miércoles, 23 de marzo de 2011

D’essere o non essere

El pasado diecisiete tuve el privilegio de estar como invitado en el acto con el cual la colonia italiana de Valencia conmemoraba el sesquicentenario de la unificación de Italia. Fue un evento emotivo, lleno de historia y de música. Por un lado, la narrativa de los hechos históricos estuvo a cargo de nietos de los inmigrantes de los cincuenta que tanto hicieron en pro del avance de nuestro país. Son muchachos cuyo lenguaje nativo es el español pero que se han esforzado por conocer el de sus ancestros y leyeron en un italiano impecable diferentes trozos de la historia de hace ciento cincuenta años. Luego, intervinieron la Orquesta Sinfónica Juvenil de Carabobo y el coro de dicha orquesta. Eran unos doscientos jóvenes en escena. El programa estuvo compuesto por trozos de óperas italianas. Entre ellos, lógico, no pudo faltar el “Va pensiero” del Nabucco de Verdi, ese como segundo himno que les recuerda a los italianos que residen fuera de su país, “los prados y montañas, los aromas tibios y suaves de las dulces brisas del suelo natal”.

Mientras estaba allí, me puse a meditar acerca de los paralelismos de los hechos conmemorados y la circunstancia actual venezolana. Sobre eso será mi parrafada de hoy.

A mediados de 1860 Italia estaba dividida en cuatro pedazos muy disímiles: un reino al norte bajo los Saboya; otro al sur en manos de los Borbón —que, como sabemos, ni perdonan ni olvidan—; el centro, en manos del Papa, que en esos tiempos tenía potestades terrenas; y toda la porción nororiental en manos los Habsburgo, quienes eran, por sus cercanías con el zarismo, más absolutistas que los Borbón. Nada más disímil como circunstancia. Por un lado, dos mentalidades tan diferentes como las que todavía caracterizan a los ítalos del norte y los del sur; por el otro, para complicar más la cosa, los venecianos y los milaneses casi pensando en alemán. Fueron tres las guerras que hubo que luchar, pero al final prevaleció la sensatez y —con la proclamación leída por el rey Vittorio Emanuele II, el 17 de marzo de 1861— se logró la unidad de lo que de ahí en adelante se llamó Italia.

Los actores en esa gesta no podían ser más disímiles. Por un lado, Vittorio Emanuele, educado para la monarquía absolutista, con énfasis en lo religioso y lo militar, que demostró ser un valiente militar en las guerras exteriores pero que no tuvo empacho en reprimir a la izquierda republicana cuando le tocó. Por el otro, el conde de Cavour, quien a pesar de ser masón, pro-bonapartista y admirador de Inglaterra y Francia, potencias constitucionales e industrializadas, fue nombrado primer ministro por el rey. Por otro, Mazzini, un abogado revolucionario, medio ateo, republicano, contrario al absolutismo pero que, sorprendentemente, rechazó formar parte del parlamento constitucional que se organizó luego de la unificación y decidió, más bien, auto-exilarse en Inglaterra. Y finalmente, Garibaldi, un aventurero como el que más, librepensador, que no podía ver con buenos ojos a Vittorio Emanuele y Cavour por haberle entregado a los franceses su pueblo natal, Niza.

Todos ellos entendieron que el bien general estaba por encima de sus particulares visiones; que lo importante era la unificación del país. Y que ello —aunque no les gustase a algunos de los actores— no era posible sino bajo la monarquía de los Saboya, que poseía una considerable fuerza militar y un y un funcionariado civil capaz y preparado. Por eso, es el mismo Mazzini quien escribe: “…non si tratta più di repubblica o monarchia: si tratta dell’unità nazionale (…) d’essere o non essere.

Un pensamiento parecido es el que debiera dominar el criterio —y las apetencias personales, en otro momento valederas—  de los dirigentes venezolanos actuales. Lo sustantivo hoy, en nuestra patria, es lograr una unidad superior que nos permita liberarnos del coloniaje cubano al cual estamos sometidos bajo una satrapía totalitarista que, además de inepta, lo único que sabe hacer bien es dividir a la nación y antagonizar a unos contrarios a quienes cree enemigos. Hoy, parafraseando a Mazzini, no se trata de visiones contrarias de cómo organizar la república, sino de cómo unirnos para derrotar el absolutismo. De ser o no ser. Después habrá tiempo para el disenso.

Cuando el estado de cosas actual termine —porque ha de terminar—, ojalá que el gobernante —sea quien fuese— pudiese convocar a los venezolanos con las mismas palabras de Vittorio Emanuele: “…vayamos resueltos al encuentro de las eventualidades del porvenir. (…) Este futuro será feliz porque basaremos nuestra política en la justicia, en el amor a la libertad y a la patria. (…) Nuestro país (…) alcanzará el reconocimiento (internacional, añado yo) porque es grande por las ideas que representa y por la simpatía que eso inspira. Fuertes en la concordia, confiados en nuestro buen derecho, esperamos prudentes y decididos los decretos de la divina providencia”.

viernes, 18 de marzo de 2011

El supuesto rechazo de los “escuálidos” a la FAN

Yo no veo el “irreality” show dominguero de Mentira Fresca por dos razones. Primero —y aunque dicen que a los jubilados nos sobra tiempo— yo no puedo perder el poco que estadísticamente me queda de vida viendo cómo un ególatra malgasta horas y horas para caerle a mentiras descaradas a una nación. Y segundo, yo sufro cuando veo a alguien haciendo el ridículo; que es lo que hacen quienes, ataviados de rojo, le ríen los chistes malos y aplauden cuanta babiecada salga de los abultados belfos sabanetenses. Por eso, prefiero esperar hasta el día siguiente y en cinco minutos de prensa puedo enterarme de las cobas metidas malgastando dineros oficiales que estarían mejor empleados en cualquier otra cosa. Así, ayer pude enterarme que Elke Tekonté “acusó el domingo a sus opositores de intentar dividir a las fuerzas armadas como parte de un plan que buscaría impulsar un alzamiento en Venezuela”.

Con  calculada astucia, los cubanos del G-2 que desde la “Sala Situacional” le sugieren qué es lo que debe decir han inventado un tema más para confundir a las mentes más sencillas: que existe una campaña de la oposición para desprestigiar a la institución armada. Para mí, eso no pasa de ser lo que los psicólogos denominan una "proyección". Se culpa, se “proyecta”, sobre el adversario lo que ha sido el resultado de las acciones programadas del régimen en su búsqueda de la transformación de la FAN en un ejército del partido de gobierno, politizando a esta y colocándola al servicio de intereses personales en contravención de la Constitución vigente.

Quien en verdad, desde el mismo comienzo del régimen, ha tratado de dividir a la FA es Boves II. Como nosotros somos un pueblo de mala memoria, no estaría de más recordar que el primer documento oficial que se filtró a la opinión pública, al apenas comenzar el desgobierno actual, fue un informe de la DIM que explicaba que dentro de la oficialidad había tres diferentes clases de personas: los que veían con buenos ojos al advenimiento de un nuevo régimen, los que se oponían a eso, y los que conformaban la mayoría. A los cuales la misma DIM llamaba “institucionalistas”; sólo que empleaba esta palabra como si esa condición fuese algo indeseable. El informe concluía recomendando al presidente que les diese los mandos a los “revolucionarios”; que a los contrarios les diese de baja o los dejase sin cargo; y que se hiciese esfuerzos para ganarse a los “institucionalistas”. Que no de ser posible eso, se les designara, cuando mucho, a escritoritos tristes o se les forzara a abandonar la Institución.

Posteriormente, los altos mandos dijeron que ese informe era “apócrifo” porque a la copia filtrada no se le veía firma alguna. Pero por lo menos se abstuvieron de decir que era falso. Las acciones subsiguientes dejaron ver que era verdad lo del informe, porque se  empezó a dar cumplimiento a sus recomendaciones. De ahí en adelante, los oficiales institucionalistas han sido hostigados Lo que ha causado el incremento de solicitudes de baja de oficiales en los cuatro componentes. Sólo con recordar la lamentable intervención del general Rangel Briceño —aquel al que le dio el patatús cuando lo rezó un pastor evangélico— cuando llamó “burros y cobardes” a los oficiales institucionalistas que hacían resistencia a los intentos de politización de la institución armada, se puede constatar lo cierto de lo que denuncio. La deformación mental de los altos mandos es tal que se ha llegado a la avilantez de, descaradamente, poner a los subalternos a escoger entre aceptar el socialismo que quiere imponer a juro el régimen o pedir sus retiros.

El intento de instilar en el colectivo un supuesto rechazo de los “escuálidos” a la existencia de la FAN viene desde hace tiempo, pero fue sólo anteayer que salió de la primera bemba de la república. Según este plan, esta elucubración cubana, se le ha hecho ver a sectores de la población —y lo que es más grave, a miembros de la FAN— que, en el caso de que la alternativa democrática sea la vencedora en los comicios del 2012, esta estaría en la idea de eliminar la FAN o, en todo caso, de reducirla a niveles mínimos. Esta táctica quedo develada durante la intervención del MinPoPoDefensa ante la Asamblea Nacional. Allí, después de regodearse en atribuir un supuesto desprecio de la oposición venezolana hacia la FAN, a este individuo no se le ocurrió una mejor idea que la de expresar: “Por suerte, en este momento los miembros de nuestra Fuerza Armada están viendo en la televisión como los diputados de oposición nos odian y quieren destruirnos”.

Si eso no es otro intento de dividir, no a la Fuerza Armada, sino  a los venezolanos, no sé qué es…

jueves, 10 de marzo de 2011

¡Te conozco, mascarita!

Algunos dirán que se me cayó la cédula, por la afirmación que emplee como título. Ya no se la usa, pero era la frase con la cual uno contestaba cuando alguien enmascarado y ataviado de un atuendo chocarrero le espetaba con voz de falsete: “¡A qué no me conoces!” De hecho, ya nadie usa disfraces en carnaval, excepto los pequeñines. En cambio, algunos adultos de la picaresca  política nacional se la pasan todo el año entre disimulos, artificios y tapujos. Sus acciones vienen subrepticias tras máscaras de patriotas que ocultan lo avieso de sus intenciones. Parecieran ser de esas costosas máscaras de porcelana que son símbolos de Venecia. Pero lo que tapan son horribles máculas, verrugas y lacras. Debieran usar, más bien, pasamontañas o medias de nylon, que son los adminículos de los atracadores. Porque lo de ellos es la expoliación del tesoro, sin importarles cuántas personas, por su acción desdorosa, se quedan sin comer, se matan en las carreteras, o se mueren a mengua en los hospitales.

Peor es la faena del jefe de los fachosos, que necesariamente tiene que estar consciente de los latrocinios que sus áulicos cometen —¿no dizque lo sabe todo?—, y que los deja hacer para asegurarse la sumisión de esos señores de horca y cuchillo. Pongo un solo ejemplo: Asciende al máximo grado militar a alguien cuyo mérito mayor ha sido amenazar con dar un golpe de Estado si la oposición gana las próximas elecciones. ¡Tronco de mérito el de ese señor; mayor que si hubiese estado en combate, pues! Y, ya consumado el absurdo desatino, ordena que ese individuo —de quien dicen, nacionales y extranjeros, que está metido hasta el cogote en asuntos de drogas, y que era enlace entre el régimen y las FARC— sea quien pronuncie el discurso de orden en el acto celebratorio del Congreso de Angostura.

Palabras que no pasaron de ser una mención de la soga en la casa del ahorcado. Porque lo que se recuerda de esa “pieza oratoria” es lo que no dijo: aquella parte del Discurso de Angostura en la cual el Libertador alertaba que “nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el Poder” porque “el pueblo se acostumbra a obedecerle, y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía”. ¡Ni de vainas que iba a recordar esa frase! Sucede lo mismo que con una frase parecida de Martí que no puede ser pronunciada en Cuba porque va en contra de lo que es el pan de cada día en esa atormentada isla. Es la que explica que para la libertad es esencial que todo hombre tenga derecho a pensar y a hablar sin hipocresía. Y ya que del muerto en Dos Ríos hablamos, no estaría de más recordar otra cosa que dijo, pero que sólo se musita en Cuba y Venezuela, por temor a las consecuencias: “Los bárbaros que todo lo confían a la fuerza y a la violencia nada construyen, porque sus simientes son de odio”.

Me imagino que la “perorata” la redactó un cagatintas de la sala situacional, porque ¡qué mal leída estuvo!  Lo que demuestra que quien tomó la palabra no fue quien la escribió. Y leyó con la boina puesta, aunque estaba bajo techo, contrariando las buenas costumbres ciudadanas y lo que es costumbre de centenas de años en los ambientes militares. Poner a ese réprobo a hablar en Ciudad Bolívar es una falta de respeto tanto a la nación como a la memoria del Libertador. Que un gorila fuera el designado por Elke Tekonté pone de manifiesto que su bolivarianismo es de labios para afuera ¿o debería decir “de bemba pa’juera?

Con todo y que estaban en guerra mientras formaban la república, los diputados al Congreso de Angostura tuvieron más valor cívico que las focas actuales: Bolívar propuso la formación de un Poder Moral, y aquellos la rechazaron. Y el proponente acató lo dispuesto. Eso era civismo en acción. No lo que derrocha Esteban Dolero y sus sigüíes. Quienes vienen desde hace algún tiempo con una campañita de que la oposición busca " desacreditar " a la Fuerza Armada. Es que necesitan antagonizarla del resto de la nación por si tienen que apelar a lo que ya fue amenazado por el cómplice de Makled.

Contra esas máscaras tenebrosas que se disfrazan de revolucionarios, yo les contrasto la actitud de Lina Ron, que Nuestro Señor sabrá dónde ponerla. Esa sí era genuina. Aparte de la cabellera oxigenada, claro. Que representaba a la barbarie, sí. Pero ella creía que ese era su rol en la revolución. Que era más peligrosa que piropearle la mamá a un sicario, también. Pero no lo ocultaba. Por eso, la prefiero a tantos ministros, generales y diputados con prontuario como parecen abundar…

martes, 1 de marzo de 2011

Los libros y el régimen

No me imaginé la cantidad de correos que me iba a llegar en relación con comentario acerca del magnífico artículo de Sánchez García relacionado con el cierre de la Librería “Lectura”. Coincidentemente, el mismo día que yo, Eduardo Casanova —apreciado condiscípulo del La Salle de Tienda Honda, escritor prolífico, buen poeta, historiador ameno, y alguien que sí sabe de literatura no en balde su blog (que recomiendo ampliamente) se denomina “Literanova”— escribía, pero con mucha más calidad que yo, sobre el mismo tema. Pero no sólo él trató el asunto. Repito, bastante correspondencia me ha llegado para comentar lo dicho por el barba roja.

Por ejemplo, Daniel Almenar opina que “al Estado no le interesa la difusión de la lectura. Sin embargo considero que es una falla que va mucho más allá: es un problema más que de Estado de Nación (…) No sólo es al absurdo régimen que gobierna (…) a quien poco le importa que sus ciudadanos alimenten el hábito de la lectura. (…) el problema va mucho más allá, y abarca un amplísimo espectro que la mayoría de las veces nos negamos a revisar, como por ejemplo a nivel educativo: en el transcurso de una vida académica (…), apenas se lee un puñado de libros de un reducidísimo número de autores. (…) antes de obligar al estudiante a leer, debería enseñársele a pensar a través de la lectura, a alimentar su curiosidad y tratar de saciarla a través de la literatura. Hablo aquí sólo de literatura, pues la filosofía como rama apenas si se ve muy someramente en el quinto año de bachillerato (…) en aquellos estadísticamente escasos casos en los que el estudiante ha optado por la rama humanista”.

En contraste con el amigo Almenar, alguien que no acepta críticas al régimen escribió en “Noticias Universitarias” —descalificación por delante, como es usual en los rojos: “¡Tremenda estupidez!  En Venezuela (…) nunca había existido tanta abundancia de literatura, tanto interés por la lectura y por la escritura”. Añade que mi artículo “es una mentira posiblemente pagada por los impulsadores de la desinformación”. Menos mal que los mismos miembros del foro demolieron sus asertos. Una con nombre poético. Meridalba, planteó: “Si literatura llama él las múltiples publicaciones panfletarias con las que el gobierno inunda las estanterías de sus pseudolibrerías, las bibliotecas de colegios y hasta las estanterías de los hogares de quienes antes han pasado por el lavado de cerebro que el líder ha incoado para soportar en ello su permanencia ilimitada en el poder, pues tendríamos que aceptarlo como cierto. Sin embargo, acabo yo en días pasados de tirar a la basura una torre de esas pequeñas pero peligrosísimas publicaciones auspiciadas por el gobierno, (…) las tiré a la basura luego de haberlas revisado, por lo que opino con conocimiento de causa. Son una especie de guión que poco enseña y sí, en cambio, instruye a sus lectores para que repitan el discurso oficial. (…) Por favor, distingamos literatura de meras publicaciones”.

El amigo Almenar también explicaba que parte de la culpa hay que compartirla; por una parte “son pocos los padres que aúpan a sus hijos a la lectura” y, por la otra, los medios desvían a la masa del hábito de leer. “Algo peculiar de esas herramientas es que pueden ser poderosamente útiles o fuertes dispersoras de tiempo, lo que el usuario elija”.

Yo gocé los libros desde niño. Ya en segundo año —en el cual, en mis tiempos uno debía leer los clásicos españoles— además genios como Calderón, Lope de Vega y Cervantes, había leído algo de Dickens, Dostoievski y Stendhal. Y ya en tercer año, toda mi generación había leído varias obras de Hesse y Mann, no porque nos las impusieran como tarea sino porque teníamos un afán genuino de mejorar nuestras maneras de pensar. No se diga en cuarto y quinto, cuando nos tocaba estudiar Filosofía y Latín; escudriñamos a Platón, Aristóteles, Virgilio y Horacio, no porque nos los impusieran sino por el mero afán de culturizarnos. En mis tiempos se leía. Claro, eran tiempos en los cuales la TV no estaba tan entronizada. Cosa muy distinta ahora, cuando Internet y redes sociales se apropian del tiempo de nuestros hijos y nietos. No las desapruebo —porque yo también las utilizo para seguir aprendiendo— sino que los más jóvenes deberían poder discernir cuándo es hora de cerrar la red y agarrar un libro. Yo creo que he sido más afortunado que muchos padres: mis hijos leen bastante, en inglés y español.

El régimen no está interesado en que el pueblo se enriquezca mentalmente porque eso sería un peligro para su estabilidad en el poder. De ahí que sólo difunda lo que le conviene desde su muy peculiar óptica para la indoctrinación. Y luego se llenan la bocota diciendo que ellos reparten cultura. Una falacia más…

martes, 22 de febrero de 2011

¡Muerte a los libros! ¡Abajo la cultura!

Adopto para mi artículo el mismo título que utilizara recientemente para el suyo ese fenomenal chileno devenido en buen venezolano que es Antonio Sánchez García. Me lo envió, con una nota de cubierta, una querida amiga desde Caracas. Tengo que estar de acuerdo con las cosas expresadas por Sánchez García pero no, con algo dicho en la nota. Veamos primero las cosas afirmadas por el de la barba pelirroja.

Primero, recuerda que es lógico que “la palabra cultura y el deseo de acabar de un pistoletazo con artistas e intelectuales se hayan asociado para siempre con dictadores, caudillos y autócratas”. Más adelante dice que: “todos aquellos regímenes totalitarios montados sobre gigantescos castillos de falacias, fraudes, engaños y medias verdades no pueden menos que tener una profunda desconfianza por quienes piensan y crean con pensamiento y voz propios”. Añado yo: Porque es que desde lo más remoto de la antigüedad los tiranos necesitan que no haya una libre circulación de las ideas. Por eso, por ejemplo, es que en Venezuela no se puede conseguir “De la dictadura a la democracia” de Gene Sharp. Para nada, porque uno la encuentra en la Internet en el inglés original como en español.

Retomo al chileno cuando se queja de que lleva meses buscando libros que ha visto “reseñados en las secciones de libros de El País, de España, de Excelsior, de México, de Clarín y la Nación, de Buenos Aires, de La Tercera, de Santiago de Chile” pero que, a pesar de recorrer “sistemáticamente las librerías de Caracas” no consigue novedades, “y las pocas que logran sortear el campo minado de CADIVI, del SENIAT, del Banco Central cuestan fortunas inalcanzables para un estudiante universitario o un modesto profesional. Los precios son estremecedores”. Comparto totalmente el criterio. Es inconcebible que, cuando salió “El regreso del idiota” uno podía comprarlo vía Internet dos meses antes de que llegara, al doble de precio, a las librerías venezolanas.

Después, el esposo de Soledad narra que “En estos días se me vino el alma al suelo al encontrar cerrada la librería que llevaba visitando semana a semana desde hace más de treinta años (…) El culpable del cierre de la librería “Lectura” no es otro que el teniente coronel que nos desgobierna. Y los fantoches que fungen de ministros de la cultura y a quienes un libro, cualquier libro que no haya sido escrito por Marx, Engels o el Che Guevara y no contenga una égloga a las glorias del ágrafo cuartelero que nos sume en el oscuro corazón de nuestras tinieblas no vale la pena de ser producido o importado”. Añado yo: es que el régimen, en su endiosamiento de Boves II, necesita que sea así. Necesita de la estupidización masiva del venezolano para poder seguir mangoneando. Por eso, en esas dizque universidades que sacan “médicos” en tres años, le dedican más horas de clases al adoctrinamiento que a Anatomía. “Nadie más reacio al engaño y el sometimiento que una persona culta y educada”.

Cierra Sánchez García explicando que “El cierre de Lectura nos conmueve a todos. Anticipa “la catástrofe que se cierne sobre la industria editorial y el comercio del libro”. Con lo cual también tiene uno que estar de acuerdo. Pero todos también tendremos que admitir que en Venezuela no hay mucha tradición librera. Lo que me lleva al desacuerdo con algo de lo que dijo la autora de la nota que antecedía al artículo comentado. Ella afirmaba que “en Venezuela quedan librerías importantes y de gran capital extranjero, como la española Tecni-Ciencia Libros, pero no tienen el perfil que Lectura tuvo”. Concuerdo con las palabras que van detrás del “pero”, mas no con las que las anteceden. En Venezuela ya no quedan “librerías” en el sentido estricto de la palabra. Hay “ventas de libros”, que es otra cosa, y no muchas.

Acudo con cierta frecuencia —quizás por masoquismo— al local de la franquicia mencionada en la nota que queda cercano a mi apartamento. Y comienzan mis rabias. A diferencia de Madrid, Bogotá, Buenos Aires y otras ciudades civilizadas, donde uno puede ojear los libros, aquí uno debe comprar con sólo ver las carátulas pues estos están envueltos en plástico hermético. Bajo el letrero “Literatura”, uno consigue “best-sellers”, que son lo contrario de lo enunciado. ¿Por qué no pondrán “Ficción”, que es lo que son? Juro que lo que sigue es verdad. Bajo “Literatura Hispanoamericana” encontré las “Novelas Ejemplares” de Cervantes. Con ese “estilo” de clasificar, ¿dónde creen que está “Cien años de Soledad”? Adivinaron: bajo “Literatura Española”…

Con todo y eso, sigo amando los libros porque recuerdo aquello de Lope de Vega que me enseñaron en segundo año, cuando estudiábamos los clásicos españoles: “Es  cualquier libro discreto, / que si cansa, de hablar deja, / un amigo que aconseja / y que reprende en secreto”.



martes, 15 de febrero de 2011

Más sobre los reemplazos en la Fuerza Armada

Hace dos semanas critiqué en este espacio el afán del régimen de igualar por debajo. Señalé que de este no se salvaba la Fuerza Armada y que, en ella, su más reciente expresión era ese intento de convertir a individuos de tropa en oficiales en escasos meses por medio de un “curso express”. Lo que resultará en un fraude a esas personas y a la república, igualito que lo que sucede con los profesionales madurados con carburo que saca la “Misión Sucre”. Pero claro, el régimen quiere hacer buenas aquellas vallas en las cuales una fámula expresaba algo como: “Hoy cachifa, mañana neurocirujana”.

Me temo que en esa ocasión no me expliqué bien porque varias personas pertenecientes a la tropa me reclamaron. Uno me manifestó que concordaba con mis opiniones “exceptuando una parte donde muy educadamente quiere despotricar a la tropa profesional. Le voy a recordar que (…) los primeros oficiales que se formaron de la Guardia Nacional (…) fueron tropas, (…) sus raíces vienen de la tropa. (…) Hoy en día, existen muchos guardias que son profesionales universitarios.” Le escribí dando explicaciones. En su respuesta me autorizó para usar sus palabras pero en condición de anonimato. Y me pedía que hiciera notar en mi artículo, “que la tropa profesional también tiene meritos y gallardía (…) siempre ha actuado y contribuido (…) en el desarrollo y la historia del país  (…) a cambio de nada, solamente de la satisfacción del deber cumplido...” Cosa que no tengo empacho en ratificar.

La seriedad del reclamo que me hacen, me obliga a hacer algunas precisiones. Es cierto que algunos oficiales de los comienzos de la Guardia Nacional provinieron de la tropa. Pero, de hecho, lo contrario era la regla: en la primera promoción de la Guardia Nacional —a pesar de de no haber diferencias en las materias cursadas ni en el tiempo de escolaridad—, a sólo los doce primeros del cuadro de méritos se les ascendió a subtenientes; el resto, por razones de escalonamiento organizacional, recibió diversas jerarquías de tropa, siempre de acuerdo al orden de mérito. Unos y otros lo hicieron tan bien que fueron la columna sobre la cual se irguió la GN. Posteriormente, debido a las purgas que sufrieron las Fuerzas Armadas en 1945 y 1948, el Estado debió apelar a otras fuentes de reemplazos de manera acelerada. Se dictaron cursos y, en la GN, 32 fueron promovidos de esa manera. También se ascendió a 24 directamente, sin curso alguno. O sea, que no fueron muchos los elevados desde la tropa. No dejo de reconocer que entre esos 56 oficiales hubo algunos excepcionalmente buenos y capaces. Tuve el honor de servir con personas como Lucio Cárdenas, y Rovero Zambrano, que fueron tan buenos que llegaron a los más altos grados, y el primero hasta comandante general fue. Pero el grueso del grupo no tenía muchas capacidades. Unos no eran muy instruidos que digamos, lo que incidía sobre sus ejecutorias en los cargos, pero eran unos caballeros en toda la extensión de la palabra. Pero el grueso no daba brillo a la institución (aunque algunos llegaron a oficiales superiores). Una anécdota merece ser contada para ilustrar. Alguien, a quien conocíamos con el apodo de Cuchepe, parado delante de la formación, para imponerse, amenazaba que él era “inflexible con las faltas de disciplina, ¡y con las de indisciplina también!”

La república debió apelar a esos ascensos de personas no muy bien formadas porque era otra Venezuela, una más rural, donde no había muchas posibilidades didácticas. Pero, hoy, cuando la educación es más diversa, no creo que haya sido conveniente que se ascendiera a los suboficiales a oficiales “técnicos” sin un exhaustivo análisis de sus méritos académicos. Algunos de ellos adquirieron conocimientos durante sus carreras, y hasta diplomas universitarios lograron. Pero son los menos. Si se necesitaba llenar las plazas vacantes dejadas por quienes, desilusionados, pidieron la baja, se hubiera podido llamar a profesionales universitarios graduados en las diferentes carreras y darles un curso de formación de oficiales (que no debiera ser de menos de dos años).

Ni los oficiales “técnicos” ni los oficiales “express” servirán para apuntalar la capacidad y la eficiencia de una Fuerza Armada ya está bastante resquebrajada por la partidización de sus mandos, la creación de una “milicia” que no pertenece a ella, las modificaciones interanuales de la ley que la rige, los ridículos niveles de sueldo y la muy escasa protección social que tienen sus oficiales, las tareas menestrales ajenas a la defensa que deben cumplir, y la presencia de extranjeros mangoneando en la planificación y las operaciones. Para colmo, ahora parece que van a aumentarles las dosis de lavado de cerebro: en una nota de prensa se informa que los altos mandos viajarán a las guarniciones para explicar lo chévere que es ser socialista…

lunes, 14 de febrero de 2011

Errores en la cúpula judicial

Una alerta antes de comenzar: el título puede resultar engañoso. Porque no voy a referirme a esas monstruosidades que en forma de sentencias produce regularmente el Tribunal de la Suprema Injusticia. No es de la convalidación obsecuente que sus magistrados hacen de las órdenes de Boves II que voy a escribir. O sea, no es de los casos de Simonovis, Afiuni, Pilieri y otros parecidos que voy a teclear. Esos fallos, habiendo sido producidos voluntariamente (provoca escribir “incurridos”), no pueden catalogarse de errores en derecho ya que estos para perfeccionarse  requieren de equivocaciones de buena fe que anulen el consentimiento y, por tanto, invaliden el acto jurídico. Pero los togados que firman decisiones mientras gritan “¡Uh, ah!” saben muy bien lo que están haciendo. De lo que voy a escribir es de los errores prosódicos de esa alta instancia.

Por la TV vi la reseña del acto de inicio del Año Judicial. La quijada se me cayó cuando escuché a  la presidenta del TSI —ese dechado que, que, sólo buscando que Elke Tekonté la ratifique en su cargo, ordena a los jueces, por escrito, no hacer cumplir una ley específica aunque ya haya sentencia firme— cuando dijo que el pueblo “detenta” el poder. Me dije: “Si esta señora no sabe que ‘detentar’ es ‘retener y ejercer ilegítimamente’ ¡qué quedará para los demás togados!” Me metí en el portal de ese dizque poder para ver si era que había oído mal.  Pero no; resulta que la señora dijo que ellos estaban centrados “en equilibrar el Poder del Estado con el legítimo poder soberano detentado por el pueblo”. ¡Dios!

Ya que estaba metido en esa página, seguí leyendo las “Palabras de Apertura”, como las llama un redactor de reseñas, con esa mayusculotas que no caben, que más adelante eleva a José Temiente a ¡doctor! ¿Cuándo se graduó de algo ese sepulcro blanqueado? Reto al reportero a que me muestre un diploma que me contradiga. Rangel es un enano ético tan poco ilustrado como su jefe. Pero al igual que él, es un osado que confirma el dicho aquel de que “la ignorancia es atrevida”. Cosa que le ha servido: tiene rial por bojotes; y hasta vicepresidente fue…

Quien escribió el reportaje más adelante explica que: en el acto estuvieron presentes 1.275 jueces, “lo cual es un hecho inédito en esta actividad”. La frase merece dos comentarios. Uno, es que ahora descubrimos que no sólo a los pata-en-el-suelo los carretean en autobuses, a los jueces también. El otro se refiere a esa manía de usar “inédito” cuando lo que se quiere decir es “insólito”, “inaudito”, “poco común”. “Inédito” es sólo lo que no ha sido publicado.

Retomo el tema luego de las digresiones. Más adelante, la señora expresó que “no se han escatimado esfuerzos para dar respuesta a los justiciables”. En una decena de palabras, dos errores. Primero está ese “han” que parte de la creencia que “esfuerzos” es el sujeto de esa oración cuando es parte del predicado. Si el sujeto está indefinido, debiera ser “ha” porque en esos casos se debe usar la tercera persona del singular. Y luego está ese “justiciables” que pareciera referirse a unas personas que son parte en un juicio. ¡Pues no! Esa palabra está limitada a los hechos, que pueden ser objeto de juicio; no las personas que son parte de él. Para estas últimas, la palabra sería “enjuiciable”.

Posteriormente, misia presi explicó  que se ha “hecho énfasis para formar al juez nuevo”. Con el mero “énfasis” sobre esos señores no se logra nada. Quizás lo que intentó decir fue que “se ha hecho un esfuerzo”, o algo parecido. Pero el “énfasis” no pasa de ser una afectación en el habla. Busquen para que vean. Sus sinónimos pudieran ser: “sonoridad”, “prosopopeya” y hasta “pomposidad”.   En una pieza oratoria durante un acto que según el reportero era “Solemne” (tanto, que lo pone en mayúscula) no cabe.

Pero, quizás es que le estoy pidiendo peras al olmo. Esa misma gente poco ilustrada es la que habla de “violencia de género” cuando analiza casos en los que un marido bestial la emprende a palos contra su mujer. Digámoslo de una vez: la única violencia contra géneros que conozco es la que se hace cuando alguien rasga una tela. Y eso no merece que se saque una ley especial. Lo que pasa es que, ignaros que son, creen que “género” y “sexo” son sinónimos. Lo que nosotros tenemos y gozamos (gracias en mucho al doctor Pfizer) es “'sexo”. “Género”, aparte de ser sinónimo de “tela”, tiene una acepción que puede ser la que genera el error: es la significa “clase a la que pertenecen los sustantivos, pronombres y algunos adjetivos. Y son tres: masculino, femenino y epiceno. “Sexo” es lo que la magistrada deseara , pero con esa feúra…