miércoles, 16 de mayo de 2012

Con el estómago no se juega…


Si, como se afirma frecuentemente, la Segunda Guerra Mundial hubiese sido peleada para derrotar a unas ideologías nefastas, nadie pudiera dudar de su legitimidad. Hoy, nadie sensato admira por las ideas que propugnaban a Hitler, Mussolini, Togo o Petain —por poner uno de cada nacionalidad de entre los perdedores. Pero, ¿y si la guerra no hubiese sucedido en la búsqueda de tan altas miras, sino por el afán de poseer riquezas materiales? Entonces la cosa no resultaría tan altruista. Esa es la hipótesis que plantea Lizzie Collingham en un libro leído recientemente, “The Taste of War”: que la búsqueda de alimentos fue el motivo fundamental de esa conflagración. Es una teoría que no puede dejarse de lado porque durante esa guerra, no menos de 20 millones de personas murieron de hambre, desnutrición o enfermedades asociadas a ellas. Un número que es mayor al de las muertes ocasionadas por los combates.



La autora argumenta que los planes expansionistas de Alemania y Japón tienen que ser vistos a la luz de una economía mundial en la que el producto fundamental era la comida. Dice que el imperio británico dominaba el comercio global de esos bienes; que por la gran depresión, los gobiernos alemán y japonés no podían obtener internamente los alimentos que necesitaban sus poblaciones y eso les dejaba dos opciones: o aceptaban las humillantes condiciones de los ingleses, o podrían intentar controlar más territorio y, con ellos, la producción alimentaria de esos lugares. En búsqueda del Lebensraum, es que Hitler avanza hacia Ucrania y Polonia, y los nipones invaden China y Corea. Cuando los nazis tuvieron que elegir a quien matar para aumentar el caudal de alimentos disponibles, pensaron racialmente y escogieron a los judíos. En algo, por la deformada concepción de que estos eran la fuente de todos los males sufridos por Alemania; en mucho, porque gente de esa religión representaba un alto porcentaje de la población en los territorios que iban a ser colonizados.



La desesperación por el hambre fue la que motivó los enérgicos, suicidas, ataques japoneses al final de la contienda: necesitaban obtener sus alimentos del enemigo.



Al igual que los países del Eje, la Unión Soviética deseaba ser autosuficiente en alimentos. La solución de Stalin no fue invadir territorios extranjeros, sino colonizar a Rusia desde dentro: la agricultura fue "colectivizada"  y puesta bajo el control del Estado. El resultado: millones de personas muertas por desnutrición. Asesinadas en la "guerra" que declaró Stalin contra los agricultores y que resultó en muchos controles y baja productividad —igualito a lo que se intenta por aquí. La paradoja es que llegó un momento en el que los rusos sobrevivieron por un “capitalismo” sui generis: Stalin permitió que los agricultores trabajaran por una ganancia y que los intermediarios se beneficiaran de las ventas de los alimentos. Sin embargo, al final, fue la comida americana la que le mató el hambre al soldado soviético.



El dominio norteamericano durante y después de la guerra no fue solo por su producción industrial, sino por su abundancia de alimentos. Con la guerra, apareció para la agricultura estadounidense una coyuntura perfecta: mucha demanda en el comercio internacional, buena estabilidad económica interna y muchos recursos para el desarrollo tecnológico. Las mejoras en plaguicidas, abonos y especies híbridas se extendieron desde Estados Unidos al resto del mundo. Por primera vez, en un mundo que había padecido hambre desde el comienzo de la historia, empezó a abundar la comida. Tanto que, después no se conforma con enseñar al mundo cómo producir y distribuir comida sino que, ¡maldita sea!, influye en la dieta y los gustos. Con el fast food incluido…



Pregunto ahora: ¿durará para siempre ese oversupply? Esa abundancia ha hecho que la población aumente más rápidamente. Lo que implica que tendremos que producir cada vez más comida y con más eficiencia. Pero el cambio climático, la escasez de agua, el exceso de químicos en el suelo hacen dudosa la fertilidad del suelo de cara al futuro. ¿Cómo se comportará China dentro de treinta años, cuando sus suelos ya no tengan capa vegetal? ¿Cómo reaccionarán los países de Europa y Suramérica que dependen de la nieve que se derrite en sus montañas cuando ya estas no tengan glaciares? ¿No empezaremos, en el siglo XXI, a observar en los países conductas parecidas a las de la primera mitad del siglo XX? Piénsenlo…



Y aterrizo porque se me acaba el espacio. La taimada mezcla de fascismo y comunismo que ha desplegado durante largos catorce años un régimen que nos ha cobeado con eso de la “soberanía alimentaria” mientras lleva a cabo una estúpida estrategia de acabar con la producción nacional —no solo de comida, sino de todo— y privilegia la importación de los alimentos que antes  generábamos nos va a encontrar con los pantalones abajo cuando llegue la época de las vacas flacas que vaticino en el párrafo anterior...

sábado, 12 de mayo de 2012

Scripta manent


Los altos mandos del régimen tienen muy lejos el humanismo. Por tanto no deben estar familiarizados con el latinajo que pongo como título, pero de que lo entienden, lo entienden. El aforismo completo dice: “Verba volant, scripta manent”. Y explica que las palabras vuelan mientras que lo escrito permanece. Eso lo saben los que mangonean en el Ejecutivo. Por eso, no contentos con ejercer el casi monopolio de los medios radioeléctricos, se la tiene dedicada a los medios impresos. Ya es notoria la discriminación que hacen al repartir la pauta publicitaria: no publican avisos en los diarios más serios —y por eso son los más vendidos— sino en los pasquines que más abyectamente se prosternan ante las mieles del poder. Los dueños de periódicos pasan las de Caín para obtener las bobinas de papel que son el medio de tiraje; todos los inconvenientes les son puestos cuando intentan obtener los permisos de importación. La receta no es nueva, pero en estos tiempos pareciera que ha arreciado el esfuerzo por impedir que quienes informan con independencia digan sus verdades.



Si por acá llueve, por allá no escampa. Los chulos de la Alba imitan lo que les marca Miraflores, y si la Kristina la tiene cogida con “Clarín” y “La Nación”, Correa quiere quebrar a “El Universo”. Ni qué decir de los personajillos más despreciables de la pandilla de vividores, Ortega y Evo. Todos ellos, los de por allá y los de estos lados —pero principalmente los que aquí desgobiernan— no cejan en sus esfuerzos para lograr lo que ya Cuba sufre: la falta importante de medios que publiquen las cosas que están mal, las que la comunidad requiere saber, las que muestran cómo en otras partes del mundo se avanza y se mejora. Es que la nomenklatura, para poder seguir pegada a la ubre oficial, tiene que tratar de taparle los ojos y los oídos a la población. Es verdad que todo el tiraje de “Granma” y “Juventud Rebelde” se vende todos los días. Pero los cubanos los compran, no para leerlos sino porque en ese país escasea el papel higiénico.



Aquí, ya no les basta con poner trabas burocráticas a los periódicos. Ahora se valen del abuso de poder con el cual se imponen en el Legislativo y el Judicial —ayudados por el Ministerio Impúdico y la Defensora del Puesto— para ponérselas difíciles a los diarios. Ahora, un gaznápiro propone, desde el Consejo Legislativo de Carabobo, que se pida a la Fiscalía que se investigue a “Notitarde”. Y el resto de la manada levanta las garras siniestras —es que el sectarismo los lleva a privilegiar la zurda, la mano que los musulmanes suponen despreciable— para secundar la propuesta. Es que ne-ce-si-tan doblegar a este diario porque es el segundo en tiraje de toda Venezuela, porque dice las verdades bien dichas, porque sus titulares les escuecen. Y que no se diga que es un medio sectario; en sus páginas tienen cabida personas de todos los pensamientos, incluyendo a varios de clara tendencia roja-rojita. Es más: hasta dirigentes del partido de gobierno hay entre sus opinadores.



La imputación no puede ser más traída de las greñas: que el diario le publicaba avisos a los Makled. Lo que no afirman, pero que dejan flotando en el aire, es que “Notitarde”, debe estar metida en narcotráfico. Es aquello tan fascista de enfangar, sin el más mínimo escrúpulo, a cualquiera que se les atraviese en el camino hacia el socialismo de pacotilla que preconizan. Ya el diario dejó muy claro que, cuando esos tristemente famosos personajes anunciaron en sus páginas, todavía no había causas criminales contra ellos. Es más: uno de ellos era candidato a la Alcaldía de Valencia con apoyo rojo y el otro era el principal favorecido por la “prodigalidad” oficial al ser el mayor distribuidor de área de la Petroquímica y el concesionario de la mayor superficie de patios de almacenamiento en el área portuaria de Puerto Cabello. Reitero lo que ya todo el mundo sabe: los Makled pagaron avisos en octubre del 2007, y su implicación por drogas es de noviembre del 2008, cuando comienzan Alcalá Cordones y Acosta Carlez a disputarse la primacía en los negocios aquellos…



Los paniaguados del Consejo Legislativo no pasan de ser sicarios comisionados para asesinar la buena reputación que Notitarde ha ido ganándose día a día por el trabajo esforzado y conjunto de directivos, reporteros, empleados y obreros. Lo que quieren es acabar con la buena acogida que el diario tiene entre la población por la variedad de la información que presenta; porque de un diario vespertino de circulación local, ha llegado a ser un matutino de amplia cobertura en el territorio nacional. Por tanto, tienen que tratar de ponerle la mano, o por lo menos, tratar de silenciarlo. Pues, empleando una frase de esas que tanto abusan ellos: ¡No pasarán!

De “gracias a la enfermedad” y otros oxímoros


Me sucede con frecuencia: alguien me intercepta y me reclama que no escribo tanto como antes acerca de las cosas del lenguaje. Son personas que reconocen mi debilidad por todo lo relacionado con la corrección en el lenguaje escrito, con el empleo esmerado del idioma. Mi contestación es siempre la misma: esa manía todavía la tengo, pero ahora no estoy escribiendo mucho acerca de gramática porque la mayoría de mis lectores espera de mí, siempre, fogosos escritos de denuncia en contra de los rojos que están acabando con el país, sus riquezas, sus buenas costumbres y la poca moralidad pública que todavía quedaba. En verdad, disfruto más escribiendo y publicando los primeros porque siento que estoy ayudando en una batalla por el español, que es un bien perceptible que debe estar destinado a perdurar por muchos siglos. Pero no me da pena alguna admitir que cuando escribo de los segundos, al final me siento más liviano, descargado de tensiones. Es mejor, y más barato, que ir a un psiquiatra. Hoy, ensayaré una mezcla de las dos modalidades.



Con frecuencia, uno escucha por radio, o lee en los periódicos, frases como: “éxito terrible”, “sufrir mejoras”, “plagado de virtudes”, etc. Esos casos siempre los califiqué de oxímoros involuntarios debidos a la superficial instrucción de quienes los emiten. Que son usualmente locutores o reporteros de esos que informan acerca de “dos damas se causaron heridas en un prostíbulo al pelear por un cliente”. Aclaremos una vaina: las damas no van a lupanares. Una dama, todos lo sabemos, es una “mujer noble y distinguida”. ¿No era más correcto decir que “dos mujeres salieron cortadas en el rifirrafe que se originó en un mabil por los favores de un parroquiano?



Dejo de lado la digresión y retomo el razonamiento. ¿Cómo puede ser terrible un éxito, que es definido por como: “resultado feliz”? O, ¿cómo se puede sufrir una mejora si ese verbo implica “sentir un daño o dolor” y el sustantivo que le sigue sugiere el goce de un alivio, una recuperación? O, ¿cómo las virtudes, que son “acciones conformes a la ley moral”, pueden estar “plagadas”, o sea: “llenas de cosas nocivas o no convenientes”?



Ahora, la certidumbre que tenía ha comenzado a resquebrajarse. Es que después de ver cuántas cosas pasan en esta sufrida tierra por las acciones y omisiones de tantos imbéciles que actúan de funcionarios —y que disfrutan de “beneficios colaterales no oficiales”, por ponerlo en lenguaje “políticamente correcto” — ya no estoy tan seguro.



Actualmente, se puede decir si incurrir en error que el régimen, al expropiar Agroisleña, se anotó un “éxito terrible”. Se dio el gustazo de aplastar a unos “sucios capitalistas” (a quienes no les ha pagado, como cosa rara) al quitarles el fruto de su trabajo, pero a un costo atroz: rebajaron de un solo caraxazo la superficie sembrada. ¡Terrible el éxito! Sobre todo para los más pobres, que ven cómo escasean los alimentos frescos.



Cuando alguien viaja hacia Caracas por una autopista que acaban de asfaltar y ya está plena de cráteres, o abre el grifo en una casa valenciana y lo que sale es algo ocre y maloliente, o se cala las colas caraqueñas porque el populismo ramplón impidió que funcionase el “pico y placa” que habían implantado los alcaldes mirandinos, puede comprobar que eso de “sufrir mejoras” ya no es más un oxímoron. ¡Es una realidad originada en la desidia, ineptitud  y corrupción de los burócratas del régimen!



Ya no es un error decir: “conseguir malos resultados”. Antes sí. Porque “conseguir” es “alcanzar, lograr lo deseado”. Y normalmente uno no desea tener malos desenlaces. Pero es que no estamos en tiempos normales. Y este régimen es la negación del sentido común. Cuando hostigan a los productores, cuando se apropian de empresas, terrenos, edificaciones y fábricas, es lo que desean obtener: que tales acciones ayuden en la depauperación del país. Porque ellos necesitan que todos seamos pobres. Así habrá más personas que vayan hacia ellos con las manos extendidas, suplicantes.





Antes no se podía decir “gracias a…” y continuar la frase con algo malo o dañino. Porque esa locución preposicional implicaba que algo o alguien producía un bien o evitaba un mal. Ahora no. Ahora, los reparadores de electrodomésticos pueden decir que se están llenando “gracias a los apagones que causa la ineptitud e impericia de Corpoelec”. Los choros dicen lo mismo. Y los pavos que quieren jamonear a la jeva, también…



También, se puede expresar que “gracias a la enfermedad” ha sucedido un montón de cosas: la familia real barinesa goza de hoteles, paseos, compras y comidas que jamás soñaron —o sea, para seguir en la vena oximorónica, que ha “disfrutado del tratamiento médico”—, los valetudinarios hermanitos Castro siguen llenándose, y el futuro de Venezuela se ve más despejado…

El drama de pagar



Como el alcalde de donde vivo —que no es el de Valencia; de él me encargaré más adelante— lo está haciendo mucho mejor de cómo mucha gente esperaba, decidí que había que ayudarlo en su gestión. Para eso, me fui a pagar los impuestos de circulación vehicular y de lo que impropiamente los venezolanos llamamos “el derecho de frente”. El edificio limpio, nada de mugre, manchas o grafiti, con buenos carteles indicadores, y los funcionarios contestaron cortésmente nuestras preguntas. ¡Pero las colas! ¡Inmensas! Tanto, que a pesar de haber salido de casa revestido de buena ciudadanía, me dije: “Alejandro puede esperar un poco más por mis contribuciones al fisco; buscaré una mejor hora para la diligencia”.

Es el drama de toda Venezuela. País rentista como ha sido por casi un siglo, dejó atrofiar —o no desarrolló— las destrezas en la cobranza. Los vigilantes de tránsito son como son, en mucho, porque ya no se les provee de boleteras para imponer citaciones por infracciones; lo que influye de dos maneras, ambas negativas: los conductores irrespetamos mucho más el reglamento, y queda sin entrar dinero al erario pues es desviado a los bolsillos “fiscales”. Cuando uno tiene necesidad de obtener un mapa en la Cartografía, no puede comprarlo porque esta no es perceptora de fondos nacionales; por tanto, regalan los mapas, con pérdida para la nación. La absurda eliminación por el régimen de los cobros de peajes en las autopistas resultó en una infraestructura vial que se desmorona; porque ahora dependen de un burócrata caraqueño que no sabe nada de nada pero que mantiene suavemente tensadas las partes pudendas del jefe. Hasta hace poco, cuando las vías eran responsabilidad regional y se cobraba por su tránsito, no solamente la capa asfáltica estaba en buen estado sino que las adyacencias se veían impolutas, los viajeros estaban cubiertos por seguros de vida y gozaban del auxilio vial si se accidentaban. Como estos, mil ejemplos más.

Siempre, y en todas las latitudes, lo difícil es cobrar. Y es hasta lógico: el ente, el comerciante, o quien sea, si hace esfuerzos por cobrar y procrastina al pagar, mantiene un flujo de caja positivo. Con lo que asegura su éxito. Aquí, no. Aquí son difíciles ambas cosas. Los que tienen que cobrarle al Estado las pasan moradas por la burocracia y, sobre todo, por la “viveza” de unos pagadores que, paradójicamente, cobran.

Pero no es solo el estamento oficial el que dificulta los pagos. Los comercios privados también tienen sus peculiaridades. Por ejemplo, una híper-ferretería a la que el régimen le tiene la vista puesta puso una máquinas para la autoliquidación de las compras; pero en ellas siempre tiene que actuar un empleado porque, con cada intento de pago, este tiene que digitar una contraseña, después tiene que verificar que la tarjeta usada corresponda con la cédula del comprador, y luego tiene que tomar de este una de las copias del comprobante de pago.  Cuando los pitiyanquis compramos en un “Home Depot”, nada de estas cosas interfieren en el chinchineo del dinero entrante. El comprador se defiende solo, y si no sabe, que haga la cola para que lo atienda un dependiente. La tienda no tiene por qué dudar de que el tarjetahabiente sea su legítimo propietario; si sabe el código es porque, muy probablemente, lo sea. Y si no lo es, una grabación de las cámaras de seguridad está a la disposición de las autoridades para facilitar la detención del roba-tarjetas. ¡Y ya!


Tortura especial es la que impone el en mala hora alcalde de Valencia cuando sus policías municipales remolcan vehículos —sin importar si estos están bien o mal estacionados. El propietario debe ir a un estacionamiento que queda en el Tuyuyo Grande. Allí, para ser atendido, hay que esperar más de una hora afuera del recinto, —en descampado, sin donde guarecerse de los elementos y en las cercanías de una ranchería de donde puede brotar unos malandros para robarlo a uno. Después de haber pasado por las horcas caudinas de un funcionario que jura que sabe más de derecho que nadie y haber pagado el costo del remolque y el estacionamiento, hay que ir a las taquillas de la Alcaldía, a unos 5-6 kilómetros de distancia, para coger un número y pagar la multa. Después, con el recibo de la multa, hay que ir a otra dependencia, como a otros 5 kilómetros para que la Policía Municipal borre del sistema la placa del vehículo, no sea que se lo vuelvan a llevar. Solo después de cerrar el circuito, rodando varios kilómetros más hacia el estacionamiento, es que se puede recuperar el vehículo. Eso, en una alcaldía en la que su titular, por la infinita sabiduría de Boves II, asiste a las reuniones de gabinete ministerial. Debe ser que el alca-Parra estaba dormido cuando aquel daba la orden de simplificar los procedimientos administrativos


sábado, 21 de abril de 2012

¡Al ladrón, al ladrón!

Ese es, precisamente, el grito que pega el ratero en su huida para hacer ver que es otro —que supuestamente corre delante de él—, para confundir a los transeúntes, evitar que lo obstaculicen y, de esa manera, lograr una vía más expedita para salirse con la suya. Nada distinto es lo que tenemos presenciando casi 14 años. Cobas para ponerlo a uno a mirar hacia otro lado mientras vuelven añicos la letra y el espíritu constitucional; camelos para adueñarse de todo el poder, desconociendo descaradamente lo que dice la norma; engañifas a las personas de mentes más sencillas para hacerles creer que todo lo que hacen es para el mayor bien de ellos, cuando lo que buscan es el aumento de su bienes mal habidos. El mismo subterfugio utilizado una y otra vez, hasta la saciedad.



El más reciente, fue el escenificado en el dizque “balcón del pueblo” en medio de una farsa montada milimétricamente. Los “manifestantes” fueron reclutados “voluntariamente” de entre los empleados públicos, estudiantes de la Unefa, misioneros y milicianos. Y, no lo niego, uno que otro fanático de los que todavía no quiere ver la postración que sufre el país por la incompetencia y la maldad de los usufructuarios del poder. A cada uno se le proveyó en el trayecto de banderas rojas y refrigerios. La idea era celebrar el retorno al poder de quien se creía la reencarnación de Bolívar, pero que ahora se vende como un nuevo Cristo. Es aquello de “ovem in fronte, vulpem in corde gerit”. O, como dice el viejo refrán castellano: “la cruz en los pechos y el diablo en los hechos”.



La macana más maciza fue la de la creación de un “Comando Especial Anti-golpe” que, según el tipo, "ya está funcionando” y cuya primera misión que “es elaborar en las próximas semanas un Plan Integral Anti-golpe". No se sabe qué personas u organismos conforman ese artificioso proyecto. Ni para qué va a servir, pero el contexto en el cual fue anunciado era uno de ataque al candidato que se le opondrá el 7-O. Ladinamente, sugiere que la MUD está complotando en contra del Estado. ¿Cómo y con qué va la oposición a dar un golpe? Las armas las tienen los cuerpos armados, cuyos jefes no son escogidos, como antes, entre los más capaces y leales a la Constitución, sino entre los más “fieles al comandante”. Además esos jefes venezolanos son tutelados muy de cerca —se puede decir que les respiran en la nuca— por los colonizadores cubanos. Si alguien está conspirando, deben ser algunos rojos-rojitos con esperanzas de sucesión. Enfermos de poder como están, al oler que pronto dejarían de tenerlo, no vacilarían en darle un palo a la lámpara constitucional para intentar prevalecer. En fin de cuentas, todos tienen pasados golpistas. Algunos, desde la década de los sesenta del siglo pasado. ¿Qué sería una raya más para un tigre?



Cuando el inquilino de Miraflores —pero que reside más en La Habana— dice: "Sabemos que no van a jugar limpio el juego democrático”; que quien se le opone “es la expresión del fascismo"; y propone que si alguien no reconoce el triunfo de él, “todo el pueblo a la calle y no sólo el pueblo; pueblo y soldados a la calle" —sin aclarar que él y su claque en los demás poderes ya tienen previsto la posibilidad (la probabilidad, mejor) de perder— lo que está es jugando “posición adelantada”, para ponerlo en el lenguaje futbolístico. Es su versión de “¡Al ladrón, al ladrón!” que comentaba en el primer párrafo.



Una violación más a la Constitución y a las leyes que se llevó a cabo en su presencia —probablemente con sus órdenes expresas— fue la presencia de las fulanas milicias, su muy personal guardia de corps, en el acto. Por varias razones: primero, tales milicias no aparecen tipificadas en la Constitución del 99, mal pueden ser integrantes del poder armado de la nación; luego, están las prohibiciones legales de manifestarse vistiendo con uniformes y la de hacerlo con las caras tapadas. ¿Cómo saber si esos embozados son venezolanos, o si son de los infiltrados cubanos que en verdad mandan y vigilan que los milicianos se porten como ellos les ordenan? Ellos son los que disponen que esos uniformados, por una pitanza, sean partícipes (y hasta cómplices) en esas confiscaciones disfrazadas de expropiaciones de terrenos o edificaciones. Tarde o temprano, todas estas cosas han de ser corregidas, por ilegales y por injustas.



Otrosí

El intento de zaherimiento reciente del canci-chofer debe tener muy bravos a Chaderton, Tarek, Barreto, Ramírez y a otros rojos más de muy particulares tendencias. ¿De cuándo a acá, demostraciones homofóbicas en un régimen que luce por demás homofílico?, por decirlo con una palabra que no está en el diccionario pero que merece estar…


sábado, 7 de abril de 2012

El raspado de la olla

Antes de regresar a La Habana de sus amores, la capital de la Cubazuela que pretende lograr, el tipo se puso a amenazar a todos cuanto tienen algo que perder en esta neocolonia. Volvió a intimidar a los banqueros para que hagan lo que él quiere, así se vaya al traste el negocio y, con él, el dinero de los ahorristas. Volvió a buscar el acobardamiento de los empresarios, especialmente los de los medios, para que no emitan noticias, criterios ni sugerencias que dejen ver la ineficiencia, podredumbre y sectarismo del régimen —y parece que con Venevisión, por lo menos, lo logró. Siguió instigando a la confrontación entre venezolanos al sugerirle a sus grupos anarquizados que invadan y se apropien de cuanto terreno urbano encuentren, sin importar cuanto lo necesita su legítimo propietario.



Para mí, todo eso no es sino el mascarón de proa de lo que en verdad se buscaba. Una vez más puso a la gente a ver hacia una dirección mientras llevaba a cabo otra barrabasada: pasar una ley que le permite seguir apropiándose de la plata que necesita para alimentar su desmedido e insaciable afán de poder. El tipo fue habilitado —en una marramuncia de última hora— por unos “legisladores” sin legitimidad y a punto de entregar el coroto, para legislar en lo relacionado con los damnificados por las aguas. Pues no le “ha parado” a esa limitación y ha firmado decretos que adolecen de inconstitucionalidad la más de las veces. Este último, por el cual se autoriza a sí mismo para meter en más deudas a la república sin solicitar permiso a la Asamblea (que de todas maneras la mayoría espuria de la que goza se lo iba a conceder) y sin siquiera consultar a los que se supone que saben de eso: el Banco Central. Cómo será de bajo el concepto en el que tiene a ambos organismos, que decidió y puso en el decreto que a estos solo serán informados de cualquier nuevo endeudamiento a 15 días hábiles posteriores a su realización. O sea, unas tres semanas después del fait-acompli.




Para dorar la píldora, el fulano decreto pone una condicionante: que la deuda sea para solucionar circunstancias “no previstas o difíciles de prever”. Lo que no dice es que quien decide cuáles son esas situaciones es el mismo individuo. Ya algún amanuense de los que cual borregos, sin analizar la conveniencia de la nación, buscan lo que mejor le acomode a su líder estará planificando cómo justificar que la declinación en el número de ilusos que votaban enceguecidos por las promesas —pero que en los próximos comicios ya no más— es más que suficiente justificación para seguir metiendo a Venezuela en deudas. Por lo pronto, ya pusieron en el texto que podrá hacerlo si los recursos son destinados a “la soberanía alimentaria, la preservación de la inversión social, seguridad y defensa integral”. O sea, ¡qué siga el voleo pre-electoral!



Me imagino que el barbas le sobó el ego una vez más y le dijo algo como: “¡Vaya, tú tranquilo, chico! No importa que los tataranietos de los venezolanos actuales ya estén bastante endeudados; los tuyos, cuando los tengas, estarán asegurados por las destrezas de sus padres en el manejo del erario. Lo que importa es que tú continúes al frente. Nos interesa a todos. Sigue repartiendo dinero por montones entre los tontos que no ven que algún día tendrán que pagar la deuda y los venales que si lo saben, pero que lo que le interesa es forrarse. Sólo así tendrás algún chance en octubre. Eso sí —y yo sé que no tengo que decírtelo, pero mejor es ser reiterativo— parte de esa plata es para que la sigas mandando a esta isla de la felicidad donde tanto se te quiere”.



Me imagino que Capriles, en su discurso de inauguración no se atreverá a decir, como Luis Herrera, que recibe “un país hipotecado”. Porque a él no le gusta decir mentiras. Hace rato que Venezuela dejó de estar hipotecada. Va a recibir un país en la quiebra. Y si fuera económica solamente, uno podría arremangarse y ponerse a sacarla del gravamen. Pero es que la quiebra ya es moral y social. Todo, por la vanagloria de un hombre sin escrúpulos que no se le agua el ojo en destrozar la riqueza nacional en aras de un proyecto personal con tintes de neo-fascismo cuando le conviene y de neo-chapitismo las más de las veces.



Para eso tiene bastantes cómplices, pícaros y lagoteros. Como el que le exige a sus subalternos, en comunicación oficial —aplastando sus derechos individuales y sin preocuparse por la imposición de esa inconstitucionalidad—, que proclamen su adhesión a una persona y no a los altos postulados de la Constitución.


¿Quién ofende a quién?

Un amigo a quien le reconozco preclara inteligencia —y de quien admito que de escribir sabe muchísimo más que yo— me reconvino en días pasados. Por mail me hizo saber su preocupación por el empleo que yo hago de algunos términos para referirme al tipo aquel. Cree los utilizo “con imprudencia y exceso”; que los remoquetes empleados llevan una “exagerada carga chacotera” y que algunos son “inútilmente vejatorios”. Su consejo: que me abstenga de seguir utilizando en mis escritos “locuciones o modos adverbiales que sean irrespetuosos o inmoderados”.


Habrá que hacerle caso al amigo porque en eso de saber escribir, ¡sabe! Aunque va a ser difícil por varias razones que trataré de explayar de seguidas.



La primera, es que mi mamá me instiló desde muy niño que “hay que respetar para que lo respeten a uno”. Cosa que se me confirmó luego, cuando me decidí por la vocación militar y se me explicó “que la lealtad es una calle de dos vías”. Puesto en el predicamento que nos ocupa, y ya los venezolanos estando saturados de cognomentos denigrantes de parte del innombrable en contra de quienes se oponen a su manera de mandar como: “escuálidos”, “majunches”, “plastas” y otros similares, ¿es que no va a ser posible retrucarle en el mismo tono?



De todos los insultos que provienen del jetabulario presidencial, el que más escuece es ese de “apátridas” con el que trata de descalificar a cualesquiera que no se prosterne obsecuentemente a su intento de que todos pensemos igual a como el decidió. O que, por lo menos, no pensemos en absoluto. El tipo se arrogó una prerrogativa de decidir quiénes son compatriotas de él y quiénes no. Y que solo los que tienen carné del PUS merecen ese apelativo. No acepto que nadie me diga que quiere a Venezuela más que yo. Igual que yo, sí. En eso no tengo inconveniente. No soy menos venezolano que nadie. Pero él se cree con derecho a rebajarme. ¿Qué de diferente tiene eso con aquella clasificación del general Gómez de “malos hijos de la Patria” contra  quienes se oponían a sus tropelías? Para ponerlo con las palabras de Pompeyo Márquez hace algunos días: “Llamar apátrida a la mayoría de nuestros compatriotas es una grosería inaguantable”. Palabras que todo venezolano tiene que suscribir rotundamente.



La segunda razón es que soy un convencido de algo que dijo Napoleón: “De la única dimensión de la cual no hay regreso es del ridículo”. La manera más eficiente de poner de relieve las groseras ineptitudes, corrupciones y falacias de un régimen —incluido este— es caricaturizándolo. Unos, los diestros en dibujo —Zapata, Rayma, Pam-chito, Edo y Bozone, por ejemplo—, utilizan trazos; otros, diciendo las cosas como las vemos. Algunos somos más afortunados y podemos ponerlas por escrito; los más, sin embargo, pueden (y deben) usar radio-bemba, que tan eficaz es. En todo caso, hay que acordarse de Horacio: “Ridendo corrigo mores”. Se puede corregir las costumbres por medio de la burla. Y conviene hacerlo así. Por una parte, más gente se entera de los muchos pecados, incompetencias y venalidades gubernamentales; por la otra, se demuestra que no hay miedo de denunciar. La más eficaz de las sanciones sociales es el ridículo. Hay que usarlo…



Criterio contrario al del amigo que menciono al comienzo tiene otro que no desmerece en inteligencia al primero: Le gustan “los otros nombres del innombrable que has utilizado” y me sugiere hacer una lista de ellos. Estoy en un disparadero: ¿qué hacer? Creo que acordarme de Aristóteles: “La virtud está en el medio de dos extremos que son viciosos”. Y de Pero Grullo: “Ni calvo ni con dos pelucas.” A recortar, pues. Pero sin llegar a llamar al señor: “Su Alteza Serenísima, el Primer Magistrado de la Nación”. ¡Ni de vainas!



Por ejemplo, el pasajero del caracol (por aquello de que el animal está dentro) anda por Cuba buscando alivio a su mal. Cosa que es su derecho, pero que también habla muy mal de su sentido común. Porque, según él, “los médicos de Cuba son los mejores del mundo”. ¿Cómo no denunciar que eso es una falta de respeto para con el gremio médico venezolano? ¿Cómo no decir que eso no es verdad? Los cubanos no pueden estar al día en los últimos avances de la ciencia médica. Sencillamente, si no tienen Internet, ni divisas para suscribirse a revistas especializadas, ni pueden asistir a congresos internacionales; pues no pueden estar actualizados.



Pero, hay algo más en ese viaje. Por aquello de “piensa mal y acertarás”, uno —que está consciente de que el narcisismo del tipo lo impulsa a buscar ser el centro de todas las miradas— tiene que colegir que se fue también para ver si se puede “colear” en una audiencia con Benedicto. De patentizarse esa sospecha, a uno no le queda sino  calificarlo de “güelefrito”.