martes, 3 de mayo de 2011

Respuesta a un lector rojo

Señor: junto con mi saludo, tenga la bondad de recibir mi doble agradecimiento por haberse tomado la molestia de escribirme. Primero, porque quienes tenemos el privilegio de poder exteriorizar nuestras opiniones en los medios nos alegramos de recibir comentarios acerca de lo que decimos. No nos importa si son críticas porque nos son útiles en ayudarnos a clarificar nuestros pensamientos. Y hasta a enmendarlos. Segundo, porque no es algo de todos los días cuando uno se encuentra con un texto escrito por un robolucionario que no tenga errores ortográficos.

También le agradezco su preocupación por mi salud. Me refiero a su admonición: "A tu edad no deberías estar buscando un infarto al miocardio agregando tanto odio a tu ser". No se preocupe, si no me dio cuando estuve por más de 45 años asumiendo responsabilidades, cumpliendo tareas pesadas y cogiendo rabias diariamente, no creo que ahora, a mis 73, viviendo la vida del viejito jubilado, me vaya a dar uno. Y si me da, probablemente sea por los muchos chicharrones y demás grasas que he paladeado; es que no he encontrado un lípido que no me guste. Pero no será por odiar —como usted sugiere— porque, que le quede bien claro, yo no odio a nadie. Cosa que muchos de sus correligionarios sí hacen.

 Mencionan a cada rato a Martí —quien tenía una rosa blanca tanto "para el amigo sincero / que me da su mano franca" como "para el cruel que me arranca / el corazón con que vivo"— pero no lo imitan. Destilan odio contra quien ose pensar diferente a como ordena Boves II. Y ya que de un cubano hablamos, déjeme que le diga que no odio ni siquiera a quienes lo que hicieron fue convertirnos en colonia ¡de los cubanos! Que no son —ni en lo intelectual, ni en lo económico, ni en lo político, ni en lo social— mejores que nosotros, con todas las carencias que podamos tener. ¿O usted es de los que se alegran porque su cédula, los documentos de su vivienda y hasta su filiación policial sean manejados por funcionarios del G-2?

Quiero corregir otra de las afirmaciones que usted hace. Yo no soy un "aristócrata". Sólo soy el hijo de una viuda pueblerina que sacrificó mucho para que mi hermana y yo pudiéramos tener la mejor educación posible. Hoy por hoy, mi único sustento es una pensión por haber servido en las Fuerzas Armadas treinta años, a veces en regiones inhóspitas, a veces poniendo en riesgo la vida, siempre poniendo a Venezuela por delante. Por ese amor, sufrí paludismo, tuve fracturas, me dispararon hostilmente varias veces, pasé un mes en un hospital herido de granada. Con todo y eso, mi pensión apenas me alcanza para llegar a fin de mes. No tengo propiedades, no tengo bienes de fortuna. Lo invito a que me averigüe. Tampoco es que me esté comiendo un cable; vivo en un apartamento cómodo pero que no es mío. Mis hijos me ayudan con los gastos por servicios públicos, alimentación, seguro de HCM, etc.). Así que de aristócrata, nada.

Le confieso que me llamó la atención su correo. En algunos artículos anteriores he sido más pugnaz contra el régimen —palabra que no le gusta pero que empleo con propiedad: actualmente no se nos gobierna; se nos manda, que es otra cosa— y usted nunca me criticó. Cosa que hace ahora por un artículo en el cual lo que hago es comentar el estado de las vías (que no me podrá negar que están muy mal), y el mal empleo de algunas palabras por parte de quienes, por sus funciones, debieran dominar mejor el lenguaje. Sólo en las tres últimas líneas digo algo duro contra algunos burócratas: "En estos doce años de involución robolucionaria, ningún rojo ha sido sentenciado como culpable. ¡Y mire que han robado!" Afirmaciones que ratifico y que usted —si es que es sincero consigo mismo— no podrá negar. ¿Fue eso lo que le dolió? Espero que usted no sea alguno de ellos...

Por último lo invito a que —empleo parte de su frase de cierre— "abra sus ojos y vea". Porque no es cierto lo que afirma del "enorme esfuerzo del Comandante Presidente y su equipo de gobierno para lograr una Venezuela próspera". Nunca antes, el país había estado tan prostrado, nunca le habíamos debido tanto a tantos acreedores, nunca habíamos dependido tanto del petróleo. Para nada bueno. Porque los pobres siguen iguales de pobres. Con el añadido de que por lo prolongado de las "misiones" (que se justificaban pero que debieron sólo una ayuda limitada en el tiempo) lo que se ha logrado es —además de crear una adicción casi absoluta de los menesterosos a la teta oficial— que proliferen pícaros y vividores.
Le reitero mis palabras de agradecimiento.


martes, 26 de abril de 2011

Las cosas que uno lee…

Mejor sería titular “Las cosas con las que uno se topa en los medios”. Pero resultaría muy largo para un título periodístico, restringido como estoy a dos columnas de ancho. Pero ya tienen la idea del tema de hoy: cosas que golpean los ojos del lector o los oídos de quien está frente a un receptor de radio o de televisión.

Con motivo de las lluvias caídas recientemente y que han dificultado el tránsito de los vacacionistas, varios funcionarios han explicado que la culpa la tiene la “climatología que ha azotado la geografía nacional”. ¡Falso dos veces! Primero, porque si el régimen se hubiese preocupado más en mantener las vías, puentes y cauces de ríos, hubiese habido menos víctimas, los trancones hubiesen sido menos molestos y los accidentes menos gravosos. Un amigo —que no tiene nada de imprevisor, por lo que preparó muy bien su viaje— se tuvo que calar 23 horas para viajar desde su casa en Caracas hasta su apartamento en Margarita. La circulación entre la capital y Puerto La Cruz implica riesgos ineluctables. Rodar por Barlovento es como ir  vadeando por el lecho de una quebrada: piedras, zanjones donde uno puede dejar una punta de eje. Y al manejar por Anzoátegui, sin importar lo que diga el poetastro de la robolución, se corre peligro de vida.

Pero estoy en una digresión. Mejor retomo el tema de la falsía de parte de los declarantes y ataco la segunda razón: lo que empeoró el tránsito fue el “clima”, no la “climatología” —que no pasa de ser “el estudio de los climas”. Pero claro, ¿por qué emplear una palabra de dos sílabas si se puede inflar el lenguaje con una de cinco? Algo parecido sucede cuando lo que se quiere decir es “territorio” y se utiliza “geografía” —que no es sino la “ciencia que trata de la descripción de la Tierra”. La metonimia es una cosa que hay que usar con cuidado.  Es el jetabulario funcionarial, la vanilocuencia burocrática,  en todo su esplendor. Para meter la pata las más de las veces…

Una cosa me llamó la atención hace días en la primera página del diario Notitarde. Tengo profundo respeto por quienes dirigen éste diario; me consta de sus esfuerzos por presentar día a día un producto de calidad, por hacerlo cada vez más un gran diario —cosa que han logrado y que ha hecho que este diario sea el segundo en ejemplares vendidos en todo el territorio nacional—, pero comento lo que sigue por aquello de “Amicus Plato, sed magis amica veritas”. El titular anunciaba que “Denunciarán irregularidades en AN” Lo cual me parece muy correcto desde el punto de vista de la gramática y muy conveniente desde el del civismo democrático, porque hay que impedir que este parlamento siga el mal ejemplo del anterior —el compuesto casi totalmente por focas aplaudidoras.

 Lo que golpeaba los ojos estaba en el antetítulo: “Diputados de la MUD vociferan su lucha en la Unión Interparlamentaria”. Porque me consta que tanto el diputado Marquina como los demás diputados que iban en ese viaje son personas muy comedidas, de muy buena educación para estar manifestando “ligera y jactanciosamente algo”, dando “grandes voces” (que es como lo explica el mataburros). Quizás, lo que intentó quien escribió la reseña en la corresponsalía de Caracas —dirigida por una magnífica formadora de opinión— fue explicar que la delegación iba a “vocear” lo que está pasando en nuestro sufrido país. Porque la cuarta acepción de ese verbo es: “Manifestar o dar a entender algo con claridad”.

Pero en todas partes se cuecen habas, inclusive en la Madre Patria. Ana Pastor, la aguda periodista que conduce “Los desayunos” por la televisión española y que tiene uno de los pares de ojos más hermosos que yo haya visto —en mi pueblo la piropearían diciendo que “tiene más ojos que una piña mal pelada”—, recientemente comentó acerca de la “conducta venial” de algún funcionario ibérico. Lo que quería reprochar, pienso yo, era la “conducta venal” de ese individuo. El primero de los dos adjetivos proviene del latín “venia- veniae”: “perdón”, “olvido”. Por eso, los pecados “veniales” son aquellos que la Iglesia considera no atroces, excusables, fácilmente perdonables. Por tanto, no debiera ser confundido con “venal”  que viene de “venum-veno” y que significa que “está para la venta” y, por tanto, "susceptible de ser comprado”; “abierto a la corrupción". Cosa que, en un funcionario, nada tiene de venial. Tan grave es eso de ser un burócrata venal, que la Ley establece penas rigurosísimas para quienes incurren en ese delito. Lamentablemente, con el dominio que tiene el Ejecutivo sobre los demás poderes, dicha norma no es sino un instrumento de persecución política más. En estos doce años de involución robolucionaria, ningún rojo ha sido sentenciado como culpable. ¡Y mire que han robado!

lunes, 25 de abril de 2011

Comienza Pesach

Cuando fui escogido para hacer un postgrado en Chicago, no encontré alojamiento cerca de la universidad y tuve que buscar casa en suburbios diferentes a aquel donde estaba el campus. Por lo que podía pagar, sólo conseguí un sótano en Skokie, una localidad que representaba el súmmum de la judería asquenazí en el Midwest americano. Tan hebraica era la circunstancia que en diciembre, en los espacios públicos, uno no veía adornos de Santas —nacimientos, mucho menos— y lo que abundaban eran los chanukkiot, los candelabros de nueve luces. En el piso arriba del mío vivía un oftalmólogo que estaba haciendo un doctorado en la misma universidad. No tomamos mucha camaradería porque ambos estábamos mucho tiempo en clases o la biblioteca. Pero ambas esposas y nuestros hijos sí entrabaron amistad.

Un día, escuché cómo las vecinitas invitaron a mis hijos a buscar chametz en la casa de ellas. Primera vez que escuchaba esa palabra. Como no la conseguí en el diccionario, le pregunté a la vecina. Me explicó que significa “levadura”, y que como al día siguiente comenzaba Pesach, la Pascua judía, por instrucción talmúdica había que limpiar y lavar el apartamento hasta dejarlo sin rastro de cosas que pudiesen fermentar, desde migas de pan, pasando por granos y llegando hasta vinagre y café. Y me invitó a que los acompañara en el seder, la cena ritual de esa festividad. Eddy se negó a acompañarme porque no iba a participar en un rito no católico. Traté de convencerla que un seder era lo que habían conmemorado Jesús y sus apóstoles, judíos practicantes, durante la Última Cena. ¡Nada! Me tocó ir sólo, Pero antes fui a la biblioteca y me apuñalee sobre qué hacer y qué no.

No intento narrar cómo es un seder, pero algo diré para que entendamos una pizca de esa ceremonia llena de simbolismos. Para empezar, se realiza en la noche de la primera luna llena después del equinoccio de primavera; vale decir, que de ahí en adelante los días serán más cálidos, todo será menos arduo. El chal que usa el dueño de la casa no es el que tiene rayas celestes y que se usa para orar en los Shabat; el de esta ocasión es totalmente blanco. Fue el que vistió en el día de su boda y —aparte de las cenas pascuales— no lo llevará sino en el ataúd. Es para significar que este día es especial: conmemora la salida del pueblo judío de Egipto guiado por Moisés. Los alimentos que están en la mesa también tienen un significado. Hay, pero no para comer, un codillo de cordero y un huevo chamuscados; el cordero recuerda al que sacrificaron en Egipto para con su sangre marcar las puertas de sus casas a fin de  que el ángel que exterminó a los primogénitos egipcios no los tocara a ellos; el huevo, las ofrendas que se hacía en el templo. Se come “hierbas amargas” —usualmente tiritas de rábano picante— que de cuando en cuando son untadas con una pasta de manzanas, nueces, dátiles, miel y vino. Lo fuertemente acerbo del rábano hace que a uno se le salten las lágrimas: busca que se recuerde cuán triste y amarga es la esclavitud. Lo dulce es para advertirnos que la certidumbre del alojamiento y la comida que están asegurados con la servidumbre —así como la tranquilidad de no tener que tomar decisiones— pueden ser confundidos por algunos como una evidencia de que la esclavitud es algo que vale la pena. Que no la vale. Y se toma cuatro copas de vino que representan las cuatro promesas que le hizo Dios a los hebreos: aliviarlos de las pesadas tareas de Egipto, liberarlos de la esclavitud, redimirlos y tomarlos como su pueblo escogido.

Después de muchísimas oraciones es cuando ¡por fin! viene cena no ritual. Debo confesar que los platos no son muy atractivos a la vista. Pero los sabores son excelentes. Soy adicto a la sopa de matzo y al gefilte fish, un pastel de pescado, huevo sancochado, cebolla y mucha pimienta. Al finalizar, se vuelve a rezar y cada quien para su casa.

Los lectores que llegaron hasta aquí dirán: “Hoy es 19 de abril y no habló de la efeméride; estamos en Semana Santa y no razonó sobre nuestros ritos católicos”. Es verdad, pero preferí aprovechar la celebración judía para hacer una comparación con lo que está pasando actualmente en Venezuela. La Pascua recuerda que hay momentos en los que se debe dejar de lado la tranquilidad que generan las dádivas tipo “misiones” —pero que implican la sujeción a la voluntad de otro— y decidirse a emprender un viaje, con sacrificios y dificultades, lejos del despotismo y los abusos, hacia la libertad, hacia la toma de las responsabilidades cívicas. Los exhorto a que nos imbuyamos de eso durante esta semana que invita a la reflexión…  

sábado, 16 de abril de 2011

La edad del odio


El pasado domingo apareció en el madrileño ABC un reportaje firmado por Fernando del Rey que se titula como este artículo. En el trabajo, el reportero resume las opiniones de un grupo de historiadores acerca del fracaso de la segunda república española que llevó a una guerra civil que causó más de 300 mil muertos y asoló a ese país. Todos y cada uno de los historiadores, desde sus respectivas posturas, ochenta años después de los hechos, responsabilizan de aquel fracaso a la intransigencia entre las derechas y las izquierdas políticas de ese entonces, pero están claros que la mayor parte de la culpa la tuvo el gobierno, por su sectarismo. Leer la crónica de lo que acontecía entonces en la Madre Patria, y compararlo con lo que actualmente sucede por estos lados pareciera ser una buena forma de curarnos en salud. Creo que debiera ser de lectura imperiosa para todos quienes tenemos, por responsabilidad o por vocación, la tarea de formar la opinión pública. La cual, aunque siempre se escribe en singular, nunca es una. Y por eso mismo es que tenemos, todos, la obligación de acercar las opiniones divergentes y buscar el consenso, no sea que la sangre llegue al río. Transcribo y comento algunos trozos del trabajo del señor Del Rey como abreboca para incitarlos a entrar en el portal del diario.

“…Los lenguajes bélicos se mantuvieron en vigor así como el deseo de aniquilar totalmente al adversario…” Por aquí, nosotros diariamente somos bombardeados por términos como: “patrullas”, “batallones”, “comandos”, “frentes” y, ¡malhaya! “milicianos”.  ¿Y qué decir de esa bravata cuartelera amenazándonos de muerte si no entramos por el aro del socialismo que, según ellos, es esencial para que exista patria? Lo que hay hoy en Venezuela no es socialismo sino una impúdica ambición de poder que adopta el disfraz que más convenga en cada circunstancia; pero, si el tal socialismo es tan bueno, ¿por qué tratan de imponerlo a la fuerza, en vez de convencer con hechos?

“…esta experiencia democrática y sus élites rectoras tuvieron muy poco de modélicas (…) Más allá de los avances que impulsó, (…) las reformas sociales, la ampliación de los derechos ciudadanos a las capas populares (...) dejó mucho que desear como régimen pluralista basado en el pacto y en el consenso.” Lo mismito que sucede por aquí; no son muchos los mandatarios y magistrados que uno quisiera que sirvieran de modelo cívico para ser emulados por las nuevas generaciones. Los principios no son, para ellos, algo rígido, sino algo que debe adaptarse a las conveniencias de eso que mientan “la revolución”. Y para eso, ¡hasta sentencias y jurisprudencias son modificadas radicalmente de un día para otro!

Lo que copio ahora no tendrá comentarios míos; dejo a la sensatez de cada uno el análisis entre el ayer ibérico y el hoy nuestro: “…la República no sólo encontró obstáculos en su flanco derecho. La puesta en cuestión de esa democracia también partió (…) de las izquierdas revolucionarias. (…) Para los socialistas, aunque no fuera su modelo ideal, la República únicamente habría de ser para ellos y para los republicanos, y por lo tanto sólo ellos deberían ser sus exclusivos gestores. Dado su carácter ‘revolucionario y popular’, el nuevo régimen solamente podía ser administrado ‘por los genuinos representantes de ese pueblo que lo había traído’. En consecuencia, sus enemigos y opositores quedaban automáticamente fuera del hecho fundacional.  (…) Bajo tales presupuestos se entiende que los socialistas no concibieran la democracia republicana como una democracia pluralista, liberal y representativa en la que se sintieran cómodos todos (…) Su discurso subrayaba que sólo los que hubieran aceptado esa legitimidad revolucionaria de origen podrían estar legal y constitucionalmente capacitados para ejercer el poder y ser investidos con la consideración de fuerzas leales.”

A la luz de lo que pasó en el 2007 y el 26-S, no está demás considerar estas afirmaciones: “La aplastante victoria de las derechas y el centro exasperó a los socialistas y borró de su discurso cualquier resto de respeto a la legalidad constituida. (…) No aceptaron la derrota y se mostraron dispuestos a vulnerar las reglas del juego democrático. En sus esquemas ideológicos no se contempló como algo normal la alternancia en el ejercicio del poder.”

Por razones de espacio, no puedo ampliar más. Pero, ¡lean el artículo completo! Las similitudes son tan terribles que asustan. Por sobre todo, lean los comentarios de los internautas. El sectarismo, la intolerancia y la obcecación siguen a flor de piel 75 años después de la rendición. Y por aquí, el que nos tocó, pareciera ser hacer suyas las palabras de Largo Caballero: “…la revolución no se hace con gritos de viva el socialismo. (…) Se hace violentamente, luchando en la calle con el enemigo”. ¡Dios nos agarre confesados!

martes, 5 de abril de 2011

Niño, no juegues a la guerra…

…que la guerra es mala. Así decía una cantinela de los años sesenta y setenta en los jardines de infancia y escuelas de todos los países de habla hispana. Era —y es todavía— una recomendación sensata. En esos días, la opinión pública estaba escamada de tantos horrores y crueldades como los que se sucedían por esos años. Frescos en la mente de todos estaban las muertes, los inválidos, las hambrunas, la propiedad destruida y demás atrocidades que eran el resultado de las acciones bélicas de esos días. No sólo era que nos consternábamos por lo que veíamos en los televisores que sucedía en el Sureste asiático, era que lo sentíamos en carne propia como resultado de las guerrillas auspiciadas, provistas, armadas y reforzadas desde Cuba en varios países de Hispanoamérica y África. Eran tiempos en que el dictador cubano se sentía en el derecho y hasta la obligación de entrometerse en los asuntos internos de otros países. ¡Qué distinto al de hoy! Al que, echándoselas de padre bueno, pontifica sobre las bondades de la paz, siendo que es el responsable directo de decenas de miles de muertes, desde México hasta Angola y desde su isla-prisión hasta Chile. Y de casi haber desencadenado una tercera guerra mundial.

Su discípulo predilecto —por mantener siempre un tiempo de retardo con lo actual— no ha escuchado ni leído lo que su cagalitroso preceptor escribe hogaño y se mantiene en lo que este predicaba antaño, en los tiempos de la Guerra Fría. Por eso su empeño en reemplazar a la Fuerza Armada con una milicia que es el fiel retrato de las cubanas. Él necesita de un ejército personal que esté para sólo acatar las órdenes que le dé, no para lo que tipifica la Constitución. De allí su empeño en desprofesionalizar a la FAN, porque sabe que esta mantiene todavía, a pesar de los muchos esfuerzos adoctrinadores y de unos altos mandos felones y corruptos, unas reservas de moral y de civismo considerables. Por razones parecidas es que necesita tener una infancia obnubilada. Como su intención es eternizarse en el poder —siguiendo los pasos de su mentor y sus amigotes Gadafi, Hussein, Mugabe y Lukashenko—, necesita, de cara al futuro, tener una generación sin capacidad de razonar, sólo de obedecer. Por eso le ordenó a su MinPoPoDefensa que emitiera el adefesio de resolución que apareció en la Gaceta Oficial del 24 de marzo y que busca militarizar a la población estudiantil.  

Al contrario de lo que preconiza la letra de la canción infantil que sirve de título hoy, Boves II lo que quiere es revivir los famosos Figli della Lupa, Balilla y Avanguardisti con los que el fascismo de Mussolini desfiguró a millones de impúberes italianos. Al igual que este, lo que quiere es  consolidar su sistema político en las mentes más fácilmente maleables. De lograr su propósito, ya veremos que al igual que en Italia se requerirá el registro del niño en una de esas organizaciones para poder tener derecho a comidas escolares gratuitas. Así, torciéndole el brazo a los padres, irán llevando a los chiquillos hasta la adolescencia, cuando los inscribirán, chantaje mediante también , en la versión vernácula de los Fasci Giovanili di Combattimento, destinados a seguir la labor de la Balilla entre los más grandes.

Desafortunadamente, cuando mi generación estaba en la escuela lo que observaba en la escena mundial era guerra y combates por todas partes. Aún así, y aunque naves nuestras habían sufrido los ataques de submarinos alemanes en el Golfo de Maracaibo, nunca nuestros maestros —mucho menos el Estado— propulsó entre nosotros pensamientos belicistas. Se rompió relaciones con las potencias del Eje y, al final, se les declaró la guerra, pero nunca se trató de envenenar nuestras mentes infantiles con consignas guerreristas. Mis hijos y los de su generación crecieron, afortunadamente, con el canturreo ya referido al comienzo. Y quieren a su Patria como el que más. No les hizo falta que unos milicianos ignaros e iletrados  trataran de lavarle el cerebro. Sólo tuvieron buenos maestros que les profundizaron el civismo que se les enseñaba en casa. No quiero que mis nietos —ni los nietos de nadie— sean enseñados para la guerra, sino para el progreso en todos los órdenes. El de ellos y el de Venezuela.

Por todo lo anterior es que invito a todos mis lectores a aglutinarnos en contra de esos afanes de convertir a la juventud venezolana en unos zombis bajo el yugo del neofascismo de este régimen. Todos debemos unirnos. Logramos, todos de consuno, que el tipo reculara en lo de la “Ley Sapo” que exigía que fuésemos delatores de nuestros vecinos; de común acuerdo logramos que volviera grupas con su inicua Ley de Universidades. También podremos impedir este intento de corrupción masiva de las mentes infantiles. Pero estando unidos…

martes, 29 de marzo de 2011

A palabras necias…

1. Bien decía Alfonzo el Sabio que “Así como el cántaro quebrado se conoce por su sonido, así el seso del hombre es conocido por sus palabras”. Pero eso no lo sabía ni le preocupaba al tipo que se suponía que debía manejar metrobuses en Caracas, pero que se lo pasaba “echando el carro” con la excusa de que era sindicalista. Ahora —cuando sin haber aprendido nada usa trajes costosos, viaja en aviones privados, cobra viáticos abundantes en dólares y se tutea con cancilleres de otros países (estos, sí de verdad-verdad) — tampoco lo sabe y mucho menos le perturba. Y, como consecuencia, cuando abre la boca, lo que hace es embarrarla. Él juraba que con esa denostación suya contra los huelguistas que se pusieron puntos en la boca —diciendo, palabras más, palabras menos, que se cosieran lo que les diera la gana— lograba ponerse más ‘en la buena’ con su amado jefe. Y el gozo se le fue al pozo: al ratico, Boves II, por boca de la ministra del ramo, tuvo que ceder ante las exigencias, por demás justas, de los universitarios.

2. Esteban Dolero está muy apurado por terminar de constituir un ejército personal que deje de lado lo que pauta la Constitución y sólo le obedezca a él. Por si tiene que imitar a su hermano Gadafi en lo de mandar a matar al pueblo con mercenarios extranjeros. De allí que no haya tenido empacho en desviar los fines de la habilitación que sus focas asambleístas le concedieron —que era sólo para contrarrestar los efectos devastadores de las lluvias del año pasado— y reformó, por cuarta vez, la Ley Orgánica de la Fuerza Armada. La pregunta que se hace todo el mundo es: ¿Qué tiene que ver la forma de organización militar con la fabricación de viviendas y la reparación de carreteras? Los áulicos del régimen no encuentran respuesta sensata, porque no la hay, y se hacen los locos. Saben que lo que intentaba era darle más preeminencia aún a ese grupo paramilitar que llaman “la milicia”, igualito que en la Cuba de sus amores. Por ese apuro, no revisa lo que escriben sus cagatintas y uno se encuentra en el texto errores que una maestra de sexto grado no dejaría pasar. Un solo ejemplo, quizás el que más me chocó: en el Art. 28 se tipifica que: “El personal militar en todos sus grados, jerarquías y antigüedad estarán subordinados al Oficial que ostente el mando”. ¡Dos metidas de pata en dieciocho palabras! Por un lado, el sujeto es “el personal militar”; por tanto, el verbo debería estar en singular: “estará”. Por el otro, ¿quién le dijo al rábula que escribió el párrafo que el mando se “ostenta”? ¿Es que no sabe qué significa “ostentar”? Algo tan importante como el mando no es para hacer ostentación. El mando “se tiene”, “se está al”, “se ejerce”, y otras frases parecidas, ¿pero “se ostenta”? ¡Ni de vainas! A menos, que sea ejercido por alguno de esos generales de ahora —sin currículum pero con prontuario—, quienes por no tener mucha ilustración no saben cómo desempeñarlo (mucho menos, cultivarlo) y sólo se limitan a pavonearse y alardear de él; algo que no se ganaron sino que se los regaló el tipo aquel.

3. Las palabras se usan para denotar, y por eso debieran ser inalterables en sus acepciones. Pero hoy es más lo que connotan, porque responden a conceptos distintos según quién y cómo las utilice. En eso es especialista el régimen. Pareciera que se estudiaron bien el metalenguaje en el cual hablaba “Big Brother” en la novela “1984”. De ahí que los venezolanos, cuando escuchamos al Primer Locutor decir “democracia”, lo que hacemos es desconfiar. Algo parecido a lo que sentimos cuando escuchamos al flamante presidente de la Asamblea hablar de “libertad”, o a la presidenta del Tribunal de la Suprema Injusticia cuando menciona la palabra “ética”.

Ahora, por ejemplo, lo que está de moda en boca de los rojos es infamar a los insurgentes libios. Para aquellos, estos no son sino "unos terroristas al servicio del imperio”. Mientras que, obedientes a lo que diga Tiburón Uno, Gadafi es “otro Bolívar”. Uno y otros olvidan (con intención, supongo) que el estrafalario coronel fue quien, entre otras salvajadas, mandó a volar un avión de Pan Am cuando pasaba sobre las costas escocesas. Así están las cosas: los del bando contrario son “terroristas”, sin importar lo justo de su insurgencia; los cómplices de Boves II son “combatientes por la libertad”, “revolucionarios” ¡y hasta “solda-dos”!, así sean los de las FARC que pusieron bombas en las iglesias del Chocó, los seguidores de Hesbolah que lanzan cohetes contra los poblados israelíes, o los mercenarios subsaharianos que masacran a los civiles en Libia a las órdenes del otro loco. La violencia es la misma, la sangre derramada también…


miércoles, 23 de marzo de 2011

D’essere o non essere

El pasado diecisiete tuve el privilegio de estar como invitado en el acto con el cual la colonia italiana de Valencia conmemoraba el sesquicentenario de la unificación de Italia. Fue un evento emotivo, lleno de historia y de música. Por un lado, la narrativa de los hechos históricos estuvo a cargo de nietos de los inmigrantes de los cincuenta que tanto hicieron en pro del avance de nuestro país. Son muchachos cuyo lenguaje nativo es el español pero que se han esforzado por conocer el de sus ancestros y leyeron en un italiano impecable diferentes trozos de la historia de hace ciento cincuenta años. Luego, intervinieron la Orquesta Sinfónica Juvenil de Carabobo y el coro de dicha orquesta. Eran unos doscientos jóvenes en escena. El programa estuvo compuesto por trozos de óperas italianas. Entre ellos, lógico, no pudo faltar el “Va pensiero” del Nabucco de Verdi, ese como segundo himno que les recuerda a los italianos que residen fuera de su país, “los prados y montañas, los aromas tibios y suaves de las dulces brisas del suelo natal”.

Mientras estaba allí, me puse a meditar acerca de los paralelismos de los hechos conmemorados y la circunstancia actual venezolana. Sobre eso será mi parrafada de hoy.

A mediados de 1860 Italia estaba dividida en cuatro pedazos muy disímiles: un reino al norte bajo los Saboya; otro al sur en manos de los Borbón —que, como sabemos, ni perdonan ni olvidan—; el centro, en manos del Papa, que en esos tiempos tenía potestades terrenas; y toda la porción nororiental en manos los Habsburgo, quienes eran, por sus cercanías con el zarismo, más absolutistas que los Borbón. Nada más disímil como circunstancia. Por un lado, dos mentalidades tan diferentes como las que todavía caracterizan a los ítalos del norte y los del sur; por el otro, para complicar más la cosa, los venecianos y los milaneses casi pensando en alemán. Fueron tres las guerras que hubo que luchar, pero al final prevaleció la sensatez y —con la proclamación leída por el rey Vittorio Emanuele II, el 17 de marzo de 1861— se logró la unidad de lo que de ahí en adelante se llamó Italia.

Los actores en esa gesta no podían ser más disímiles. Por un lado, Vittorio Emanuele, educado para la monarquía absolutista, con énfasis en lo religioso y lo militar, que demostró ser un valiente militar en las guerras exteriores pero que no tuvo empacho en reprimir a la izquierda republicana cuando le tocó. Por el otro, el conde de Cavour, quien a pesar de ser masón, pro-bonapartista y admirador de Inglaterra y Francia, potencias constitucionales e industrializadas, fue nombrado primer ministro por el rey. Por otro, Mazzini, un abogado revolucionario, medio ateo, republicano, contrario al absolutismo pero que, sorprendentemente, rechazó formar parte del parlamento constitucional que se organizó luego de la unificación y decidió, más bien, auto-exilarse en Inglaterra. Y finalmente, Garibaldi, un aventurero como el que más, librepensador, que no podía ver con buenos ojos a Vittorio Emanuele y Cavour por haberle entregado a los franceses su pueblo natal, Niza.

Todos ellos entendieron que el bien general estaba por encima de sus particulares visiones; que lo importante era la unificación del país. Y que ello —aunque no les gustase a algunos de los actores— no era posible sino bajo la monarquía de los Saboya, que poseía una considerable fuerza militar y un y un funcionariado civil capaz y preparado. Por eso, es el mismo Mazzini quien escribe: “…non si tratta più di repubblica o monarchia: si tratta dell’unità nazionale (…) d’essere o non essere.

Un pensamiento parecido es el que debiera dominar el criterio —y las apetencias personales, en otro momento valederas—  de los dirigentes venezolanos actuales. Lo sustantivo hoy, en nuestra patria, es lograr una unidad superior que nos permita liberarnos del coloniaje cubano al cual estamos sometidos bajo una satrapía totalitarista que, además de inepta, lo único que sabe hacer bien es dividir a la nación y antagonizar a unos contrarios a quienes cree enemigos. Hoy, parafraseando a Mazzini, no se trata de visiones contrarias de cómo organizar la república, sino de cómo unirnos para derrotar el absolutismo. De ser o no ser. Después habrá tiempo para el disenso.

Cuando el estado de cosas actual termine —porque ha de terminar—, ojalá que el gobernante —sea quien fuese— pudiese convocar a los venezolanos con las mismas palabras de Vittorio Emanuele: “…vayamos resueltos al encuentro de las eventualidades del porvenir. (…) Este futuro será feliz porque basaremos nuestra política en la justicia, en el amor a la libertad y a la patria. (…) Nuestro país (…) alcanzará el reconocimiento (internacional, añado yo) porque es grande por las ideas que representa y por la simpatía que eso inspira. Fuertes en la concordia, confiados en nuestro buen derecho, esperamos prudentes y decididos los decretos de la divina providencia”.