sábado, 7 de julio de 2012

Los hubo mejores…


Rodaba de regreso a Valencia y en una de las interminables colas caraqueñas quedé detrás de un autobús escolar. Se ve que tenía muchos años de uso porque todavía tenía visible, en su parte posterior, el letrero que decía: “Cuando estas luces intermitentes estén encendidas, no adelante este vehículo”. Era el resultado de una decisión del Concejo de Caracas, hace ya un pocotón de años —que después imitó la mayoría de los concejos interioranos— por la cual los autobuses escolares deberían estar pintados de amarillo y tener unas luces destellantes en sus partes delantera y posterior que alertaban a los conductores de que unos niños iban a subir o bajar del transporte y, por tanto, para preservar sus vidas, el tráfico debía detenerse. Y todo el mundo acataba ese mandato. Porque era loable, porque todos teníamos familiares en edad escolar; pero, por sobre todo, porque en esos tiempos éramos mejores venezolanos. Mientras avanzaba la cola, y para aliviar el tedio, me puse a recordar cosas parecidas que ya no hay en la Venezuela de hoy. Algunas de ellas, las comparto con ustedes.

No es cierto ese refrán que explica que “todo tiempo pasado fue mejor”. No. En el pasado venezolano hay cosas detestables. Cada quien recuerda una por lo menos. Y son tantas que no serán motivo de recuento hoy. Baste acordarse de las que fueron mejores.

Hubo tiempos en nuestra tierra en los que se decía (y era verdad) que a los venezolanos se les medía de las cejas para arriba. Vale decir, cuánto tenía dentro del cráneo. Mal que bien, todos llegábamos iguales a las instituciones formativas (universidades, academias militares, escuelas técnicas) y de nuestro desempeño en ellas accedíamos en las empresas públicas, las fuerzas armadas, el servicio exterior. Ya en ellos, de nuestras actuaciones meritorias dependían los ascensos y la permanencia. No como hoy, cuando la sola obsecuencia con el poder es lo que rige el patrón de carrera.

Hubo tiempos en que los poderes del Estado que tenían como misión ser los controladores del gobierno eran dirigidos por personas de bien, que estaban por encima de las mezquindades partidistas. De hecho, los gobernantes se esmeraban en proponer gente respetable e independiente para esos cargos delicados. Y los partidos de la oposición los aceptaban porque entendían que el Estado era distinto —y más importante— que el gobierno. Nombres como los de Luis Gerónimo Pietri en la Contraloría, Benito Raúl Lozada en el Banco Central,  Manuel Rafael Rivero en el Consejo Supremo Electoral confirman mi aserto. No es que no tuviesen tachas personales, sino que eran serios, imparciales, insobornables y justos en el desempeño de sus cargos. De hecho, Carlos Delgado Chapellín se echaba el palo parejo; pero contaba con el apoyo nacional por ser ecuánime, ponderado y de recia voluntad en el descargo de sus funciones.

En los casos en los que era insoslayablemente necesaria una figura de relevancia política en un cargo, los líderes tenían el pudor de compartir el poder con el adversario. Por ello, el presidente de la Cámara de Diputados era siempre un personaje del principal partido de oposición. Y eso, en un ambiente constitucional que especificaba que este era el tercero en el orden sucesorio en caso de ausencia definitiva del presidente de la república. Otro cargo que siempre estaba en manos de la oposición era el de Fiscal de Cedulación. Porque era una manera sencilla de evitar la tentación del partido gobernante de darles dobles cédulas a sus copartidarios, o a cedular a extranjeros como venezolanos, para que abultaran las votaciones y los favorecieran.

Resulta que en una oportunidad, no tan alejada en el tiempo, el Ministerio Público decidió acusar de un delito al Presidente de la República, el Poder Legislativo encontró méritos en esa imputación y pidió a la Corte Suprema de Justicia que procediera a su enjuiciamiento, y esta lo hizo, sentenció y separó de su cargo al acusado. Que hubiese méritos o no es irrelevante aquí. Lo que quiero resaltar es que los poderes eran autónomos, no sumisos al Ejecutivo, como ahora. Y uno tiene que preguntarse —y preguntarle a los rojos que leen esta columna (porque la leen)— ¿por qué fue bueno ese empleo de los artículos de la Constitución vigente para salir de un mandatario que parecía inconveniente a la salud del Estado, y es malo cuando los paraguayos hacen lo equivalente?

Hoy, cuando presenciamos, y sufrimos, las “vivezas” gobierneras que confunden voluntariamente los conceptos de “Estado”, “nación”, “gobierno”, “país” con los de “partido único” y “líder único” —y por eso hacen befa de las normas mientras acumulan poder y dineros sucios— tenemos que concluir que razón tenía el doctor Tarre Briceño cuando denunciaba, en noches pasadas, texto en mano, que ni un solo artículo de la Constitución había quedado indemne, sin violación, bajo este régimen…


QEPD Habilitante


Sin escrúpulos ni vergüenza

Así será la campaña que adelantarán a partir de hoy los rojos en su afán de perpetuarse en el poder. O sea, que actuarán igualito que como lo han estado haciendo durante estos larguísimos catorce años de irrespetos a la Constitución y las leyes y, lo que es más importante, a la gente. Catorce que ellos aspiran llevar a veinte en otra avanzada hacia la eternización del desmadre legal, económico y moral que ellos propician.

Escribí el párrafo anterior y ahora me doy cuenta de que falla en dos aspectos. Primero, no es a partir de hoy que ellos comienzan la campaña; tienen aaaaños en eso de tratar de convencernos que tenemos que vivir en lo que ellos juran que es socialismo y no pasa de ser una descarada ambición de poder con visos fascistoides y puntadas comunistas. Y segundo, no son catorce los años: ya son veinte desde la primera manifestación —el cuatro de febrero— de desprecio a la Constitución, a lo legal y a la voluntad de los ciudadanos. Son muchos más si se cuenta desde el momento en que empezaron a conspirar desde dentro de las Fuerzas Armadas, violentando el juramento que una vez hicieron. Y muchísimos más si, como sospechamos bastantes en el país, el hegemón ingresó en la Academia Militar por instrucciones del Partido Comunista, quien cada año desde la década de los cincuenta había logrado infiltrar en esa institución a por lo menos uno de sus afiliados cada año.

En fin, que a partir del inicio legal (insisto en lo de legal porque ilegalmente ya se sabe cuánto han hecho) seguiremos viendo las tropelías de todo orden que cometen con descaro desde el mismo inicio de este desgobierno sus detentadores. Tropelías, arbitrariedades, iniquidades, desmanes —llámenlas como quieran— llevadas a cabo por centenares de ignaros plenos de mala intención, dirigidas por la batuta de un tipo que no sabe de música, mucho menos de gobierno, sobre una partitura escrita por un extranjero lleno de malicia que hala la brasa para su sardina a fin de matarle el hambre a la misma gente a la que subyugó hace más de medio siglo.

Es esa descarada falta de escrúpulos, sumada a la desvergüenza que los caracteriza, la que hace que pongan en negro sobre blanco —como lo denunció la sin par Charito Rojas el miércoles pasado— lo que intentan hacer con los fondos públicos para “ayudar” a su querido jefe en su empeño de seguir en la macolla, regalando lo que es de todos nosotros, que todos ayudamos a formar, y él cree que es suyo. Por eso, sin rubor alguno, declaran que “53.565 brigadistas en 3.571 brigadas socialistas de trabajo (…) recibirán salario mínimo por parte del Ministerio de las Comunas”. Y que también se hará  "transferencia de recursos a las salas de batalla social”. Eso son solo dos perlas entresacadas del fulano “Plan Batalla de Carabobo” pero hay mucho más. Todo ello pone a funcionarios públicos  a desviar parte del presupuesto nacional para financiar una campaña partidista. Por eso —cito el colofón de lo dicho por Charito—, “el candidato Chávez y todos los funcionarios públicos están incursos en delitos electorales al utilizar la cosa pública para sus fines electorales. Los cálculos estiman que esta campaña está costando alrededor de 2.500 millones de dólares. Y vienen del tesoro nacional. ¿Qué dice el CNE de esto?” ¡Pues nada Charito, pues nada! Porque las cuatro directoras que hacen mayoría obedecen la voz del amo.

Como lo hacen, también con absoluta desfachatez e inescrupulosidad, los del Tribunal de la Suprema Injusticia, al quitarle a los líderes naturales del PPT y Podemos las siglas de esos partidos para dárselas a algunos tan desprestigiados y rastacueros como Didalco y el otro. Como igualmente lo hace con cinismo y descomedimiento la rubia oxigenada del Ministerio Impúdico cuando deja de lado lo que tipifica el código y declara que no se puede abrir una averiguación por lo dicho por sus colegas—y, presumiblemente, viejos cómplices—, huidos del país, porque no denunciaron los hechos en Venezuela. Como lo hacen con insolencia y petulancia las focas del dizque parlamento cuando niegan con su mayoría espuria las solicitudes de averiguaciones de corrupción que se hacen desde la bancada opositora. 

Pero, un viejo refrán que nos viene desde los romanos nos explica que por más negra que esté la nube, siempre tiene los bordes plateados. Hay pie para la esperanza. Porque esas jugarretas con los dineros públicos, esas marranadas leguleyas, esas vivezas pendejas, lo que hacen es aumentar en la población venezolana la certeza (que ya tiene) de que deben apelar a ese tipo de trastadas viles porque se saben perdidos. Quieren ganar en la mesa técnica, ya comprados los árbitros, tratando de anular un partido en el minuto 89 después de haber recibido una goleada 5-0…

¡A no desmayar!

Al comentar las maromas verbales y reglamentarias que hace la Tibi para favorecer a su jefe (que lo tiene, aunque ella es la cabeza de un poder que se supone independiente), Marianella, mi queridísima amiga, me escribe: “¡Esto es preocupante! ¿Cómo y qué podemos hacer ante el fraude que nos tienen montado? Para eso sí son expertos. No tienen noción de cómo manejar un país, pero a la hora de una tracalería, son summa cum laude. Tienen en sus manos todo lo necesario para aplastarnos sin misericordia. Catorce años llevamos en esto; en elecciones anteriores de las que dicen “hemos ganado",  a la larga, aun ganando, siempre salimos perdiendo. ¡Nos tienen montados en una olla para volvernos nada!”

Mi contestación, fue sucinta: “Eso es lo que ellos creen. Pero con esfuerzo y voluntad, prevaleceremos”. Cosa que no la convenció y volvió en sus trece: “¿Cómo? Soy una pobre mortal que salgo a votar, hago cola, entrego la documentación que me piden para constatar que existo, voto, meto mi papeleta en una caja y, de ahí en adelante, son dueños de hacer lo que les venga en ganas. Y no pasa nada. Se ha visto, en elecciones pasadas, cajas (con votos, añado yo) en la basura, en depósitos que no son CNE y al día de hoy, jamás las quejas han encontrado asidero, ni con Ezequiel Zamora gritando, ni todos los que han hablado de fraude interminables veces. ¡La ley del agote!”

Entendí que debía ser más específico para tratar de sacarla de esa especie de depresión en la que se había metido. La contesté: “Si la cosa es así como la pintas, no vale el esfuerzo de ir a votar. Pero es que no es solo ese día, ni es solo ese esfuerzo el que hay que hacer. Son los días previos en los que haces algo. A lo mejor no te das cuenta, pero cuando reenvías lo que te manda Ravell, cuando conversas en la cola del súper, cuando le recriminas a algún abusador, estás ayudando. Esa miríada de pequeños gestos hechos por millones de venezolanos es la que contribuirá al éxito final.”

No la convencí del todo porque me contestó: “¡Ajá! Hasta ahora, tengo en eso los mismos años que tiene el (pitico de censura) en el poder. Trabajo de hormiguita que no llega a bachaco. ¡Nada que veo mis logros!” Le volví a contestar con un simple: “Los verás ese día…” Y le prometí que amplificaría las razones que hay para no desmayar. Son las que pongo en lo que queda de espacio. No solo para ella sino para todos los que creen que están ante una agotadora e ingrata tarea.

La labor no es fácil porque Marianella tiene razón: NPI de cómo manejar un país, pero en tracalerías, son summa cum laude. Porque no tienen ni un átomo de escrúpulos cuando de eternizarse en el poder se trata. Si hay que endeudar a la nación y su futuro para comprar votos —que no conciencias, porque quien vende su voto por una pitanza o, las más de las veces, por una promesa hueca, regresa a su casa avergonzado de sí mismo—, ¡pues la endeudan! Si hay que corromper a los altos cargos para mantenerse, ¡pues los corrompen porque para eso los escogieron de entre los bien bribones! Si hay que apelar a la violencia “institucional”, ¡pues para eso designan en los altos mandos a gente que no tiene currículo sino prontuario y están dispuestos a blandir los garrotes ellos mismos!

Aún así, sigo convencido de que se puede prevalecer en los sufragios del 7-O y en los posteriores. Se requiere constancia en la prédica a los indiferentes. No hay que decirles por quién hay que sufragar; solo tratar de convencerlos de ir a votar. Cuando estén frente a la máquina, ellos sabrán qué hacer. Se necesita sembrar dudas entre los que parecen más decididos a defender al régimen. Hay que ponerlos frente a las inconsistencias para que descubran las mentiras de las cuales han sido alimentados. Se precisa denunciar las tropelías, las coimas, las ineficiencias. Y para eso, no hay que tener la fortuna de contar con un espacio, como yo, en un periódico o en una televisora. Radio bemba es un poderoso mecanismo. No quedarse callado es una obligación. Es menester sobreponerse al temor para salir a las calles durante la campaña; acompañar a los líderes; organizar reuniones entre los vecinos y amigos en las que se repudie la abstención, se denuncie el intento de manipulación electoral que tiene montado el oficialismo y se invite a demostrar el civismo del que están revestidos nuestros paisanos yendo a votar. Pero con el ejercicio del voto no termina la ímproba tarea: hay que recordar una cuña muy vieja, “¡Guillo, que hay mucho pillo!, y organizar la defensa de los resultados que surjan de los escrutinios. Así, podremos prevalecer…


viernes, 1 de junio de 2012

¿Se calentará la frontera?


No dejo de reconocer que me cae de la patada la vehemencia —que casi llega a obsesión— con la cual el expresidente Uribe no solo se empeña en criticar acremente la política que lleva a cabo su sucesor, el presidente Santos, sino con la cual se entremete en la política venezolana. Pero soy el primero en admitir que la mayor parte del tiempo lo que afirma es verdad. Desde ya, reconozco que lo que dice está sustentado por un infinito amor a su patria, pero no por eso deja de ser inconveniente. De hecho, la consecuencia más palpable de sus declaraciones a los medios y mensajes por las redes sociales es hacer disminuir el apoyo que tiene el actual gobierno colombiano. Y lograr el efecto contrario al buscado en el lado venezolano. Tanto, que ya Capriles le tuvo que decir, como Cantinflas: “No me ayudes, compadre”.



Pero lo que ha denunciado acerca de la soterrada complicidad de los rojos venezolanos, empezando por Boves II, a las guerrillas colombianas es de conocimiento general. Las alabanzas a los faracos y las denigraciones contra el gobierno colombiano que se escuchan y se leen en los medios oficiales con los cuales el régimen intenta lavarle el cerebro a nuestros connacionales son abundantes. Por eso, hasta el menos despabilado de los que viven en nuestra tierra sospecha que las FARC recibieron en el pasado, y siguen recibiendo, apoyos de todo orden de parte del régimen venezolano: dinero, medicinas, armas, alojamiento, tratamientos médicos, informaciones y pare usted de contar. Es vox populi que los guerrilleros tienen dominio territorial y cobran vacuna y secuestran, en amplios espacios del Zulia, Táchira, Barinas y Apure. Que en esos espacios hasta campamentos tienen, así lo niegue la máquina de decir mentiras que tiene sede en Miraflores. Todo eso, por la táctica omisiva de la Fuerza Armada nacional, que practica el subterfugio de “hacerse los locos”; por órdenes de los altos mandos, muy probablemente.



El presidente Santos no se chupa el dedo. Sospecha, al igual que lo hacemos los venezolanos con cuatro dedos de frente, que a pesar de las reiteraciones de juego limpio que le ha hecho su “nuevo mejor amigo”, la garra tenebrosa  del contubernio castro-chavista sigue maniobrando para darle respiración artificial a un movimiento guerrillero que ya está boqueando por las acciones de unas fuerzas militares leales, aguerridas, que han recibido el apoyo decidido de los dos más recientes gobiernos colombianos —en los cuales, la autoridad de Santos ha sido patente, antes como exitoso Ministro de la Defensa y ahora como presidente. Que se haya hecho el musiú en lo concerniente con las relaciones con Venezuela tiene su explicación: trataba de cobrar las ingentes sumas que le adeudaban y de dinamizar nuevamente el intercambio comercial entre los dos países. Pero ya no pudo más. La descarada utilización por parte de los guerrilleros de territorio venezolano como punto de concentración (y hasta base de operaciones), y de la raya fronteriza como línea de partida para atacar un puesto policial colombiano, con la muerte de doce agentes policiales, no podía ser obviado. Y reclamó. Decentemente, como exigen las reglas de la diplomacia y la urbanidad cachaca. Pero reclamó y puso al régimen en una posición incómoda.



La respuesta del hegemón no pudo ser más equívoca: dijo, más o menos, que no se toleraría la incursión de “ninguna fuerza armada” en territorio venezolano. No dio una seguridad a Colombia de que iba a perseguir y combatir a los irregulares y entregarlos al gobierno neogranadino; apenas ese ambiguo abstruso mensaje. Colombia tiene que interpretar la frase como si se hubiese dicho: “sé que hay guerrilleros en territorio venezolano, pero no le toleraré a las fuerzas militares persecuciones en caliente ni ataques como el que hicieron en Ecuador”. Y manda un contingente a “mostrar la bandera” en La Goajira. Tres mil individuos que no han salido de las zonas pobladas —donde habrían detenido a diez colombianos, los más pendejos, probablemente, para hacer creer que están cumpliendo la misión. Pero no han patrullado el descampado. Porque saben que ahí es donde están los faracos. Y hasta mejor es así. Para no dar pena: nuestros soldaditos no han tenido el más mínimo entrenamiento táctico en operaciones de campaña; solo saben de cargar sacos de yuca y papa para que se lucren unos avivatos rojos. Y si algo de uso de armas han aprendido, es solo de cómo combatir a sus paisanos indemnes que osan pensar distinto a como quieren los rojos; o sea, a quienes en el pomposo lenguaje fascistoide se denomina “el enemigo interno”. 



En todo caso, recemos para que la frontera no se caliente por la incuria del régimen y su complicidad con un grupo que ha tenido que retomar las acciones terroristas porque se sabe derrotado en las enfrentamientos armados.

miércoles, 23 de mayo de 2012

No son los muertos…


El sábado pasado, esa eminencia médica y moral que es el doctor Muci-Mendoza usó un título parecido al mío en su escrito de “El Universal”. Tituló: “No están muertos”. Al iniciar el texto, corrige y arranca con unos versos que no había escuchado en mucho tiempo: “No son los muertos los que en dulce calma / La paz disfrutan de su tumba fría, / Muertos son los que tienen muerta el alma / Y viven todavía.” Son el producto de un poeta payanés de finales del siglo XIX, Antonio Muñoz Feijoo. En esos tiempos, Popayán era con mucha riqueza cultural, y las artes —especialmente las bellas letras— estaban bien desarrolladas. No llegaría a los veinte años cuando el poeta llegó a esa profunda conclusión filosófica: que hay personas que, aunque respiran, tienen muerta la parte más importante del ser.



El poema no consta de esos cuatro versos solamente. Tiene doce. En los tres cuartetos que lo componen hace variaciones sobre el mismo tema pero usando rimas y versificaciones diferentes. Eso era un aprieto para él: no sabía cómo bautizarlo. Por eso, al final intituló: ¨Un pensamiento en tres estrofas¨. El segundo cuarteto dice: No son los muertos, no, los que reciben / Rayos de luz en sus despojos yertos; / Los que mueren con honra son los vivos / Los que viven sin honra son los muertos.” Y remata con: “La vida no es la vida que vivimos. / La vida es el honor y es el recuerdo. / Por eso hay muertos que en el mundo viven / Y hombres que viven en el mundo muertos.”



¡Verdades como catedrales las del novel poeta payanés! Y que no se quedaron circunscritas a las montañas caucanas y al momento de escribirlas. Mantienen hoy y en todas las latitudes su vigencia. En todo el mundo hay ejemplos de ambas situaciones. Pero sobre todo en nuestra sufrida tierra pareciera que son más notorios los casos de muertos que caminan. Y hasta discursean y dan entrevistas.



Apenas uno abre las páginas de los diarios o enciende el televisor, los ve, muy orondos, justificando las barrabasadas más grandes y las injusticias más palmarias. Encuentra uno a una fiscala que —haciendo caso omiso de lo que se conoce como notitia criminis—trata de explicar que no puede abrir una averiguación porque las dos personas que han denunciado por los medios hechos gravísimos se encuentran en el exterior y deben presentarse en su despacho a corroborar lo dicho. Se topa uno con una magistrada que, además de imponerle a los jueces su voluntad y decirles cómo sentenciar, semanalmente tiene que hacer maromas leguleyas —y hasta cambiar jurisprudencias recientes calzadas con su firma— para complacer el mandato de su amo. Se entera uno de un uniformado (me cuesta decir que es un militar) que contraría el mandato de la Constitución—la cual establece que la Fuerza Armada es una institución sin militancia política y que “está al servicio exclusivo de la Nación y en ningún caso al de persona o parcialidad política alguna”— sale a dar unas declaraciones que son casi una proclama de ser el brazo armado del PUS y su jefe. Lee uno con asombro que el mismo parlamentario que descubrió que Cisneros podía mirar desnudas a las mujeres que usaban DirectTV ahora pida investigar al capítulo venezolano de “Trasparencia Internacional”. Lo que queda es recordar aquello de que: “A confesión de parte…” Corrobora uno lo que ya sospechaba desde hace mucho: que un dizque periodista que se ha lucrado con el palangre toda su vida y que pontifica los domingos por la mañana por una televisora caraqueña no es un ser viviente sino un zombi, uno de esos muertos resucitados del culto vudú. Con un piquete: los zombis originales quedaban convertidos en esclavos del hechicero que los revivía; este hace de todo para revertir los papeles y manejar al otro. En todo caso, sigo creyendo que, además de muerto en vida, es el rey del pobrediablismo nacional.



En cambio, hay personas que por su verticalidad, por haber sido virtuosas, por haber demostrado entereza ante la adversidad, siguen vivos en la memoria colectiva. Por falta de espacio, menciono solo uno, el primero que se me viene a la mente: mi paisano, el cardenal Castillo Lara. Vilipendiado y escarnecido por el nuevo Atila porque, manteniendo su postura humilde, se atrevió a decir verdades y nunca cejó en sus denuncias. Desde el lar nativo adonde volvió para retirarse después de vivir en palacios vaticanos, fue un serio y sólido denunciante de las tropelías del en mala hora jefe del Ejecutivo. ¡Está vivo!



Razón tiene el payanés: “Los que mueren con honra son los vivos / Los que viven sin honra son los muertos”…




miércoles, 16 de mayo de 2012

Con el estómago no se juega…


Si, como se afirma frecuentemente, la Segunda Guerra Mundial hubiese sido peleada para derrotar a unas ideologías nefastas, nadie pudiera dudar de su legitimidad. Hoy, nadie sensato admira por las ideas que propugnaban a Hitler, Mussolini, Togo o Petain —por poner uno de cada nacionalidad de entre los perdedores. Pero, ¿y si la guerra no hubiese sucedido en la búsqueda de tan altas miras, sino por el afán de poseer riquezas materiales? Entonces la cosa no resultaría tan altruista. Esa es la hipótesis que plantea Lizzie Collingham en un libro leído recientemente, “The Taste of War”: que la búsqueda de alimentos fue el motivo fundamental de esa conflagración. Es una teoría que no puede dejarse de lado porque durante esa guerra, no menos de 20 millones de personas murieron de hambre, desnutrición o enfermedades asociadas a ellas. Un número que es mayor al de las muertes ocasionadas por los combates.



La autora argumenta que los planes expansionistas de Alemania y Japón tienen que ser vistos a la luz de una economía mundial en la que el producto fundamental era la comida. Dice que el imperio británico dominaba el comercio global de esos bienes; que por la gran depresión, los gobiernos alemán y japonés no podían obtener internamente los alimentos que necesitaban sus poblaciones y eso les dejaba dos opciones: o aceptaban las humillantes condiciones de los ingleses, o podrían intentar controlar más territorio y, con ellos, la producción alimentaria de esos lugares. En búsqueda del Lebensraum, es que Hitler avanza hacia Ucrania y Polonia, y los nipones invaden China y Corea. Cuando los nazis tuvieron que elegir a quien matar para aumentar el caudal de alimentos disponibles, pensaron racialmente y escogieron a los judíos. En algo, por la deformada concepción de que estos eran la fuente de todos los males sufridos por Alemania; en mucho, porque gente de esa religión representaba un alto porcentaje de la población en los territorios que iban a ser colonizados.



La desesperación por el hambre fue la que motivó los enérgicos, suicidas, ataques japoneses al final de la contienda: necesitaban obtener sus alimentos del enemigo.



Al igual que los países del Eje, la Unión Soviética deseaba ser autosuficiente en alimentos. La solución de Stalin no fue invadir territorios extranjeros, sino colonizar a Rusia desde dentro: la agricultura fue "colectivizada"  y puesta bajo el control del Estado. El resultado: millones de personas muertas por desnutrición. Asesinadas en la "guerra" que declaró Stalin contra los agricultores y que resultó en muchos controles y baja productividad —igualito a lo que se intenta por aquí. La paradoja es que llegó un momento en el que los rusos sobrevivieron por un “capitalismo” sui generis: Stalin permitió que los agricultores trabajaran por una ganancia y que los intermediarios se beneficiaran de las ventas de los alimentos. Sin embargo, al final, fue la comida americana la que le mató el hambre al soldado soviético.



El dominio norteamericano durante y después de la guerra no fue solo por su producción industrial, sino por su abundancia de alimentos. Con la guerra, apareció para la agricultura estadounidense una coyuntura perfecta: mucha demanda en el comercio internacional, buena estabilidad económica interna y muchos recursos para el desarrollo tecnológico. Las mejoras en plaguicidas, abonos y especies híbridas se extendieron desde Estados Unidos al resto del mundo. Por primera vez, en un mundo que había padecido hambre desde el comienzo de la historia, empezó a abundar la comida. Tanto que, después no se conforma con enseñar al mundo cómo producir y distribuir comida sino que, ¡maldita sea!, influye en la dieta y los gustos. Con el fast food incluido…



Pregunto ahora: ¿durará para siempre ese oversupply? Esa abundancia ha hecho que la población aumente más rápidamente. Lo que implica que tendremos que producir cada vez más comida y con más eficiencia. Pero el cambio climático, la escasez de agua, el exceso de químicos en el suelo hacen dudosa la fertilidad del suelo de cara al futuro. ¿Cómo se comportará China dentro de treinta años, cuando sus suelos ya no tengan capa vegetal? ¿Cómo reaccionarán los países de Europa y Suramérica que dependen de la nieve que se derrite en sus montañas cuando ya estas no tengan glaciares? ¿No empezaremos, en el siglo XXI, a observar en los países conductas parecidas a las de la primera mitad del siglo XX? Piénsenlo…



Y aterrizo porque se me acaba el espacio. La taimada mezcla de fascismo y comunismo que ha desplegado durante largos catorce años un régimen que nos ha cobeado con eso de la “soberanía alimentaria” mientras lleva a cabo una estúpida estrategia de acabar con la producción nacional —no solo de comida, sino de todo— y privilegia la importación de los alimentos que antes  generábamos nos va a encontrar con los pantalones abajo cuando llegue la época de las vacas flacas que vaticino en el párrafo anterior...