche a Escarrá, el peor, pronunciar la palabra “ética”. O que la presidenta del Tribunal de la Suprema Injusticia pontifique acerca de la “justicia”. O que quien dejó la capucha para mangonear en el ministerio de policía farfulle “terrorista”. Palabra que siempre estará para señalar a los del sector que no se deja embelecar con el “newspeak”, sin importan cuán apegado a las leyes y a la civilidad sea esos antagonistas. Todos ellos son vistos como enemigos a los que hay que destruir. Los vándalos de La Piedrita, los Tupamaros otros “colectivos” parecidos que chupan de la teta oficial mientras aterrorizan a las comunidades, para el turquito, son “defensores de la revolución”. La cual, “es pacífica”. ¡Sí, Luis!



Pareciera que, para el régimen, las discusiones no requiriesen argumentaciones teoréticas, sustentaciones estadísticas, evidencias contundentes; basta con que haya sido enunciada por los abultados belfos sabanetenses. La cosa deviene en teológica. Ya la verdad no depende de la carga de la prueba sino de la fe. Si el tipo dice que va a construir dos millones de casas en seis años (que no tiene, porque su franquicia se acaba en año y medio), no vale que se demuestre que no hay cemento, ni cabilla, ni terrenos, ni urbanismo, ni plata para hacerlas. La infalibilidad miraflorina ya se pronunció. ¡Y basta! Menos mal que ya más de media Venezuela empezó a hablar de la “Misión Maqueta”. Porque de eso no pasarán. Lamentablemente. Es que cuando los ejecutores son un sartal de ineptos, no se logran los objetivos. Pero Boves II ¡los ratifica en los cargos!



Antes hable de la “patinar”. Creo que es el verbo que describe mejor la situación. En cuatro de las cinco acepciones del mataburros. El régimen pierde tracción entre los empleados oficiales cuando se hace el loco en lo referente a los contratos colectivos vencidísimos y entre los gremios sanitarios, los cuales ven que lo que se les prometió de aumento es una mera pitanza, mientras que las sumas concedidas a los amigotes del alma —más bien: chulos en la ALBA— son grotescas; entre los jóvenes que no encuentran trabajo por una doble razón imputable al régimen: no les dio una aceptable formación (ni educativa, ni laboral) y forzó el cierre de muchas empresas por su tirria contra la iniciativa privada; entre las amas de casa que no ven cómo hacer para poder llegar a fin de mes con lo poco que pueden comprar de alimentos; entre las familias de personas que sufren el infierno en vida porque están en alguna de las cárceles. Y, así, muchos otros casos más. Todo lo tratan de resolver con prestidigitaciones y maniobras distractoras. Necesitan de esas argucias porque ahora, más que nunca, se les está cayendo el bañito dorado —“goldfilled”, dicen ahora— y dejan ver el deleznable material del cual está hecho ese monumental castillo de mentiras…


martes, 5 de julio de 2011

Un cuarto de siglo

Más de un lector desaprensivo pensará: “Se peló Pittaluga, no es un cuarto de siglo sino dos siglos de la firma del acta de la independencia los que se celebran hoy”. ¡Pues no, señor, no es una equivocación! Por dos razones. Primero y principal, porque no hay bicentenario que celebrar. Hoy —después de tantas y tantas luchas como las que dieron nuestros ancestros y nosotros mismos para sacudirnos yugos— somos colonia otra vez. Y lo terrible es que los nuevos colonizadores no tuvieron que luchar contra los pobladores y la circunstancia, como sí lo hicieron los españoles. No, los de hoy, llegan pisando alfombras rojas que les tienden los obsecuentes desde el poder central. Y, apenas llegados, empiezan a mangonear y a darle órdenes a los nativos, igualito que cuando dependíamos de España. Por órdenes de Boves II, quien no aprendió nada durante su enfermedad —si es que la tuvo; yo sigo creyendo que fue una añagaza para levantar puntos en las encuestas— a los invasores de ahora se les ha entregado organizaciones que son claves para la vida de una nación: la identificación, los registros y notarías, los servicios de salud, la educación, los cuerpos policiales secretos y —en algo que es increíble que haya sido aceptado mansamente por la cúpula militar—la planificación militar. ¡Y con qué prepotencia mandan a los venezolanos! Ustedes completarán diciendo: “¡Y qué pendejos los venezolanos que no les han metido sendos carajazos y los han mandado muy largo a lavarse ese paltó!”



Lo del cuarto de siglo al que me refiero en el título se debe a que esta semana pasada se cumplieron 25 años de mi vida como escribidor en las páginas de opinión. El primero de julio de 1986, instado por Salvador Castillo —a quien nunca podré agradecerle lo suficiente el haberme concedido el privilegio de aparecer una vez por semana en la parte alta de la página cuatro de “El Carabobeño”— me inicié en estas lides con un artículo llamado “Las causas del delito”. Desde ese lejano tiempo, no he dejado de escribir semanalmente sino a comienzos del 90, cuando comencé a servir en el Gobierno de Carabobo, y a mediados del 2003, cuando la gravedad y muerte de Eddy, mi querida esposa, no me permitían tener la cabeza despejada para cumplir con lo que ya se había vuelto una obligación mía para con mis lectores.



Aún así, ya son casi mil los escritos. Artículos míos han aparecido —además de este diario, que me alberga desde hace cinco años y medio y del otro diario valenciano que ya mencioné— en “El Nacional”, “El Universal” y “El Diario de Caracas”. Con el progreso de las ciberinformaciones en Internet, ahora también aparezco en portales como www.analítica.com y otros parecidos a los cuales algunos lectores “suben” mis escritos. Y hasta blog tengo, gracias a la invalorable ayuda de esa excelente periodista que es Gabriela Gómez Maya. Se llama “SesquipedaliaHSP”, por si quieren darse una vuelta por él.



Pero ya está bueno de auto-bombo; mejor regreso y utilizo el espacio que queda en comentar una o dos de las tragedias actuales. Eso sí, antes dejo claro que si algún lector me ve esta semana acodado a alguna barra y me manda una cerveza para congratularme, no me pondré bravo.



Mientras Mentira Fresca estaba en la Cuba de sus amores, recibiendo más lecciones en bellaquería y ruindad —como si las necesitara— de su padre putativo, aquí, por instrucciones suyas se cometía una trastada más en el afán rojo de destruir a la Fuerza Armada: se concedió ascensos por carretadas. Como si no fueran pocos los generales y almirantes que ya sobresaturan a la organización (que ya no tiene cargos para ellos), esta semana se promovió a esos grados a más de 160 oficiales. En las comandancias van a tener que habilitar como oficinas hasta los cuarticos donde se guardan las mopas. Y ni se diga de los ascensos a coronel. En el puro Ejército pasan de 130. Será que los van a poner a comandar compañías y escuadrones…



En unas declaraciones que pasaron por debajo de la mesa, la presidenta del Tribunal de la Suprema Injusticia dijo que estaba esperando instrucciones de Elke Tekonté para tomar decisión en un asunto legal. Lo que me vino a la mente fue aquella frase de Quevedo, ese gran maestro de las letras que, sabiendo utilizar muy bien el sarcasmo y la ironía, nos daba con un poco de humor verdades profundas: “Donde no hay justicia es peligroso tener razón, ya que los imbéciles son mayoría”.



Y para llegar donde la puerca torció el rabo, leo que la impía Córdaba deseó que el tipo fuese "omnisciente".¡No mija, si ese es el problema, que él cree que sabe de todo!



martes, 28 de junio de 2011

Titulares espeluznantes

Hace algunos meses explicaba que los mejores gobiernos son los que resultan aburridos. Que no generan noticias escandalosas. Porque eso implica que todo marcha bien. A uno le gustaría que la noticia de primera plana fuese esa que se originó en Nueva Zelanda de que un pingüino antártico “peló” la ruta, arribó a una playa de ese país, tuvo que ser operado por “uno de los principales cirujanos neozelandeses para pacientes humanos” por haber ingerido arena y que el ave se recupera bien. Muy por el contrario, las noticias que aparecen en los cabeceros de los diarios de esta tierra que fue de gloria deben ser catalogadas de la manera que pongo en el título. Porque son de esa clase que le pone los pelos de punta a los afortunados que todavía los tienen.



Y no me refiero a una que salió el pasado jueves informando que los bancos localizados en los centros comerciales iban a “aperturar” durante este feriado largo que pasó. Ya era bastante chocante que a uno le “aperturaran” una cuenta cuando uno lo que quería era “abrirla”, para que ahora también “aperturen” las puertas, para ponerlo en pleonasmo. Me refiero a las que despelucan, para ponerlo en criollo.



Pongo por primer ejemplo eso de que el Primer Hermano” (y, según dice radio-bemba, aspirante a heredero del trono) declaró que: "conscientes de los peligros que nos acechan y que el enemigo no descansa, no podemos olvidar como auténticos revolucionarios, otros métodos de lucha". Después, amplificó la afirmación mediante una cita de uno de los iconos de la robolución, el Che Guevara (el único médico, junto con Mengele, que mató más pacientes que los que curó), expresando que "sería imperdonable limitarse tan solo a lo electoral y no ver los otros métodos de lucha, incluso la lucha armada para obtener el poder, que es el instrumento indispensable para aplicar y desarrollar el programa revolucionario.” Eso ya es un descaro que confirma que de democráticos no tienen nada. Sabedores de que ya hasta las personas más sencillas —esas que creyeron el poco de cobas con las que los alimentaron todos estos años— ya exigen un cambio de gobierno, asoman el “Plan B”. Que nunca fue tal, siempre, desde el intento de 1992, fue el “Plan A”, por no decir “el plan único”. Máxime ahora, cuando ya no los impulsa el afán de mejorar el manejo de la cosa pública sino la rapiña más descarada. Si el primogénito de la dinastía sabanetense lo que trata es de mantener las riquezas mal habidas por él y su familia, cuando declaraciones parecidas fueron dadas por un camarada plurisoleado que amenazaba con el empleo de la Fuerza Armada si Absceso Uno perdía las elecciones, este lo que estaba haciendo era tratar de sacudirse las acusaciones de nacionales y extranjeros de que era uno de los del “Cartel de los Soles” y por eso pudiera ser juzgado al cesar en la manguangua de la cual disfruta.



Juzgado fuera de Venezuela, claro. Porque, siendo general y pesado en el gobierno, nunca aparecerá ante el Tribunal de la Suprema Injusticia. Y es que, además de ser copartidario de la mayoría de los magistrados de este, esos fulanos están muy ocupados, según otro titular escandaloso de estos días, decretándose bonos de alimentación (cesta-tique, que llaman) en clara violación de la ley que rige los emolumentos de los altos funcionarios. Cómo será la cosa de sucia, que seis magistrados (entre los cuales espero que haya algunos rojos-rojitos) rehusaron ser parte de esa movida para afanar indebidamente  más dineros de los que ya disfrutan.



Otro titular señala que el chofer de autobús que “maneja” las relaciones exteriores de este sufrido país —y que, a su vez, es manejado desde Cuba— informó que Boves II está dando la batalla por su vida. Más ganas de alarmar que otra cosa. ¡Vamos, que de un forúnculo en el trasero no se ha muerto nadie! Que “el futuro inmediato de nuestra patria" dependa del nalgatorio de un funcionario, así sea el Primer Ano de la República, es como exagerado. A menos que —y en esto coincido una vez más con el doctor Aure— en verdad la cosa sea seria. Porque "una batalla por la vida” se libra cuando la cosa implica una enfermedad terminal. Que no creo sea el caso y que, más bien, todo es un bulo, una añagaza más de los laboratorios de propaganda sucia del G-2. Porque, si a una persona operada de corazón abierto la levantan de la cama y la ponen a caminar a las 24 horas de la cirugía, y a los cuatro días la están mandando, para su casa, ¿cómo es que Mentira Fresca —a quien le gusta más un micrófono que una mujer desnuda— no ha salido a decir algo en tres semanas? Porque no es sino ardid, argucia, artimaña para seguir cobeando…




martes, 21 de junio de 2011

Yo tengo un sueño

Ese venezolano excepcional y hasta admirable que es Gustavo Coronel me acaba de echar un vainón. Claro que sin intención, porque Gustavo es incapaz de hacer voluntariamente algo indebido. Es más, creo sinceramente que nunca en su ya dilatada existencia haya incurrido en una contravención de manera premeditada. Pero de que me echó una vaina, ¡me la echó! Resulta que ya desde el viernes tenía la idea de escribir el artículo de esta semana glosando el famoso discurso que Martin Luther King pronunció en Washington  desde las escaleras del monumento a Lincoln en el verano de 1963. En esa pieza, reputada posteriormente como uno de los veinte mejores discursos del siglo XX, el doctor King dibuja la nación que él quisiera para todos sus conciudadanos. En él, usa como anáfora la frase: “I have a dream” (Yo tengo un sueño). Ese ritornello —lo repite ocho veces durante la exposición — lo pensaba usar yo para dibujar la Venezuela que me gustaría ver luego de haber salido del régimen nefasto que sufrimos hoy. ¡Y llega Gustavo y me colea la parada! Dos días antes de ahora, cuando me siento frente al monitor, Gustavo, en su magnífica prosa, parafrasea al líder del movimiento por los derechos de los negros americanos. Y me deja sin tema. ¡Dos piches días!



Hago una digresión antes de seguir. Previniendo que Aristóbulo o alguno otro de los fanáticos rojos la vaya a coger conmigo por mi empleo de la palabra “negro”, dejo claro que esa palabra —hoy impolíticamente correcta en el imperio gringo y en esta tierra que fue de gracia—, para los tiempos del discurso era aceptable. El mismo doctor King la emplea en ese discurso: "…this sweltering summer of the Negro's legitimate discontent will not pass until there is an invigorating autumn..."  (este sofocante verano de legítimo descontento de los negros no cesará hasta que haya un vigorizante otoño).



Gustavo dijo, antes que yo, las cosas que tenía yo en la mente. Y las dijo de manera excelente. Por eso, no tengo empacho  en transcribir lo que ya apareció en su blog “Las armas de Coronel”, http://lasarmasdecoronel.blogspot.com, el cual recomiendo ampliamente.



“M. L. K. nos legó la capacidad de soñar y de concretar nuestros sueños. Si él hubiese sido un Venezolano viviendo en la Venezuela de 2011, nos diría algo así, desde la Plaza Bolívar de Caracas:



A la sombra de esta estatua del padre de la patria recuerdo que hace casi doscientos años este gran Venezolano nos dio la independencia, el inicio de nuestra vida republicana y la promesa de una vida mejor.



Pero todavía buscamos nuestro rumbo. Muchos compatriotas aún viven en islas de pobreza, ignorancia y resentimientos.



Venezuela no ha podido concretar las esperanzas de sus gentes. Permanecemos divididos cuando ya deberíamos saber que solo unidos podemos progresar.



En la consecución de nuestros sueños y de nuestras aspiraciones no debe haber cabida para la corrupción o para el odio. Nuestro camino es el de la dignidad el orden, el de oponernos a la fuerza bruta con la fuerza del espíritu. Este es un viaje sin retroceso. Es preciso insurgir sin miedo contra el hambre, la ignorancia y el odio. Abandonemos para siempre el valle de la desesperanza.



A pesar de todas las dificultades que enfrentamos, yo tengo un sueño hoy, el cual está fuertemente enraizado en el sueño de nuestros libertadores.



Yo tengo el sueño que mi nación se liberará de la pobreza, de la ignorancia y del odio entre hermanos



Yo tengo un sueño hoy... que algún día todos tendremos trabajo digno y no dependeremos de dádivas y limosnas humillantes



Tengo el sueño que todos los venezolanos nos convertiremos en ciudadanos, no en pasivos seguidores de falsos profetas



Yo tengo el sueño que nuestros líderes serán honestos y democráticos y que nos mostrarán nuestro verdadero camino, sin tratar de imponernos sus caminos



Tengo el sueño que todos seremos ciudadanos de primera clase, sin discriminación por razones políticas, económicas o raciales



Yo tengo el sueño hoy que todos los sectores económicos, los estatales y los privados, trabajarán armoniosamente para darle riqueza y prosperidad a la sociedad venezolana



Si.... yo tengo el sueño que pronto todos los venezolanos podremos caminar, tomados de la mano, hacia el futuro luminoso que visualizaron nuestros libertadores... tengo ese sueño hoy”.



Después de esta declamación, ¿qué puedo añadir yo para mejorarla? Nada. Puedo, eso sí, rematar con algo que dijo ese día el doctor King y que, traducido, debería ser el lema do todo venezolano decente: “We are not satisfied, and we will not be satisfied until justice rolls down like waters and righteousness like a mighty stream”. En verdad, nosotros “no estamos satisfechos y no quedaremos satisfechos hasta que la justicia descienda como las aguas y la moralidad como un poderoso torrente”…


Ministro contra conserje

Boves II, con su habitual forma de tomar el rábano por las hojas y poner en cursi cosas que ya el lenguaje ordinario ha bendecido, decretó que la palabra “conserje” es mala palabra porque en sus orígenes “probablemente” se originó de “cum” (con) y “servus” (esclavo); y que dado que esa raíz trae connotaciones de “esclavo o sirviente” ha servido para que los malucos de los patronos dominen indebidamente a esos esforzados trabajadores —y trabajadoras, para ponerlo en el ridículo estilo de los oficialistas.



Quizás es que el convaleciente habanero nunca ha hablado con alguno de los “concierge” de los caros hoteles que le pagamos cuando se va con ministros, familiares y chupamedias a llevarle millones y millones a sus chulos y amigotes de otras latitudes. Porque ya más de un alto ejecutivo venezolano quisiera tener los ingresos y el ambiente de trabajo que tienen los conserjes del Ritz de Madrid, el Waldorf Astoria de Nueva York y el Edouard VII de París. O sea, que de esclavos, nada.



Según el razonamiento del oligoneuronal, también eso de ser “sirviente” es malo. Quizás por eso es que él no se siente servidor público; porque implica estar al servicio de otro, que puede mandarlo. Y él se siente el zenit de todo, cree que Luis XIV es un bolsa al lado de su sabanetérica majestad. “Servir” también tiene sus orígenes en “servus”. “Servire”, de donde sale nuestro verbo, es más viejo que el latín; nos viene de los etruscos e implicaba “prestar habitual obediencia”. Pero ya tan lejos como el siglo XII de nuestra era, tenía más sentido de “atender a otros”. Y en el sentido de “poner comida en la mesa” es del siglo XIV. En la acepción de “tratar a otra persona como esta se merece” ya es del siglo XVII. Y ha permanecido. Ahora que con el matrimonio de su hijo Henry se ha vuelto a poner de moda el Príncipe de Gales, hay que señalar que el lema del escudo de Carlos es: “Ich dien”, yo sirvo. Pero no solo el marido de Camilla lo usa, sino que desde hace más de ocho siglos todos los herederos al trono de la prima Chabela lo han tenido como divisa en sus broqueles. Entonces, malo no debe ser servir. De otra manera, habría que acabar con el Servicio Militar. Aunque si sirve para que se acaben las milicias, ni tan malo sería.



Pareciera que si Chacumbele sigue así, va a tener que acabar con su gabinete —que de paso, muy poco “sirve”, aparte de reírle los chistes malos y aguantar las ganas de orinar en los “Aló, subalternos”. Porque “ministerio” viene de “ministerium”, palabra que a partir de la Edad Media empezó a aplicarse a la “función de un sacerdote” y luego se extendió a las de otros altos funcionarios. Pero que, no se puede soslayar, proviene inicialmente de ministralis " (sirviente que canta canciones en las cenas de la corte). En español todavía usamos la palabra “menestral” para definir un trabajo bien despreciable.



Derivadas también de “ministerium”, los italianos tienen “mestiere”, los franceses, “metier” y nosotros tuvimos “mester” como sinónimo de trabajo, ocupación, arte, profesión. Pero no una cualquiera, sino una para la cual la persona está bien entrenada y tiene vocación. No es un “empleo”· solamente; mucho menos un “sueldo”. Más razón para que acaben con los ministros que tienen una bisagra en la nuca y otra en la cintura y que sólo les permiten asentir y doblegarse ante Elke Tekonté, no negarse a alguna orden, por absurda que esta sea.



Y ya que estamos en la onda de “purificar” palabras que designan oficios, grados y posiciones; propongo que también se acabe con los sargentos. Porque —contrariamente al criterio de un amigo que opina que deviene de res argentum”  (el que cuida la plata del batallón)— también viene del latín medio “servientum”, el nominativo de”serviens” (vasallo, sirviente). Este término también se empleó desde los 1300s, con la grafía “sargente”, para significar: “soldado que tiene a su cargo otros. Con el tiempo, esa designación fue tomando estatura y, ya en el siglo XIX el “sargento mayor” era el equivalente de nuestro “mayor”; alguien por encima de los capitanes y que usualmente tenía (y todavía tiene) más responsabilidades administrativas y logísticas que de comando.



En todo caso, creo que en la circunstancia actual es más útil un conserje que un ministro. Los primeros barren, recogen y llevan hasta el cuarto de la basura; los segundos, cuando barren (si es que barren), se limitan a esconder debajo de la alfombra.



Preguntas finales

Uno que sepa más que yo que aclare: ¿Puede válidamente un decreto ser firmado fuera del país? ¿No debiera cumplir con la formalidad de que todos los ministros firmantes estén presentes en la promulgación?