jueves, 12 de julio de 2012

Nazismo de pacotilla

Dentro de algunos días, tendré que llevar la palabra en una peña de amigos para hablar sobre las vicisitudes que llevaron a la Segunda Guerra Mundial. Un paso obligatorio en la preparación del esquema es la lectura, por enésima vez, de lo que escribió William Shirer acerca del auge y caída del Tercer Reich; desde 1962 tengo la primera edición del libro. En mis lecturas y consultas anteriores siempre las relacioné con los acontecimientos internacionales. Pero esta vez, mientras revisaba, no podía dejar de hacer paralelos con las cosas que a uno le toca presenciar en el suelo nativo. De eso es que vamos a hablar hoy. Los puntos no estarán dispuestos por fecha ni por importancia, sino que irán apareciendo en el orden en que vengan a la mente.

Lo que me viene primero —quizás por estar más cercano en el tiempo— es lo de la actuación de la Policía Nacional para impedir que Capriles se encontrase con la gente de La Vega en Caracas. Era una actividad programada, participada a la autoridad y que iba a ser realizada dentro de los términos establecidos para la campaña electoral. Pero que parecía inconveniente a los detentadores del poder porque dejarían patente que aun en los lugares más menguados cala el mensaje del flaco mirandino porque entre sus habitantes hay quienes han sufrido en carne propia la inseguridad, la escasez y la insalubridad que agobia a todo el país; porque se sienten ninguneados por el régimen. Por eso, se dio la orden —sin importar lo ilegal e inmoral de ella— de impedir el paso de los que se manifestaban por un cambio en el país. Lo raro es que pusieron a cumplirla a la Policía Nacional, a la cual habían estado preservando con buen nombre para ver si logran de verdad que sea nacional. Lo usual es que encarguen de eso a la Guardia —últimamente devenida en algo represivo, tipo SA nazi (a SS no llega)— o a la brigada de motorizados armados y pagados por la Asamblea para aterrorizar a los adversarios. Muy Alemania 1934, en todo caso.

Lo otro es el intento de obtener ventajas en el campo internacional mediante las groseras exigencias a funcionarios de otras naciones. La tentativa del chofer de autobús devenido en canciller para sacar de su misión constitucional a los militares paraguayos y que tomaran posiciones políticas solo se diferencia de la torcida de brazo a Schuschingg, el canciller austriaco  y el ultimátum a Hacha, el presidente checo, en que estos tuvieron que ceder ante la máquina de guerra alemana; mientras que los guaraníes no aceptaron ni amenazas ni intentos de soborno. La petrochequera, empero, logró “convencer” a Kristina, Vilma y Pepe para que le aplicaran a Paraguay el Protocolo de Ushuaia, un documento del cual no es parte y, por tanto, no está obligado a reconocerlo, mucho menos a cumplirlo. Por lo que se llega a la paradoja de que Paraguay y sus autoridades —que actuaron apegadas a la Constitución— son acusados de golpistas, mientras que los que violaron las normas de Mercosur y Unasur son alabados como demócratas. Cuando las instituciones se deforman para convertirse en meros clubes de presidentes —donde lo único importante es la conservación de sus privilegios— suceden cosas como estas.

El show de Los Próceres no pudo ser más hitleriano en su concepción, que no en su desarrollo. Eso de rodear al hegemón barinés de banderas, oriflamas cantos pseudopatrióticos y exceso de loas políticas —aparte de ir en contra de lo estatuido por el CNE en lo referido a propaganda—es muy alemán de la pre-guerra. Pero entre la marcialidad prusiana que nos muestra tan bien Leni  Riefenstahl en su “El triunfo de la voluntad” y las payasadas  vistas el 5 de julio (con cajero automático y todo) hay una distancia tan grande como la que hay entre La Tour d’Argent parisina (tan afecta a los boliburgueses) y una arepera socialista de las de Samán. Si lo que se buscaba era amedrentar con el despliegue de sistemas de armas, perdieron su tiempo.

Y si Hitler tenía a un Goebbels empeñado en usar los medios de entonces (cine, radio y periódicos era lo que había), por aquí tenemos a un pichón de émulo, Rizarrita, que no tiene empacho en admitir que busca obtener la “hegemonía comunicacional” y trata de hacer propaganda roja con toda la panoplia tecnológica de la que dispone, desde Twitter hasta VTV, con drogo hojillero incluido.

El parecido en todo es patético. Hitler dijo aquello de: “Concédeme otros cuatro años de forma que yo pueda, en beneficio de todos, explotar la unión conseguida”; y el de por aquí dice algo parecido pero más agalludo: le pide a Jesús su corona. Pero no la de espinas, la de Cristo Rey. Quiere seguir mangoneando eternamente. Pero el pueblo piensa otra cosa…


Como cajón de sastre


El título lo advierte; lo que escribiré hoy es un “conjunto de cosas diversas y desordenadas”, que es como define el mataburros a esa locución. Y tiene que ser así. Primero, porque he recibido peticiones bien diversaas; que regrese a mis críticas al mal uso del lenguaje, que diga algo acerca de las últimas declaraciones del Coma Andante; que comente algo de la fosforescente ministra que da órdenes por escrito antes de ser juramentada en el cargo, etc. Y, después, porque la segunda definición de la antedicha locución me retrata: “Persona que tiene (…) gran variedad de ideas desordenadas y confusas”. Pero no porque caí en manos del doctor alemán, sino —empleo las palabras de una amiga que debe saber de eso porque vive en Roma— de uno italiano: Franco De Terioro. En todo caso, empiezo a hurgar entre hilos, retazos, alfileres y demás parafernalia.

Resulta que esta robolución dizque “bolivariana y socialista" —e inepta, militarista y corrupta, parafraseando la frase de Héctor Strédel— está por encima de la voluntad popular. Boves II, en el programa que dejó grabado antes de ir nuevamente a recibir órdenes de su papá putativo, le afirmó a José Temiente: “…no estamos apostando la revolución bolivariana a un proceso electoral, ese proceso electoral es mandato constitucional y va a ocurrir, pero será un evento que no es determinante". Vale decir, que le sabe a fruta lo que piense la mayoría de los venezolanos. Cosa que ya barruntábamos; pero que él nunca nos lo había confesado tan paladinamente. Para él, la continuidad de la robolución o, mejor dicho, su eternización en el mando, se logrará, cuando los votos le fallen, a caballo “en la organización y en la movilización popular, (…) en la ideología” Y, más adelante, sin rubor, reconoce que lo que quiere es seguir siendo el hegemón: lo que hace es "para seguir construyendo la nueva hegemonía”. Y a renglón seguido, no le da pena admitir que “Estos llamados de inclusión y tolerancia son una necesidad política”. Vale decir, que son sólo un expediente calculado y sagaz para embelecar a los bobos que todavía le creen.

Antes, el tetrasoleado que, según Makled, está muy untado en el narcotráfico había declarado que los votos no le importan a los robolucionarios que usan el verde oliva, porque ellos se encargarán de deponer a quien surja como vencedor en los comicios venideros y de encumbrar a Suco Mandante. Más recientemente, el Primer Hermano, el que mangonea en Barinas, había dicho algo parecido, que no hay que limitarse a lo electoral porque siempre les queda el recurso de las armas. Sin embargo, una cosa es que lo digan los payasos, y otra muy distinta es que lo diga el dueño del circo.

Ya antes había pontificado sobre algo que cree que sabe: la economía mundial. No podía ocultar la alegría que siente por los apuros por los cuales pasan hoy los Estados Unidos y muchos países europeos, porque —iluso que es él— cree que eso implica el fin del capitalismo y el triunfo de las leyes económicas que inventó Giordani. Si ninguno de los dos ha logrado poner algo de orden en las finanzas venezolanas, cómo pueden opinar. Lo más sesudo que han hecho es emitir más deuda “soberana”. ¡Que será una soberana deuda que nos tocará pagar después que los saquemos! Grecia, en el peor momento de su crisis, emitió bonos al 4,5%. Y todo el mundo vio en eso la quiebra del país. El más reciente de los nuestros, el que ha de vencer en el 2031, paga el 11,95%. ¡Casi el uno por ciento al mes!

Pero el tipo sigue en su omphaloskepsis, viéndose el ombligo, sin pararle la más mínima bola a los problemas que tiene en casa, y asegurando que hay que “liberarse de la dictadura del dólar”. Pues yo le tengo la solución: para liberarse de ese ominoso yugo, que no cobre más en dólares las exportaciones de petróleo. Que exija que le paguen en pesos cubanos o en riales iraníes. Y que siga incrementando las reservas internacionales con bonos de las deudas públicas de Bolivia, Nicaragua y Cuba (los de Ecuador no porque, aunque Correa es panita, por allá usan los malditos billetes verdes). Así sí que vamos a salir de abajo…

Hablando de bonos, el doctor Martí Carvajal me mandó una perla. Resulta que en la jerga oficial —empleada por unos ignorantes que quieren disimularlo con pomposidades vacuas— los interesados en obtener dichos papeles no son “personas con opción a adquirirlos”, sino “opcionados”. Me imagino que estos deberán llegar al banco al apenas “aperturar” este y llenar “formatos” hasta el momento de “cerradurar” las operaciones a fin de “adsorber” el “crecimiento negativo” del signo monetario nacional y, así, “palear” la crisis.

sábado, 7 de julio de 2012

Los hubo mejores…


Rodaba de regreso a Valencia y en una de las interminables colas caraqueñas quedé detrás de un autobús escolar. Se ve que tenía muchos años de uso porque todavía tenía visible, en su parte posterior, el letrero que decía: “Cuando estas luces intermitentes estén encendidas, no adelante este vehículo”. Era el resultado de una decisión del Concejo de Caracas, hace ya un pocotón de años —que después imitó la mayoría de los concejos interioranos— por la cual los autobuses escolares deberían estar pintados de amarillo y tener unas luces destellantes en sus partes delantera y posterior que alertaban a los conductores de que unos niños iban a subir o bajar del transporte y, por tanto, para preservar sus vidas, el tráfico debía detenerse. Y todo el mundo acataba ese mandato. Porque era loable, porque todos teníamos familiares en edad escolar; pero, por sobre todo, porque en esos tiempos éramos mejores venezolanos. Mientras avanzaba la cola, y para aliviar el tedio, me puse a recordar cosas parecidas que ya no hay en la Venezuela de hoy. Algunas de ellas, las comparto con ustedes.

No es cierto ese refrán que explica que “todo tiempo pasado fue mejor”. No. En el pasado venezolano hay cosas detestables. Cada quien recuerda una por lo menos. Y son tantas que no serán motivo de recuento hoy. Baste acordarse de las que fueron mejores.

Hubo tiempos en nuestra tierra en los que se decía (y era verdad) que a los venezolanos se les medía de las cejas para arriba. Vale decir, cuánto tenía dentro del cráneo. Mal que bien, todos llegábamos iguales a las instituciones formativas (universidades, academias militares, escuelas técnicas) y de nuestro desempeño en ellas accedíamos en las empresas públicas, las fuerzas armadas, el servicio exterior. Ya en ellos, de nuestras actuaciones meritorias dependían los ascensos y la permanencia. No como hoy, cuando la sola obsecuencia con el poder es lo que rige el patrón de carrera.

Hubo tiempos en que los poderes del Estado que tenían como misión ser los controladores del gobierno eran dirigidos por personas de bien, que estaban por encima de las mezquindades partidistas. De hecho, los gobernantes se esmeraban en proponer gente respetable e independiente para esos cargos delicados. Y los partidos de la oposición los aceptaban porque entendían que el Estado era distinto —y más importante— que el gobierno. Nombres como los de Luis Gerónimo Pietri en la Contraloría, Benito Raúl Lozada en el Banco Central,  Manuel Rafael Rivero en el Consejo Supremo Electoral confirman mi aserto. No es que no tuviesen tachas personales, sino que eran serios, imparciales, insobornables y justos en el desempeño de sus cargos. De hecho, Carlos Delgado Chapellín se echaba el palo parejo; pero contaba con el apoyo nacional por ser ecuánime, ponderado y de recia voluntad en el descargo de sus funciones.

En los casos en los que era insoslayablemente necesaria una figura de relevancia política en un cargo, los líderes tenían el pudor de compartir el poder con el adversario. Por ello, el presidente de la Cámara de Diputados era siempre un personaje del principal partido de oposición. Y eso, en un ambiente constitucional que especificaba que este era el tercero en el orden sucesorio en caso de ausencia definitiva del presidente de la república. Otro cargo que siempre estaba en manos de la oposición era el de Fiscal de Cedulación. Porque era una manera sencilla de evitar la tentación del partido gobernante de darles dobles cédulas a sus copartidarios, o a cedular a extranjeros como venezolanos, para que abultaran las votaciones y los favorecieran.

Resulta que en una oportunidad, no tan alejada en el tiempo, el Ministerio Público decidió acusar de un delito al Presidente de la República, el Poder Legislativo encontró méritos en esa imputación y pidió a la Corte Suprema de Justicia que procediera a su enjuiciamiento, y esta lo hizo, sentenció y separó de su cargo al acusado. Que hubiese méritos o no es irrelevante aquí. Lo que quiero resaltar es que los poderes eran autónomos, no sumisos al Ejecutivo, como ahora. Y uno tiene que preguntarse —y preguntarle a los rojos que leen esta columna (porque la leen)— ¿por qué fue bueno ese empleo de los artículos de la Constitución vigente para salir de un mandatario que parecía inconveniente a la salud del Estado, y es malo cuando los paraguayos hacen lo equivalente?

Hoy, cuando presenciamos, y sufrimos, las “vivezas” gobierneras que confunden voluntariamente los conceptos de “Estado”, “nación”, “gobierno”, “país” con los de “partido único” y “líder único” —y por eso hacen befa de las normas mientras acumulan poder y dineros sucios— tenemos que concluir que razón tenía el doctor Tarre Briceño cuando denunciaba, en noches pasadas, texto en mano, que ni un solo artículo de la Constitución había quedado indemne, sin violación, bajo este régimen…


QEPD Habilitante


Sin escrúpulos ni vergüenza

Así será la campaña que adelantarán a partir de hoy los rojos en su afán de perpetuarse en el poder. O sea, que actuarán igualito que como lo han estado haciendo durante estos larguísimos catorce años de irrespetos a la Constitución y las leyes y, lo que es más importante, a la gente. Catorce que ellos aspiran llevar a veinte en otra avanzada hacia la eternización del desmadre legal, económico y moral que ellos propician.

Escribí el párrafo anterior y ahora me doy cuenta de que falla en dos aspectos. Primero, no es a partir de hoy que ellos comienzan la campaña; tienen aaaaños en eso de tratar de convencernos que tenemos que vivir en lo que ellos juran que es socialismo y no pasa de ser una descarada ambición de poder con visos fascistoides y puntadas comunistas. Y segundo, no son catorce los años: ya son veinte desde la primera manifestación —el cuatro de febrero— de desprecio a la Constitución, a lo legal y a la voluntad de los ciudadanos. Son muchos más si se cuenta desde el momento en que empezaron a conspirar desde dentro de las Fuerzas Armadas, violentando el juramento que una vez hicieron. Y muchísimos más si, como sospechamos bastantes en el país, el hegemón ingresó en la Academia Militar por instrucciones del Partido Comunista, quien cada año desde la década de los cincuenta había logrado infiltrar en esa institución a por lo menos uno de sus afiliados cada año.

En fin, que a partir del inicio legal (insisto en lo de legal porque ilegalmente ya se sabe cuánto han hecho) seguiremos viendo las tropelías de todo orden que cometen con descaro desde el mismo inicio de este desgobierno sus detentadores. Tropelías, arbitrariedades, iniquidades, desmanes —llámenlas como quieran— llevadas a cabo por centenares de ignaros plenos de mala intención, dirigidas por la batuta de un tipo que no sabe de música, mucho menos de gobierno, sobre una partitura escrita por un extranjero lleno de malicia que hala la brasa para su sardina a fin de matarle el hambre a la misma gente a la que subyugó hace más de medio siglo.

Es esa descarada falta de escrúpulos, sumada a la desvergüenza que los caracteriza, la que hace que pongan en negro sobre blanco —como lo denunció la sin par Charito Rojas el miércoles pasado— lo que intentan hacer con los fondos públicos para “ayudar” a su querido jefe en su empeño de seguir en la macolla, regalando lo que es de todos nosotros, que todos ayudamos a formar, y él cree que es suyo. Por eso, sin rubor alguno, declaran que “53.565 brigadistas en 3.571 brigadas socialistas de trabajo (…) recibirán salario mínimo por parte del Ministerio de las Comunas”. Y que también se hará  "transferencia de recursos a las salas de batalla social”. Eso son solo dos perlas entresacadas del fulano “Plan Batalla de Carabobo” pero hay mucho más. Todo ello pone a funcionarios públicos  a desviar parte del presupuesto nacional para financiar una campaña partidista. Por eso —cito el colofón de lo dicho por Charito—, “el candidato Chávez y todos los funcionarios públicos están incursos en delitos electorales al utilizar la cosa pública para sus fines electorales. Los cálculos estiman que esta campaña está costando alrededor de 2.500 millones de dólares. Y vienen del tesoro nacional. ¿Qué dice el CNE de esto?” ¡Pues nada Charito, pues nada! Porque las cuatro directoras que hacen mayoría obedecen la voz del amo.

Como lo hacen, también con absoluta desfachatez e inescrupulosidad, los del Tribunal de la Suprema Injusticia, al quitarle a los líderes naturales del PPT y Podemos las siglas de esos partidos para dárselas a algunos tan desprestigiados y rastacueros como Didalco y el otro. Como igualmente lo hace con cinismo y descomedimiento la rubia oxigenada del Ministerio Impúdico cuando deja de lado lo que tipifica el código y declara que no se puede abrir una averiguación por lo dicho por sus colegas—y, presumiblemente, viejos cómplices—, huidos del país, porque no denunciaron los hechos en Venezuela. Como lo hacen con insolencia y petulancia las focas del dizque parlamento cuando niegan con su mayoría espuria las solicitudes de averiguaciones de corrupción que se hacen desde la bancada opositora. 

Pero, un viejo refrán que nos viene desde los romanos nos explica que por más negra que esté la nube, siempre tiene los bordes plateados. Hay pie para la esperanza. Porque esas jugarretas con los dineros públicos, esas marranadas leguleyas, esas vivezas pendejas, lo que hacen es aumentar en la población venezolana la certeza (que ya tiene) de que deben apelar a ese tipo de trastadas viles porque se saben perdidos. Quieren ganar en la mesa técnica, ya comprados los árbitros, tratando de anular un partido en el minuto 89 después de haber recibido una goleada 5-0…

¡A no desmayar!

Al comentar las maromas verbales y reglamentarias que hace la Tibi para favorecer a su jefe (que lo tiene, aunque ella es la cabeza de un poder que se supone independiente), Marianella, mi queridísima amiga, me escribe: “¡Esto es preocupante! ¿Cómo y qué podemos hacer ante el fraude que nos tienen montado? Para eso sí son expertos. No tienen noción de cómo manejar un país, pero a la hora de una tracalería, son summa cum laude. Tienen en sus manos todo lo necesario para aplastarnos sin misericordia. Catorce años llevamos en esto; en elecciones anteriores de las que dicen “hemos ganado",  a la larga, aun ganando, siempre salimos perdiendo. ¡Nos tienen montados en una olla para volvernos nada!”

Mi contestación, fue sucinta: “Eso es lo que ellos creen. Pero con esfuerzo y voluntad, prevaleceremos”. Cosa que no la convenció y volvió en sus trece: “¿Cómo? Soy una pobre mortal que salgo a votar, hago cola, entrego la documentación que me piden para constatar que existo, voto, meto mi papeleta en una caja y, de ahí en adelante, son dueños de hacer lo que les venga en ganas. Y no pasa nada. Se ha visto, en elecciones pasadas, cajas (con votos, añado yo) en la basura, en depósitos que no son CNE y al día de hoy, jamás las quejas han encontrado asidero, ni con Ezequiel Zamora gritando, ni todos los que han hablado de fraude interminables veces. ¡La ley del agote!”

Entendí que debía ser más específico para tratar de sacarla de esa especie de depresión en la que se había metido. La contesté: “Si la cosa es así como la pintas, no vale el esfuerzo de ir a votar. Pero es que no es solo ese día, ni es solo ese esfuerzo el que hay que hacer. Son los días previos en los que haces algo. A lo mejor no te das cuenta, pero cuando reenvías lo que te manda Ravell, cuando conversas en la cola del súper, cuando le recriminas a algún abusador, estás ayudando. Esa miríada de pequeños gestos hechos por millones de venezolanos es la que contribuirá al éxito final.”

No la convencí del todo porque me contestó: “¡Ajá! Hasta ahora, tengo en eso los mismos años que tiene el (pitico de censura) en el poder. Trabajo de hormiguita que no llega a bachaco. ¡Nada que veo mis logros!” Le volví a contestar con un simple: “Los verás ese día…” Y le prometí que amplificaría las razones que hay para no desmayar. Son las que pongo en lo que queda de espacio. No solo para ella sino para todos los que creen que están ante una agotadora e ingrata tarea.

La labor no es fácil porque Marianella tiene razón: NPI de cómo manejar un país, pero en tracalerías, son summa cum laude. Porque no tienen ni un átomo de escrúpulos cuando de eternizarse en el poder se trata. Si hay que endeudar a la nación y su futuro para comprar votos —que no conciencias, porque quien vende su voto por una pitanza o, las más de las veces, por una promesa hueca, regresa a su casa avergonzado de sí mismo—, ¡pues la endeudan! Si hay que corromper a los altos cargos para mantenerse, ¡pues los corrompen porque para eso los escogieron de entre los bien bribones! Si hay que apelar a la violencia “institucional”, ¡pues para eso designan en los altos mandos a gente que no tiene currículo sino prontuario y están dispuestos a blandir los garrotes ellos mismos!

Aún así, sigo convencido de que se puede prevalecer en los sufragios del 7-O y en los posteriores. Se requiere constancia en la prédica a los indiferentes. No hay que decirles por quién hay que sufragar; solo tratar de convencerlos de ir a votar. Cuando estén frente a la máquina, ellos sabrán qué hacer. Se necesita sembrar dudas entre los que parecen más decididos a defender al régimen. Hay que ponerlos frente a las inconsistencias para que descubran las mentiras de las cuales han sido alimentados. Se precisa denunciar las tropelías, las coimas, las ineficiencias. Y para eso, no hay que tener la fortuna de contar con un espacio, como yo, en un periódico o en una televisora. Radio bemba es un poderoso mecanismo. No quedarse callado es una obligación. Es menester sobreponerse al temor para salir a las calles durante la campaña; acompañar a los líderes; organizar reuniones entre los vecinos y amigos en las que se repudie la abstención, se denuncie el intento de manipulación electoral que tiene montado el oficialismo y se invite a demostrar el civismo del que están revestidos nuestros paisanos yendo a votar. Pero con el ejercicio del voto no termina la ímproba tarea: hay que recordar una cuña muy vieja, “¡Guillo, que hay mucho pillo!, y organizar la defensa de los resultados que surjan de los escrutinios. Así, podremos prevalecer…


viernes, 1 de junio de 2012

¿Se calentará la frontera?


No dejo de reconocer que me cae de la patada la vehemencia —que casi llega a obsesión— con la cual el expresidente Uribe no solo se empeña en criticar acremente la política que lleva a cabo su sucesor, el presidente Santos, sino con la cual se entremete en la política venezolana. Pero soy el primero en admitir que la mayor parte del tiempo lo que afirma es verdad. Desde ya, reconozco que lo que dice está sustentado por un infinito amor a su patria, pero no por eso deja de ser inconveniente. De hecho, la consecuencia más palpable de sus declaraciones a los medios y mensajes por las redes sociales es hacer disminuir el apoyo que tiene el actual gobierno colombiano. Y lograr el efecto contrario al buscado en el lado venezolano. Tanto, que ya Capriles le tuvo que decir, como Cantinflas: “No me ayudes, compadre”.



Pero lo que ha denunciado acerca de la soterrada complicidad de los rojos venezolanos, empezando por Boves II, a las guerrillas colombianas es de conocimiento general. Las alabanzas a los faracos y las denigraciones contra el gobierno colombiano que se escuchan y se leen en los medios oficiales con los cuales el régimen intenta lavarle el cerebro a nuestros connacionales son abundantes. Por eso, hasta el menos despabilado de los que viven en nuestra tierra sospecha que las FARC recibieron en el pasado, y siguen recibiendo, apoyos de todo orden de parte del régimen venezolano: dinero, medicinas, armas, alojamiento, tratamientos médicos, informaciones y pare usted de contar. Es vox populi que los guerrilleros tienen dominio territorial y cobran vacuna y secuestran, en amplios espacios del Zulia, Táchira, Barinas y Apure. Que en esos espacios hasta campamentos tienen, así lo niegue la máquina de decir mentiras que tiene sede en Miraflores. Todo eso, por la táctica omisiva de la Fuerza Armada nacional, que practica el subterfugio de “hacerse los locos”; por órdenes de los altos mandos, muy probablemente.



El presidente Santos no se chupa el dedo. Sospecha, al igual que lo hacemos los venezolanos con cuatro dedos de frente, que a pesar de las reiteraciones de juego limpio que le ha hecho su “nuevo mejor amigo”, la garra tenebrosa  del contubernio castro-chavista sigue maniobrando para darle respiración artificial a un movimiento guerrillero que ya está boqueando por las acciones de unas fuerzas militares leales, aguerridas, que han recibido el apoyo decidido de los dos más recientes gobiernos colombianos —en los cuales, la autoridad de Santos ha sido patente, antes como exitoso Ministro de la Defensa y ahora como presidente. Que se haya hecho el musiú en lo concerniente con las relaciones con Venezuela tiene su explicación: trataba de cobrar las ingentes sumas que le adeudaban y de dinamizar nuevamente el intercambio comercial entre los dos países. Pero ya no pudo más. La descarada utilización por parte de los guerrilleros de territorio venezolano como punto de concentración (y hasta base de operaciones), y de la raya fronteriza como línea de partida para atacar un puesto policial colombiano, con la muerte de doce agentes policiales, no podía ser obviado. Y reclamó. Decentemente, como exigen las reglas de la diplomacia y la urbanidad cachaca. Pero reclamó y puso al régimen en una posición incómoda.



La respuesta del hegemón no pudo ser más equívoca: dijo, más o menos, que no se toleraría la incursión de “ninguna fuerza armada” en territorio venezolano. No dio una seguridad a Colombia de que iba a perseguir y combatir a los irregulares y entregarlos al gobierno neogranadino; apenas ese ambiguo abstruso mensaje. Colombia tiene que interpretar la frase como si se hubiese dicho: “sé que hay guerrilleros en territorio venezolano, pero no le toleraré a las fuerzas militares persecuciones en caliente ni ataques como el que hicieron en Ecuador”. Y manda un contingente a “mostrar la bandera” en La Goajira. Tres mil individuos que no han salido de las zonas pobladas —donde habrían detenido a diez colombianos, los más pendejos, probablemente, para hacer creer que están cumpliendo la misión. Pero no han patrullado el descampado. Porque saben que ahí es donde están los faracos. Y hasta mejor es así. Para no dar pena: nuestros soldaditos no han tenido el más mínimo entrenamiento táctico en operaciones de campaña; solo saben de cargar sacos de yuca y papa para que se lucren unos avivatos rojos. Y si algo de uso de armas han aprendido, es solo de cómo combatir a sus paisanos indemnes que osan pensar distinto a como quieren los rojos; o sea, a quienes en el pomposo lenguaje fascistoide se denomina “el enemigo interno”. 



En todo caso, recemos para que la frontera no se caliente por la incuria del régimen y su complicidad con un grupo que ha tenido que retomar las acciones terroristas porque se sabe derrotado en las enfrentamientos armados.