miércoles, 1 de agosto de 2012

Atributos gubernamentales

Como alguien me reclamó cordialmente que tenía tiempo sin “jugar con las palabras”, hoy me voy a meter en eso que disfruto tanto. Pero faltan solo diez semanas para el día de las votaciones —cuando vamos a hacer que Venezuela regrese a la normalidad institucional—; y no puedo dejar de lado la circunstancia política. Servirá, además, para ponerle sal a algo que unos encontramos divertido pero que puede poner a dormir a muchos otros. Los ejemplos serán tomados de personeros del régimen, incluyendo al candidato del comunismo.

Empecemos con un adjetivo que es denominador común de casi todo el gabinete y de muchos funcionarios del régimen —incluidos los de medio pelo. Me refiero a “petulante”, al que el mataburros  define como un estado de “vana y exagerada presunción”. Si fuera solo eso, uno pudiera dejarlo pasar. Pero viene acompañado de la insolencia en el discurso y el comportamiento. Y hasta de la vulgaridad, lo cual no deja de ser un contrasentido: se las echan de mucho, pero con sus frecuentes y caprichosas malhumoradas dejan caer el oropel con el que pretenden cubrirse y permiten ver el latón del que están hecho. “Petulante” es una palabra relacionada con el verbo latino peto-petere, que significa “buscar”, “pedir”, “abalanzarse”. Otras que se desprenden de este verbo son “competir”, cosa que ellos no saben hacer sin buscar ventajas por medio de trampas (y con las cuales las rectoras del CNE se hacen las locas); “apetito”, que los caracteriza también (esas ganas desaforadas de seguir mamando directo de la ubre de la res pública); “ímpetu”; que es lo que le sobra al flaquito y que no puede igualar el gordito —hinchado, más bien— y por eso hubo que acondicionarle una carroza en un vehículo militar (lo cual configura un delito).

Tienen un máster en “prevaricación”; delito que comete un funcionario o un juez al “dictar a sabiendas una resolución injusta”. En eso, el diccionario también se queda corto: en ese delito también incurre aquel que incumple las obligaciones específicas de su cargo; que cobra sin trabajar, pues. O quien las dicta para obtener un beneficio indebido. ¡Cómo abundan de esos! Usualmente, cuando cometen este delito, incurren también en “perjurio”, puesto que no solo incumplen con las funciones, sino que, además,  faltan al juramento que debieron prestar al tomar posesiones de sus cargos. “Prevaricar” también viene del latín, y es interesante: deriva de varico-varicare, verbo que se pudiera traducir “caminar con las piernas abiertas”, “andar a horcajadas”. Si se le combina con el prae que nosotros redujimos a “pre”, estamos hablando de “caminar, alguien, no muy rectamente”. Así lo hacen los del Tribunal de la Suprema Injusticia, la fiscala generala (para usar del feminismo al que es tan afecto el régimen) y el pocotón de ministros que sufrimos. 

Un adjetivo que usamos poco es: “perfunctorio”. Pero retrata de cuerpo entero el proceder de la manga de burócratas que nos toca alimentar con nuestros impuestos —y que el régimen ha multiplicado a más del doble. Porque el DRAE explica que es algo “hecho sin cuidado, a la ligera”. Y si algo caracteriza a esos personajes es la rutina, la falta de entusiasmo, el desinterés y la superficialidad  mecánica con la que “cumplen” sus funciones. Había escrito “acometen”, pero ese verbo implica “atacar con ímpetu, con ardor”, acción que no se nota en la mayoría de las oficinas públicas. Pero, claro, el ejemplo lo da el de arriba, que en los últimos doce meses no ha estado en su oficina más de doscientos días. ¡Y todavía quiere que lo reelijan! ¡’na guará! Perfunctorio proviene de perfunctio-perfunctionis, conformado por la combinación del prefijo per y el verbo perfungor-perfungi,  que significa “llevar a cabo”. Dicho verbo es también el origen de otras palabras españolas: “difunto”, que es lo que ya no funciona (como el derecho, que nos asistía y que nos han arrebatado con violencia y malas artes) y “fungible”, lo que se acaba (como este régimen, que tiene fecha de expiración. Cuando se vayan, tendrán que “cantar la palinodia”, una locución verbal para significar “retractarse públicamente, reconocer los yerros propios”.

Caso aparte son los altos mandos. Son como aquel personaje volteriano, “Pococurante” —unión de dos palabras italianas que traducen “se ocupa de poco”. Es que el ginebrino escogía muy bien los nombres de sus protagonistas. A alguien que hablaba mucho y derrochaba optimismo, le puso “Pangloss” (“todo lengua” en griego); “Cándido” no podía ser más inocente. Y los actuales “Pococurantes” son la mata de la indiferencia por los grandes objetivos de la nación; lo de ellos es mantenerse en la buena con quien los ascendió a pesar de que no tienen currículo sino prontuario.

Se acabó el espacio. Me faltaron “vacuo”, “untuoso”, “ucase” y “subterfugio”. Alguien que me los recuerde en el futuro cercano, plis.

El Bolívar de carne y hueso

Hoy cumple años el Libertador. Vaticino que el régimen va a echar el resto para equiparar las hazañas del Padre de la Patria con las que tengan que inventarle al Héroe del Museo Militar, tan falto de ellas. Hoy, el candidato del comunismo —con su habitual desprecio por la norma constitucional— va a convertir en míseros actos de campaña lo que debieran ser ceremonias en honor a nuestro héroe. Continuará halando la brasa para su sardina mientras sigue construyendo una religión en la cual, en palabras de Eduardo Casanova,Bolívar es el único dios y algún aventurero es su profeta”. Hay que echarle un parao a esa intención. El Libertador fue un gran hombre, pero no por eso hay que endiosarlo. Llevando de nigromante a Elke Tekonté, mucho menos. Equipararlo con Bolívar es una osadía.  Pero los rojos necesitan llevar a cabo esa barbaridad para ver si el tipo repunta.

El Libertador fue una persona admirable en muchos sentidos; pero, como humano que era, también incurrió en errores e injusticias. Y hasta bárbaro fue algún tiempo. Creo que, para combatir esos intentos de mitificación, sería conveniente enumerar algunas de las cosas en las cuales pecó el Libertador. Con ello no intento demeritarlo —nada más lejos de mi intención— sino bajarlo del altar en el que lo tienen montado los que dicen ser bolivarianos (pero que no pasan de ser bolivareros). Bolívar merece un pedestal, no un altar.

Dos de los yerros que se le imputan Bolívar tuvieron gran influencia en la caída de la Primera República. El primero, la pérdida de la plaza militar de Puerto Cabello.  Según habladurías de esos días, el castillo cayó en manos de Vinoni porque Bolívar se había descuidado y estaba en un juego de naipes y bebiendo vino. Las cartas llenas de lamentaciones que le manda a Miranda para disculparse parecieran comprobar el hecho. Al saber lo sucedido, el precursor exclamó en francés: “Venezuela est blesée au coeur!” Y en verdad estaba herida en el corazón porque Monteverde pudo apropiarse de un formidable arsenal que inmediatamente empleó contra los republicanos. Este primer error no fue poca cosa.  El segundo, fue el haber estado entre los que arrestaron a Miranda para entregárselo a los realistas. Lo que le significó su reclusión en La Carraca y su muerte posterior. Mucho después, para justificarse, Bolívar alegó que Miranda había traicionado a la república al pactar con Monteverde. No necesariamente: ambos comandantes hacían la guerra con las reglas de Europa. Lo que sí pareciera desprenderse de lo que informó Monteverde es que algún interés tuvo Bolívar cuando entregó a Miranda: “Yo no puedo olvidar los interesantes servicios de Casas, ni de Bolívar y Peña, y en su virtud no se han tocado sus personas, dando solamente al segundo sus pasaportes para países extranjeros…”

Otra verruga fue la orden, en el año 14, de masacrar a más de ochocientos de civiles españoles que estaban presos en La Guaira. Su excusa: no podía dejarlos vivos porque se iban a convertir en una amenaza en la retaguardia de los que emigraban a Oriente. O sea, se criticaba a las barbaridades de Boves, pero se procedía igual. Pero, en el año 17, en Guayana, cuando mandó a pasar por las armas a 22 misioneros catalanes, ¿qué justificación podría dar? Hasta 1820, su accionar fue el de líder bárbaro. Pero después, a veces,  también incurrió en rigores injustificados; como cuando ordenó a Santander, después de Boyacá, que “enviara a San Pedro” los oficiales españoles que eran ya  prisioneros.

Muchos se preguntan por qué la mayoría de los peruanos no quiere a Bolívar. Por muchas razones, pero como el espacio es poco, van en forma sucinta. En principio, llegó como Libertador, pero a los cinco meses ya era dictador y a los tres años movía los hilos para ser presidente vitalicio. Una de las primeras órdenes a los jefes militares fue: “Tomar todas las alhajas de oro y plata de las iglesias para amonedarlas y destinarlas a los gastos de la guerra; todas las piedras preciosas y cuanto tenga valor en las iglesias, sin dejar en ellas, sino lo más indispensable para el culto”. Después de una insubordinación por falta de pagos, ordenó al general La Fuente “Haga Vd. perseguir de muerte a los que se levantaron, y que se fusilen donde se tomen”. Pero, por sobre todo, no lo quieren porque cercenó al Perú para crear a Bolivia…

A Bolívar no se le puede reducir al jinete encaramado en un caballo blanco que nos dibujaba la Historia del Hermano Nectario María en cuarto grado; a alguien impoluto, sin tachas;  a una especie de Sir Galahad moderno. No. Fue un hombre complejo, pero con más logros que desafueros. En todo caso, todo lo contrario de Esteban…