martes, 12 de agosto de 2014

Toda la política es local



Hace como siete u ocho años, cuando Miguel Cocchiola me informó acerca de sus intenciones de ofrecer su nombre para incursionar en el servicio público como candidato a la Alcaldía de Valencia, también me pidió un consejo —como si yo supiese de política— acerca de qué leer para informarse más sobre la materia y, así, actuar mejor al ser elegido.  Lo primero que se me vino a la mente fue recomendarle el libro escrito por Thomas O'Neill, Jr. (más conocido como Tip O'Neill) que lleva el título de “All Politics Is Local”.  Esta frase de O’Neill, que pasó al acervo cultural de la clase política estadounidense, debiera estar impresa en la mente de todos quienes busquen servir a sus conciudadanos, independientemente de los cargos que aspiren.  Lo que quiso explicar el autor es que el éxito de un político está directamente vinculado a su capacidad para comprender a sus electores e influir en los temas que les preocupan. Según este principio, son esas cuestiones personales — simples, mundanas, cotidianas— las que más importan a los votantes, no las grandes ideas inmateriales; mucho menos, las cobas altisonantes con las que nos están bombardeando desde hace quince años; que si la invasión imperialista, que si los malucos mercantilistas cuarto-republicanos, que si el hombre nuevo formado para servir al Estado (cuando lo debido es lo contrario).

 

Tip O’Neill no era un político de a tres por locha; fue miembro de la Cámara de Representantes durante 34 años ininterrumpidos, fue su Speaker por diez años, dirigió los esfuerzos demócratas para lograr la destitución del presidente Nixon por el escándalo de Watergate y unió a otros representantes y senadores de ancestro irlandés-americano para buscarle una solución a la guerra en Irlanda del Norte entre el IRA y el gobierno británico.  Fue un esfuerzo largo que duró ocho años y que culminó cuando se firmó un acuerdo de paz entre los beligerantes  Solo ahí descansó O’Neill.  ¿Qué motivaba?  Dos cosas: el haber vivido entre la clase obrera de Boston en la época de la depresión y una profunda fe católica.  Ambas lo llevaron a concluir que el gobierno tiene que intervenir para curar los males sociales, pero solo en la medida de lo que la prudencia requiera, sin acabar con los que producen puestos de empleo desde la empresa privada.  O sea, puro New Deal unos veinte años después de finalizado ese programa.

 

Al momento de su sepelio, fue Clinton el encargado de decir la oración fúnebre.  Entre otras cosas, explicó que: “O’Neill fue el adalid más prominente, poderoso y leal de la clase trabajadora (…) amaba la política y el gobierno porque vio que estos (…) podrían hacer una diferencia en la vida de los pueblos. Y, sobre todo, amaba a la gente”.

 

Me consta que Miguel ama a la gente, sobre todo la más desvalida.  Desde mucho antes de que decidiera entrar en la política, ya yo sabía de sus esfuerzos por instalar centros donde se les enseñase artes y oficios a las señoras de las zonas humildes del sur de Valencia.  Que desde el gobierno se puede mejorar la vida de las comunidades, ya él lo sabía y por eso resolvió ofrecer su nombre.  Su primera vez, ya lo sabemos de sobra, no tuvo éxito por la falta de unidad que imperó entre las facciones que ofrecieron candidatos para reemplazar a Paco Cabrera —que tan excelentemente lo hizo.  Por esa fisura fue que se coló el ladronazo e ineptazo de Alca-Parra, preso en buena hora.  Ahora, Valencia sabe mejor; ya aprendió con la experiencia de estos horribles cinco años en manos de incapaces para la administración sana y eficiente pero competentes en extremo en lo de meter la mano en las arcas públicas.  Dignos émulos de sus copartidarios caraqueños, indudablemente.

 

En las elecciones que vienen próximamente, los ciudadanos —si quieren que sus comunidades salgan del zanjón donde las tiene clavada la robolución, y recuperen la posibilidad de progresar— tienen que escoger a candidatos que se preocupen por las cosas locales, no por complacer a los burócratas que emiten órdenes absurdas desde lujosos despachos caraqueños.  Y esa regla vale desde Güiria hasta San Antonio del Táchira y desde Castilletes hasta Santa Elena de Uairén.  Esos candidatos son los que, producto del voto popular, deben tomar las decisiones; no los que son designados por “asambleas” tumultuarias dirigidas por el PUS, que es como se “escoge” a los fulanos consejos comunales.  Esos consejos no deciden nada: ellos tienen que someter sus necesidades a Caracas y esta es la que dispone a quién se le resuelve a y quién no.  Todo, dependiendo de la afinidad política y no de lo apremiante de la situación.

 

Para evitar que cosas así sucedan es que mis votos del próximo domingo son para Miguel Cocchiola —quien debe estar ganando por mucho puesto que hasta Girafales se ha dedicado a denostarlo—, por Gladys Valentiner para concejal por el circuito donde voto, y por el candidato por lista de la MUD, sea quien sea.  Así recomiendo que lo hagan todos los valencianos. 

 

Una historia de cuatro ciudades


“Fusilo” descaradamente el título de una novela de Charles Dickens para relatar unas experiencias que tuve recientemente cuando viajé a los extremos suroccidental y nororiental de Venezuela.  Por un lado, visité la isla de Margarita y la ciudad de Cumaná y, por el otro confín, estuve en San Cristóbal y San Antonio.  Las similaridades y algunas notorias peculiaridades entre esas ciudades es lo que intento glosar hoy.  O sea, algo parecido a lo que hizo Dickens con Londres y París.  Eso sí, guardando las distancias tanto entre esas dos capitales y las ciudades de mi comentario, como entre la excelente prosa de míster Charles y los garrapateos de  este servidor.


El inglés comenzaba “A Tale of Two Cities” con aquellas memorables líneas de: “It was the best of times, it was the worst of times...” y seguía con un machacante empleo anafórico de ese “it was” para contrastar lo admirable y lo despreciable de esa época.  Lamentablemente, por estos lados, y en estos tiempos, al hacer un intento de descripción, pareciera que habría que dejar de lado las enumeraciones virtuosas que hacía el inglés: sabiduría, fe, ilustración y esperanza, porque lo sensato sería insistir en los sustantivos negativos de la narración: insensatez, oscuridad, desconfianza.  Es que, en verdad, estamos en el peor de los tiempos.

 
En las ciudades venezolanas hay cosas que se repiten: una es la inmensa cantidad de metros cuadrados pintados de rojo haciendo propaganda ventajista desde el poder —recordemos que esa pintura sale del erario; o sea, que velis nolis la pagamos los ciudadanos—; lo único que cambia son los nombres de los candidatos.  Otra, es el atiborrante despliegue de fotos del difunto; se nota un descarado intento de crear un mito similar al que sufrimos de Bolívar, solo que con alguien que no construyó, como don Simón, sino que destruyó.  ¡Ojo!, no me opongo a la realidad histórica del Padre de la Patria, con sus cosas buenas y malas; lo que me choca es el intento reciente de dibujarlo socialistoide y moreno, siendo que era liberal y blanco.  Todo, para asemejarlo a quien pretenden elevar a los altares como un impoluto, virtuoso, valiente y justo patriota —siendo que era de todo menos eso—; asemejarlo, como mínimo, a Sucre, pues.   Otra, es la cantidad de mercachifles, buhoneros y gorrones (porque pordioseros no son) que obstaculizan el tránsito de peatones y automotores y que implica consecuencias: montones de desechos mal dispuestos, hedores agobiantes, ratas y cucarachas por montón; golpes a los ojos y al olfato que hacen invivible los centros de esas ciudades.

 
Otra más son los puestos de control policial cada 20 metros que han instaurado para hacer creer que están obrando contra la seguridad.  Se llega a uno y hay que someterse al escrutinio de un agente policial; cuando este autoriza continuar, se debe pasar por las mismas interrogantes de otro agente de otra policía que tiene otro control a escasos 20 metros del primero.  Y cuidado si más adelante no hay otro puesto donde un uniformado perteneciente a esa cosa inconstitucional que mientan las milicias.  En estos, la ordalía es peor porque esos tipos no saben qué es lo que deben preguntar, qué documentos pedir o, simplemente, qué hacer.  Pero ahí están, en lugares sin adecuadas marcaciones de alerta, como monumentos a la insensatez e ineptitud oficiales.


En ambos extremos del país, y en el centro de la geografía, los apagones ocurren con  la misma insistencia; todos, igualmente insufribles.  Los reclamos vecinales por ese inconveniente son diarios.  Y llegan a algo que ya se está pasando de maraca y ante los cuales, la autoridad nada dice, nada hace: los cierres de vías.  Cumaná estuvo dos días enteros aislada porque los vecinos de Santa Fe (caserío que le queda antes) decidieron protestar así.

 
Ahora, en el poco espacio que me queda, hablemos de peculiaridades.

El suministro de combustible en el Táchira es de horror.  El fulano chip impide que los tachirenses (y los turistas que van por allá) tengan los mismos derechos que sus connacionales en otros estados.  Lo cual es inconstitucional.  Todo el mundo comenta que esa medida —aparte de hacer más millonario al rojo que inventó el negocio— no sirve para combatir el contrabando; que no es en los carros particulares donde llevan el combustible para Colombia; es en cisternas enviadas por algún “chivo” y escoltadas por uniformados que va el matute. 


En Cumaná se quejan de que dentro de dos años, la ciudad celebrará 500 años de su fundación —la primera de todas en Suramérica— y no hay estudios serios para convertir ese fasto en una oportunidad de progreso.  Como, hasta hoy lo único que se sabe es que le van a levantar una estatua al Héroe del Museo Militar, las fuerzas vivas están preparando un documento de alerta y exhortación a las autoridades.  Yo por mi parte —visto el adefesio polícromo que dizque es Sucre y que pusieron en la entrada de la ciudad—, con toda la seriedad que me caracteriza, propongo que el homenaje sea elaborado por el mismo “artista”.  Y que sea con un busto ecuestre… 

 

Villanías a granel


 
Si algo ha caracterizado a este régimen han sido las villanías que sus personeros cometen con gran falta de escrúpulos y muy seguido.  Todos estos últimos quince años han sido eso.  Llevados de la mano y con el ejemplo del interfecto fallecido, todos los jerarcas han sido consecuentes en solo una cosa: la comisión de vilezas, ruindades e infamias.  Siempre con un objetivo: mantenerse en el poder a cualquier costo y sin importar el mal que se ocasione ni las pérdidas de todo orden que se le cause a la república.  Pongo un ejemplo remoto, aunque los debe haber anteriores.  El de la riada en el Litoral Central en diciembre del 99.  El gobierno sabía desde horas de la tarde el drama que estaba aconteciendo, pero prefirió ocultarlo hasta asegurarse de que se había logrado el éxito en la votación de la Constitución.  Y, después de eso, se dedicaron a festejar en cadena, perdiendo un tiempo valiosísimo en el rescate de las víctimas.  Y, luego, para añadir ludibrio a atrevimiento, se negaron a recibir la ayuda de las unidades navales de los Estados Unidos que estaban prestas para hacerlo —y cuya ayuda había solicitado uno de los ministros del gabinete, que no se nos olvide— porque lo importante para los robolucionarios en ciernes no era socorrer a los sobrevivientes, sino causarle una afrenta al imperio.  Es tan diminuto el concepto que tienen de ayudar al prójimo en dificultades, que todavía hay damnificados a quienes no se les ha solucionado sus problemas.

 

Por eso, los desmanes planificados por los del G-2 cubano y ejecutados prestamente por su cipayo colombiano en estos últimos días no debieran extrañar a nadie.  Que desde la cúspide organizativa —había escrito “desde lo más alto del poder” pero corregí porque el tipo es un mandado— se le dé luz verde a las pobladas para que “vacíen los anaqueles”, a sabiendas de que estas lo van a entender como “saqueen” es una bastardía como mínimo.  Que, contraviniendo la Ley se autorice para, manu militari, intervenir en el comercio de productos que no son de primera necesidad ni están regulados no aparece dentro de las facultades prescritas para el Ejecutivo Nacional.  Pero pareciera que regalar lo que no es de uno es muy sabroso.  ¿Qué importa que se lleve a la ruina al comercio? ¿Qué importa que ya nadie quiera invertir un solo bolívar en el país?  ¿Qué importa que las escaseces estén a la vuelta de la esquina?  Lo importante para ellos es tratar de que el descalabro que van a sufrir el 8-D no sea de las magnitudes que ya se avizoran.  Hay quienes critican a los que se han aprovechado —largas colas desde la madrugada por delante— de esa  tan insensata medida gubernamental.  Yo no lo hago.  Es por aquello de que el día que llueva caldo de pollo, la gente no saldrá con paraguas sino con palanganas.  La crítica y vituperio tienen que estar apuntando hacia quienes son responsables de esta barbarie que nos toca vivir: el ilegítimo y sus sigüíes. 

 

Recientemente, también —y siguiendo el ejemplo que por muchos años dio el exangüe fenecido— hemos visto cómo desde el cucuteño para abajo, todas las autoridades nacionales, regionales y municipales que visten con lujosas chemises y guayaberas rojas se han pasado por la bragueta la norma que les prohíbe hacer propaganda política desde sus cargos y se han dedicado a denostar de los candidatos opositores que tienen probabilidades de ganar.  ¿Qué hay que inventar acusaciones? ¡Pues las inventan!  ¿Cuál es el problema para ellos?  Para eso tienen una pandilla de asalariados dedicados a tiempo completo para concebir villanías.  De ese mismo material es que están hechas la arbitraria detención del coordinador de giras de Henrique Capriles, como si con eso lo fuesen a amedrentar; las acciones seudolegales contra diputados de la oposición para asegurarse el voto 99; y la utilización de las televisoras y radios que, supuestamente, son de todos los venezolanos y no de una facción, para alabar a los copartidarios pero, por sobre todo, para arremeter contra los contrarios.

 

La bajeza dirigencial llega a tanto —y vistos los resultados negativos para el oficialismo de las indagaciones demoscópicas— que el mismo Girafales ha tenido que salir a vomitar infundios en contra de la empresa de la familia Cocchiola porque el candidato a la Alcaldía de Valencia y fundador de esa organización está muy despegado de su seguidor, el candidato oficial.  Por cierto, Nicky, a la madera no le cae “polilla”, eso es con la tela.  ¡Volviste a meter la pata!  De allí, también, los intentos de saltarse a la torera la inmunidad del candidato Cocchiola y tratar de ponerlo preso sin razón ni causa que lo justifiquen.

 

La maldad y la bellaquería oficiales son tales, que dejan que Simonovis se muera poco a poco pagando cárcel por un delito que nunca pudieron probarle.  Al hacerlo, siguen una vez más el ruin ejemplo dado por el héroe del Museo Militar, quien olvidó que él fue objeto de una medida de gracia por un delito que sí cometió y que resultó en la muerte de muchos venezolanos…

 

¿Hasta cuándo este remedo?



Jack Cade es un personaje histórico; existió en la vida real y fue quien dirigió una revuelta contra el rey de Inglaterra en 1450.  Sin embargo, el conocimiento que se tiene de él se debe más a que aparece en el “Enrique VI, parte 2” de Shakespeare.  ¡Y qué personaje, señores!  La historia y la obra teatral coinciden en que era poco instruido, desalmado, populista y mentiroso.  O sea, igualito a alguien con poder que anda por aquí.  Por eso, creo que vale la pena hacer un parangón entre ambos figurantes.

 

Como Cade intenta apoderarse de la corona inglesa, requiere ocultar su origen humilde y su desempeño como oscuro albañil; decide entonces hacerse pasar por hijo bastardo de Enrique V, se cambia el nombre y exige que se le reconozca como John Mortimer, siendo ese apellido el de una noble familia que tenía pretensiones al trono.  En nuestras latitudes, para poder mangonear desde el Ciliaflores, el tipo busca esconder sus orígenes nortesantandereanos.  Para hacer creer que es nacido aquí, manda a su ministra de asuntos electorales a que muestre —solo por un par de segundos— una fotocopia de algo dizque es un registro de nacimiento.  Pero, el paralelismo más importante está en que también se declara hijo de quien no es en realidad.

 

Después hay que analizar el populismo de ambos.  El nacido en Sussex tenía tal sancocho mental que prometía que bajo su gobierno siete panes de a medio penique se deberían vender por un penique, que las ollas de tres aros iban a tener diez, que todos comerían y beberían con cargo al presupuesto y que por las tuberías del acueducto iba a correr vino.  Eso sí, siempre y cuando la gente “worship me their lord”.  Al de por estos lados — que imita la irracionalidad de su paralelo del siglo XV, pero arropado por el “socialismo siglo XXI”— se le hace fácil “sugerir” a los comerciantes que vendan a pérdida.  Porque si no, puede llegarles una poblada a “dakearlos” con la vista gorda de las autoridades que, se supone, deben mantener el buen orden.  Y más luego les manda a Samán y sus muchachos para que tengan que vender a precio vil lo poco que les quedó.  Parece que no quiere internalizar que en un país con cincuenta por ciento de inflación anual, si a un comerciante se le exige que venda con una ganancia de solo un diez sobre el costo, y el bien pasó tres meses en el anaquel, lo que hay es pérdida y no habrá reposición de inventarios.  Pero eso debe ser muy abstruso para alguien que ni siquiera completó bachillerato…

 

Cade mandaba a matar a todos los que tuviesen categoría, ascendencia, cultura y conocimientos.  Es enfático en eso de que We will not leave one lord, one gentleman”.  Por eso, cuando el secretario del pueblo de Chatham le contesta que da gracias a Dios por haber tenido educación, lo califica de traidor, lo manda a ahorcar y ordena que le adornen el cuello con su pluma y su tintero.  Y cuando a Lord Say le preguntan qué opina del condado de Kent, su respuesta —“bona terra, mala gens”— fue más que suficiente: lo manda a matar porque sabe hablar latín.  Nuestra versión criolla tampoco ve con buenos ojos a la gente con erudición, a las personas con genealogía, a los capitanes de la industria.  Puede que sea tanto por envidia como porque los ve como un estorbo en sus avideces socialistoides; cualquiera que sea la razón, trata de destruirlos. Pero, en su descargo, hay que decir que no se le conoce (hasta ahora) que haya mandado a matar a nadie.  Porque a él le basta actuar como su fallecido padre putativo: destruyendo las reputaciones bien ganadas de sus adversarios.  Sin aportar una sola prueba, vierte mentiras en los oídos de los más sencillos de mente y les insufla que María Corina es agente de la CIA, que Capriles es un judío capitalista, que Leopoldo es reo de corrupción, que Cocchiola es usurero y tramposo.

 

Sobre el último de los mencionados quiero hacer un aparte.  Porque es mi amigo y porque este caso deja claro la razón de los denuestos y agravios.  Cocchiola está ganando tan de calle la alcaldía de Valencia que se ven en la obligación de “ajusticiarlo”.  Necesitan ganar como siempre lo han hecho: con trampas y falta absoluta de escrúpulos.  Conozco a Michele muy bien; desde hace muchos años es mi amigo y me consta que es un caballero cabal, un hombre sin pizca de maldad, un comerciante honrado y un venezolano que quiere a su país.  En razón de esto último, desde hace años, dejó los negocios de lado y ha ofrecido su nombre y sus servicios a la ciudad y la nación.  Lo ha hecho bien y cuando gane la alcaldía lo hará mejor.  Será un alcalde a lo Paco Cabrera: pocos discursos y muchas obras.

 

Si el de Suffox había decidido que solo su boca bastaría como Parlamento de Inglaterra, el de Ocaña trata de legislar sin la Asamblea.  Pero el 8-D no va a importar cuántas habilitantes le consigan los William Ojeda del Legislativo —ni cuantas trampas armen Tibi y las otras tres arpías—: Nicky va a descubrir que no podrá acabar con la propiedad privada, aniquilar la instrucción de calidad ni gobernar autocráticamente.  El 8-D será nuestro Alexander Iden, el sheriff de Kent, que le echó un parao a Cade…

 

Carta a Colacho

No muy ilustre —ni ilustrado— detentor (y uso la palabra correcta) del poder ejecutivo: hace tiempo que no mandaba una correspondencia a alguien tan elevado en el gobierno.  La anterior fue en el 99, cuando le remití una carta pública a su antecesor cuando vino al Campo de Carabobo con la menor de sus hijos legítimos (entiendo que otros por ahí) y todos pudimos ver a la chamita jugando con el bastón de mando en jefe de las Fuerzas Armadas.
 
Me toca molestar su atención para decirle, desde muy dentro: ¡Cónchale, vale, tronco de hombre nuevo el que estás formando con tu ejemplo y tus consejos!  Porque eso de “que no quede nada en los anaqueles”, fue cumplido al pie de la letra…  Lo del Daka de Valencia demostró que cuando usted da una orden, ¡se cumple!  Y déjeme decirle —como testigo de primera mano, pues vivo a escasas dos cuadras de ese almacén— que hasta los compatriotas que usan chemises rojas en vez de franelas del mismo color y los uniformados acataron su ucase: televisor plano de 42 pulgadas o más que veían, lo zampaban en sus camionetotas o patrullas con gran diligencia.  ¡Cómo se ve que la instrucción que imparten los del G-2 en las comunas y los cuarteles ha sido todo un éxito!
 
Por las críticas de los que tienen melindres de moral y decencia cívicas no se preocupe: son minoría.  Porque con eso no se gana elecciones.  Es mejor que usted siga ordenando confiscaciones a diestra y siniestra; no importa si devienen en saqueos: se mata dos pájaros de una sola pedrada: se aterroriza a los comerciantes y se empobrece más la economía; que es lo que se busca: igualar por debajo hasta que no quede nada por robar.  Así ya no habrá inseguridad. 
 
Por cierto, y hablando de saqueos, hago una digresión: ¿sabía que un amigo socarrón, Eddy Barrios, está proponiendo un nuevo verbo: “dakear”, cuya acepción principal sería igual que lo que indica el DRAE: “Apoderarse de todo o la mayor parte de aquello que hay o se guarda en algún comercio”, pero en la Venezuela de hoy.  Y pone ejemplos: "Ayer actuaron dakeadores". "Los dakeadores de la hacienda pùblica".
 
Regreso a lo que estaba planteando: cuando se trata de supervivencia —y usted y su régimen están en eso— todos los artilugios son valederos.  Es un secreto a voces que usted y los suyos están muy mal en las encuestas, que su popularidad está por el suelo.  Dada esa circunstancia, es un recurso válido el dejar de lado la Constitución y el juramento hecho sobre ella; es el agarrarse de un clavo ardiendo.  En fin de cuentas, si sus normas han sido violadas desde el mismo día de su promulgación, no es nada nuevo lo que usted hace.  Por ejemplo, el Art. 116 exige que las confiscaciones de bienes solo sean mediante sentencia firme; y usted ya dio afirmó: si tengo que confiscar almacenes enteros (…) lo voy a hacer…”  Eso lo entiende la multitud de dos formas: que usted se va a pasar por la faja lo que dice la Constitución, o que el Poder Judicial va a hacer cualquier cosa que usted le mande.  iEso refuerza el temor de las masas!  Lo que es de lo más conveniente en esta coyuntura…
 
Otra cosa más: no importa que los electrodomésticos no estén regulados.  No importa lo que el Art. 112 garantice acerca de la libertad de la actividad económica, de la iniciativa privada, o de la libertad de empresa.  Menos, lo que estatuye el 115 acerca del derecho de propiedad.  Si usted mandó a dejar los anaqueles vacíos, ¡pues se cumple y listo!  Es cuestión de ser expeditivo, que según el mataburros es:dar salida a un asunto sin muchos miramientos, evitando trámites”.  Lo que sí debió analizar bien, por aquello de la realpolitik, son: cuántos callos va a pisar entre los altos mandos enchufados en Cadivi y cómo le va a caer esa medida a los palestinos, que tantos “aportes” han dado a personeros del régimen.  ¡Pero, ni eso!  Usted, cabeza fresca; porque ya eso lo debieron haber analizado los del G-2 cubano.  Que para eso fue que se los mandó Raúl…
 
Lo que sí no encuentro, camarada, como delito de acción pública es eso de la “usura” que usted alegó.  Le cuento que me revisé el Código Penal desde el título III hasta el X y no la encontré como figura delictual penal.  Pa’ mí, que eso debe estar en el Código Civil.  Y, como tal, de acción privada.  Pero, ¡tampoco le pare!, que para eso tiene jueces complacientes.  Por favor, y perdone que lo moleste con estas minucias, dígaselo al jefe del Órgano Superior para la Defensa de la Economía, general García Plaza, quien también salió con eso.
Por último —porque no quiero abusar de su paciencia— deje de lado lo que hizo y dijo Lenin en el año 25 ante el fracaso de sus políticas económicas.  Él restauró los principios del mercado, suspendió  la política de confiscaciones y admitió: “Presumimos ser capaces de organizar la producción y (...) distribución desde el Estado (...) Estábamos equivocados (...) Debemos construir sobre el interés personal, los incentivos personales y los principios de negocios (...) debemos lograr primero que funcione (...) el capitalismo de estado.”  Porque ese era del socialismo real; nosotros estamos en el socialismo del siglo XXI…
 
Por favor, dele mis saludos a doña Florinda.

Amigos bien disímiles


Los venezolanos estamos construidos con una memoria muy corta.  Lo cual es una ventaja cuando de agravios se trata; porque el olvido es un buen sustituto del perdón.  O, por lo menos, hace más fácil la convivencia.  Empero, hay otras cosas que debieran ser atesoradas por la ciudadanía y también sufren el rasero del descuido  y la ligereza.  Por ejemplo, ya nadie se acuerda de los saltos cuántico y cualitativo que dio Carabobo entre 1990 y 1996 en razón del gobierno regional que se dieron los carabobeños en esa época.  Lo que hoy está de moda en nuestro Estado es denostar contra Henrique Salas, haciendo dejación (en lo que puede llamarse “ceguera voluntaria”) del hecho que él fue el líder del equipo que tuvo ese logro.  En esos tiempos, era común que él y su gabinete hiciéramos buenos los versos de Hamlet: “…whose sore task does not divide the Sunday from the week”.  Porque era común que los fines de semana se nos trastocaran en días laborables y que las reuniones de coordinación duraran hasta las 10-11 de la noche.  Así fue como logramos el objetivo: trabajando con denuedo.  Fueron los tiempos en los que los carabobeños, cuando recibíamos visitas de amigos o familiares que venían de lejos, frecuentemente escuchábamos: “Es que, al salir del túnel de La Cabrera, pareciera que se está llegando a otro país…”

 

Fue en esos tiempos en los que tuve el privilegio de conocer a Asdrúbal González —un excelente escritor y, actualmente, cronista de la ciudad de Puerto Cabello— porque ambos formábamos parte de ese equipo empeñado en hacer a Carabobo un lugar mejor.  Con el tiempo, luego de aquilatar su sapiencia y disfrutar de su perenne chispa, llegué a reconocerlo como amigo.  Cosa que es más admirable si hacemos notar lo disímiles que somos: Asdrúbal toda su vida ha sido “ñángara” (uso la palabra sin pizca de insolencia) y yo tiendo a ser conservador en mi filosofía.  De hecho, a finales de los años sesenta, Asdrúbal apoyaba a las guerrillas y estaba encargado de los suministros clandestinos a los irregulares que actuaban entre las serranías de Yaracuy y la faja costera de Carabobo; y yo era uno de los oficiales de la Guardia Nacional que, desde Puerto Cabello, debíamos impedir esos abastecimientos.  Cosa en la que no teníamos mucho éxito, lo admito.

 

Hoy rememoro estas cosas porque el domingo pasado, se realizó un homenaje —muy merecido, por lo demás— para celebrar los 75 de vida y 50 de escritor de Asdrúbal, y porque entre los asistentes estábamos personas bien desemejantes en nuestras maneras de pensar.  Y lo pasamos súper-bien, conversamos cordialmente antes y después del acto, sin aspereza alguna en el trato.  Pero, por sobre todo, gloso esto en razón de los buenos resultados que tuvimos trabajando juntos en el Gobierno de Carabobo de comienzos de los 90.  Me gusta pensar que si se soslayase las diferencias y se enfocase más en las cosas en las que se concuerda, las posibilidades de echar para adelante una región y un país se potenciarían.  El Gabinete estaba conformado por lo que alguien comparó con “un abanico de todos los colores”.  Entre los extremos marcados por la ideología casi anárquica de Asdrúbal y el pensamiento castrense mío, había los de otros compañeros de gabinete que tenían ideologías democristiana, socialdemócrata, liberal y hasta reaccionaria.  Era tal la disimilitud de las individualidades, pero estaban tan aglutinadas las miras grupales, que hasta se llegó a hablar de una suerte de mesa redonda alrededor de la cual se sentaban unos caballeros con un primus inter pares que planificaba con nosotros.  El gobernador decidía las prioridades y señalaba la ruta hacia el objetivo; pero, después, estaba de parte nuestra convertir esas guiaturas en acciones.  ¡Y lo logramos!

 

Ojalá que volviesen tiempos así en las ciudades, las regiones y el país.  Solo cuando eso suceda, lograremos que Venezuela deje de rodar por el despeñadero, se estabilice y retome la senda del avance hacia el desarrollo.  Para ese logro, hace falta la colaboración de todos, dejando de lado las banderías y actuando con verdadera solidaridad.  No basta, nos explicaba recientemente el padre Ugalde, con dar demostraciones de tolerancia: “…el diccionario dice que la tolerancia consiste en ‘permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente’ (…) resulta un retroceso deprimente que en pleno siglo XXI ansiemos la tolerancia que no tenemos. La Constitución bolivariana declara que todos somos iguales ante la ley y tenemos la misma dignidad; por tanto no es posible que haya gente meramente tolerada”.

 

Solo cuando se deje de lado la pugnacidad y la porfía que existe hoy entre los dos grupos antagónicos (de iguales magnitudes, déjenme que les diga) y se pongan a trabajar de consuno —y cuando los indiferentes que los estudios demoscópicos tienden a colocar en medio de esas dos facciones abandonen la apatía— podremos encontrar la vía hacia un desarrollo nacional más justo y más eficiente  Y podrá enseñorearse una paz de verdad-verdad entre nosotros…

 

Pajarobravismo a millón

 
 
Dejémonos de vainas: pongámonos la mano sobre el pecho y reconozcamos que, una vez más, esa eminente venezolana que se llama Mercedes Pulido tiene razón: los pájaros bravos se dan silvestres en nuestro país.  Es que los venezolanos somos avispadísimos, creemos que nos las sabemos todas, que a cualquier hijo de vecina se las podremos ganar siempre, que la picardía nos viene por algún gen familiar que los demás no tienen.  Nos “coleamos” hasta en la fila para comulgar.  Si podemos robarnos los servicios públicos, le damos sin misericordia.  Si trabajamos en una registradora, redondeamos hacia arriba y lo que va quedando se vuelve nuestro al cuadrar la caja al final de la jornada.  Nos comemos las luces rojas sin importarnos que se ponga en peligro a la circulación ni que le estemos pisoteando el derecho a otro.  Y valga una digresión: según Peter Albers —un apreciado amigo de ancestro y comportamiento teutones, pero valenciano hasta la cacha— nuestros semáforos emiten cuatro señales: verde significa “dale”; amarillo, “apúrate”; rojo, “todavía tienes chance”; y, unos diez segundos después de aparecer el rojo, “ahora si te jo…”
 

Los venezolanos actuamos como consecuencia de ese creernos con derecho a ser unos tunantes desvergonzados.  Hasta que nos llega el instante en que debemos pagar; en el que otro, que también se cree muy vivo, nos encarama.  El ejemplo más reciente, pero no el único, es el del alcalde de Valencia.  Que lo es todavía (y en mala hora) no importa cuántas maniobras contra-legem inventen los concejales rojos para complacer a los maniobreros que están más arriba que ellos en el PUS.  El tal Alca-Parra creía que con un discurso moral de labios para afuera y con miles de fotos apareciendo al lado del comandante eterno pero que se murió, iba a poder sisar del erario indefinidamente.  No obstante, llegó el momento en el que le fue estorboso al régimen, porque si competía por la alcaldía el 8-D iba a sacar menos votos que María Bolívar y unos, tan vivos como él decidieron que había que bocharlo.  El tipo resulta encausado por lo pájaros bravos que son sus patibularios —unos tipos que hasta ayer nomás emitieron votos negando las solicitudes de hacerle investigaciones a la administración de ese señor—, no porque era lo correcto, lo debido, lo moral. 

 

Pero no es el único caso.  Por el contrario, es solo el más reciente de una especie de aluvión infecto y descomunal que se ha asentado en esta sufrida tierra desde hace quince años.  Siempre hubo y sinvergüencerías en la política venezolana, pero nunca con tanto descomedimiento, tanta falta de escrúpulos como ahora.  Una muestra es que, hace ya un bojote de años, la redecoración de un baño en el despacho de “Ojitos lindos” significó una suma de seis cifras altas (como dicen eufemísticamente los banqueros).  Y de eso es de lo menos grave que se le acusa; pendientes —a la espera de que haya una fiscala que se ocupe más de la vindicta pública y menos de perseguir a los adversarios políticos— están veintitantas denuncias bien documentadas.  Pero la ceguera selectiva es una de las características del régimen.

 

Es un descaro que alguien a quien botaron de la Fuerza Armada por defalcar una cantina sea ahora el verdugo brutal que en nombre del PUS derrama sus regurgitaciones en la Asamblea.  Que España tenga presos a quienes pagaron “gratificaciones” a unos negociadores venezolanos por la construcción de unos buques para la Armada, pero que esos “gratificados”, paisanos nuestros, no solo anden libres sino que además estén mangoneando desde el poder es como mucho.  Que un número bien significativo de nuestros altos mandos estén sindicados internacionalmente como facilitadores del tráfico de drogas, es el colmo.  Que desde la presidencia se quiebre al país y se condene a nuestros pobres a ver cómo el dinero se les encoge con cada día que pasa, porque deben regalar nuestro patrimonio en otras latitudes para asegurarse los votos de unos ambilaos regados por todo el Caribe, clama al cielo.  Todos ellos, vivísimos.  Hasta que, como explica el refrán francés: “à chaque porc vient la Saint Martin”.  Que por aquí traducimos como: “a cada cochino le llega su sábado”…

 

Sin embargo, supongo que lo que pasa por aquí no es cosa de la genética sino de algún morbo en el aire.  Porque gente que no ha nacido aquí también demuestra esas “destrezas”.  Y se llega al colmo de que alguien que no se sabe bien dónde nació, si en Ocaña o en Cúcuta, se coja una presidencia.  Claro que en eso tiene que tener acompañantes.  Un par de ancianitos senectos, extranjeros también, le metieron el asunto en la cabeza en una carambola complicadísima (de unas cinco bandas, por lo menos) y maniobraron para que lo designaran.  También debió haber (y hay, porque es un delito continuado) una complicidad necesaria de parte de connacionales que, como para ellos dizque “la patria es América” piensan que lo que estatuya la Constitución es irrelevante.  Banal, pues, piensan ellos.  Pero que no se les olvide que San Martín, que en otras latitudes se conmemora el 11 de noviembre, nosotros decidimos pasarlo para el 8 de diciembre…